EL CLAN TEODORO-PALACIOS

CUARTA PARTE
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jueves, 24 de octubre de 2013

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 81














CAPÍTULO 81

LA REACCIÓN DE NICOLÁS


N
icolás observaba al señor Teodoro, con atención, mientras paulatinamente sus ojos negros se iban humedeciendo. El muchacho no podía pestañear, no podía moverse. Con un movimiento lento se secó las lágrimas.
            —¿Qué es esto? —preguntó, atontado— ¿Quieres tomarme el pelo y reírte de mí delante de todos?
El señor Teodoro supo que el “combate” del que había hecho alusión Elisa, empezaba justo en ese momento.
            —Nico, no te estoy tomando el pelo ni me estoy riendo de ti —le aseguró —. Soy tu padre. Puedes hacerme todas las preguntas que quieras.

Nicolás recordó las palabras de su amigo Fernando: “Te pareces increíblemente a Blas. En el pueblo hay gente que dice que eres hijo de él”.

El silencio del chiquillo estaba resultando demoledor para el señor Teodoro.
            —Nico, ¿no vas a decirme nada? ¿No vas a hacerme ninguna pregunta? —indagó con ansiedad.
            —No tengo nada que preguntar —contestó Nicolás, que parecía haber entrado en un estado de shock.
El señor Teodoro miraba a su hijo y tuvo la impresión de estar delante de un juez que lo estaba condenando sin tan siquiera darle la posibilidad de defenderse.
            —Nico, voy a explicarte por qué hasta hoy... no te he dicho que soy tu padre. ¿Harás el favor de atenderme?
            —No veo imprescindible que le expliques nada al chaval —intervino el señor Francisco—. Eres su padre y punto en boca. No hay nada más de qué hablar. Él debe aceptarlo; tú eres un buen padre, siempre te has encargado del muchacho. Razones de peso habrás tenido para proceder como lo has hecho. Y no creo que este rebelde sepa entender tus razones.
            —¡Francisco, por favor! —exclamó el señor Teodoro, enojado— Si no vas a poder mantenerte en silencio, será mejor que salgas del despacho.
            —¿Se llama mi madre Helena Palacios o tampoco es ese su verdadero nombre? —indagó súbitamente Nicolás, consiguiendo que su padre le prestara atención de inmediato.
            —Sí —afirmó—. Tu madre se llama Helena Palacios. No puedo enseñarte ninguna foto de ella porque, en un momento de ira, rompí las que tenía.
Pero si quieres saber cómo es tu madre solo tienes que mirarte al espejo e imaginarte con el pelo rizado, abundante, espeso, brillante y largo hasta la cintura. Se peinaba haciéndose una raya en el medio, dejando su frente descubierta. Tu madre es la mujer más guapa que puedas imaginar.
Las ondas de tu cabello son de ella y mías; tus pecas son solo mías. Lo demás es de tu madre... tu nariz algo respingona, los hoyuelos que empiezan a salirte cuando sonríes y sobre todo tu carácter.
Gabriela y todos los presentes percibieron que el señor Teodoro seguía enamorado de la mujer que terminaba de describir. La señora Sales y Elisa se incomodaron en el acto.
El señor Teodoro carraspeó y, ante el silencio de su hijo, decidió continuar con una explicación, que consideraba debía darle, aunque le costara esfuerzo y sufrimiento seguir hablando. Recordar a Helena Palacios era demasiado doloroso.
            —Los siete meses que pasé con tu madre fueron los más felices de mi vida —dijo con tristeza—. Nos enamoramos en cuanto nos conocimos. Pero uno de los problemas que nos separaban era que tu madre tenía veintidós años y yo, quince.

