EL CLAN TEODORO-PALACIOS

CUARTA PARTE
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jueves, 3 de enero de 2013

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 44
















CAPÍTULO 44

ELISA SE COMPORTA DE UN MODO EXTRAÑO


N
atalia y Bibiana no dormían, tenían la oreja muy atenta a lo que pasaba fuera de su habitación y oyeron claramente cuando Blas salió del cuarto de Nicolás. Poco después, las dos niñas fueron a ver al muchacho. Este les explicó lo sucedido.
          Blas es un buen hombre concluyó Bibiana, ha creído a Estela y va a enterrar su carta. Yo creo que deberíamos contarle la verdad, pienso que nos ayudaría.
          ¡De ninguna manera! exclamó Nicolás ¡Se pondría hecho una fiera y nos enterraría a todos junto a Salvador Márquez!
Bibiana no creía que el joven hiciera algo semejante pero guardó silencio, resignada. Convencer a Nicolás de que lo más conveniente era hablar con su tutor era una labor imposible.
          ¿Y qué vamos a hacer ahora? indagó Natalia, nerviosa.
          Ya se me ocurrirá algo respondió su primo, tengo que pensar.
                                                                                         ῳῳῳ
El señor Teodoro después de vestirse, coger la llave del portón del cementerio, la linterna y la pala que había utilizado Nicolás, se fue con Estela en el todoterreno.
                                                                                        ῳῳῳ
Elisa Rey se despertó de sopetón, presa de una tremenda sensación de soledad. Anheló estar al lado de Blas y sentir su abrazo. Se levantó y fue hasta su habitación, encontrando la cama vacía. Se acostó, embriagándose del aroma del hombre impregnado en las sábanas.
          “¿Dónde estás, Blas?”, se preguntó. “Cuánto deseo tenerte junto a mí, casarme contigo, tener un hijo tuyo!” “¿Me lo pedirás algún día?”.
La joven pensó en Nicolás y sospechó que Blas debía estar con él. Siempre Nicolás tenía que estar por el medio. Aquel muchacho era el centro de la vida de Blas; su norte, sur, este y oeste. 
Una fea sombra asomó a su rostro, tornando sus suaves facciones en crispadas y oscureciendo sus ojos almendrados.
Decidida, se encaminó al cuarto del niño para comprobar si sus sospechas eran ciertas, y reclamar la atención del señor Teodoro. Su sorpresa fue grande cuando, en lugar de encontrar a Blas, halló a Natalia y a Bibiana.
          ¿Qué hacéis vosotras aquí? preguntó, enfadada   Son casi las cuatro de la madrugada. ¡Id a vuestra habitación enseguida!
          Solo estábamos hablando declaró Nicolás, extrañado de la rudeza de Elisa. No estamos haciendo nada malo.
La mujer lo miró con acritud.
          ¿Te parecen estas unas horas normales de hablar?    interrogó, ásperamente Ven conmigo, Nico.
          ¿A dónde? inquirió el crío, desconfiado.   Notaba a Elisa muy rara y le desagradaba la rabia que veía en sus ojos.
¿Qué mosca le había picado? ¿Por qué razón lo miraba así
      —Te he dicho que vengas conmigo le ordenó su tía secamente. Obedéceme o te aseguro que tendrás problemas con Blas. ¡Y vosotras, acostaros de una vez! ordenó a las niñas en el mismo tono desabrido. 
Natalia y Bibiana salieron de la estancia y Nicolás siguió a Elisa, escaleras abajo.      
              —¿Qué rayos le pasa a tu tía? preguntó Bibiana a Natalia, perpleja. 
          —No tengo ni idea respondió su amiga, apesadumbrada. Nunca la había visto así. Me ha dado un poco de miedo. 
Las dos muchachas se acostaron, entristecidas, por el comportamiento de Elisa. Patricia continuaba durmiendo sin enterarse absolutamente de nada. 
Elisa condujo a Nicolás al dormitorio de Blas y obligó al niño, bajo amenazas, a entrar en su cuarto. Seguidamente, cerró la puerta con llave. 
        —¡A ver si ahí encerrado no causas problemas! le gritó desde fuera, marchándose de la habitación de Blas. 
           —¡Eres una bruja! chilló Nicolás, fuera de sí ¡Digna hermana de mi padre! ¡Te pareces a él! ¡Tienes dos caras
El muchacho golpeó la puerta, dándole manotazos y fuertes patadas. 
      —¡Sácame de aquí! gritó con desesperación ¡No quiero estar encerrado! ¡No soy un delincuente!

                                                                                               ῳῳῳ

El señor Teodoro sepultó la carta de Estela sobre el ataúd de Jeremías. La señora Miranda sintió grandes remordimientos.

          No sé cómo he podido enviar a Nico aquí declaró con amargura. Este lugar es terrible por la noche. Ha tenido que pasar un miedo espantoso. Y Tobías lo ha debido asustar muchísimo. ¡Pobre criatura!

