CAPÍTULO
2
Adrián, contrariado
y estupefacto, se preguntaba cómo había podido suceder. Veía su tienda de campaña
reducida a cenizas y todavía le parecía una delirante pesadilla.
Sin embargo,
no era un mal sueño. Aquello había pasado. La pregunta era cómo y la respuesta no
llegaba.
Solo pudo salvar
de las llamas, y meter atropelladamente en una mochila: dos libros, algo de ropa
y una cartera. No tardaría en echar mucho de menos una linterna que no logró rescatar.
Tras estar convencido
de haber sofocado el fuego, comenzó a vagar por el bosque en busca de un sitio donde
guarecerse.
Era noche cerrada
y llovía. A pesar de mojarse, agradeció la lluvia. Había sido una gran aliada para
apagar el incendio.
Caminaba entre
pinos de corteza oscura. También el follaje era verdinegro… O tal vez todo le parecía
negro aquella noche sin luna ni estrellas.
En pleno otoño,
a mediados de octubre, hacía bastante frío a esas horas. Corría un aire fresco y
húmedo que terminó por provocarle una tiritera convulsiva. Se puso un jersey y unos
pantalones vaqueros sin quitarse el pijama mojado. Continuó caminando tiritando.
No sabía adónde se dirigía y llegó a creer, con desesperación, que estaba dando
vueltas y más vueltas al mismo lugar.
Se fue tranquilizando
un poco al darse cuenta de que iba ascendiendo y que, a medida que avanzaba, las
copas de los árboles eran más achaparradas. No daba vueltas en el mismo lugar.
La lluvia estaba
arreciando, se tornó más violenta. Empezaron los fogonazos de luz rayando el cielo
y los truenos.
Adrián, nervioso,
comenzó a sudar. Era peligroso deambular por un bosque en esas condiciones, pero
no le quedaba otro remedio, no podía quedarse quieto. Tenía que continuar.
En algún momento
tuvo la sensación de que alguien o algo lo observaba. Se le puso la carne de gallina, del mismo modo que se le eriza el pelo a los animales cuando perciben una amenaza. ¿Estaría acechándole una alimaña? Aceleró el paso.
Después de hora
y media de fatigosa búsqueda de refugio tropezó con un muro de piedra. En un principio
lo reconoció por el tacto, pero cuando su vista se acostumbró a la oscuridad pudo
verlo con claridad. El muro tendría aproximadamente un metro de altura y la celosía
que lo coronaba no era mucho más alta.
Buscó la entrada del vallado, con avidez, tras vislumbrar la silueta de una casa.
El portón
era de hierro y muy alto. Sería muy complicado escalarlo. Buscó un timbre sin
resultado. La oscuridad era absoluta y esta circunstancia no le ayudaba. Pensó
en volver al muro; tendría que saltar por allí. Se apoyó en la puerta fija para
descansar y tomar aliento. Su corazón brincó, acelerado, cuando esta cedió. ¡No
estaba cerrada! Se olvidó de descansar y franqueó el umbral, con velocidad
mercurial, aliviado por no escuchar ladridos de perros. ¡Solo le hubiera
faltado que un perrazo se le echara encima para laurear la noche!
Al sentirse más seguro, miró hacia fuera, escudriñó el alrededor tratando de identificar lo que le perturbaba. No vio nada, pero tuvo la aguda percepción de una presencia. Aguzó el oído para captar un crujido de hojas o el susurro de una respiración. No oyó nada. Fuese quien fuese, era un maestro del sigilo. O quizás todo era fruto de su febril imaginación.
Siguió un
camino empedrado que le condujo recta y directamente a tres peldaños. En lo que
debía ser el porche tropezó con una maceta, para tropezar segundos después con
una columna. La negrura continuaba siendo inabordable. Por fin dio con una
robusta puerta de madera. Sus manos la tantearon y halló una aldaba y,
esperanzado, comenzó a golpear la puerta.
