CAPÍTULO 81
LA REACCIÓN DE NICOLÁS
N
|
icolás
observaba al señor Teodoro, con atención, mientras paulatinamente sus ojos
negros se iban humedeciendo. El muchacho no podía pestañear, no podía moverse.
Con un movimiento lento se secó las lágrimas.
—¿Qué es esto? —preguntó, atontado— ¿Quieres tomarme el pelo y reírte de mí delante de
todos?
El señor Teodoro
supo que el “combate” del que había
hecho alusión Elisa, empezaba justo en ese momento.
—Nico, no te estoy tomando el pelo ni me estoy riendo
de ti —le aseguró —. Soy tu padre.
Puedes hacerme todas las preguntas que quieras.
Nicolás recordó las palabras de su amigo Fernando: “Te pareces increíblemente a Blas. En el pueblo hay gente que dice que eres hijo de él”.
El silencio del chiquillo estaba resultando demoledor para el señor Teodoro.
—Nico, ¿no vas a decirme nada? ¿No vas a hacerme
ninguna pregunta? —indagó con
ansiedad.
—No tengo nada que preguntar —contestó Nicolás, que
parecía haber entrado en un estado de shock.
El señor
Teodoro miraba a su hijo y tuvo la impresión de estar delante de un juez que lo
estaba condenando sin tan siquiera darle la posibilidad de defenderse.
—Nico, voy a explicarte por qué hasta hoy... no te he dicho
que soy tu padre. ¿Harás el favor de atenderme?
—No veo imprescindible que le expliques nada al chaval —intervino el señor
Francisco—. Eres su padre
y punto en boca. No hay nada más de qué hablar. Él debe aceptarlo; tú eres un
buen padre, siempre te has encargado del muchacho. Razones de peso habrás
tenido para proceder como lo has hecho. Y no creo que este rebelde sepa
entender tus razones.
—¡Francisco, por favor! —exclamó el señor Teodoro,
enojado— Si no vas a
poder mantenerte en silencio, será mejor que salgas del despacho.
—¿Se llama mi madre Helena Palacios o tampoco es ese su
verdadero nombre? —indagó súbitamente Nicolás, consiguiendo que su padre le prestara atención de
inmediato.
—Sí —afirmó—. Tu madre se llama Helena Palacios. No puedo
enseñarte ninguna foto de ella porque, en un momento de ira, rompí las que
tenía.
Pero si
quieres saber cómo es tu madre solo tienes que mirarte al espejo e imaginarte
con el pelo rizado, abundante, espeso, brillante y largo hasta la cintura. Se peinaba haciéndose una
raya en el medio, dejando su frente descubierta. Tu madre es la mujer más guapa
que puedas imaginar.
Las ondas de tu
cabello son de ella y mías; tus pecas son solo mías. Lo demás es de tu madre... tu nariz algo respingona, los hoyuelos que empiezan a salirte cuando sonríes y sobre todo tu carácter.
Gabriela y todos los presentes percibieron que el señor Teo doro seguía
enamorado de la mujer que terminaba de describir. La señora Sales y Elisa se
incomodaron en el acto.
Gabriela y todos los presentes percibieron que el señor Teo
El señor
Teodoro carraspeó y, ante el silencio de su hijo, decidió continuar con una
explicación, que consideraba debía darle, aunque le costara esfuerzo y
sufrimiento seguir hablando. Recordar a
Helena Palacios era demasiado doloroso.
—Los siete meses que pasé con tu madre fueron los más
felices de mi vida —dijo con tristeza—. Nos
enamoramos en cuanto nos conocimos. Pero uno de los problemas que nos separaban
era que tu madre tenía veintidós años y yo, quince.
Nicolás calculó rápidamente la diferencia de edad existente entre sus padres. Siete años.
Rememoró algo
que Emilia le había dicho en la celebración de Nochevieja: “Una mujer, siete años mayor que Blas, le
hizo mucho daño”.
