abía dejado de
llover y el sol comenzaba a bordear el horizonte. Algunos pajarillos ya entonaban su trino alegre entre las ramas.
Adrián se despertó de sopetón.
Se restregó los ojos, se desperezó muy a gusto y lanzó un prolongado bostezo.
Su descanso había
sido tan placentero que parecía haber olvidado lo ocurrido por la noche. No sabía
qué hora era, pero estaba convencido de que ya era de día a pesar de la oscuridad
en la habitación.
Estiró un brazo
en busca de la lámpara que recordaba haber visto en la mesita, pero su brazada fue
muy brusca y la lámpara terminó rota en el suelo.
En un santiamén
se abrió la puerta. Enrique apareció en el umbral. Encendió la luz y se detuvo en
la entrada.
—He oído
ruido —comentó—. Supongo que te querías levantar y no te aclarabas a oscuras.
—¿Estabas
acechando detrás de la puerta? —preguntó Adrián en tono totalmente amistoso pero,
al instante, se arrepintió de su broma al ver la mirada hosca de Enrique—. Siento
que la lámpara se haya roto. Os la pagaré —añadió precipitadamente.
—Es todavía
muy pronto. Duerme un poco más si quieres —le dijo Enrique.
—No, no
quiero. Por lo que veo tú ya estás más que vestido. ¿Las chicas también?
Enrique lo miró
fríamente. Y con furia, porque Adrián hubiera jurado que sus oscuros ojos tenían el
poder de quemar como la llama de una vela.
—Estamos
abajo, en la cocina —le informó parcamente. Y se marchó.
“Está loco”,
pensó Adrián, “no puedo decirle nada sin
que me mire con desprecio y desconfianza”.
Sacó de su mochila
un pantalón y una camisa. Ya solo quedaban dos libros y una cartera en su interior. Había salvado
muy poca ropa del incendio. Tendría que pedirle a Enrique que le dejara algo y esta
idea le desagradó en demasía.
En cuanto
bajó a la cocina, Sonia lo recibió muy cordialmente.
—Hola, Adrián, buenos días.
¿Quieres una tostada con mantequilla y mermelada de melocotón? ¡Están muy
buenas! Siéntate con nosotros.
Adrián se
aproximó a una mesa robusta, de madera maciza, rodeada de sillas distintas
entre sí, como si hubieran sido reunidas con los años.
Sonia se
fijó en sus pies desnudos.
—¿Por qué vas descalzo? —le
preguntó.
—Los calcetines que llevaba anoche
todavía están mojados. Las zapatillas también, además de estar embarradas
—respondió Adrián visiblemente azorado. Quedaba muy claro que su situación le
incomodaba muchísimo.
—¿Qué número gastas? —preguntó
Enrique.
—El cuarenta y cuatro.
—Yo, el cuarenta y cinco. No habrá
problema.
Enrique se
marchó y regresó poco después con tres pares de calcetines y unas deportivas.
Adrián se lo agradeció, pero Enrique no le respondió. Ni tan siquiera le miró.
Susana continuaba
callada y con cara de muy pocos amigos. Adrián llegó a pensar que tal vez era muda.
Mientras se ponía
un par de calcetines y se calzaba las deportivas, Sonia le acercó un plato con dos
tostadas con mantequilla y mermelada que le había preparado con diligencia. También
le sirvió un tazón de leche caliente con cacao. Adrián comió con tanta rapidez las
tostadas, que Sonia le invitó a comer más.
La iluminación
en la cocina era cálida con bombillas que imitaban a velas antiguas en lámparas
de forja con madera. Las paredes estaban revestidas de piedra natural en un tono
anaranjado tibio. El techo mostraba vigas gruesas de madera oscura. Los muebles
eran sólidos. Había estantes abiertos con frascos de conservas, utensilios de cobre
colgados. Un barniz lustroso realzaba las vetas de la madera del marco de las ventanas.
Adrián pensó
que en aquella cocina había huellas de uso: objetos heredados, tazas desparejadas…
No era una cocina perfecta, pero tenía vida.
—¡Bien!
—exclamó rompiendo el silencio que los envolvía— Me quedaré dos semanas si os parece
bien. No recuerdo cuánto dinero llevo en la cartera, lo miraré. Si no os parece
suficiente, me dais vuestros apellidos y dirección y os mandaré lo que falte.
Adrián se quedó
estupefacto sin entender su extraña reacción.
—Quizás
no has comprendido lo que he dicho. Solo quiero pagaros la comida y la habitación.
—¿Y quién
quiere tu dinero?
Adrián empezó
a perder la paciencia. Lo cierto era que también tenía un temperamento fuerte y
le resultó imposible seguir conteniéndolo por más tiempo. Ya no podía seguir soportando
a aquel peculiar joven.
—¡Estoy
hasta las narices de ti! —le gritó— Hoy mismo, ahora mismo me iría con tal de no
verte. Pero ya os dije que me expulsaron
de la universidad y quiero intentar que mi familia no se entere. Pero si no voy
a poder pagaros, me iré. No quiero caridad de nadie.
—Bueno,
está bien —accedió Susana de mala gana. Adrián pudo comprobar que no era muda y
le causó muy buena impresión la cadencia suave de su voz, que no encajaba con su gesto huraño—.
Te quedas aquí y luego nos pagas. Asunto arreglado, ¿no?
Adrián asintió.
—¿Qué estudias
en la universidad? —le preguntó Sonia con una amabilidad que contrastaba con la
actitud de sus hermanos.
