CAPÍTULO 40
LA CAJA DE ZAPATOS
L
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a señora Estela Miranda
paseaba, inquieta, por su terraza. Eran casi las ocho de la tarde y los niños
todavía no regresaban. Esperaba que no les hubiese ocurrido nada malo. Se sentía culpable de haberles encomendado una misión desproporcionada. Y le asaltaban muchas dudas, tal vez Hércules y Gabriela debieran haberles acompañado.
La mujer se retorcía las manos, presa de la desazón.
La mujer se retorcía las manos, presa de la desazón.
“La montaña es
peligrosa de noche”, pensó, angustiada. “Que no les haya salido ningún animal salvaje, Dios mío. Ayúdanos,
Virgen Santa, te lo ruego”.
Gabriela dejó a Hércules
en el salón y bajó a reunirse con su madre. También estaba intranquila por la
tardanza de los muchachos.
—¿No convendrá que vaya a buscarlos? —preguntó.
—No, cariño —se negó su madre—. No creo que pudieras encontrarlos
y es muy arriesgado. Si a las ocho y media no están aquí, iré a avisar a Blas.
—¿Y cómo le vas a explicar… —Gabriela no terminó de
realizar la pregunta porque, en aquel momento, llegaron a la terraza un sombrío
Blas sujetando por un brazo a un decaído Nicolás. Detrás, llegaban Natalia y
Bibiana, desalentadas, seguidas de un sofocado señor Francisco.
Estela entendió de
inmediato que los hombres debían haber descubierto a los chiquillos. Su plan se había ido al garete.
—¿Qué ha ocurrido? —indagó la mujer con
agallas.
El señor Teodoro se sorprendió
por el tono desafiante que empleó la señora.
—Los niños estaban cavando una fosa en el pozo
de las águilas —comenzó a explicar.
—¡Eso ya lo sé! —exclamó Estela, airada— ¡Yo misma les dije que
lo hicieran! ¿Y qué es lo que pasa?
Blas, desconcertado,
soltó a Nicolás que sintió un gran alivio al notar su brazo liberado.
—¿Y por qué razón les encargó hacer tal cosa? —intervino el señor
Torres, suspicaz— ¿Qué es lo que quiere enterrar allí?
—¡A ti te quiero enterrar allí, asno! —le respondió la señora
Miranda.
Nicolás, Natalia, Bibiana y Gabriela estaban desasosegados. No podían
figurarse cómo iba a acabar aquel barullo.
—¿Has
oído, Blas? —interpeló Francisco,
excitadísimo— ¡Esta mujer me está
insultando y humillando!
Blas Teodoro
estaba anonadado, sin acertar a entender el comportamiento de la señora Miranda.
—¿Habéis cavado la fosa? —preguntó
Estela a Nicolás.
El chiquillo
tampoco entendía nada. ¿Acaso Estela se proponía confesarlo todo?
—Sí —contestó con desconfianza—. Pero Blas la ha vuelto a tapar.
La mujer miró, enfadada, al aludido.
—¿Te crees muy gracioso, Blas? —le
dijo, furiosa— Pues ahora, el
trabajo que ha hecho Nico te va a tocar hacerlo a ti.
El señor
Teodoro no salía de su asombro.
—Sinceramente no logro comprender nada
—declaró—. ¿Por qué quiere que cave una fosa?
—Hércules ha matado… —intentó decir la mujer, pero Nicolás no le permitió continuar.
—¡Hércules
no ha matado a nadie! —gritó, desaforado— ¡He sido yo!
Los ojos
oscuros de Blas se tornaron más negros. Miró al niño como si lo quisiera taladrar. Gabriela, Natalia y Bibiana sintieron que sus corazones galopaban muy
veloces.
—¡Este
muchacho es un atolondrado, Blas! —chilló Francisco, frenético— ¡Dale un par
de guantazos y que aprenda a callar, y deje hablar a los mayores! ¡Solo sirve para decir idioteces y confundirnos a todos!
—¡A un cachorro de gato! —exclamó
Estela, consiguiendo que Blas volviese a prestarle atención y se olvidase del
niño— Hércules ha matado a un gatito pequeñito. Me siento culpable y quería
enterrarlo como es debido.
Nicolás se
apaciguó al oír aquella explicación.
—Vaya, lo lamento mucho Estela —manifestó
Blas con franqueza—. Quería comprarle un bozal al perro esta mañana, pero se me
olvidó por completo. Nico tiró al barranco el bozal de Hércules.
—Hizo muy bien —aprobó la señora
Miranda—. Ni Gabriela ni yo le pondríamos jamás un bozal a Hércules. Esa fue
una idea de Salvador. El perro es bueno, no sé cómo ha podido matar al gatito.
Debe estar todavía conmocionado por los malos tratos que recibió de ese canalla aunque, probablemente, haya sido un accidente mientras jugaban.
—Está bien —aceptó
Blas—, traiga al gato y lo enterraré.
—¡Sigo
diciendo que este muchacho es un atolondrado! —vociferó Francisco,
señalando a Nicolás— ¡Para enterrar a un gato no es necesario ir al pozo de las
águilas y, mucho menos, hacer un agujero tan grande como el que él había hecho!
