EL CLAN TEODORO-PALACIOS

CUARTA PARTE

sábado, 27 de junio de 2026

Alejandra, ¿por qué lloras? Capítulo 4

 



CAPÍTULO 4

 

 

U

n día festivo, a esa hora, la ciudad todavía estaba adormecida. El tráfico era fluido, lo que permitía que el taxi avanzase a buen ritmo tomando desvíos con el fin de evitar las calles que ya debían estar cerradas para el recorrido del desfile militar que comenzaría unas horas después.

Autobuses con pocos pasajeros se detenían junto a las aceras y las primeras luces del sol arrancaban reflejos dorados de las ventanas de los edificios más altos.
            —Da gusto circular a esta hora, sin retenciones ni atascos —comentó el taxista de buen humor.
De vez en cuando se cruzaron con grupos de turistas madrugadores.
Desde el asiento trasero, la silueta urbana se iba empequeñeciendo poco a poco. Los bloques de viviendas dieron paso a polígonos industriales, naves logísticas y grandes centros comerciales completamente dormidos.
El tráfico seguía siendo fluido y a medida que los espacios se ensanchaban el taxi ganaba velocidad.
La línea del horizonte se hacía más abierta y el perfil de la ciudad quedaba cada vez más difuso, envuelto en la ligera bruma de la mañana.
Al cabo de unos minutos, Madrid ya no era más que una sucesión lejana de edificios recortados contra el cielo claro del amanecer mientras la carretera se desplegaba hacia delante.
El taxi tomó una autovía de salida. La ciudad empezó a quedar atrapada entre una maraña de edificios, pasos elevados y carriles que se abrían en todas direcciones. El coche avanzaba decidido y la ciudad parecía retroceder. Una curva de la autovía ocultó el horizonte urbano y solo quedó la carretera, extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista.
Más tarde, el taxi dejó la autovía y se adentró en una carretera que serpenteaba entre pueblos dispersos trepando suavemente por las montañas.
Fue entonces cuando Alejandra comenzó a disfrutar del viaje.
La carretera ascendía en una sucesión interminable de curvas. A un lado, la ladera se elevaba cubierta de pinos oscuros; al otro, el terreno caía en profundos valles donde los pueblos parecían diminutas manchas de piedra.
El taxi avanzaba despacio, siguiendo el trazado sinuoso del asfalto mientras las montañas se alzaban cada vez más cerca.
Con cada curva aparecía un paisaje distinto. A veces el bosque cerraba el paso a la vista y solo se escuchaba el rumor del motor; otras, la carretera se abría a miradores naturales desde los que podían contemplarse kilómetros de montañas superpuestas, difuminadas por la distancia. El aire parecía más limpio allí arriba, y la luz de la mañana teñía las cumbres de tonos dorados.
Alejandra bajó un poco una ventanilla y el olor a pino refrescó el interior del auto.
El viaje estaba teniendo algo de hipnótico. Las líneas rectas habían desaparecido hacía mucho tiempo. Todo eran giros suaves, pendientes y horizontes que surgían y desaparecían tras cada recodo, como si la montaña se resistiera a revelar de una sola vez sus secretos.
El final del recorrido llegó cuando el taxi se internó por un sendero. Por allí transitó muy despacio hasta que la senda se estrechó demasiado y le obstaculizó continuar.
            —Espero que tu casa no quede lejos de aquí —dijo el taxista a Alejandra.
            —Está cerca, no se preocupe.
            —El pueblo, una vez vuelvas a salir a la carretera, lo tienes a unos tres kilómetros —le comunicó el taxista.
            —Lo sé. Gracias.
            —Disfruta de tu estancia.
            —Muchas gracias.
Y Alejandra continuó a pie, por la senda, arrastrando su maleta. El taxista se marchó conduciendo marcha atrás. Era imposible dar la vuelta en aquel estrecho camino.
La senda ascendía entre los pinos como una cicatriz abierta en la montaña. La lluvia de la noche anterior había transformado el camino en una procesión de charcos, barro y piedras resbaladizas que relucían bajo la luz de la mañana. El aire olía a tierra mojada, a musgo recién despertado y a hojas empapadas.
Alejandra caminaba despacio temiendo resbalar y caer. Tiraba de su maleta que parecía empeñada en quedarse atrás. Cada pocos pasos, las ruedas se hundían en el barro. Entonces tenía que detenerse, inclinar el cuerpo hacia delante y tirar con más fuerza para arrancarla de aquella trampa de tierra blanda.
