CAPÍTULO
4
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U |
n día
festivo, a esa hora, la ciudad todavía estaba adormecida. El tráfico era
fluido, lo que permitía que el taxi avanzase a buen ritmo tomando desvíos con
el fin de evitar las calles que ya debían estar cerradas para el recorrido del
desfile militar que comenzaría unas horas después.
Autobuses
con pocos pasajeros se detenían junto a las aceras y las primeras luces del sol
arrancaban reflejos dorados de las ventanas de los edificios más altos.
—Da gusto circular a esta hora, sin
retenciones ni atascos —comentó el taxista de buen humor.
De vez en
cuando se cruzaron con grupos de turistas madrugadores.
Desde el
asiento trasero, la silueta urbana se iba empequeñeciendo poco a poco. Los
bloques de viviendas dieron paso a polígonos industriales, naves logísticas y
grandes centros comerciales completamente dormidos.
El tráfico seguía
siendo fluido y a medida que los espacios se ensanchaban el taxi ganaba velocidad.
La línea del
horizonte se hacía más abierta y el perfil de la ciudad quedaba cada vez más difuso,
envuelto en la ligera bruma de la mañana.
Al cabo de unos
minutos, Madrid ya no era más que una sucesión lejana de edificios recortados contra
el cielo claro del amanecer mientras la carretera se desplegaba hacia delante.
El taxi tomó
una autovía de salida. La ciudad empezó a quedar atrapada entre una maraña de edificios,
pasos elevados y carriles que se abrían en todas direcciones. El coche avanzaba
decidido y la ciudad parecía retroceder. Una curva de la autovía ocultó el horizonte
urbano y solo quedó la carretera, extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista.
Más tarde,
el taxi dejó la autovía y se adentró en una carretera que serpenteaba entre
pueblos dispersos trepando suavemente por las montañas.
Fue entonces
cuando Alejandra comenzó a disfrutar del viaje.
La carretera
ascendía en una sucesión interminable de curvas. A un lado, la ladera se
elevaba cubierta de pinos oscuros; al otro, el terreno caía en profundos valles
donde los pueblos parecían diminutas manchas de piedra.
El taxi
avanzaba despacio, siguiendo el trazado sinuoso del asfalto mientras las
montañas se alzaban cada vez más cerca.
Con cada
curva aparecía un paisaje distinto. A veces el bosque cerraba el paso a la
vista y solo se escuchaba el rumor del motor; otras, la carretera se abría a
miradores naturales desde los que podían contemplarse kilómetros de montañas
superpuestas, difuminadas por la distancia. El aire parecía más limpio allí
arriba, y la luz de la mañana teñía las cumbres de tonos dorados.
Alejandra
bajó un poco una ventanilla y el olor a pino refrescó el interior del auto.
El viaje
estaba teniendo algo de hipnótico. Las líneas rectas habían desaparecido hacía
mucho tiempo. Todo eran giros suaves, pendientes y horizontes que surgían y
desaparecían tras cada recodo, como si la montaña se resistiera a revelar de
una sola vez sus secretos.
El final del
recorrido llegó cuando el taxi se internó por un sendero. Por allí transitó muy
despacio hasta que la senda se estrechó demasiado y le obstaculizó continuar.
—Espero que tu casa no quede lejos
de aquí —dijo el taxista a Alejandra.
—Está cerca, no se preocupe.
—El pueblo, una vez vuelvas a salir
a la carretera, lo tienes a unos tres kilómetros —le comunicó el taxista.
—Lo sé. Gracias.
—Disfruta de tu estancia.
—Muchas gracias.
Y Alejandra
continuó a pie, por la senda, arrastrando su maleta. El taxista se marchó
conduciendo marcha atrás. Era imposible dar la vuelta en aquel estrecho camino.
La senda
ascendía entre los pinos como una cicatriz abierta en la montaña. La lluvia de
la noche anterior había transformado el camino en una procesión de charcos,
barro y piedras resbaladizas que relucían bajo la luz de la mañana. El aire
olía a tierra mojada, a musgo recién despertado y a hojas empapadas.
Alejandra
caminaba despacio temiendo resbalar y caer. Tiraba de su maleta que parecía
empeñada en quedarse atrás. Cada pocos pasos, las ruedas se hundían en el
barro. Entonces tenía que detenerse, inclinar el cuerpo hacia delante y tirar
con más fuerza para arrancarla de aquella trampa de tierra blanda.
Su
respiración se mezclaba con el murmullo lejano de un arroyo crecido por las
lluvias. El sendero zigzagueaba entre los árboles y se ocultaba más adelante
tras un recodo. Algunas gotas caían desde las ramas más altas y golpeaban la
capucha de su chaqueta con un leve repiqueteo. La maleta protestaba a cada metro.
Las ruedas chocaban contra raíces escondidas, saltaban sobre piedras y se atascaban
en los surcos que el agua había excavado durante la tormenta. A veces,
Alejandra levantaba la vista buscando una señal de que el esfuerzo estaba a
punto de terminar. Pero aún quedaba camino. Continuó adelante.
