EL CLAN TEODORO-PALACIOS

CUARTA PARTE

Etiquetas

sábado, 17 de enero de 2026

ALEJANDRA, ¿POR QUÉ LLORAS? Capítulo 1

 



ALEJANDRA, ¿POR QUÉ LLORAS?

 

CAPÍTULO 1

 

Nació en otoño. Esa bella estación de paisajes arrebatadores. En esa estación donde los árboles cambian el color de sus hojas verdes por rojos intensos, naranjas cálidos, amarillos brillantes, bronces con matices dorados, púrpuras regios... Una espectacular paleta de colores. Y esa alfombra de hojas secas que cubren el suelo de caminos y senderos.

Sin embargo, a ella no le gustaba el otoño. Le parecía una estación mediocre. Ni frío ni calor. Anodina. De una medianía insoportable. 
Tenía dos hermanas y ella no era la mayor ni la pequeña. ¡Cómo no, era la mediana! La medianía marcaba su vida... la señalaba, la perseguía, la condenaba. Y estaba harta de esta situación injusta.
Hoy, 12 de octubre, era su cumpleaños. Casi a mediados de mes. Un día festivo en España, que celebraba su Fiesta Nacional y el Día de la Hispanidad, conmemorando el descubrimiento de América por Cristóbal Colón en 1492. En Madrid se realizaba un desfile militar, un homenaje a la bandera y, en Zaragoza, se celebraba la Virgen del Pilar, patrona de Aragón.

Alejandra relacionaba más esta fecha con la Virgen del Pilar que con cualquier otro evento. Pero, de todos modos, hacía años que no celebraba su cumpleaños y este año no sería diferente.

Rememoró su decimoséptimo cumpleaños… un cumpleaños que no llegó a festejar.


"Eran las cinco y diez de la tarde y el comedor del hogar de los señores Iglesias rebosaba de jóvenes, comprendidos entre las edades de quince a veintidós años. Había tantos, que las sillas eran insuficientes, y algunos muchachos y muchachas permanecían de pie. Sus voces y risas se propagaban por toda la casa.
Los padres de Alejandra estaban sorprendidos. Nunca hubieran imaginado que su hija tuviera tantas amistades. Era una chica seria, tímida, introvertida y con explosivo carácter en ocasiones. ¡Era tan distinta a sus hermanas!
Mónica, la hija menor de los señores Iglesias, acudió para comunicarles que Alejandra continuaba en su habitación sin atender a sus invitados.
            ­­—Imaginaba algo así —comentó la señora Iglesias, malhumorada. Y con pasos rápidos, decididos y seguros fue a la habitación de la cumpleañera.
            —¿Se puede saber qué haces aquí? —le preguntó, impaciente— ¿Por qué no estás con tus amigos? Y, ¿por qué estás fumando? ¡Qué vicio tan cochino! ¿Cuántas veces he de pedirte que no fumes?
Alejandra, sentada en el suelo, bajo una ventana, dejó caer el cigarrillo en un cenicero manchado con restos de ceniza.
Con mirada triste observó a su madre. Sus oscuros ojos azules se fijaron en ella. Se levantó del suelo.
            —Te has puesto un vestido muy bonito —le dijo la señora Iglesias.
            —Todos mis vestidos son bonitos. No es preciso que intentes animarme.
            —¡No te entiendo, hija! —exclamó su madre, confundida— Si no tienes ganas de fiestas, ¿Por qué invitas a tus amigos?
            —¡No recuerdo haber invitado a nadie! —replicó Alejandra, enfadada— Ellos mismos se han invitado. ¡Los odio!
            —¡Ya está bien! —profirió la señora Iglesias más enojada que su hija — Ya tienes diecisiete años, ya deberías saber que los amigos son necesarios y la hipocresía también. ¡No hay ningún adulto que no sea hipócrita! ¡Aprende eso de una vez! Vivimos en una sociedad y tenemos que relacionarnos. Nadie triunfa ni sale adelante en soledad. ¿Por qué no aprendes un poco de tus hermanas?
Alejandra salió de su habitación, no porque le apeteciera saludar a sus “invitados”, sino porque pensó que esto agradaría a su madre y tampoco deseaba seguir escuchándola.
En realidad, a Alejandra no le gustaban sus amigos. No eran amigos auténticos. Eran, simplemente, compañeros de instituto en los cuales no podía confiar. Frente a ellos se sentía acomplejada, por debajo de ellos en todos los aspectos. Era incapaz de decirles lo que le gustaba y pensaba por temor a que se burlaran de ella y echaran por tierra sus ilusiones. Siempre guardaba silencio cuando ellos hablaban. Entre ellos todo parecía lógico, todo parecía normal… pero Alejandra sabía muy bien que a ella la miraban y consideraban como a un bicho raro.
Muchas veces había querido desembarazarse de ellos, pero entonces se veía sola y le tenía miedo a la soledad. Tenía muy grabada en su mente la frase de su madre: “Nadie triunfa ni sale adelante en soledad”.
Así, con una sensación completa de inseguridad, se dirigió al encuentro de sus “invitados”.
En un pasillo, cercano al comedor, vio a tres chicos desconocidos. El trío tampoco la conocía y, por lo tanto, ignoraban que ella fuese la anfitriona.
            —¡Eh, tú! —exclamó uno de ellos— ¿Eres otra de las invitadas al cumpleaños del conejillo de indias?
Alejandra se quedó perpleja, quieta. No sabía qué contestar. Al mismo tiempo, una arremolinada furia invadió su cuerpo, subió hasta su garganta y pugnaba por salir en forma de gritos. ¿Cómo se habían atrevido esos indeseables “amigos” suyos a tomarse la libertad  de llevar a su hogar a gente que ella nunca había visto?
            —¿Sabes dónde está el conejillo de indias? ¿La has visto? —volvió a hablar el mismo chico— Me refiero a Alejandra Iglesias, la que cumple diecisiete años hoy. No la conocemos, pero unos colegas nos han dicho que Alejandra es como un conejito pequeño, asustadizo y ridículo. Debe ser gracioso verla, ¿no te parece? Por eso hemos venido. Oye, ¿no tienes lengua? ­—añadió el chico sorprendido por la seriedad con que la chica lo miraba sin pronunciar palabra.
            —Yo soy Alejandra Iglesias —respondió la muchacha con voz trémula debido a su furia interna. No sentía miedo—. Yo soy el conejillo de indias que has nombrado.
Los ojos del desconocido se agrandaron por el impacto de la sorpresa.
            —¡Vaya, he metido la pata!
            —¡Eres idiota! —le recriminó otro de los chicos desconocidos— Siempre hablas demasiado cuando hablas.
            —No tiene ninguna importancia —dijo Alejandra aparentando indiferencia, como si no le doliera en absoluto lo que había escuchado. Seguidamente dijo: os agradeceré que vosotros y todos los demás os marchéis ahora mismo. No os quiero a ninguno en mi casa. ¡Fuera! Llevaos todos los regalos. No quiero abrirlos y, mucho menos, conservarlos. Decídselo a los demás. ¡Todos fuera de mi casa en menos de cinco minutos!
Alejandra regresó a su habitación. Su madre no estaba, el cenicero tampoco y la ventana estaba abierta.
Se echó en la cama y rompió a llorar dando rienda suelta a sus acongojadas emociones.
La voz de alarma de abandonar la casa en menos de cinco minutos se extendió rápidamente, y los “no invitados” se marcharon con sus regalos y pertenencias no sin antes despedirse a gritos con palabras groseras.
Los señores Iglesias se enfadaron tanto por lo sucedido que prohibieron a su hija volver a celebrar otro cumpleaños. Únicamente, en la casa, se celebrarían los cumpleaños de sus hermanas Rocío y Mónica.
A Alejandra no le molestó ni le importó esta prohibición. Todo lo contrario. 