Su respiración se mezclaba con el murmullo lejano de un arroyo crecido por las lluvias. El sendero zigzagueaba entre los árboles y se ocultaba más adelante tras un recodo. Algunas gotas caían desde las ramas más altas y golpeaban la capucha de su chaqueta con un leve repiqueteo. La maleta protestaba a cada metro. Las ruedas chocaban contra raíces escondidas, saltaban sobre piedras y se atascaban en los surcos que el agua había excavado durante la tormenta. A veces, Alejandra levantaba la vista buscando una señal de que el esfuerzo estaba a punto de terminar. Pero aún quedaba camino. Tenía que continuar.
El barro se pegaba a sus botas y hacía más pesados sus pasos. Ya sentía los brazos cansados de tirar del equipaje.
Sin embargo, había algo obstinado en su forma de proceder. No se detenía más de unos segundos, solo para recuperar el aliento y seguir.
Después de una curva cerrada, el bosque comenzó a aclararse. Los troncos se separaron unos de otros y pareció abrirse una ventana y entonces, por fin, vio la casa.
La casa se alzaba sobre una explanada, construida en piedra oscura y madera envejecida. El tejado aún brillaba por la lluvia de la noche. Una chimenea de piedra se elevaba sobre el conjunto, inmóvil y silenciosa.
¿Salía humo de la chimenea? ¡Eso quería decir que su tía Sofía estaba esperándola!
Sonrió, apenas una sonrisa pequeña y privada.
Reanudó la marcha. Las ruedas de la maleta siguieron tropezando con el barro, pero ahora el sonido era distinto, menos pesado… ¡La casa estaba allí! Al final del sendero, cada vez más cercana. Y su tía Sofía también estaba.
Cuando alcanzó la explanada, dejó la maleta junto a la cancela y contempló el paisaje que acababa de atravesar. La montaña respiraba humedad y silencio. El bosque se extendía como un mar verde y oscuro.
Respiró hondo, impregnándose del aire puro, limpio y fresco de las cumbres. Se sintió aliviada y llena de energía renovada. Cruzó la puerta, que tal como le había indicado su tía permanecía abierta, y siguió el camino empedrado hasta el porche. Subió los tres peldaños de piedra y se detuvo ante una robusta puerta de madera. Introdujo la llave en la cerradura; el suave chasquido de tres vueltas rompió el silencio antes de que la puerta se abriera lentamente.
Entró en el amplio vestíbulo y dejó la maleta protestona junto a una de las paredes. Después de la caminata por la montaña, incluso aquella compañera de ruedas parecía pedir un respiro.
Se quitó la chaqueta y la colgó en el perchero de un armario abierto.
Con una sonrisa de satisfacción, abrió la puerta que daba al salón. La expresión se congeló en su rostro y la sonrisa se desvaneció de golpe al ver a un chico desconocido a apenas unos metros de distancia.
Debido a su timidez e inseguridad, Alejandra permaneció inmóvil, incapaz de decidir si dar un paso adelante o echar a correr. Un temblor recorría su cuerpo y su mente se negaba a reaccionar mientras observaba, con miedo, al chico alto y corpulento que también la miraba, inmóvil.
            —Hola. ¿Eres otra hermana de Enrique? — Fue Adrián quien reaccionó ante la tensa y extraña situación.
Alejandra siguió mirándole con miedo y no contestó.
            —Al principio, también creí que Susana era muda, pero no… Supongo que tú también puedes hablar. Oye, no me mires de esa forma. No me como a nadie. Esta noche tuve un accidente y tus hermanos me ayudaron. Me llamo Adrián. Adrián Lois.
            —Yo no tengo hermanos —se atrevió a decir Alejandra—. Tengo dos hermanas, pero están en Madrid. Soy la sobrina de Sofía.
            —No sé quién es Sofía. Supongo que Enrique y sus hermanas la conocerán.
Y, como si el simple hecho de pronunciar su nombre lo hubiera invocado, Enrique apareció al lado de Adrián.
Alejandra se sobresaltó. No lo vio acercarse y tuvo la sensación de que aquel chico, también alto y corpulento, había surgido de la nada.
            —¿Conoces a esta chica? —le preguntó Adrián— Dice que es sobrina de Sofía, pero yo no sé quién es Sofía. Enrique asintió mirando fijamente a Alejandra.
            —Sí, claro que conozco a Sofía —afirmó.
            —¿Sois invitados de mi tía?
Enrique volvió a asentir. Esta vez sin pronunciar palabra y sin dejar de mirarla atentamente.
Alejandra comenzó a sentirse incómoda ante su mirada intensa. Le pareció que la miraba de un modo invasivo, dominante y hasta quizás desafiante.
Durante un breve espacio de tiempo solo se oyeron el crepitar del fuego en la chimenea y el goteo de un grifo mal cerrado, al fondo, en la cocina.
Sobre ambos sonidos comenzó a imponerse el eco de unos pasos que bajaban lentamente por la escalera.
Susana y Sonia se detuvieron en seco al ver, en la entrada del salón, a una desconocida junto a Enrique y Adrián.