—Estoy haciendo un Grado en Química.
Sonia lo miró
con admiración.
—Uy, eso
parece difícil —comentó.
—Un poco
solo. A mí se me da bien, siempre me ha gustado la química. Tú todavía no has llegado
a esta asignatura, ¿verdad?
—¡Basta! —gritó Enrique, iracundo— No contestes,
Sonia. A él no le importa.
—Eres un
tipo muy alterado —le dijo Adrián con acritud.
—¡Tú eres
el alterado! Te han expulsado de la universidad, ¿recuerdas? Me gustaría saber el
motivo.
—¡Por favor,
Enrique, ya está bien! —rogó Sonia, harta de tanta discusión y enfrentamiento— Si
vamos a vivir juntos nos conviene llevarnos bien.
Había algo en
aquellos chicos que a Adrián desconcertaba e intrigaba. Si tan mal les caía y tan
a duras penas lo soportaban, ¿por qué no le pedían que se fuera? Ya habían contribuido
a su buena obra dándole albergue la noche anterior. ¿Por qué permitían que se quedara
dos semanas? No lograba entenderlo.
Un rato después
se dispuso a subir una persiana tras darse cuenta de que todas permanecían bajadas.
Enrique se lo impidió.
—¿Tenéis
algo en contra de la luz natural?
—La luz
estropea la pintura y los muebles —respondió Enrique fríamente—. ¿Algo que objetar?
—Naturalmente
que no.
Al cabo de otro
rato sonó el teléfono y nadie quiso contestar a la llamada alegando no querer ser
molestados. Adrián terminó por cerciorarse de que había tropezado con el trío más
repelente del país.
Alejandra se
levantó temprano a pesar de no haber dormido bien. Estuvo en su habitación
hasta confiar en que toda su familia se había marchado. No quería ver ni
despedirse de nadie después del feo comportamiento de sus padres y hermanas
durante la cena de la víspera de su vigésimo cumpleaños. Todavía sentía un
doloroso calor en su mejilla izquierda y recordaba con vergüenza y rencor el
bofetón que le había propinado su padre. También recordaba que ni su madre ni hermanas
la habían defendido. Este recuerdo aumentaba su rencor.
Ya había
llegado el momento de marcharse, de alejarse… Quizás para no volver. Echó una
última ojeada a su habitación, a su refugio, y salió arrastrando la maleta.
Cuando pasó
junto a la cocina, entró para desayunar un poco, pero allí estaba su madre
–algo que no esperaba– y cambió de parecer.
—¿Ya te marchas? —le preguntó la
señora de Iglesias.
—Sí, me marcho. Pensaba que ya no
había nadie en casa.
—Creo que te has vuelto loca,
Alejandra. Tu padre y yo te hemos educado igual que a tus hermanas. ¿En qué
hemos fallado contigo?
—¿Piensas que habéis fallado porque
quiero escribir? ¿Estás loca, mamá?
—Háblame con respeto, Alejandra.
¿Tan raro es que te pidamos que estudies periodismo si quieres dedicarte a
escribir? Aunque no es extraña tu actitud dada tu relación con la tía Sofía…
Esa comunista de mierda.
—¡No hables así de la tía Sofía!
¡No hagas lo mismo que hizo papá anoche!
—Tu padre te dijo muchas verdades
sobre tu tía Sofía. La conoce muy bien. Es su hermana.
—Pues para tener un hermano como
papá más le hubiera valido ser hija única.
—Pero, ¿no comprendes que tu tía
Sofía es una vergüenza para nuestra familia? Nadie debe relacionarnos con ella
y procura que no haya ningún escándalo en esa casa perdida en la montaña.
Procura que la prensa no sepa nunca que te relacionas con esa mujer. No sé por
qué tu tía te ha permitido ir. Seguramente quiere perjudicarnos. La envidia es
muy mala y tu tía Sofía envidia a tu padre y me envidia a mí. ¡Recapacita,
Alejandra!
—Ya he recapacitado, te lo aseguro.
Y me voy y no sé si volveré.
—Tu padre debería llevarte a un
convento.
—Soy mayor de edad, gracias a Dios.
Adiós, mamá.
Lo último
que oyó Alejandra dicho por su madre antes de salir de casa fue la frase
peyorativa: tiempo de rojos, tiempo de piojos.
Hubiera
querido dar un buen portazo, pero no lo hizo. Cerró la puerta con suavidad.
En la calle
la esperaba el taxi con el que había quedado la tarde anterior. Había sido
puntual. Les aguardaba un trayecto de unas dos horas. Era pronto. Aún no eran
las ocho de la mañana.
El taxista
bajó del coche en cuanto la vio acercarse. Cargó su maleta en el maletero.
Alejandra se acomodó en el asiento trasero y se abrochó el cinturón de
seguridad, una norma imperativa ese mismo año.
Solo un
minuto después el coche se puso en marcha y comenzó a dejar atrás su hogar, muy
atrás.
A sus veinte
años, el día de su cumpleaños, un doce de octubre de 1992, Alejandra se iba de
su casa con el presentimiento de que tal vez no volviera nunca, con la
corazonada de que abandonaba una parte importante de su vida: su niñez, su
adolescencia.
Aquella no
parecía la mejor manera de celebrar un aniversario. Tenía la sensación profunda
de que su viaje a la casa de la montaña de su tía Sofía podía tener diferentes matices.
Podía tratarse de una despedida o de un comienzo, de una transición… de un
cambio, de una transformación. El tiempo le daría la respuesta que desconocía.