Los aldabonazos
no surtieron efecto. No parecía haber indicios de que alguien estuviera en el interior
de la vivienda. Ninguna luz se encendió ni se oyeron pasos acercándose.
Adrián volvió
a insistir descargando la aldaba con más fuerza.
—¿Hay alguien
ahí dentro? —gritó con toda la energía de la que pudo hacer acopio— ¡Abran, por
favor! ¡Necesito ayuda! ¡Auxilio, por favor!
Cuando
casi se iba a rendir, sí que hubo respuesta a su petición de socorro.
Una voz femenina
y joven le pidió que aguardase y poco después abrió la puerta una niña que no tendría
ni quince años. Vestía un camisón
cuyas mangas le venían largas.
Le invitó a pasar.
Adrián no se lo hizo repetir, ansioso de sentirse a cubierto y a salvo, protegido
de riesgos e inclemencias.
La niña, de ojos
verdes y cabello rojizo, cerró la puerta.
Dentro, en un
espacioso vestíbulo, Adrián comenzó a sentir el calor de un hogar. Allí vio a otra
muchacha y a un chico que lo miraban seria y fijamente.
La muchacha era
más mayor que la niña que le había abierto la puerta. También sus ojos eran verdes
y también su cabello era rojo, pero mucho más flamígero. Y su cuerpo, ágil y voluptuoso.
El chico era
fortachón, de cabello negro como sus feroces ojos.
Todos vestían
con ropa de dormir. Adrián supuso que los había despertado.
—Me llamo
Adrián Lois —se presentó el joven—. Me ha
pasado algo muy raro —prosiguió—. Vine a este monte con una tienda de campaña.
Me quedé dormido. Si estoy vivo es porque me despertó un olor a goma quemada…
La nariz me picaba. Toda mi tienda se ha quemado. Estoy vivo de milagro.
—Habrás pasado mucho miedo —dijo,
impresionada, la niña que le había abierto la puerta—. Yo me llamo Sonia y
tengo doce años. Ella es mi hermana Susana, tiene dieciséis años. Él es
Enrique, es nuestro hermano mayor. Tiene dieciocho años, ya es mayor de edad
—añadió con orgullo.
—Pues yo soy el mayor de todos.
Tengo diecinueve.
—¿Hay alguna necesidad de que
digamos nuestras edades? ¿Te has marchado y has dejado la tienda en llamas?
¿Estabas solo? —inquirió Enrique visiblemente molesto.
—Estaba solo y he apagado el fuego.
Me ha ayudado que lloviera.
—¿Estás seguro?
—Totalmente.
—¿Estabas fumando en la tienda?
—No, yo
no fumo. Ya os he dicho que estaba durmiendo.
Adrián tuvo la
sensación de que Enrique lo estaba sometiendo a un interrogatorio acusatorio.
—Puedes
quedarte aquí todo el tiempo que quieras —le dijo la pequeña Sonia en un tono afable,
muy diferente al empleado por su hermano mayor.
—Muchas
gracias —le sonrió Adrián—. ¿Estáis solos aquí?
Sonia pareció
no saber qué contestar y miró a sus hermanos.
—Sí, estamos
solos —afirmó Enrique—. No tenemos que darte más explicaciones, ¿verdad?
—Naturalmente
que no —contestó Adrián muy sorprendido—. Era, simplemente, una pregunta.
—Pues evita
hacer demasiadas o te verás de patitas en el monte.
Adrián,
azorado, y todavía más sorprendido, se abstuvo de hacer comentario alguno. Sí
que pensó que Enrique era un chico bastante arisco. Muy arisco.
Pero no se
encontraba en condiciones de discutir o de enfrentarse a él. Se hallaba en casa
ajena y por nada del mundo quería verse de nuevo en el monte aquella
desapacible noche.
—¿Tienes hambre? —le preguntó Sonia
que, sin duda, era la más sociable de los tres hermanos. Susana todavía no
había hablado. Solamente lo observaba con mucha intensidad, como si lo
estuviera analizando.