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© 2026. Mela Palacios. La estación de Mela. El Clan Teodoro-Palacios. Alejandra, ¿por qué lloras? Todos los derechos reservados.


Hoy suena una canción de Dani Fernández... "Te esperaré toda la vida"





Y quiero desearos a tod@s un muy feliz verano.

lunes, 1 de junio de 2026

Alejandra, ¿por qué lloras? Capítulo 3

 






CAPÍTULO 3

 

H

abía dejado de llover y el sol comenzaba a bordear el horizonte. Algunos pajarillos ya entonaban su trino alegre entre las ramas. 

Adrián se despertó de sopetón. Se restregó los ojos, se desperezó muy a gusto y lanzó un prolongado bostezo.
Su descanso había sido tan placentero que parecía haber olvidado lo ocurrido por la noche. No sabía qué hora era, pero estaba convencido de que ya era de día a pesar de la oscuridad en la habitación.
Estiró un brazo en busca de la lámpara que recordaba haber visto en la mesita, pero su brazada fue muy brusca y la lámpara terminó rota en el suelo.
En un santiamén se abrió la puerta. Enrique apareció en el umbral. Encendió la luz y se detuvo en la entrada.
            —He oído ruido —comentó—. Supongo que te querías levantar y no te aclarabas a oscuras.
            —¿Estabas acechando detrás de la puerta? —preguntó Adrián en tono totalmente amistoso pero, al instante, se arrepintió de su broma al ver la mirada hosca de Enrique—. Siento que la lámpara se haya roto. Os la pagaré —añadió precipitadamente.
            —Es todavía muy pronto. Duerme un poco más si quieres —le dijo Enrique.
            —No, no quiero. Por lo que veo tú ya estás más que vestido. ¿Las chicas también?
Enrique lo miró fríamente. Y con furia, porque Adrián hubiera jurado que sus oscuros ojos tenían el poder de quemar como la llama de una vela.
            —Estamos abajo, en la cocina —le informó parcamente. Y se marchó.
   “Está loco”, pensó Adrián, “no puedo decirle nada sin que me mire con desprecio y desconfianza”.
Sacó de su mochila un pantalón y una camisa. Ya solo quedaban dos libros y una cartera en su interior. Había salvado muy poca ropa del incendio. Tendría que pedirle a Enrique que le dejara algo y esta idea le desagradó en demasía.
En cuanto bajó a la cocina, Sonia lo recibió muy cordialmente.
            —Hola, Adrián, buenos días. ¿Quieres una tostada con mantequilla y mermelada de melocotón? ¡Están muy buenas! Siéntate con nosotros.
Adrián se aproximó a una mesa robusta, de madera maciza, rodeada de sillas distintas entre sí, como si hubieran sido reunidas con los años.
Sonia se fijó en sus pies desnudos.
            —¿Por qué vas descalzo? —le preguntó.
            —Los calcetines que llevaba anoche todavía están mojados. Las zapatillas también, además de estar embarradas —respondió Adrián visiblemente azorado. Quedaba muy claro que su situación le incomodaba muchísimo.
            —¿Qué número gastas? —preguntó Enrique.
            —El cuarenta y cuatro.
            —Yo, el cuarenta y cinco. No habrá problema.
Enrique se marchó y regresó poco después con tres pares de calcetines y unas deportivas. Adrián se lo agradeció, pero Enrique no le respondió. Ni tan siquiera le miró.
Susana continuaba callada y con cara de muy pocos amigos. Adrián llegó a pensar que tal vez era muda.
Mientras se ponía un par de calcetines y se calzaba las deportivas, Sonia le acercó un plato con dos tostadas con mantequilla y mermelada que le había preparado con diligencia. También le sirvió un tazón de leche caliente con cacao. Adrián comió con tanta rapidez las tostadas, que Sonia le invitó a comer más.

