CAPÍTULO 70
MOMENTOS MUY DUROS
—¿E
|
s que no oyes a Emilia? —gritó el señor Francisco
al chiquillo— ¡Muévete de ahí y no entorpezcas! ¿Quieres obedecer, endiablado? ¡Obedece, niñato!
Nicolás detestaba que le
llamasen “mocoso” o “niñato”. Muy ofendido, soltó las muñecas de Víctor Márquez
y se levantó. Miró al señor Torres con semblante “oscuro”.
—Entra en casa ahora mismo —le indicó la señora Sales,
agitadamente—. Ya le diré
a Blas lo muy desobediente que eres.
Nicolás frunció el ceño,
más que nunca, y caminó lentamente, pensando que estaba recibiendo un trato muy
injusto. Emilia le seguía, anhelando apartar al niño del peligro. Patricia iba
detrás, quería entrar en casa y sentirse a salvo.
Los tres se dieron la vuelta,
con rapidez, cuando oyeron gritar al señor Francisco. Los dos hombres
forcejeaban por adueñarse de la escopeta.
—¡Maldita
sea! —exclamó
Nicolás, contrariado— ¡Sabía que no debía soltar a ese tipo! ¡El
señor Francisco es un patoso!
La señora Sales intentó
impedir que el muchacho se acercara a los hombres pero le
resultó imposible dominar al chaval. Víctor Márquez propinó una brutal patada,
en los testículos, al señor Torres, que aulló y se dobló, dolorido. Y el señor
Márquez se apoderó de la escopeta.
—¡Ni un
paso más! —gritó, apuntando con el arma a Nicolás, que ya se
encontraba muy cerca de él.
—¡NO!
—chilló la
señora Sales, angustiada, corriendo junto al chiquillo.
—¡La
policía debe estar a punto de llegar! —declaró el delincuente
con su siniestra voz— ¡Este
gordo ha debido avisarla! ¡Decide
dónde quieres el disparo: en el corazón
o en la cabeza! ¡No tengo tiempo que
perder!
Patricia corrió,
despavorida, a esconderse en el interior de la casa.
—¡NO!
—volvió a
chillar Emilia, situándose delante del niño— ¡No le haga daño, por Dios!
¡Solo es un crío, solo tiene quince años, máteme a mí, se lo suplico!
—¡No haga daño al chaval! —intervino el señor Francisco,
jadeando— Si lo mata,
no llegará a ser juzgado. Blas Teodoro lo matará a usted.
—¡Puedo darle dinero, hay mucho dinero en
casa! —habló la señora Sales,
precipitadamente— ¡Puede coger el coche del garaje!
El señor Márquez negó con
un movimiento de cabeza y sonrió, con crueldad, mostrando unos dientes
repulsivos.
—Voy a matar al chico y luego la mataré a usted
—afirmó,
perverso—. Blas
Teodoro lamentará mucho hablarme como lo hizo.
Nicolás miraba fijamente
a Víctor Márquez, esperando un descuido del hombre pero, este, estaba muy vigilante. El chiquillo tragó saliva; no era un cobarde,
aunque tampoco se hallaba preparado para morir. No obstante, si había llegado
el momento, no se iba a estar quieto y, por lo menos, intentaría que Emilia no
muriera también. Apartó a la mujer y se abalanzó sobre Víctor. El hombre
accionó el gatillo del arma pero, afortunadamente, no salió ninguna bala.
Iracundo, apretó el gatillo, varias veces seguidas, sin conseguir disparar. Por
lo visto, la escopeta no tenía munición.
El señor Francisco había
estado limpiándola, poco tiempo atrás, y había salido de casa sin recordar
cargarla.
Gracias a este olvido, Nicolás
y la señora Sales habían salvado sus vidas y, probablemente, el propio señor
Torres.
El chiquillo arrebató la
escopeta al salvaje individuo y le golpeó la cara con la culata. Víctor Márquez
se desplomó sobre el suelo, inconsciente.