—Yo aparentaba ser más mayor —siguió relatando el señor
Teodoro—. Le hice creer
a tu madre que tenía diecinueve años. A diferencia de ti, yo era muy maduro.
Me quedé
huérfano de padre, con solo diez años, con mi padre murió mi niñez. No tengo
treinta y cinco años, Nico, tengo treinta y uno.
El señor
Teodoro enseñó al niño su carnet de identidad donde constaba claramente su
verdadera edad.
—Un día tu madre se sinceró conmigo y me contó que
estaba casada con Bruno Rey —continuó relatando el hombre—. Yo me enfadé muchísimo
por su engaño. Ella me pidió que la perdonara, me aseguró que iba a dejar a
Bruno y que se casaría conmigo.
Entonces tuve
que sincerarme yo; tuve que decirle mi edad, yo era menor y no podía casarme.
Tu madre se enfureció y me abofeteó. Después de llamarme “niñato” desapareció de mi vida. Ambos nos mentimos y nos hicimos
mucho daño. Las mentiras no son buenas.
Cuando tú
cumpliste tres años, volvió a aparecer, venía contigo. Me dijo que eras mi hijo
y que te dejaba a mi cuidado.
Iba a
divorciarse de Bruno; yo ya era mayor de edad, tenía diecinueve años, podría
haberme casado con ella… Pero fue más fuerte mi orgullo, me enfadé y le
reproché haberme ocultado que estaba embarazada esperando un hijo mío.
Se marchó,
dejándote conmigo, y no la he vuelto a ver. No sé dónde está.
Únicamente he
visto a sus malditos abogados que me hicieron la vida imposible. No me
permitieron reconocerte como hijo mío, solo me permitieron ser tu tutor legal.
O aceptaba esta condición o no estarías conmigo. Tuve que aceptar, no podía
dejarte con Bruno.
Ha sido una
lucha intensa, sin tregua. Jueces, fiscales, abogados, todos me cerraban la
puerta. Nadie quería escucharme. Tu madre nunca contestó a mis llamadas ni a
mis mensajes. Tal vez cambió su número de teléfono.
Yo tenía que
trabajar, estudiar y luchar por ti. Ni un solo día he dejado de luchar por ti.
Por fin he
conseguido que se reconozca que soy tu padre, y por fin puedo contártelo. No
he podido hacerlo antes, Nico, porque me amenazaron diciéndome que si te decía
que yo era tu padre, dejaría de ser tu tutor legal y Bruno Rey tendría pleno
derecho sobre ti. No podía correr ese riesgo.
Poco antes de estas
Navidades se me notificó que, por fin, se había reconocido mi paternidad.
Llevas mi
apellido; eres Nicolás Teodoro Palacios, no eres Nicolás Rey. Tengo tu guarda y
custodia y la patria potestad por completo. Tu madre ha renunciado a su patria
potestad. Por lo tanto, no tiene ninguna autoridad sobre ti.
—Nunca le has importado —declaró la señora Sales—, te abandonó y no ha dado
señales de vida durante doce años. Y ahora ha renunciado a la patria potestad;
no se merece ni un solo pensamiento tuyo.
—¡Eso no es cierto! —replicó el señor Teodoro, bruscamente—. Helena pudo haber
abortado y no lo hizo. Tuvo a Nico y lo cuidó durante sus tres primeros años de
vida.
Cuando me trajo
al niño, me pidió que lo amase y lo protegiera. Cuando se despidió del pequeño,
sentí su dolor y su amor.
Desde un
principio, tú y yo, arropamos a Nico y le dimos mucho cariño. Sin embargo, el
niño lloró todas las noches, durante un mes, llamando a su madre. Ningún niño
hubiese llorado tanto por una madre que no lo hubiera tratado bien.
Poco a poco fue
espaciando su llanto hasta que un día dejó de llorar por ella. Estoy seguro que Helena ha renunciado a la patria potestad de Nico porque se ha empeñado en odiarme, no quiere compartir nada conmigo.