Nicolás calculó rápidamente la diferencia de edad existente entre sus padres. Siete años.
Rememoró algo que Emilia le había dicho en la celebración de Nochevieja: “Una mujer, siete años mayor que Blas, le hizo mucho daño”.
            —Yo aparentaba ser más mayor —siguió relatando el señor Teodoro—. Le hice creer a tu madre que tenía diecinueve años. A diferencia de ti, yo era muy maduro.
Me quedé huérfano de padre, con solo diez años, con mi padre murió mi niñez. No tengo treinta y cinco años, Nico, tengo treinta y uno.
El señor Teodoro enseñó al niño su carnet de identidad donde constaba claramente su verdadera edad.
            —Un día tu madre se sinceró conmigo y me contó que estaba casada con Bruno Rey —continuó relatando el hombre—. Yo me enfadé muchísimo por su engaño. Ella me pidió que la perdonara, me aseguró que iba a dejar a Bruno y que se casaría conmigo.
Entonces tuve que sincerarme yo; tuve que decirle mi edad, yo era menor y no podía casarme. Tu madre se enfureció y me abofeteó. Después de llamarme “niñato” desapareció de mi vida. Ambos nos mentimos y nos hicimos mucho daño. Las mentiras no son buenas.
Cuando tú cumpliste tres años, volvió a aparecer, venía contigo. Me dijo que eras mi hijo y que te dejaba a mi cuidado.
Iba a divorciarse de Bruno; yo ya era mayor de edad, tenía diecinueve años, podría haberme casado con ella… Pero fue más fuerte mi orgullo, me enfadé y le reproché haberme ocultado que estaba embarazada esperando un hijo mío.
Se marchó, dejándote conmigo, y no la he vuelto a ver. No sé dónde está.
Únicamente he visto a sus malditos abogados que me hicieron la vida imposible. No me permitieron reconocerte como hijo mío, solo me permitieron ser tu tutor legal. O aceptaba esta condición o no estarías conmigo. Tuve que aceptar, no podía dejarte con Bruno.
Ha sido una lucha intensa, sin tregua. Jueces, fiscales, abogados, todos me cerraban la puerta. Nadie quería escucharme. Tu madre nunca contestó a mis llamadas ni a mis mensajes. Tal vez cambió su número de teléfono.
Yo tenía que trabajar, estudiar y luchar por ti. Ni un solo día he dejado de luchar por ti.
Por fin he conseguido que se reconozca que soy tu padre, y por fin puedo contártelo. No he podido hacerlo antes, Nico, porque me amenazaron diciéndome que si te decía que yo era tu padre, dejaría de ser tu tutor legal y Bruno Rey tendría pleno derecho sobre ti. No podía correr ese riesgo.
Poco antes de estas Navidades se me notificó que, por fin, se había reconocido mi paternidad.
Llevas mi apellido; eres Nicolás Teodoro Palacios, no eres Nicolás Rey. Tengo tu guarda y custodia y la patria potestad por completo. Tu madre ha renunciado a su patria potestad. Por lo tanto, no tiene ninguna autoridad sobre ti.
            —Nunca le has importado —declaró la señora Sales—, te abandonó y no ha dado señales de vida durante doce años. Y ahora ha renunciado a la patria potestad; no se merece ni un solo pensamiento tuyo.
            —¡Eso no es cierto! —replicó el señor Teodoro, bruscamente—. Helena pudo haber abortado y no lo hizo. Tuvo a Nico y lo cuidó durante sus tres primeros años de vida.
Cuando me trajo al niño, me pidió que lo amase y lo protegiera. Cuando se despidió del pequeño, sentí su dolor y su amor.
Desde un principio, tú y yo, arropamos a Nico y le dimos mucho cariño. Sin embargo, el niño lloró todas las noches, durante un mes, llamando a su madre. Ningún niño hubiese llorado tanto por una madre que no lo hubiera tratado bien.