La señora Sales se quitó
la zapatilla y pegó al cuerpo del caído una y otra vez; estaba enloquecida y
aterrorizada. Nicolás tiró la escopeta y abrazó a la mujer, procurando
serenarla.
—Cálmate, Emilia —le susurró—. Todo ha terminado y no
nos ha pasado nada. Estamos vivos, todo ha terminado.
La mujer abrazó, con
fuerza, al niño, llorando convulsiva y entrecortadamente. El señor Francisco
suspiró, muy aliviado. Hubiese preferido antes que Víctor Márquez le hubiera matado a él que tener que explicarle al señor Teodoro la muerte de su madre
y la del muchacho.
La sirena del coche del señor Tobías perforó el
silencio de la montaña. El policía bajó de su auto con el revólver en la mano;
había pedido refuerzos a Puerto Llano, pero aún no habían llegado. Esposó al
individuo que permanecía tendido en el suelo.
—¿Están todos bien? —indagó, preocupado.
La señora Sales,
simplemente, asintió. Acto seguido, pensó en su hijo.
—Tobías, por favor, no llames a Blas —le pidió, alterada—. Ha ido a Puerto Llano a
comprar regalos con Nat y Bibi. Ya se enterará de todo cuando llegue a casa.
—Tranquila —respondió el agente—. Cuando me ha llamado Francisco
ya me ha contado que Blas no estaba. Y, en ningún momento, se me ha pasado por
la cabeza avisarle. No quiero que tenga un accidente por la carretera.
El señor Tobías espabiló
al malhechor y lo obligó a ponerse de pie. Seguidamente lo empujó hacia el
coche patrulla y el vehículo, esta vez, con la sirena silenciosa, se alejó de
villa de Luna.
Nicolás ayudó al señor
Francisco a caminar; el hombre todavía sentía un agudo dolor en sus genitales.
La señora Sales recogió la escopeta; Patricia, que había sido testigo de todo
desde una ventana, corrió a la cocina y abrió la puerta. Todos entraron en la
villa y se refugiaron en el salón. La señora Sales le dio un analgésico al
señor Torres, que respiraba, con fatiga. Nicolás preparó tila y se la ofreció
al hombre, a Emilia y a Patricia.
—Yo creo que lo mejor es no contarle nada a
Blas —opinó el
muchacho—. Lo único
que va a hacer es ponerse nervioso y nos acabará poniendo nerviosos a todos.
—Nico, Blas no es tonto —replicó la señora Sales—. En cuanto llegue a casa
y nos vea las caras, va a saber que algo malo ha pasado. No
podemos ocultárselo. Por otra parte, Tobías se lo contará. Anda, cariño, ve a la cocina y prepara más tila. ¿Tú estás
bien, tesoro?
—Yo estoy perfectamente —aseguró el chiquillo—. A mí no me notaría
absolutamente nada.
—Porque tú eres un irresponsable —masculló el señor
Francisco, que empezaba a encontrarse mejor, gracias al analgésico y a la
infusión—. Has estado
a punto de morir y estás tan tranquilo. Ni siquiera eres consciente del peligro
que has corrido. ¡Te falta sentido común, muchacho!
—¡Toda la culpa ha sido suya! —le acusó Nicolás, enfadado— ¡Nada hubiese pasado si
yo no hubiese soltado a Víctor Márquez!
El señor Torres lanzó al
niño una mirada llameante, a pesar de saber que tenía sobrada razón.
—Nico, ve a la cocina a preparar más tila, por
favor —le rogó la
señora Sales, agotada.
ῳῳῳ
Se hicieron las dos de la
tarde y el señor Teodoro, Natalia y Bibiana no habían regresado. El señor
Francisco llamó a su esposa para decirle que se quedaría en villa de Luna hasta la llegada del joven. La
señora Sales, sentada en un sofá, se sentía sin fuerzas y no organizó nada para
comer. Nicolás untó unos bocadillos con tomate y los llenó de lonchas de
exquisito jamón serrano. El muchacho tenía apetito y se comió uno, recién hecho,
que le supo a gloria bendita. La señora Sales, el señor Torres y Patricia
únicamente tomaban tila.