Blas estaba
totalmente de acuerdo con el señor Torres, pero no dijo nada. Miró a Bibiana.
—Una trampa para jabalíes, ¿eh? —comentó—
¿Y a ti de qué te ha servido escribir doscientas veces “no mentiré ni ocultaré
nada a Blas” —añadió, mirando a Nicolás.
El chiquillo
se sumió en un hermético mutismo; Estela se había ido al garaje. Estaba
preocupada, ¿de dónde iba a sacar un
gatito muerto? De ninguna parte, por supuesto. La mujer salió, un rato después, con una caja de zapatos.
—Dentro está el gatito —anunció—,
vamos a enterrarlo.
—No creo necesario que usted venga —manifestó
el señor Francisco—. ¿No pensará subir al pozo de las águilas? La caminata
hasta allí es muy pesada.
—Sígueme, Blas —dijo la mujer al
señor Teodoro sin hacer caso de los comentarios del señor Torres.
El joven y
todos los demás siguieron a Estela, incluidos Jaime y Julián, que se
encontraban fuera de la terraza observando, muy curiosos.
Pasaron de
largo el recinto de la piscina y bajaron hasta la pista de tenis. En la parte
izquierda había un trozo de terreno limpio de maleza.
—Aquí puedes
cavar —indicó Estela a Blas.
El señor Teodoro, con el pico, golpeó fuertemente la tierra.
Ayudado con la pala no tardó ni diez minutos en tener listo un agujero de
considerables dimensiones. Durante esos diez minutos el señor Francisco no dejó ni un segundo de resoplar y mascullar. Estaba visiblemente contrariado.
—Ya es suficiente —le dijo la señora
Miranda a Blas pensando lo poco que le costaría al joven enterrar a Salvador
Márquez. Nicolás, Gabriela y las niñas también estaban pensando lo mismo. Pero a ver quién era el valiente que se
atrevía a pedírselo. Se encontraban muy cerca de la carretera y, además de
las linternas, recibían luz de las farolas más próximas.
—Deme la caja y la meteré en el hoyo —pidió
Blas a Estela.
—De ninguna manera —se negó la mujer—.
Lo haré yo misma.
Blas accedió y
el señor Francisco bufó, enojado.
—¡Esto
es el colmo! —estalló— ¿Quiere dejar
que Blas acabe con este teatro cuanto antes?
El señor
Torres avanzó hacia Estela y le arrebató la caja. Lo hizo con tal
violencia, que la caja aterrizó en el suelo y se abrió. De esta sobresalieron
un par de zapatos negros. Blas y Francisco miraron los zapatos como si se trataran
de dos extraterrestres. Nicolás, Gabriela, Natalia y Bibiana se vieron
perdidos. Jaime y Julián estaban alucinados al ver convertido el gatito en un par de zapatos.
—¿Por qué ponéis esa cara de bobos? —preguntó
Estela, furiosa, a Blas y a Francisco, haciendo acopio de una gran entereza.
Los hombres
dejaron de mirar los zapatos y dirigieron su mirada a la mujer.
—¡Está usted rematadamente loca, ha perdido el juicio! —la insultó
Francisco, escupiendo saliva— ¡Vamos a
tener que contratar los servicios de un psiquiatra!
Estela se
acercó al señor Torres y le propinó una fuerte bofetada. Los ojos saltones del
hombre se agrandaron, mientras condujo una mano a su mejilla con restos de barba.
—¡No consiento que nadie me ofenda! —gritó
la mujer. Seguidamente se dirigió a Blas. —¿Puedes agacharte un momento? —le preguntó en un tono exigente.
El joven se
agachó y Estela le propinó otra fuerte bofetada. Su mejilla poseía un tacto suave, no
raspaba en absoluto.
Nicolás se
mordió los labios, muy nervioso. Pensó que su tutor iba a cavar una fosa donde iba
a enterrarlos a todos. El señor Teodoro se enderezó.
—No entiendo por qué me ha pegado,
Estela —dijo de mal humor.
—Tú no me has llamado loca, pero
seguro que lo estás pensando y eso es mucho peor —le notificó la mujer—. Esos
zapatos los llevé la última vez que bailé con mi difunto esposo —explicó, haciendo un supremo esfuerzo por resultar convincente—. Me estoy haciendo mayor, no quiero que cuando yo muera alguien los
acabe tirando en un contenedor.
El señor Teodoro metió los
dos zapatos en la caja y la cerró con la tapa. La introdujo en el hoyo y echó
paladas de tierra encima hasta que quedó sepultada.
Además de las
personas que estaban allí, fueron testigos del "entierro" unos pinos, unos matorrales, unas
plantas de tallo corto y un frío intenso. Una araña negra, grande y peluda
había huido, despavorida, ante semejante terremoto.
El viejo reloj del
campanario perforó el silencio de la noche con melodiosos tañidos; eran las nueve en punto.
El grupo
volvió a la carretera y ascendió hacia la urbanización. Caminaron en silencio.
El señor Francisco se marchó hacia su casa seguido de sus hijos. Estaba
terriblemente alterado, su agravio no tenía límites. Y tenía la inquebrantable convicción de que
Estela Miranda había perdido la razón.
Págs. 301-307