          No se torture, Estela le aconsejó Blas, comprensivo. Ya ha pasado todo. Nico irá mañana a ayudarla en casa pero, por favor, si tiene algún trabajo que hacer fuera de casa, pídamelo a mí. Prometo hacerlo sin rechistar.
Estela miró a Blas, compungida, y este la atrajo hacia sí y la abrazó con afecto.
          “Ay, Blas”, pensó la mujer, “si pudiera confiarte el problema que tengo, pero no creo que hicieras desaparecer el cadáver de Salvador sin rechistar”.
El señor Teodoro dejó a Estela en su casa y se dirigió a villa de Luna. Aparcó el todoterreno en el garaje y fue hacia su habitación. No creía que pudiera dormir pero, al menos, descansaría unas horas. Pensó en subir a ver a Nicolás, desistió de su idea porque supuso que el niño estaría dormido. Entró en su alcoba, se desvistió y se puso el pijama. Iba a meterse en la cama cuando unos golpes procedentes de la habitación de Nicolás lo dejaron paralizado. ¿Quién estaba allí dentro?
El joven fue hacia la puerta con rapidez. Giró la llave que había en la cerradura y abrió.
Nicolás permanecía en el suelo, de espaldas  y, de vez en cuando, daba furiosos manotazos. Al abrirse la puerta, el chiquillo cayó hacia detrás, ante el enorme asombro de Blas. El hombre ayudó al chaval a ponerse de pie. El niño estaba muy agitado y respiraba con dificultad.
      —¡No quiero estar encerrado! dijo, excitado ¡No soy un delincuente!
Blas abrazó al chiquillo y besó su cabeza.
          Cálmate, hijo le habló suavemente. Cuéntame qué ha ocurrido.
Nicolás se quedó boquiabierto. Blas le había llamado “hijo” y lo estaba tratando con mucho cariño. No demostraba estar enfadado con él tras el suceso del cementerio.      
          ¡Elisa es una bruja! exclamó el muchacho, alterado ¡Ella me ha encerrado! Me ha mirado como si me odiara. No me extraña que sea hermana de mi padre. Es tan repugnante como él. ¡No quiero volver a verla nunca! ¡No quiero vivir con ella!
Blas, desconcertado, no podía creer lo que estaba oyendo. Elisa siempre se había mostrado muy cariñosa con el niño.
          Explícame qué ha pasado pidió con serenidad.
          Nat y Bibi estaban en mi habitación comenzó a contarle Nicolás, hablábamos en voz baja, no estábamos alborotando. Ella entró, furiosa, envió a las chicas a dormir y a mí me trajo aquí. Dijo que si no la obedecía, te diría que le había faltado al respeto. ¡Me miró con odio y con asco!
El señor Teodoro conocía muy bien a Nicolás, no era un muchacho rencoroso y sería incapaz de inventarse algo así. Cuando hacía algo mal, agachaba la cabeza y aceptaba su castigo sin abrir la boca.
En aquel momento, el crío estaba muy dolido y rebotado porque, sin duda, se había cometido una injusticia o un abuso con él.
Blas no podía entender la actitud de la mujer.
          Hablaré con Elisa por la mañana —aseguró al chiquillo—, y quitaré la cerradura de esta puerta y los barrotes de la ventana. Ahora acuéstate en mi cama, dormirás conmigo. Voy un momento a la cocina.
Nicolás se metió en la cama de su tutor, sintiéndose mucho más tranquilo. Le extrañó que Blas no le hubiese reñido y no se hubiese puesto de parte de Elisa.
          “Ojalá fueses mi padre, Blas”, pensó el muchacho. “No dejes que Bruno se acerque nunca más a mí”.
El señor Teodoro regresó a la habitación trayendo consigo dos tazones que despedían calor.
          Es tila le dijo al niño, ofreciéndole un tazón. Nos sentará bien a los dos.
Nicolás bebió la tibia infusión, estaba agotado y se fue relajando paulatinamente. Había sido aquel un día con demasiadas emociones y no tardó en quedarse dormido, descansando su cabeza en el brazo derecho de Blas.
De vez en cuando sufría algún espasmo y su respiración, a veces, era acongojada.
Su tutor vigilaba su sueño y le susurraba palabras tranquilizadoras.
                                                                                                       ῳῳῳ
Estela Miranda relató a su hija Gabriela cómo Blas había enterrado la carta destinada a Jeremías.
          El cementerio daba miedo, daba horror. ¡Es todo tan diferente por la noche! Tan solitario, silencioso, lúgubre, tétrico... ¡Pobre Nico! terminó diciendo la mujer.
          Mamá, creo que deberíamos hablar con Blas y contárselo todo dijo Gabriela, siendo de la misma opinión que Bibiana.
Estela se negó con un enérgico movimiento de cabeza.
             —Blas es muy buena persona, a pesar de todo va a consentir que Nico siga viniendo aquí reconoció. Pero no creo que aceptase deshacerse de Salvador sin más. No podemos olvidar que es un hombre muy recto.
Voy a acostarme, debo pensar con calma. Tiene que haber un modo de solucionar el problema de una buena vez.
                                                                                                  ῳῳῳ
El señor Teodoro saltó de la cama a las ocho de la mañana, le había resultado imposible pegar un ojo.
Nicolás, en cambio, dormía profundamente.
El joven se dirigió al baño y se duchó. Seguidamente se vistió con un chándal y unas deportivas. Llevó los tazones a la cocina y salió a correr.
El cielo tenía un color grisáceo y hacía mucho frío. Las hojas de los árboles y las agujas de los pinos estaban muy quietas. Reinaba la paz.
Blas corrió velozmente, y descendió hasta el pueblo, dio una vuelta al mismo, compró dos hogazas de pan recién horneado, ese pan tan añorado en las grandes ciudades, y luego regresó a la urbanización. Le gustaba correr, esta afición le había convertido en un corredor excelente. El ejercicio le ayudaba a quemar adrenalina y a relajarse.
Volvió a ducharse y se cambió de chándal.
En la cocina, se preparó un tazón de tila.
Nadie se había levantado todavía y tomó la infusión, pensativo, cogitabundo.
A pesar de la carrera, estaba de un humor de perros.

Págs. 335-341

El siguiente capítulo saldrá el próximo jueves. 
Si yo fuera Rey Mago haría realidad el mejor de vuestros sueños.
Un abrazo.                                                                                                        
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This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License. Creative Commons License
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