—No tengo nada de hambre —respondió
Adrián—. Lo que sí que me gustaría es cambiarme de ropa. Estoy mojado. Y
acostarme, si puede ser. Mañana pensaré qué hacer.
—¿A qué te refieres? —indagó
Enrique ávidamente.
Adrián lo
miró, perplejo, sin comprender el motivo por el cual aquel muchacho perdía la
calma.
—Me refiero a que mañana tendré que
marcharme.
—¿Qué dices? ¿No has oído que Sonia
te ha invitado a quedarte? Puedes quedarte hasta que nosotros nos marchemos.
¿Te parece bien? —le propuso Enrique en un tono más cordial.
—La verdad
es que no me apetece volver a casa —respondió Adrián tras meditar unos segundos—.
Tendría que dar explicaciones a mis abuelos y se enterarían mis padres. Es que me
han expulsado de la universidad durante dos semanas —explicó algo avergonzado—.
Está bien, me conviene quedarme unos días, pero no quiero ser un engorro. Os pagaré
la habitación y la comida.
—¡Excelente!
—exclamó Enrique— Sígueme, te acompañaré a tu habitación.
Al cabo de un rato, bajó de la planta superior y se reunió con sus hermanas en el salón. Ambas estaban sentadas en un sofá amplio y profundo con cojines mullidos y acolchados. Una manta cubría sus piernas y regazos.
La chimenea
continuaba prendida. La luz de la estancia era suave y resaltaba con la calidez
de la madera de suelo y techo.
—Esto no me gusta nada —barbotó
Enrique con semblante preocupado.
—Te alarmas por poca cosa —replicó
Susana, impaciente—. Ese chico ha sufrido un accidente. Ha venido aquí en busca
de socorro. Nosotros le hemos ayudado. Nada más. ¿Te vas a empeñar en
desquiciarlo todo?
—¿Qué yo me empeño en desquiciarlo
todo? —repitió Enrique, enojado— ¡Eres una ignorante! ¿No comprendes que se
puede marchar en cualquier momento y comentar por ahí que le dimos cobijo? ¿Y
si se lo dice a gente que sabe que esta casa debería estar vacía?
—¡Cállate! —exclamó Susana también
enfadada— Usa tu inteligencia y recuerda que le hemos dicho que puede quedarse
hasta que nosotros nos marchemos.
—¡Sí, sí, sí, lo recuerdo! Pero él
ha dicho que solo se quedará unos días. Entonces tendremos que irnos también
para más seguridad. ¡Adiós a nuestro plan de quedarnos hasta Navidad!
—No gritéis —les pidió Sonia—, os
puede oír.
—¡Tú no digas nada! —le ordenó
Enrique— No estamos gritando. No somos tan necios como tú. Te dije que no
abrieras la puerta y no me hiciste caso. Estamos metidos en este lío por tu
culpa. Yo sabía que no podía ser nadie de la casa, de haberlo sido tendría
llaves. Si no le hubieras abierto se hubiera marchado. Nos hubiéramos ahorrado
muchos problemas.
Sonia miró a
su hermano muy dolida.
—¿No oíste cómo gritaba pidiendo
ayuda? —le preguntó con ojos llorosos— Yo no hubiera podido dormir
tranquilamente sabiendo que alguien estaba fuera necesitando ayuda. Siento
haber estropeado nuestro plan, pero ya encontraremos otro lugar, y a lo mejor,
nos gusta más que este. Seguro que será mejor porque Dios nos tiene que premiar
porque hemos ayudado a Adrián.
Enrique se ablandó tras escuchar a su hermana pequeña. Sonia siempre conseguía aplacarlo. Todo lo contrario
que Susana que, con su carácter beligerante, siempre parecía dispuesta a discutir
y, por ello, solían chocar en arranques de pésimo humor.
