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EL CLAN TEODORO-PALACIOS

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jueves, 15 de noviembre de 2018

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 143






















CAPÍTULO 143

DISTANCIAS QUE NO SON TALES


T
ras el ruido del disparo que detuvo sus pasos, Blas escuchó gritar a Marcos que él también era un asesino, y a Arturo Corona ordenarle que soltara el arma.
Y a pesar de que lo que más deseaba era salir de la casa, regresó al salón, altamente desconcertado.
En cuanto entró vio un espectáculo dantesco.
Marcos sujetaba un revólver con manos temblonas, y los dos soldados le apuntaban con las metralletas.
            —¡Obedece y suelta el arma! —repitió Arturo Corona, furioso—¡Tírala o estás muerto!
            —¡No disparen! —exclamó Blas de inmediato— Es un muchacho, solo tiene un año más que Nico.
            —¡Disparen! —gritó Matías Hernández— Ha fallado el tiro, pero ha intentado matarme. ¡Quiere matarme!
            —¿Cómo puedes pedir que disparen a tu hijo? —le increpó Blas sin entender absolutamente nada— Y, ¿por qué quiere matarte tu hijo, Matías?
            —Porque él ha matado a mi madre y a Cruz —respondió Marcos sin soltar el revólver.
            —¡Cruz ha matado a tu hermano! —chilló Matías, frenético.
            —Porque Luis iba a golpearla como todos los días, pero esta vez ella se defendió. Y usted la ha matado y a mi madre también. ¡Usted merece morir!
            —¡Disparen! ¡Me va a matar! —volvió a gritar el patriarca de la familia Hernández.
            —No lo hagas, Marcos —le pidió Blas.
            —¿Por qué no? Mi padre y mi hermano les pegaban a diario, y al final están muertas.
            —¡Tu hermano también está muerto! —aulló el señor Hernández—¡Tenía que vengarle!

Blas recordó los semblantes serios, asustados, tristes, de ambas mujeres. Y se maldijo por no haberse dado cuenta de lo que estaba sucediendo en la casa pequeña del jardín, y en su propia casa. Se maldijo por estar ciego, por no ver, por no saber.
            —Marcos, yo acabo de matar a dos hombres pero podré vivir con eso —le dijo al chiquillo mientras iba acercándose—. Si tú matas a tu padre, ¿estás seguro de poder vivir con eso? Yo creo que no. Dame el arma, por favor.

El muchacho bajó la cabeza, y le entregó el revólver.
            —¡Deben detenerle! —exclamó Matías Hernández— ¡Ha intentado matarme! ¡Quiero que se pudra en la cárcel!

Y estas fueron las últimas palabras que pronunció.
Blas se dio la vuelta, con el revólver en la mano, apuntó y disparó. Y él no falló.
            —Quédate con mi madre, Marcos —dijo al muchacho como si nada hubiera pasado. A continuación, miró a Arturo Corona—Solucione esto, excelencia. Yo me voy a ver a Nico.
                                                                                           ∎∎∎

Matilde Jiménez no esperaba a Jaime Palacios y a Helena. Su inesperada llegada la sobresaltó. Sus semblantes graves, el agotamiento que se reflejaba en la cara de Helena. ¿Era agresividad o impotencia lo que se reflejaba en la mirada de Jaime Palacios?
Matilde se asustó, y pensó lo peor.
            —¡No puede ser! —exclamó— ¡No puede ser!
            —¿Qué es lo que no puede ser? Si no puede ser no será —se impacientó Jaime Palacios.
            —Papá, por favor —le rogó Helena—. No es necesario levantar la voz—. Nico está bien —dijo entendiendo el temor de su amiga.
            —¿Entonces a qué se deben vuestras caras tan serias?
            —¡Se deben a nada! —se irritó de nuevo el señor Palacios— Coged lo que tengáis que coger. ¡Y no tardéis! No me gusta estar en este cuchitril, os espero en la calle.


Y salió de la casa cerrando la puerta de un soberano portazo.