La señora Sales
guardó silencio, pero torció el gesto. No le gustó, en absoluto, la
defensa que su hijo había hecho sobre la madre de su nieto. Tampoco esta defensa fue del agrado de Elisa y Gabriela.
—¿Qué firmé el día que estaba limpiando las
estanterías? —preguntó
Nicolás.
—Eran cuatro hojas —respondió el señor Teodoro—; en dos de ellas se te
informaba de que yo era tu padre. En las otras dos, se
te informaba de que tu madre había renunciado a la patria potestad. Tu firma
significó que estabas enterado y conforme.
—¿Por qué me dijiste que podía elegir entre mi padre o
mi tutor si eres la misma persona? —indagó el chiquillo.
El señor
Teodoro inhaló profundamente antes de responder. Nicolás estaba formulando
las preguntas de un modo muy formal, de un modo demasiado serio.
—Bueno, lo que quise decirte —comenzó a contestar el
señor Teodoro—, es que si quieres
que continúe siendo tu tutor, me seguirás llamando “Blas”. Y si quieres que sea
tu padre, empezarás a llamarme “papá”.
Estoy deseando
oírte decirme “papá” desde hace doce años, desde que supe que eras mi hijo.
Dame la
oportunidad de ser tu padre, Nico, te lo ruego.
Anoche me
dijiste que me darías una oportunidad y todas las que necesite. Solo necesito
una, pero es vital para mí.
Tras decir
esto, el joven se calló, aguardando con vehemencia la decisión del niño.
El muchacho
tenía, entre sus manos, el carnet de identidad de su padre.
—He pasado doce largos años viendo como tú y Bruno os
llevabais mal —manifestó,
mirando al señor Teodoro, fijamente—; siempre tenía miedo de que Bruno me apartara de ti.
También he tenido mucho miedo de que tú te cansaras de mí. ¡No te imaginas
cuántas veces he deseado que tú fueras mi padre y, resulta, que lo eras! ¡DEBISTE HABÉRMELO DICHO!
—Nico, no podía decírtelo —se desesperó el señor Teodoro—. Tú no hubieras mantenido
el secreto y esa gente no bromeaba. Hubiese dejado de ser tu tutor y hubieses
caído en las manos de Bruno en cuanto él se hubiese enterado de que sabías la verdad.
—¡No me
interrumpas, ahora me toca hablar a mí! —exclamó Nicolás, muy alterado, y lanzando el carnet a
la cara de su padre— ¡Nunca sabrás
si hubiera mantenido el secreto porque no me diste la oportunidad de
demostrarlo!
¡Yo tampoco voy a darte ninguna oportunidad
a ti! ¡Nunca te llamaré “papá”!
Cuando sea
mayor de edad, dejaré de estudiar y me iré de casa. Con quince años engañaste a
mi madre y la dejaste embarazada. Si yo hiciera algo así, tú no me darías la
oportunidad de conocer a mi hijo porque me matarías antes de que él naciera.
¡Ni siquiera fuiste capaz de decirme que
eras mi tutor legal para que yo estuviera más tranquilo! ¡Me lo dijiste estas Navidades, un poco tarde! ¿NO TE LO PARECE?
Yo ya lo sabía
porque Julieta me lo dijo hace tiempo. ¡Pero
tú no me lo dijiste! ¡Hasta me has
mentido en tu edad, como hiciste con
mi madre! ¡Seguramente lo has hecho
porque, en lugar de un tutor o de un padre pareces mi hermano mayor! ¡Tú que nunca has querido que te mienta! ¡Tú que nunca has querido que te oculte nada! ¡Eres un gran mentiroso! ¡Te elijo como tutor, nunca te llamaré “papá”!
Nicolás se
levantó de su asiento, considerando finalizada la conversación, y salió del
despacho dando un soberano portazo.