—Bueno,
vamos a dormir —dijo Enrique mientras se dirigía a apagar la luz—. Mañana será otro
día y seguramente veremos las cosas de otra manera. De noche todo parece más grave.
Susana soltó
un bufido casi imperceptible. No estaba muy de acuerdo con lo que acababa de decir
Enrique pero, de todos modos, prefirió la propuesta de ir a dormir que iniciar
una disputa que no iba a servir de mucho.
Págs. 9 - 17
© 2026 La estación de Mela. El Clan Teodoro-Palacios. Alejandra, ¿por qué lloras?
Todos los derechos reservados.
Hoy sí que dejo una canción... "Me acuerdo de ti", de Nil Moliner

Uy a veces hago como Enrique y evito peleas. me gusto mucho el capítulo y la canción. Te mando un beso.
ResponderEliminarHola, JP
EliminarPues, a veces, haces algo muy sabio ;-)
Me alegra que te hayan gustado.
También te mando un beso
Parece que alguien ocupa una casa ajena, tres de una misma familia, eso natural no es. Y muy probablemente les estén buscando, sobre todo porque hay menores. La situación de Adrián no es más normal, han quemado su tienda con él dentro, y el culpable puede que ande cerca... Me ha gustado su pequeña gran odisea y ese bosque oscuro bajo la lluvia. Espero saber más, pronto, hay demasiadas incógnitas. Pero claro, esto acaba de empezar.
ResponderEliminarHola, Nena
EliminarSí, desde luego todo parece indicar que nadie está en su propia casa en ese bosque.
Es muy raro lo sucedido con Adrián... Me alegra que te haya gustado esa `parte, a mí me encantó escribirla.
Es bueno que quieras saber más... Eso significa que no detendrías la lectura de esta novela en el segundo capítulo... A ver si puede ser pronto.
Muchas gracias por tu comentario
Mela cariño, que ilusión!! Me encanta el capítulo. Madre mía, Enrique es muy antipático. No me decido, no sé si me gusta más Enrique o Adrián. Son Okupas?? Ay, mi madre no tolera a los cara duras okupas. Mis amigas están emocionadas con la novela pero no nos olvidamos de Blas!!! Me encanta la canción. Publica pronto cariño!!!
ResponderEliminarBesitos!!!
Hola, Julia
EliminarMe alegra tu entusiasmo y que te haya gustado.
jajaja... Sí, parece antipático... Bueno, pues ya me lo contarás si te decides.
Parece que sí que lo sean... ya veremos.
¿Solo de Blas? Bueno, pues vale.
Sí, es una canción bonita... Lo antes que pueda publicaré el tercer capítulo.
Besitos
Hola Mela, yo de la que no me olvido es de Helena. Me imagino que Alejandra me acabará gustando. Enrique y Blas se parecen físicamente. Da la impresión de que son okupas, no sé que le ha pasado a Adrián y no sé que relación tiene esta gente con Alejandra. Me interesa mucho. Feliz día de los enamorados.
ResponderEliminarSaludos.
Hola, Carlos
EliminarBien, cada uno se acuerda de quien se acuerda... Pues no lo sé, ya me lo dirás.
Sí, los dos son de cabello y ojos negros... pero, sinceramente, creo que no debemos empezar a comparar los personajes de una novela con los de la otra.
Es buena señal que te interese... Poco a poco irás sabiendo más.
Gracias, y feliz día a ti también.
Saludos
Querida escritora, muy bello esa descripción de la noche y el bosque. Me has hecho recorrerlo. El suceso con Adrián fue extraño. ¿Quién habrá querido incendiar su carpa? Ya lo averiguaremos. La familia que nos has presentado debe guardar secretos. Ansiosa por continuar develando esa brillante historia que estoy segura, será. Un beso enorme, amiga. Espero que te encuentres muy bien. La canción me pareció muy bonita. Besotes miles.