            —Pero, ¿qué ocurre? —preguntó Matilde sin entender.
            —Ocurre que nos vamos. Debí hacerte caso, debí escucharte, y no ir al instituto esta mañana. Quizás no debí venir a Aránzazu —respondió Helena, y su amiga siguió sin entender.
            —Pero si Nico está bien, ¿qué es lo que ocurre?
            —Álvaro Artiach está muerto, y Elisa está muerta por mi culpa.
            —¿Cómo que Elisa está muerta y cómo que por tu culpa? ¿Qué disparates estás diciendo, Helena?
            —No son disparates, es la verdad. Blas ha matado a Álvaro, y yo he matado a Elisa.
            —Helena, te conozco bien. ¡Es imposible que hayas matado a Elisa!
            —¡Te digo que Elisa está muerta por mi culpa! Te pareces a mi padre. Tú, como él, crees que nada puede ser culpa mía.                                                    
                                                
                                                                                              ∎∎∎


Nicolás estaba muy despierto y muy espabilado. Recibió a su padre con una enorme y bonita sonrisa. A Blas le pareció una sonrisa preciosa, porque los ojos de su hijo también sonreían y brillaban como dos diamantes.
            —¡Hola, papá!
Blas también sonrió.
            —Hola, Nico. ¿Sabías que eres un campeón?
            —No quería marcharme, y no me he ido —dijo el chiquillo, orgulloso de sí mismo.
            —¿Puedo abrazarte?
            —Claro que puedes.
El señor Teodoro se fundió con el joven Nicolás en un cálido y suave abrazo. Suave, aún tenía miedo de causarle algún daño. Y mientras abrazaba a su hijo y sentía su abrazo, deseó olvidar todo lo que había ocurrido en el salón de su casa, todo lo que había ocurrido ese día. Todo no, el beso de Helena no lo olvidaría jamás por mucho que se lo propusiera. Hay cosas imposibles, y esa era una de ellas.

Fue Nicolás quien le hizo recordar lo que deseaba olvidar en cuanto dejaron de abrazarse.
            —¿Por qué Lucas me hizo esto? —le preguntó— ¿Te lo ha dicho? Quiero hablar con él, quiero que me lo explique.

Blas guardó silencio sin saber qué contestar.
¿Cómo decirle a su hijo que Lucas estaba muerto? Que Elisa estaba muerta, también Álvaro, el señor Cuesta, Matías, Luis, Prudencia, Cruz. Y que él y solo él había matado a tres hombres hacía un rato, apenas un rato.
            —¿Qué te pasa, papá? ¿Por qué no me contestas?
            —No estoy seguro de que te convenga hablar de eso ahora.
            —¡Quiero saber por qué Lucas ha querido matarme! —exclamó Nicolás con ímpetu. Y Blas enseguida se dio cuenta de que su hijo era el mismo de siempre. ¡Nico estaba vivo y muy vivo!
            —Lucas no sabía lo que hacía. No lo culpes, Nico. Lucas no era consciente de lo que hacía, él no quería matarte.
            —No entiendo lo que me dices.
            —Te lo explicaré bien en otro momento, ¿de acuerdo?

Nicolás, aunque extrañado, asintió.
            —¿Dónde está mi madre? ¿Por qué no ha venido contigo?

Blas no esperaba una pregunta tan directa relacionada con Helena. Le costó un poco reaccionar, y contestar.
            —Supongo que no tardará mucho en venir. Pero también supongo que tendré que salir de la habitación cuando ella entre.
            —¿Por qué? ¿Habéis discutido?
            —Ya sabes que tu madre es una lunática.

Nicolás replicó de inmediato.
            —Yo vi el beso que os disteis. ¡Ella te quiere! ¡Y también me quiere a mí! ¡Mikaela me quería y ella era Mikaela! ¡Se disfrazó para poder vernos!
            —Por supuesto que te quiere. Es tu madre, Nico.
            —Y es muy lista, y tú muy tonto. ¿Cómo no supiste que Mikaela era ella?
            —Mikaela me atraía mucho, y me recordaba mucho, muchísimo, a tu madre. Pero pensé que todo se debía a mis ganas de verla. Pensé que me había vuelto un poco loco.
            —¡Seremos felices los tres juntos! —exclamó Nicolás, entusiasmado— ¡No la vamos a tener que raptar! ¡Y será divertido vivir con ella!