—¿Cómo es que tarda tanto mi hijo? —preguntó la mujer, sobresaltada— ¿Habrá sufrido un accidente? ¡Dicen que las desgracias nunca
vienen solas!
—¡Claro que no! —exclamó Nicolás— Lo que pasa es que las
chicas son muy pesadas y se entretienen mucho comprando.
A los cinco minutos oyeron
entrar el todoterreno del señor Teodoro en el garaje, ya que la tele estaba
apagada.
—¡Ya están aquí! —anunció Nicolás, con
júbilo. Se había sentado al lado de Emilia y la mujer reposaba la cabeza en su
pecho.
—Gracias a Dios —murmuró la señora.
La primera que entró en
el salón fue Natalia, se le borró la sonrisa de los labios cuando vio los
semblantes graves de Emilia, Patricia y el señor Francisco. El hombre paseaba
por la estancia como un león enjaulado.
—Nico —dijo la muchacha en voz
baja—, Blas dice
que vengas a ayudarnos a descargar los paquetes.
—¡No me da la gana, dile que no! —exclamó su primo,
malhumorado— ¡Si no estoy
bien para ir a Puerto Llano, tampoco estoy bien para ayudaros a nada!
Natalia asintió, sin
comprender, y regresó al garaje comunicándole al señor Teodoro la respuesta del
niño. El joven silbó y seguidamente suspiró.
—¡Bueno, hagámoslo nosotros! —decidió— Por lo visto, Nico sigue
bastante enfadado y es mejor que no vaya a buscarlo o le daré un cachete que lo
dejaré atontado.
—Blas, ahí dentro pasa algo raro —dijo Natalia—. Todos están muy
extraños.
Tras oír a la chiquilla, el señor Teodoro dejó
los paquetes, que había empezado a coger,
y se dirigió al salón. Las niñas le siguieron. Al entrar
en la estancia tuvo la misma impresión que Natalia, algo anormal sucedía.
—¿Qué os pasa? —preguntó, alarmado,
dirigiéndose a su madre.
—¡AQUÍ, POR MUY POCO, OCURRE UNA GRAN TRAGEDÍA! —gritó el señor Francisco,
excitado— ¡Y TÚ, COMPRANDO REGALITOS!
El señor Teodoro miró a
su vecino y, luego, vio la escopeta sobre la mesa grande.
—¿Qué ha pasado? —interrogó, comenzando a
alterarse.
La señora Sales se
levantó del sofá y se aproximó a su hijo.
—Ha pasado que soy una vieja inútil, que no
sirvo para nada —declaró, compungida—. Por mi culpa y solo por
mi culpa, Víctor Márquez ha estado a punto de matar a Nico.
—¿Qué? —exclamó el señor Teodoro,
palideciendo — ¿Qué dices, mamá?
¿Víctor Márquez ha estado aquí? ¿Cómo ha podido entrar, dónde está ahora?
¿Alguien puede explicarme qué ha pasado aquí?
La señora Sales rompió a
llorar y su hijo la abrazó, mientras le acariciaba el cabello y miraba a
Nicolás. El niño también miraba a su tutor pero, de inmediato, desvió su mirada, nervioso.
Natalia y Bibiana estaban
anonadadas y asustadas. Emilia había
dicho demasiado claro que el señor Márquez había estado a punto de matar a Nico.
—Lo mejor hubiera sido no contarle nada a Blas —manifestó el crío,
crispado— ¡No me habéis hecho caso! ¡Nos va a hacer mil preguntas y nos va a
marear! ¡Que se tome tila!
Págs. 543-549
Este jueves dejo en el lateral del blog una canción de Isabel Pantoja... "Hay días"