ResponderEliminarQuerida Lou y querida escritora también
EliminarMe gustó escribir la parte en la que Adrián busca un refugio... Me alegra, pues, que te haya gustado
Seguro que sí, seguro que lo averiguamos... Sí, algún secreto debe haber por ahí
Me gustaría poder publicar pronto el siguiente capítulo... ya veremos si puedo
Lamento decirte que no estoy muy bien, Lou... Ayer tuve un ataque de ansiedad, tengo que saber controlar los nervios... pero no es fácil
Sí, la canción es muy bonita... Me alegra que te guste
Yo espero que tú estés bien, Lou... No me gusta lo que está ocurriendo en Argentina... Es demasiado injusto... Cuídate mucho, querida amiga
Te mando un abrazo fuerteeeee y millones de besos... Y muchas gracias por tu comentario, siempre me anima y me alegra
Mi querida amiga, te deseo una pronta recuperación. He sufrido lo mismo, sé lo que estás pasando. Sabes que cualquier cosa estoy para ti, aunque sea si deseas hablar con un amiga. Gracias por tu solidaridad con Argentina. Veremos que pasa. Te envío miles de besos y ya sabes siempre estaré para ti.
EliminarVaya, Lou... No sabía que también habías tenido ansiedad... Ahora entiendo muchas cosas y que estés tardando tanto en volver a publicar... Maldita ansiedad.
Eliminar¡Qué buena persona eres y qué suerte he tenido de conocerte!
Sé que estás, Lou... y tú debes saber que también estoy... Somos amigas para siempre.
Yo estaba mejor, pero he recaído... La ansiedad es muy traicionera y te deja sin defensas... y toda clase de enfermedades te atacan... Hago meditación, respiraciones... Me acerco a la brisa del mar siempre que puedo... pero esto es muy complicado
Tenemos que ser fuertes mentalmente, Lou... pero yo soy la persona más idiota que puedas imaginar.
¿Cómo no voy a ser solidaria con Argentina? Detesto las injusticias, detesto a los dictadores... y, sobre todas las cosas, tú vives en Buenos Aires... Yo quiero para Argentina lo mejor porque quiero que tú y tus seres queridos viváis bien. Te quiero mucho, Lou... Cuídate mucho, Lou... Yo te prometo cuidarme .
Gracias por tu cariño, gracias por tu amistad... Gracias por tanto.
También te envío besos y más besos... Todo mi cariño y mucha fuerza, valor y coraje.
si que parece que los hermanos sean ocupas. No lo se, puede haber una explicacion. Si estan ocupando una casa tienen que irse. Lo de Adrian es muy raro, no se que habra pasado. Me ha gustado mucho, esta interesante. Besos.
ResponderEliminarHola, Ramón
EliminarSí, dicen que no basta con parecer... hay que ser.
Bien, la intención de Enrique, Susana y Sonia era la de marcharse en Navidad... Tal vez se vayan antes.
Posiblemente sepamos más adelante lo sucedido con la tienda de Adrián.
Me alegra que te haya gustado.
Besos
Ya me tienes completamente enganchado a tu nueva novela. ¡Enhorabuena!
ResponderEliminarUn beso.
Me alegra saberlo... Muchas gracias, Juan
EliminarUn beso
Ma-ra-vi-llo-sa canción. El capítulo mucho más.
ResponderEliminarCoincido contigo... La canción me gusta, pero más el capítulo ;-)
EliminarEn el capítulo anterior le deseé suerte a Alejandra. Adrián, Enrique y sus hermanas también van a necesitar algo de eso. ¡Suerte a todos!
ResponderEliminarBeso
Hola, Ignacio
EliminarPues Adrián, Enrique, Susana y Sonia te lo agradecen.
Beso
Los hermanos no parecen unos okupas profesionales ni peligrosos.
ResponderEliminarQue la guerra que se ha desatado no te impida publicar.
Otro beso
Espero que no me lo impida, aunque el tercer capítulo ya va a tardar un poco en salir.
EliminarYo diría: la guerra que han desatado... Las guerras no se desencadenan solas.
Otro beso