—Esto ha sido un desastre —murmuró la señora Sales,
afligida—, hubiera sido
mejor no contarle la verdad. Te empecinaste en hacerlo y ha sido un auténtico
fracaso. El niño pa rece haberte
perdido el respeto. ¡Y solo ha faltado lo que has dicho sobre la mujer que te amargó la existencia! Voy a preparar algo para comer.
Emilia salió
de la estancia. El señor Teodoro permanecía callado y abatido, observando la
silla vacía de su hijo.
—No olvides que Nico te quiere. ¿Qué digo te quiere?
¡Te idolatra! Esto ha sido una rabieta —lo consoló Estela—, acabará recapacitando y
cambiará de actitud.
—¡Una buena
paliza es lo que se merece ese desvergonzado! —aseguró el señor Francisco,
furioso— ¡No has debido tolerar tanta insolencia!
¿Qué se habrá creído? Y no pienses más en la madre del chico... hay millones de mujeres en el mundo. No puedo entender cómo consiguió que, durante doce años, no te otorgaran la paternidad del niño.
—Recuerda lo que te dije, Blas —habló el señor Tobías—. No sueltes
las riendas o ese muchacho terminará desbocándose.
—Ya lo habéis oído todo —dijo
el señor Teodoro—. ¿Podéis dejarme solo, por favor? Lo necesito.
Nat, ve con Nico y si piensa hacer alguna tontería, por favor avísame.
El señor Teodoro se quedó a solas y durante, un buen rato, lloró amargamente.
Cuando pudo controlarse, fue a lavarse la cara. Había mucho trabajo que
hacer ya que por la tarde se irían a Aránzazu.
Las únicas personas satisfechas con la reacción de Nicolás fueron Elisa y
Patricia, pero ignoraban que se equivocaban de cabo a rabo, puesto que la
reacción de Nicolás había sido puro teatro.
La intención del chaval era la de “castigar” a su padre durante una
temporada. Cuando salió del despacho, sintió que flotaba porque sus pies no
tocaban el suelo. Se dirigió a su habitación y se lanzó sobre la cama,
inmensamente feliz.
“Blas
es mi padre, Blas es mi padre”, se repetía una y otra vez. Hasta se
pellizcó para convencerse de que no estaba soñando. “Estoy despierto, estoy
despierto. Estas han sido las mejores Navidades de mi vida y creo en los Reyes
Magos. Tengo el mejor padre del mundo. Papá, papá. Solo voy a castigarte un
poquito, pronto te llamaré papá, te cansarás de oírlo, ya lo verás”.
Natalia entró en su cuarto y le recriminó que hubiese sido tan duro con el
señor Teodoro.
—¡Eres idiota, Nico! —le
dijo, enfadada— Ni Bibi, ni Paddy ni yo tenemos padre. Tú tienes la suerte de
tenerlo y lo estás despreciando. Blas es un bonachón y te quiere a rabiar. ¿Qué
padre hubiese consentido que un hijo le hablase como tú lo has hecho? ¡Ninguno!
Podrías hacer que comiera de tu mano y te dedicas a hacer el payaso como de
costumbre. No has sido justo con él, si llegas a saber que él era tu padre no
hubieras tardado en gritarlo a los cuatro vientos. Cuando te disparas, pierdes
el control. Y muy pronto te hubieras disparado.
Nicolás escuchaba a la niña sin decir nada, no quería confesarle sus verdaderas intenciones. Temía que lo traicionara y corriera a contarle a su padre que él solo pretendía “castigarle” durante un tiempo.
—Ya sabes cómo es Blas —continuó
diciendo Natalia—, no tardará en ponerse hecho una fiera y no te va a consentir
un mal comportamiento. Sin embargo, si lo llamaras “papá” se le caería la
babita. Lo está deseando. ¡Eres memo, Nico!
Págs. 633-641
Queridos lectores de El Clan Teodoro-Palacios... el próximo jueves publicaré el último capítulo de la primera parte de esta novela
Hoy os dejo, en el lateral del blog, una canción de Malú... "Diles"