Poco a poco fue espaciando su llanto hasta que un día dejó de llorar por ella. Estoy seguro que Helena ha renunciado a la patria potestad de Nico porque se ha empeñado en odiarme, no quiere compartir nada conmigo.
La señora Sales guardó silencio, pero torció el gesto. No le gustó, en absoluto, la defensa que su hijo había hecho sobre la madre de su nieto. Tampoco esta defensa fue del agrado de Elisa y Gabriela.
            —¿Qué firmé el día que estaba limpiando las estanterías? —preguntó Nicolás.
            —Eran cuatro hojas —respondió el señor Teodoro—; en dos de ellas se te informaba de que yo era tu padre. En las otras dos, se te informaba de que tu madre había renunciado a la patria potestad. Tu firma significó que estabas enterado y conforme.
            —¿Por qué me dijiste que podía elegir entre mi padre o mi tutor si eres la misma persona? —indagó el chiquillo.
El señor Teodoro inhaló profundamente antes de responder. Nicolás estaba formulando las preguntas de un modo muy formal, de un modo demasiado serio.
            —Bueno, lo que quise decirte —comenzó a contestar el señor Teodoro—, es que si quieres que continúe siendo tu tutor, me seguirás llamando “Blas”. Y si quieres que sea tu padre, empezarás a llamarme “papá”.
Estoy deseando oírte decirme “papá” desde hace doce años, desde que supe que eras mi hijo.
Dame la oportunidad de ser tu padre, Nico, te lo ruego.
Anoche me dijiste que me darías una oportunidad y todas las que necesite. Solo necesito una, pero es vital para mí.
Tras decir esto, el joven se calló, aguardando con vehemencia la decisión del niño.
El muchacho tenía, entre sus manos, el carnet de identidad de su padre.
            —He pasado doce largos años viendo como tú y Bruno os llevabais mal —manifestó, mirando al señor Teodoro, fijamente—; siempre tenía miedo de que Bruno me apartara de ti. También he tenido mucho miedo de que tú te cansaras de mí. ¡No te imaginas cuántas veces he deseado que tú fueras mi padre y, resulta, que lo eras! ¡DEBISTE HABÉRMELO DICHO!
            —Nico, no podía decírtelo —se desesperó el señor Teodoro—. Tú no hubieras mantenido el secreto y esa gente no bromeaba. Hubiese dejado de ser tu tutor y hubieses caído en las manos de Bruno en cuanto él se hubiese enterado de que sabías la verdad.
            —¡No me interrumpas, ahora me toca hablar a mí! —exclamó Nicolás, muy alterado, y lanzando el carnet a la cara de su padre— ¡Nunca sabrás si hubiera mantenido el secreto porque no me diste la oportunidad de demostrarlo!
¡Yo tampoco voy a darte ninguna oportunidad a ti! ¡Nunca te llamaré “papá”!
Cuando sea mayor de edad, dejaré de estudiar y me iré de casa. Con quince años engañaste a mi madre y la dejaste embarazada. Si yo hiciera algo así, tú no me darías la oportunidad de conocer a mi hijo porque me matarías antes de que él naciera.
¡Ni siquiera fuiste capaz de decirme que eras mi tutor legal para que yo estuviera más tranquilo! ¡Me lo dijiste estas Navidades, un poco tarde! ¿NO TE LO PARECE?
Yo ya lo sabía porque Julieta me lo dijo hace tiempo. ¡Pero tú no me lo dijiste! ¡Hasta me has mentido en tu edad, como hiciste con mi madre! ¡Seguramente lo has hecho porque, en lugar de un tutor o de un padre pareces mi hermano mayor! ¡Tú que nunca has querido que te mienta! ¡Tú que nunca has querido que te oculte nada! ¡Eres un gran mentiroso! ¡Te elijo como tutor, nunca te llamaré “papá”!
Nicolás se levantó de su asiento, considerando finalizada la conversación, y salió del despacho dando un soberano portazo.