Transcurridos tres años seguía sin molestarle o importarle. Lo que sí le molestaba, le importaba y le dolía era la actitud de sus padres hacia ella. Más bien, no había actitud. Pasaban de ella olímpicamente, sin ninguna hipocresía, sin ningún disimulo. Con ella no era preciso fingir, con el resto del mundo sí, por supuesto.
Estaba demasiado claro que ella era una gran decepción para sus progenitores. Su hermana mayor, Rocío, estudiaba Ciencias Políticas. Quería llegar a ser una grande en política. Incluso presidenta del Gobierno.
 Y, ¿por qué no vas a serlo?, dijo con henchido orgullo Alberto Iglesias”. Él era diputado en el Congreso y le colmaba de dicha y satisfacción que su primogénita siguiera sus pasos.
Mónica, la hija pequeña, colmaba de dicha y satisfacción a su madre. La benjamina seguía sus pasos. Quería estudiar medicina y llegar a ser tan buena médica cirujana como la señora Iglesias.
Pero Alejandra no quería seguir la estela de sus padres. A ella le apasionaba escribir. Comenzó con cuentos infantiles como homenaje a lo mucho que disfrutó con su lectura de pequeña. Ya hacía tiempo que empezó a atreverse con narrativas más extensas.
A sus veinte años, recién cumplidos, estaba escribiendo una novela… ¡Eso era fantástico!
Tener veinte años no era tan fantástico. El número dos delante la hacía sentirse muy mayor, casi vieja.
Sus padres le aconsejaron estudiar periodismo si deseaba dedicarse a la escritura.
            —Por lo menos podrás trabajar en un periódico —dijo el señor Iglesias sin entusiasmo—. Ganarte la vida escribiendo novelas es muy difícil. Tienes que ser muy buena. Hay demasiados escritores.
            —¿Y no hay demasiados políticos y demasiados médicos? —le desafió Alejandra— No estudiaré periodismo. Haré lo mismo que hizo Jo March.
            —¿Quién es Jo March? —preguntó el señor Iglesias.
            —Es la protagonista de Mujercitas. Seré como ella.
            —Estás diciendo tonterías, Alejandra. Tienes pájaros en la cabeza. Mientras vivas en esta casa harás lo que se te diga. Estudiarás periodismo y punto final.

Y, por este motivo, porque su padre no había cambiado de postura y su madre no tenía intención de apoyarla, Alejandra, con sus veinte años recién estrenados, tenía una maleta preparada, un lugar adonde ir y una alforja de sueños por cumplir.

 Págs 1- 8 

                                                              


Queridos lectores, queridas lectoras... Estamos a diecisiete de enero de 2026 y hoy habéis leído el primer capítulo de Alejandra, ¿por qué lloras?

Me alegra estar de nuevo con vosotr@s presentándoos esta novela... Me alegra poder contaros otra historia, que espero sea de vuestro agrado. Comenzamos recorrido. ¿Me acompañáis? Espero que vuestra decisión sea que sí.
Volveréis a ver a Ginger en el último capítulo para despedir la novela.
Muchas gracias a tod@s.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Puedes dejarme un comentario sin ofender a otras personas que comentan... Gracias

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License. Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.