EL CLAN TEODORO-PALACIOS

CUARTA PARTE
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viernes, 14 de diciembre de 2012

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 40














CAPÍTULO 40

LA CAJA DE ZAPATOS


L
a señora Estela Miranda paseaba, inquieta, por su terraza. Eran casi las ocho de la tarde y los niños todavía no regresaban. Esperaba que no les hubiese ocurrido nada malo. Se sentía culpable de haberles encomendado una misión desproporcionada. Y le asaltaban muchas dudas, tal vez Hércules y Gabriela debieran haberles acompañado.
La mujer se retorcía las manos, presa de la desazón.
          “La montaña es peligrosa de noche”, pensó, angustiada. “Que no les haya salido ningún animal salvaje, Dios mío. Ayúdanos, Virgen Santa, te lo ruego”.
Gabriela dejó a Hércules en el salón y bajó a reunirse con su madre. También estaba intranquila por la tardanza de los muchachos.
          ¿No convendrá que vaya a buscarlos? preguntó.
          No, cariño —se negó su madre. No creo que pudieras encontrarlos y es muy arriesgado. Si a las ocho y media no están aquí, iré a avisar a Blas.
          ¿Y cómo le vas a explicar… Gabriela no terminó de realizar la pregunta porque, en aquel momento, llegaron a la terraza un sombrío Blas sujetando por un brazo a un decaído Nicolás. Detrás, llegaban Natalia y Bibiana, desalentadas, seguidas de un sofocado señor Francisco.
Estela entendió de inmediato que los hombres debían haber descubierto a los chiquillos. Su plan se había ido al garete.
          ¿Qué ha ocurrido? indagó la mujer con agallas.
El señor Teodoro se sorprendió por el tono desafiante que empleó la señora.
          Los niños estaban cavando una fosa en el pozo de las águilas comenzó a explicar.
          ¡Eso ya lo sé! exclamó Estela, airada ¡Yo misma les dije que lo hicieran! ¿Y qué es lo que pasa?
Blas, desconcertado, soltó a Nicolás que sintió un gran alivio al notar su brazo liberado.
          ¿Y por qué razón les encargó hacer tal cosa? intervino el señor Torres, suspicaz ¿Qué es lo que quiere enterrar allí?
          ¡A ti te quiero enterrar allí, asno! le respondió la señora Miranda.
Nicolás, Natalia, Bibiana y Gabriela estaban desasosegados. No podían figurarse cómo iba a acabar aquel barullo.
          ¿Has oído, Blas? interpeló Francisco, excitadísimo— ¡Esta mujer me está insultando y humillando!
Blas Teodoro estaba anonadado, sin acertar a entender el comportamiento de la señora Miranda.
          —¿Habéis cavado la fosa? —preguntó Estela a Nicolás.
El chiquillo tampoco entendía nada. ¿Acaso Estela se proponía confesarlo todo?
          —Sí —contestó con desconfianza—. Pero Blas la ha vuelto a tapar.
La mujer miró, enfadada, al aludido.
          —¿Te crees muy gracioso, Blas? —le dijo, furiosa— Pues ahora, el trabajo que ha hecho Nico te va a tocar hacerlo a ti.
El señor Teodoro no salía de su asombro.
          —Sinceramente no logro comprender nada —declaró—. ¿Por qué quiere que cave una fosa?
          —Hércules ha matado… —intentó decir la mujer, pero Nicolás no le permitió continuar.
          —¡Hércules no ha matado a nadie! —gritó, desaforado— ¡He sido yo!
Los ojos oscuros de Blas se tornaron más negros. Miró al niño como si lo quisiera taladrar. Gabriela, Natalia y Bibiana sintieron que sus corazones galopaban muy veloces.
          —¡Este muchacho es un atolondrado, Blas! —chilló Francisco, frenético— ¡Dale un par de guantazos y que aprenda a callar, y deje hablar a los mayores! ¡Solo sirve para decir idioteces y confundirnos a todos!
          —¡A un cachorro de gato! —exclamó Estela, consiguiendo que Blas volviese a prestarle atención y se olvidase del niño— Hércules ha matado a un gatito pequeñito. Me siento culpable y quería enterrarlo como es debido.
Nicolás se apaciguó al oír aquella explicación.
          —Vaya, lo lamento mucho Estela —manifestó Blas con franqueza—. Quería comprarle un bozal al perro esta mañana, pero se me olvidó por completo. Nico  tiró al barranco el bozal de Hércules.
          —Hizo muy bien —aprobó la señora Miranda—. Ni Gabriela ni yo le pondríamos jamás un bozal a Hércules. Esa fue una idea de Salvador. El perro es bueno, no sé cómo ha podido matar al gatito. Debe estar todavía conmocionado por los malos tratos que recibió de ese canalla aunque, probablemente, haya sido un accidente mientras jugaban.
              —Está bien —aceptó Blas—, traiga al gato y lo enterraré.
          —¡Sigo diciendo que este muchacho es un atolondrado! —vociferó Francisco, señalando a Nicolás— ¡Para enterrar a un gato no es necesario ir al pozo de las águilas y, mucho menos, hacer un agujero tan grande como el que él había hecho!
Blas estaba totalmente de acuerdo con el señor Torres, pero no dijo nada. Miró a Bibiana.