La iluminación en la cocina era cálida con bombillas que imitaban a velas antiguas en lámparas de forja con madera. Las paredes estaban revestidas de piedra natural en un tono anaranjado tibio. El techo mostraba vigas gruesas de madera oscura. Los muebles eran sólidos. Había estantes abiertos con frascos de conservas, utensilios de cobre colgados. Un barniz lustroso realzaba las vetas de la madera del marco de las ventanas.

Adrián pensó que en aquella cocina había huellas de uso: objetos heredados, tazas desparejadas… No era una cocina perfecta, pero tenía vida.
            —¡Bien! —exclamó rompiendo el incómodo silencio que los envolvía— Me quedaré dos semanas si os parece bien. No recuerdo cuánto dinero llevo en la cartera, lo miraré. Si no os parece suficiente, me dais vuestros apellidos y dirección y os mandaré lo que falte. 
            —¿Apellidos? —chilló Enrique, escandalizado— ¿Qué pretendes, buscar problemas?
Adrián se quedó estupefacto sin entender su extraña reacción.
            —Quizás no has comprendido lo que he dicho. Solo quiero pagaros la comida y la habitación.
            —¿Y quién quiere tu dinero?
Adrián empezó a perder la paciencia. Lo cierto era que también tenía un temperamento fuerte y le resultó imposible seguir conteniéndolo por más tiempo. Ya no podía seguir soportando a aquel peculiar joven.
            —¡Estoy hasta las narices de ti! —le gritó— Hoy mismo, ahora mismo me iría con tal de no verte. Pero  ya os dije que me expulsaron de la universidad y quiero intentar que mi familia no se entere. Pero si no voy a poder pagaros, me iré. No quiero caridad de nadie.
            —Bueno, está bien —accedió Susana de mala gana. Adrián pudo comprobar que no era muda y le causó muy buena impresión la cadencia suave de su voz, que no encajaba con su gesto huraño—. Te quedas aquí y luego nos pagas. Asunto arreglado, ¿no?
Adrián asintió.
            —¿Qué estudias en la universidad? —le preguntó Sonia con una amabilidad que contrastaba con la actitud de sus hermanos.
            —Estoy haciendo un Grado en Química.
Sonia lo miró con admiración.
            —Uy, eso parece difícil —comentó.
            —Un poco solo. A mí se me da bien, siempre me ha gustado la química. Tú todavía no has llegado a esta asignatura, ¿verdad?
            —¡Basta! —gritó Enrique, iracundo— No contestes, Sonia. A él no le importa.
            —Eres un tipo muy alterado —le dijo Adrián con acritud.
            —¡Tú eres el alterado! Te han expulsado de la universidad, ¿recuerdas? Me gustaría saber el motivo.
            —¡Por favor, Enrique, ya está bien! —rogó Sonia, harta de tanta discusión y enfrentamiento— Si vamos a vivir juntos nos conviene llevarnos bien.
Había algo en aquellos chicos que a Adrián desconcertaba e intrigaba. Si tan mal les caía y tan a duras penas lo soportaban, ¿por qué no le pedían que se fuera? Ya habían contribuido a su buena obra dándole albergue la noche anterior. ¿Por qué permitían que se quedara dos semanas? No lograba entenderlo.
Un rato después se dispuso a subir una persiana tras darse cuenta de que todas permanecían bajadas. Enrique se lo impidió.
            —¿Tenéis algo en contra de la luz natural?
            —La luz estropea la pintura y los muebles —respondió Enrique fríamente—. ¿Algo que objetar?
            —Naturalmente que no.
Al cabo de otro rato sonó el teléfono y nadie quiso contestar a la llamada alegando no querer ser molestados. Adrián terminó por cerciorarse de que había tropezado con el trío más repelente del país.