Blas se sentó en un sillón cercano a la cama. Estaba agotado, sobre todo agotado mentalmente.
Nicolás no paraba de hablar y hacía planes, ilusionado.
Él comenzó a mirar la puerta que no se abría, y a mirar su reloj. ¿Por qué Helena tardaba tanto?
Tal vez no quería verle, seguramente le echaba la culpa de que un amigo suyo hubiera querido abusar de ella, y matarla.

Se revolvió, inquieto, en el mullido sillón. ¿Acaso era Nicolás culpable de aquello? No, no podía volver a dejar al niño. Esta vez no se lo perdonaría nunca.
            —¿No me estás escuchando, papá?

En efecto, no le estaba escuchando.
            —Perdona, ¿qué me decías? —se excusó.
            —Te preguntaba por Nat. ¿Tampoco viene a verme?

Blas exhaló un hondo suspiro. ¡Natalia! Se había olvidado de ella. ¿Cuándo se enteraría de la muerte de Elisa, quién se lo diría, cómo se lo tomaría
            —Hoy solo podemos verte tu madre y yo —le dijo a Nicolás.
            —Vale —se conformó el chiquillo—. ¿Sabes lo que pensé cuando os vi besaros a mi madre y a ti? —añadió sorprendiendo a su padre—Lo recuerdo muy bien. No sé por qué lo pensé, pero pensé que el amor es perder muchas batallas y ganar una guerra.
            —¿Eso pensaste?

Nicolás asintió sonriendo. Los hoyuelos de Helena aparecieron en sus mejillas.
Y Blas temió que estaba perdiendo otra batalla. ¿O era la guerra lo que ya perdía?                                                  

                                                                                    ∎∎∎


Jaime Palacios conducía a gran velocidad. Sin embargo, Helena tenía la impresión de no avanzar, de que permanecía en el mismo lugar. En una carretera con una recta interminable.
Las autopistas eran así, monótonas. No habría un mirador donde detenerse, no pasarían por ningún pueblo con encanto, no verían algún castillo o un paisaje espectacular.
Carretera de recta interminable.
Le hubiera gustado viajar sin rumbo. Pero no, se alejaba de Aránzazu y volvía a Markalo. Ese viaje iba a ser un recorrido duro. Se alejaba de Blas.
En su maleta llevaba el libro que le regaló, y su foto. Pero en su maleta ya no llevaba su vestido azul con flores blancas. Tampoco podría volver a leer la dedicatoria que Blas escribió en la primera página del libro, podría recordarla, eso sí, estaba grabada en su mente.

¿Sería feliz Paddy en el valle? La niña no había dudado en marcharse de Aránzazu. No quería volver con su madre.

Antes de partir, le pidió a Matilde que llamara a Berta para que le propusiera a Ofelia trabajar en un orfanato.
¿Sería feliz Ofelia cuidando y dando cariño a niños sin padres?
Quizás, en cada uno de esos niños, hallara un poco a Lucas.

¿Entendería Blas que se marchara de nuevo? ¿Lo entendería Nico?
Existía la probabilidad de fallar, de estar equivocándose con su decisión, y el vértigo de acertar.

El coche corría y corría tragándose kilómetros de la larga carretera. Los devoraba.
Ya debían estar bastante lejos de Aránzazu.
Y si cada minuto que pasaba se alejaba más, ¿por qué sentía a Blas más y más cerca?
Tal vez las distancias no eran tales.                                             
                                                                                              ∎∎∎

De madrugada, la puerta de la habitación se abrió. Pero Blas no vio ni escuchó nada. El cansancio le había vencido, y se había dormido. Nicolás también dormía.
Una luz tenue iluminaba la estancia.
La señora Sales, sigilosamente, fue hasta la cama donde descansaba Nicolás, y le dio un suave beso en la frente.
            —Eres mi nieto, Nico —balbuceó entre lagrimas—. Estoy segura de que lo eres. Soy tu abuela, yo soy tu abuela.

Y se quedó allí, contemplando al chiquillo como si en años no lo hubiera visto, esperando a que pasaran las horas y Blas despertara.
¡Tenía tanto que hablar con él!


Págs. 1157-1165

Próxima publicación... un jueves de diciembre

Hoy dejo una canción de Sweet California... "Vuelvo a ser la rara"


                                          
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