          —Una trampa para jabalíes, ¿eh? —comentó— ¿Y a ti de qué te ha servido escribir doscientas veces “no mentiré ni ocultaré nada a Blas” —añadió, mirando a Nicolás.
El chiquillo se sumió en un hermético mutismo; Estela se había ido al garaje. Estaba preocupada, ¿de dónde iba a sacar un gatito muerto? De ninguna parte, por supuesto. La mujer salió, un rato después, con una caja de zapatos.
          —Dentro está el gatito —anunció—, vamos a enterrarlo.
          —No creo necesario que usted venga —manifestó el señor Francisco—. ¿No pensará subir al pozo de las águilas? La caminata hasta allí es muy pesada.
          —Sígueme, Blas —dijo la mujer al señor Teodoro sin hacer caso de los comentarios del señor Torres.
El joven y todos los demás siguieron a Estela, incluidos Jaime y Julián, que se encontraban fuera de la terraza observando, muy curiosos.
Pasaron de largo el recinto de la piscina y bajaron hasta la pista de tenis. En la parte izquierda había un trozo de terreno limpio de maleza.
               —Aquí puedes cavar —indicó Estela a Blas.
El señor Teodoro, con el pico, golpeó fuertemente la tierra. Ayudado con la pala no tardó ni diez minutos en tener listo un agujero de considerables dimensiones. Durante esos diez minutos el señor Francisco no dejó ni un segundo de resoplar y mascullar. Estaba visiblemente contrariado.
          —Ya es suficiente —le dijo la señora Miranda a Blas pensando lo poco que le costaría al joven enterrar a Salvador Márquez. Nicolás, Gabriela y las niñas también estaban pensando lo mismo. Pero a ver quién era el valiente que se atrevía a pedírselo. Se encontraban muy cerca de la carretera y, además de las linternas, recibían luz de las farolas más próximas.
          —Deme la caja y la meteré en el hoyo —pidió Blas a Estela.
          —De ninguna manera —se negó la mujer—. Lo haré yo misma.
Blas accedió y el señor Francisco bufó, enojado.
          —¡Esto es el colmo! —estalló— ¿Quiere dejar que Blas acabe con este teatro cuanto antes?
El señor Torres avanzó hacia Estela y le arrebató la caja. Lo hizo con tal violencia, que la caja aterrizó en el suelo y se abrió. De esta sobresalieron un par de zapatos negros. Blas y Francisco miraron los zapatos como si se trataran de dos extraterrestres. Nicolás, Gabriela, Natalia y Bibiana se vieron perdidos. Jaime y Julián estaban alucinados al ver convertido el gatito en un par de zapatos.
          —¿Por qué ponéis esa cara de bobos? —preguntó Estela, furiosa, a Blas y a Francisco, haciendo acopio de una gran entereza.
Los hombres dejaron de mirar los zapatos y dirigieron su mirada a la mujer.
           —¡Está usted rematadamente loca, ha perdido el juicio! —la insultó Francisco, escupiendo saliva— ¡Vamos a tener que contratar los servicios de un psiquiatra!
Estela se acercó al señor Torres y le propinó una fuerte bofetada. Los ojos saltones del hombre se agrandaron, mientras condujo una mano a su mejilla con restos de barba.
          —¡No consiento que nadie me ofenda! —gritó la mujer. Seguidamente se dirigió a Blas. —¿Puedes agacharte un momento?  —le preguntó en un tono exigente.
El joven se agachó y Estela le propinó otra fuerte bofetada. Su mejilla poseía un tacto suave, no raspaba en absoluto.
Nicolás se mordió los labios, muy nervioso. Pensó que su tutor iba a cavar una fosa donde iba a enterrarlos a todos. El señor Teodoro se enderezó.
          —No entiendo por qué me ha pegado, Estela —dijo de mal humor.
          —Tú no me has llamado loca, pero seguro que lo estás pensando y eso es mucho peor —le notificó la mujer—. Esos zapatos los llevé la última vez que bailé con mi difunto esposo —explicó, haciendo un supremo esfuerzo por resultar convincente—. Me estoy haciendo mayor, no quiero que cuando yo muera alguien los acabe tirando en un contenedor.
El señor Teodoro metió los dos zapatos en la caja y la cerró con la tapa. La introdujo en el hoyo y echó paladas de tierra encima hasta que quedó sepultada.
Además de las personas que estaban allí, fueron testigos del "entierro" unos pinos, unos matorrales, unas plantas de tallo corto y un frío intenso. Una araña negra, grande y peluda había huido, despavorida, ante semejante terremoto.
El viejo reloj del campanario perforó el silencio de la noche con melodiosos tañidos; eran las nueve en punto.
El grupo volvió a la carretera y ascendió hacia la urbanización. Caminaron en silencio. El señor Francisco se marchó hacia su casa seguido de sus hijos. Estaba terriblemente alterado, su agravio no tenía límites. Y tenía la inquebrantable convicción de que Estela Miranda había perdido la razón.

Págs. 301-307
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This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License. Creative Commons License
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