El barro se
pegaba a sus botas y hacía más pesados sus pasos. Ya sentía los brazos cansados
de tirar del equipaje.
Sin embargo,
había algo obstinado en su forma de proceder. No se detenía más de unos
segundos, solo para recuperar el aliento y seguir.
Después de
una curva cerrada, el bosque comenzó a aclararse. Los troncos se separaron unos
de otros y pareció abrirse una ventana y entonces, por fin, vio la casa.
La casa se
alzaba sobre una explanada, construida en piedra oscura y madera envejecida. El
tejado aún brillaba por la lluvia de la noche. Una chimenea de piedra se
elevaba sobre el conjunto, inmóvil y silenciosa.
¿Salía humo de la chimenea? ¡Eso
quería decir que su tía Sofía estaba esperándola!
Sonrió,
apenas una sonrisa pequeña y privada.
Reanudó la
marcha. Las ruedas de la maleta siguieron tropezando con el barro, pero ahora
el sonido era distinto, menos pesado… ¡La
casa estaba allí! Al final del sendero, cada vez más cercana. Y su tía
Sofía también estaba.
Cuando alcanzó
la explanada, dejó la maleta junto a la cancela y contempló el paisaje que acababa
de atravesar. La montaña respiraba humedad y silencio. El bosque se extendía como
un mar verde y oscuro.
Respiró
hondo, impregnándose del aire puro, limpio y fresco de las cumbres. Se sintió
aliviada y llena de energía renovada. Cruzó la puerta, que tal como le había
indicado su tía permanecía abierta, y siguió el camino empedrado hasta el
porche. Subió los tres peldaños de piedra y se detuvo ante una robusta puerta
de madera. Introdujo la llave en la cerradura; el suave chasquido de tres
vueltas rompió el silencio antes de que la puerta se abriera lentamente.
Entró en el
amplio vestíbulo y dejó la maleta protestona junto a una de las paredes.
Después de la caminata por la montaña, incluso aquella compañera de ruedas
parecía pedir un respiro.
Se quitó la
chaqueta y la colgó en el perchero de un armario abierto.
Con una sonrisa
de satisfacción, abrió la puerta que daba al salón. La expresión se congeló en su
rostro y la sonrisa se desvaneció de golpe al ver a un
chico desconocido a apenas unos metros de distancia.
Debido a su
timidez e inseguridad, Alejandra permaneció inmóvil, incapaz de decidir si dar
un paso adelante o echar a correr. Un temblor recorría su cuerpo y su mente se
negaba a reaccionar mientras observaba, con miedo, al chico alto y corpulento
que también la miraba, inmóvil.
—Hola. ¿Eres otra hermana de
Enrique? — Fue Adrián quien reaccionó ante la tensa y extraña situación.
Alejandra
siguió mirándole con miedo y no contestó.
—Al principio, también creí que
Susana era muda, pero no… Supongo que tú también puedes hablar. Oye, no me
mires de esa forma. No me como a nadie. Esta noche tuve un accidente y tus hermanos
me ayudaron. Me llamo Adrián. Adrián Lois.
—Yo no tengo
hermanos —se atrevió a decir Alejandra—. Tengo dos hermanas, pero están en Madrid.
Soy la sobrina de Sofía.
—No sé quién
es Sofía. Supongo que Enrique y sus hermanas la conocerán.
Y, como si el
simple hecho de pronunciar su nombre lo hubiera invocado, Enrique apareció al lado
de Adrián.
Alejandra se
sobresaltó. No lo vio acercarse y tuvo la sensación de que aquel chico, también
alto y corpulento, había surgido de la nada.
—¿Conoces a esta chica? —le
preguntó Adrián— Dice que es sobrina de Sofía, pero yo no sé quién es Sofía. Enrique
asintió mirando fijamente a Alejandra.
—Sí, claro que conozco a Sofía
—afirmó.
—¿Sois invitados de mi tía?
Enrique
volvió a asentir. Esta vez sin pronunciar palabra y sin dejar de mirarla
atentamente.
Alejandra
comenzó a sentirse incómoda ante su mirada intensa. Le pareció que la miraba de
un modo invasivo, dominante y hasta quizás desafiante.
Durante un
breve espacio de tiempo solo se oyeron el crepitar del fuego en la chimenea y
el goteo de un grifo mal cerrado, al fondo, en la cocina.
Sobre ambos sonidos
comenzó a imponerse el eco de unos pasos que bajaban lentamente por la escalera.
Susana y Sonia
se detuvieron en seco al ver, en la entrada del salón, a una desconocida junto a
Enrique y Adrián.
Págs. 27-32
© 2026. Mela Palacios. La estación de Mela. El Clan Teodoro-Palacios. Alejandra, ¿por qué lloras? Todos los derechos reservados.
Hoy suena una canción de Dani Fernández... "Te esperaré toda la vida"
Y quiero desearos a tod@s un muy feliz verano.
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