            —Esto ha sido un desastre —murmuró la señora Sales, afligida—, hubiera sido mejor no contarle la verdad. Te empecinaste en hacerlo y ha sido un auténtico fracaso. El niño parece haberte perdido el respeto. ¡Y solo ha faltado lo que has dicho sobre la mujer que te amargó la existencia! Voy a preparar algo para comer.
Emilia salió de la estancia. El señor Teodoro permanecía callado y abatido, observando la silla vacía de su hijo.
            —No olvides que Nico te quiere. ¿Qué digo te quiere? ¡Te idolatra! Esto ha sido una rabieta  —lo consoló Estela—, acabará recapacitando y cambiará de actitud.
            —¡Una buena paliza es lo que se merece ese desvergonzado! —aseguró el señor Francisco, furioso— ¡No has debido tolerar tanta insolencia! ¿Qué se habrá creído? Y no pienses más en la madre del chico... hay millones de mujeres en el mundo. No puedo entender cómo consiguió que, durante doce años, no te otorgaran la paternidad del niño.
            —Recuerda lo que te dije, Blas —habló el señor Tobías—. No sueltes las riendas o ese muchacho terminará desbocándose.
            —Ya lo habéis oído todo —dijo el señor Teodoro—. ¿Podéis dejarme solo, por favor? Lo necesito.
Nat, ve con Nico y si piensa hacer alguna tontería, por favor avísame.
El señor Teodoro se quedó a solas y durante, un buen rato, lloró amargamente.
Cuando pudo controlarse, fue a lavarse la cara. Había mucho trabajo que hacer ya que por la tarde se irían a Aránzazu.
Las únicas personas satisfechas con la reacción de Nicolás fueron Elisa y Patricia, pero ignoraban que se equivocaban de cabo a rabo, puesto que la reacción de Nicolás había sido puro teatro.
La intención del chaval era la de “castigar” a su padre durante una temporada. Cuando salió del despacho, sintió que flotaba porque sus pies no tocaban el suelo. Se dirigió a su habitación y se lanzó sobre la cama, inmensamente feliz.
“Blas es mi padre, Blas es mi padre”, se repetía una y otra vez. Hasta se pellizcó para convencerse de que no estaba soñando. “Estoy despierto, estoy despierto. Estas han sido las mejores Navidades de mi vida y creo en los Reyes Magos. Tengo el mejor padre del mundo. Papá, papá. Solo voy a castigarte un poquito, pronto te llamaré papá, te cansarás de oírlo, ya lo verás”.
Natalia entró en su cuarto y le recriminó que hubiese sido tan duro con el señor Teodoro.
            —¡Eres idiota, Nico! —le dijo, enfadada— Ni Bibi, ni Paddy ni yo tenemos padre. Tú tienes la suerte de tenerlo y lo estás despreciando. Blas es un bonachón y te quiere a rabiar. ¿Qué padre hubiese consentido que un hijo le hablase como tú lo has hecho? ¡Ninguno!
Podrías hacer que comiera de tu mano y te dedicas a hacer el payaso como de costumbre. No has sido justo con él, si llegas a saber que él era tu padre no hubieras tardado en gritarlo a los cuatro vientos. Cuando te disparas, pierdes el control. Y muy pronto te hubieras disparado.

Nicolás escuchaba a la niña sin decir nada, no quería confesarle sus verdaderas intenciones. Temía que lo traicionara y corriera a contarle a su padre que él solo pretendía “castigarle” durante un tiempo.
            —Ya sabes cómo es Blas —continuó diciendo Natalia—, no tardará en ponerse hecho una fiera y no te va a consentir un mal comportamiento. Sin embargo, si lo llamaras “papá” se le caería la babita. Lo está deseando. ¡Eres memo, Nico!

Págs. 633-641

Queridos lectores de El Clan Teodoro-Palacios... el próximo jueves publicaré el último capítulo de la primera parte de esta novela

Hoy os dejo, en el lateral del blog, una canción de Malú... "Diles"
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