CAPÍTULO 44
ELISA SE COMPORTA DE UN MODO EXTRAÑO
N
|
atalia y Bibiana no
dormían, tenían la oreja muy atenta a lo que pasaba fuera de su habitación y
oyeron claramente cuando Blas salió del cuarto de Nicolás. Poco después, las
dos niñas fueron a ver al muchacho. Este les explicó lo sucedido.
—Blas es un buen hombre —concluyó Bibiana—, ha creído a Estela y va
a enterrar su carta. Yo creo que deberíamos contarle la verdad, pienso que nos
ayudaría.
—¡De ninguna manera! —exclamó Nicolás— ¡Se pondría hecho una
fiera y nos enterraría a todos junto a Salvador Márquez!
Bibiana no creía que el
joven hiciera algo semejante pero guardó silencio, resignada. Convencer a
Nicolás de que lo más conveniente era hablar con su tutor era una labor imposible.
—¿Y qué vamos a hacer ahora? —indagó Natalia, nerviosa.
—Ya se me ocurrirá algo —respondió su primo—, tengo que pensar.
ῳῳῳ
El señor Teodoro después de vestirse, coger la
llave del portón del cementerio, la linterna y la pala que había utilizado Nicolás, se
fue con Estela en el todoterreno.
ῳῳῳ
Elisa Rey se despertó de sopetón, presa de una tremenda
sensación de soledad. Anheló estar al lado de Blas y sentir su abrazo. Se
levantó y fue hasta su habitación, encontrando la cama vacía.
Se acostó, embriagándose del aroma del hombre impregnado en las sábanas.
“¿Dónde estás, Blas?”, se preguntó. “Cuánto
deseo tenerte junto a mí, casarme contigo, tener un hijo tuyo!”
“¿Me lo pedirás algún día?”.
La joven pensó en Nicolás y sospechó que Blas debía
estar con él. Siempre Nicolás
tenía que estar por el medio. Aquel
muchacho era el centro de la vida de Blas; su norte, sur, este y oeste.
Una fea sombra asomó a su rostro, tornando sus suaves facciones en crispadas y oscureciendo sus ojos almendrados.
Decidida, se encaminó al cuarto del niño para comprobar si sus sospechas eran ciertas, y reclamar la atención del señor Teodoro. Su sorpresa fue grande cuando, en lugar de encontrar a Blas, halló a Natalia y a Bibiana.
Una fea sombra asomó a su rostro, tornando sus suaves facciones en crispadas y oscureciendo sus ojos almendrados.
Decidida, se encaminó al cuarto del niño para comprobar si sus sospechas eran ciertas, y reclamar la atención del señor Teodoro. Su sorpresa fue grande cuando, en lugar de encontrar a Blas, halló a Natalia y a Bibiana.
—¿Qué hacéis vosotras
aquí? —preguntó,
enfadada — Son casi las cuatro de
la madrugada. ¡Id a vuestra habitación enseguida!
—Solo estábamos hablando —declaró Nicolás, extrañado
de la rudeza de Elisa—. No estamos haciendo nada malo.
La mujer lo miró con acritud.
—¿Te parecen estas unas
horas normales de hablar? —interrogó, ásperamente— Ven conmigo, Nico.
—¿A dónde? —inquirió el crío,
desconfiado. Notaba a Elisa muy rara y
le desagradaba la rabia que veía en sus ojos.
¿Qué mosca le había picado? ¿Por qué razón lo miraba así?
—Te he dicho que vengas conmigo —le ordenó su tía secamente—. Obedéceme o te aseguro que tendrás problemas con Blas. ¡Y vosotras, acostaros de una vez! —ordenó a las niñas en el mismo tono desabrido.
Natalia y Bibiana salieron de la estancia y Nicolás siguió a Elisa, escaleras abajo.
—¿Qué rayos le pasa a tu tía? —preguntó Bibiana a Natalia, perpleja.
—No tengo ni idea —respondió su amiga, apesadumbrada—. Nunca la había visto así. Me ha dado un poco de miedo.
Las dos muchachas se acostaron, entristecidas, por el comportamiento de Elisa. Patricia continuaba durmiendo sin enterarse absolutamente de nada.
Elisa condujo a Nicolás al dormitorio de Blas y obligó al niño, bajo amenazas, a entrar en su cuarto. Seguidamente, cerró la puerta con llave.
—¡A ver si ahí encerrado no causas problemas! —le gritó desde fuera, marchándose de la habitación de Blas.