                                                         

Alejandra se levantó temprano a pesar de no haber dormido bien. Estuvo en su habitación hasta confiar en que toda su familia se había marchado. No quería ver ni despedirse de nadie después del feo comportamiento de sus padres y hermanas durante la cena de la víspera de su vigésimo cumpleaños. Todavía sentía un doloroso calor en su mejilla izquierda y recordaba con vergüenza y rencor el bofetón que le había propinado su padre. También recordaba que ni su madre ni hermanas la habían defendido. Este recuerdo aumentaba su rencor.

Ya había llegado el momento de marcharse, de alejarse… Quizás para no volver. Echó una última ojeada a su habitación, a su refugio, y salió arrastrando la maleta.
Cuando pasó junto a la cocina, entró para desayunar un poco, pero allí estaba su madre –algo que no esperaba– y cambió de parecer.
            —¿Ya te marchas? —le preguntó la señora de Iglesias.
            —Sí, me marcho. Pensaba que ya no había nadie en casa.
            —Creo que te has vuelto loca, Alejandra. Tu padre y yo te hemos educado igual que a tus hermanas. ¿En qué hemos fallado contigo?
            —¿Piensas que habéis fallado porque quiero escribir? ¿Estás loca, mamá?
            —Háblame con respeto, Alejandra. ¿Tan raro es que te pidamos que estudies periodismo si quieres dedicarte a escribir? Aunque no es extraña tu actitud dada tu relación con la tía Sofía… Esa comunista de mierda.
            —¡No hables así de la tía Sofía! ¡No hagas lo mismo que hizo papá anoche!
            —Tu padre te dijo muchas verdades sobre tu tía Sofía. La conoce muy bien. Es su hermana.
            —Pues para tener un hermano como papá más le hubiera valido ser hija única.
            —Pero, ¿no comprendes que tu tía Sofía es una vergüenza para nuestra familia? Nadie debe relacionarnos con ella y procura que no haya ningún escándalo en esa casa perdida en la montaña. Procura que la prensa no sepa nunca que te relacionas con esa mujer. No sé por qué tu tía te ha permitido ir. Seguramente quiere perjudicarnos. La envidia es muy mala y tu tía Sofía envidia a tu padre y me envidia a mí. ¡Recapacita, Alejandra!
            —Ya he recapacitado, te lo aseguro. Y me voy y no sé si volveré.
            —Tu padre debería llevarte a un convento.
            —Soy mayor de edad, gracias a Dios. Adiós, mamá.
Lo último que oyó Alejandra dicho por su madre antes de salir de casa fue la frase peyorativa: tiempo de rojos, tiempo de piojos.
Hubiera querido dar un buen portazo, pero no lo hizo. Cerró la puerta con suavidad.
En la calle la esperaba el taxi con el que había quedado la tarde anterior. Había sido puntual. Les aguardaba un trayecto de unas dos horas. Era pronto. Aún no eran las ocho de la mañana.
El taxista bajó del coche en cuanto la vio acercarse. Cargó su maleta en el maletero. Alejandra se acomodó en el asiento trasero y se abrochó el cinturón de seguridad, una norma imperativa ese mismo año.
Solo un minuto después el coche se puso en marcha y comenzó a dejar atrás su hogar, muy atrás.
A sus veinte años, el día de su cumpleaños, un doce de octubre de 1992, Alejandra se iba de su casa con el presentimiento de que tal vez no volviera nunca, con la corazonada de que abandonaba una parte importante de su vida: su niñez, su adolescencia.
Aquella no parecía la mejor manera de celebrar un aniversario. Tenía la sensación profunda de que su viaje a la casa de la montaña de su tía Sofía podía tener diferentes matices. Podía tratarse de una despedida o de un comienzo, de una transición… de un cambio, de una transformación. El tiempo le daría la respuesta que desconocía.

Págs. 18-26

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Hoy os dejo una canción de Morat, Silvestre Dangond... "Lo poco que yo quiero"

                                                


Quiero pedir disculpas a todos los lectores por haber tardado en publicar este tercer capítulo... Y os mando un afectuoso abrazo a tod@s.
 


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