—¡Eres una bruja! —chilló Nicolás, fuera de sí— ¡Digna hermana de mi padre! ¡Te pareces a él! ¡Tienes dos caras!
El muchacho golpeó la puerta, dándole manotazos y fuertes patadas.
—¡Sácame de aquí! —gritó con desesperación— ¡No quiero estar encerrado! ¡No soy un delincuente!
¿Qué mosca le había picado? ¿Por qué razón lo miraba así?
—Te he dicho que vengas conmigo —le ordenó su tía secamente—. Obedéceme o te aseguro que tendrás problemas con Blas. ¡Y vosotras, acostaros de una vez! —ordenó a las niñas en el mismo tono desabrido.
Natalia y Bibiana salieron de la estancia y Nicolás siguió a Elisa, escaleras abajo.
—¿Qué rayos le pasa a tu tía? —preguntó Bibiana a Natalia, perpleja.
—No tengo ni idea —respondió su amiga, apesadumbrada—. Nunca la había visto así. Me ha dado un poco de miedo.
Las dos muchachas se acostaron, entristecidas, por el comportamiento de Elisa. Patricia continuaba durmiendo sin enterarse absolutamente de nada.
Elisa condujo a Nicolás al dormitorio de Blas y obligó al niño, bajo amenazas, a entrar en su cuarto. Seguidamente, cerró la puerta con llave.
—¡A ver si ahí encerrado no causas problemas! —le gritó desde fuera, marchándose de la habitación de Blas.
—¡Eres una bruja! —chilló Nicolás, fuera de sí— ¡Digna hermana de mi padre! ¡Te pareces a él! ¡Tienes dos caras!
El muchacho golpeó la puerta, dándole manotazos y fuertes patadas.
—¡Sácame de aquí! —gritó con desesperación— ¡No quiero estar encerrado! ¡No soy un delincuente!
ῳῳῳ
El señor Teodoro sepultó la carta de
Estela sobre el ataúd de Jeremías. La señora Miranda sintió
grandes remordimientos.
—No sé cómo he podido enviar a Nico aquí —declaró con amargura—. Este lugar es terrible
por la noche. Ha tenido que pasar un miedo espantoso. Y Tobías lo ha debido
asustar muchísimo. ¡Pobre criatura!
—No se torture, Estela —le aconsejó Blas,
comprensivo—. Ya ha
pasado todo. Nico irá mañana a ayudarla en casa pero, por favor, si tiene algún
trabajo que hacer fuera de casa, pídamelo a mí. Prometo hacerlo sin rechistar.
Estela miró a Blas,
compungida, y este la atrajo hacia sí y la abrazó con afecto.
“Ay, Blas”, pensó la mujer, “si pudiera confiarte el problema que tengo,
pero no creo que hicieras desaparecer el cadáver de Salvador sin rechistar”.
El señor Teodoro dejó a
Estela en su casa y se dirigió a villa de Luna.
Aparcó el todoterreno en el garaje y fue hacia su habitación. No creía que
pudiera dormir pero, al menos, descansaría unas horas. Pensó en subir a ver a
Nicolás, desistió de su idea porque supuso que el niño estaría dormido. Entró
en su alcoba, se desvistió y se puso el pijama. Iba a meterse en la cama cuando
unos golpes procedentes de la habitación de Nicolás lo dejaron paralizado. ¿Quién estaba allí dentro?
El joven fue hacia la puerta con rapidez. Giró la llave que había en la cerradura y abrió.
Nicolás permanecía en el
suelo, de espaldas y, de vez en cuando,
daba furiosos manotazos. Al abrirse la puerta, el chiquillo cayó hacia detrás,
ante el enorme asombro de Blas. El hombre ayudó al chaval a ponerse de pie. El
niño estaba muy agitado y respiraba con dificultad.
—¡No quiero estar encerrado! —dijo, excitado— ¡No soy un delincuente!
Blas abrazó al chiquillo
y besó su cabeza.
—Cálmate, hijo —le habló suavemente—. Cuéntame qué ha
ocurrido.
Nicolás se quedó
boquiabierto. Blas le había llamado “hijo”
y lo estaba tratando con mucho cariño. No demostraba estar enfadado con él tras el suceso del cementerio.
—¡Elisa
es una bruja! —exclamó el muchacho, alterado— ¡Ella me ha
encerrado! Me ha mirado como si me odiara. No me extraña que sea hermana de mi
padre. Es tan repugnante como él. ¡No quiero volver a verla nunca! ¡No quiero
vivir con ella!
Blas, desconcertado, no
podía creer lo que estaba oyendo. Elisa
siempre se había mostrado muy cariñosa con el niño.
—Explícame qué ha pasado —pidió con serenidad.
—Nat y Bibi estaban en mi habitación —comenzó a contarle Nicolás—, hablábamos en voz baja, no estábamos alborotando. Ella entró, furiosa, envió a
las chicas a dormir y a mí me trajo aquí. Dijo que si no la obedecía, te diría
que le había faltado al respeto. ¡Me miró con odio y con asco!
El señor Teodoro conocía
muy bien a Nicolás, no era un muchacho rencoroso y sería incapaz de inventarse
algo así. Cuando hacía algo mal, agachaba la cabeza y aceptaba su castigo sin
abrir la boca.
En aquel momento, el crío
estaba muy dolido y rebotado porque, sin duda, se había cometido una injusticia o un abuso
con él.
Blas no podía entender la
actitud de la mujer.
—Hablaré con Elisa por la
mañana —aseguró al chiquillo—, y quitaré
la cerradura de esta puerta y los barrotes de la ventana. Ahora acuéstate en
mi cama, dormirás conmigo. Voy un momento a la cocina.
Nicolás se
metió en la cama de su tutor, sintiéndose mucho más tranquilo. Le extrañó que
Blas no le hubiese reñido y no se hubiese puesto de parte de Elisa.
“Ojalá fueses mi
padre, Blas”, pensó el muchacho. “No
dejes que Bruno se acerque nunca más a mí”.
El señor Teodoro regresó
a la habitación trayendo consigo dos tazones que despedían calor.
—Es tila —le dijo al niño,
ofreciéndole un tazón—. Nos sentará bien a los dos.
Nicolás bebió la tibia
infusión, estaba agotado y se fue relajando paulatinamente. Había sido aquel un
día con demasiadas emociones y no tardó en quedarse dormido, descansando su
cabeza en el brazo derecho de Blas.
De vez en cuando sufría
algún espasmo y su respiración, a veces, era acongojada.
Su tutor vigilaba su
sueño y le susurraba palabras tranquilizadoras.
ῳῳῳ
Estela Miranda relató a
su hija Gabriela cómo Blas había enterrado la carta destinada a Jeremías.
—El cementerio daba miedo, daba horror. ¡Es todo tan diferente por la noche! Tan solitario, silencioso, lúgubre, tétrico... ¡Pobre
Nico! —terminó
diciendo la mujer.
—Mamá, creo que deberíamos hablar con Blas y
contárselo todo —dijo Gabriela, siendo de la misma opinión que
Bibiana.
Estela se negó con un
enérgico movimiento de cabeza.
—Blas es muy buena persona, a pesar de todo va a consentir que Nico siga viniendo aquí —reconoció—. Pero no creo que
aceptase deshacerse de Salvador sin más. No podemos olvidar que es un hombre muy recto.
Voy a acostarme, debo
pensar con calma. Tiene que haber un modo de solucionar el problema de una buena vez.
ῳῳῳ
El señor Teodoro saltó de
la cama a las ocho de la mañana, le había resultado imposible pegar un ojo.
Nicolás, en cambio,
dormía profundamente.
El joven se dirigió al
baño y se duchó. Seguidamente se vistió con un chándal y unas deportivas. Llevó
los tazones a la cocina y salió a correr.
El cielo tenía un color
grisáceo y hacía mucho frío. Las hojas de los árboles y las agujas de los pinos
estaban muy quietas. Reinaba la paz.
Blas corrió velozmente, y
descendió hasta el pueblo, dio una vuelta al mismo, compró dos hogazas de pan recién horneado, ese pan tan añorado en las grandes ciudades, y luego regresó a la
urbanización. Le gustaba correr, esta afición le había convertido en un
corredor excelente. El ejercicio le ayudaba a quemar adrenalina y a relajarse.
Volvió a ducharse y se
cambió de chándal.
En la cocina, se preparó un
tazón de tila.
Nadie se había levantado
todavía y tomó la infusión, pensativo, cogitabundo.
A pesar de la carrera,
estaba de un humor de perros.
Págs. 335-341
El siguiente capítulo saldrá el próximo jueves.
Si yo fuera Rey Mago haría realidad el mejor de vuestros sueños.
Un abrazo.
