EL CLAN TEODORO-PALACIOS

CUARTA PARTE
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viernes, 7 de diciembre de 2012

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 37















CAPÍTULO 37

BLAS SE SIENTE CULPABLE


B
las y Francisco entraron a villa de Luna por el garaje. Dejaron el hacha y la escopeta en un cuartito del mismo. Seguidamente pasaron al ancho pasillo y posteriormente al salón.
Las mujeres, las niñas y Nicolás estaban comiendo, sentados alrededor de la mesa alargada. La señora Emilia se levantó de su confortable silla con reposabrazos en cuanto entraron los dos hombres.
          —¿Qué ha ocurrido? —preguntó, inquieta.
          —Nada, mamá —respondió su hijo con voz apagada—. Salvador Márquez no está, se ha ido de madrugada.
          —Mejor así —opinó Elisa, que ya estaba enterada de todas las barbaridades de las que el individuo era el autor—. No sé qué le hubieras hecho a ese hombre si lo llegas a ver —añadió, mirando a Blas—. ¡Quién iba a pensar mal del marido de Gabriela!
          —Francisco se queda a comer —anunció el joven—. Marina y los niños aún no han regresado de Puerto Llano. Voy a ducharme y a cambiarme de ropa.
Nicolás contemplaba, muy interesado, los macarrones de su plato. En ningún momento levantó la mirada y hasta comenzó a comer como si tuviera gran apetito. Su tutor se fijó en él. 
         —Nico, aunque termines de comer no te levantes de la silla —le indicó fríamente.
El muchacho asintió sin apartar la vista de su comida. El señor Teodoro se marchó del salón. La señora Emilia se ocupó de colocar otro servicio para el señor Francisco.
          —Sírvete lo que desees —invitó al hombre.   Este se llenó el plato hasta los bordes.
          —Estos macarrones tienen un aspecto excelente —declaró, sintiéndose hambriento. Poco después, llenó su copa de vino tinto.
Nicolás se encontraba seriamente preocupado. Creía que Blas no le iba a permitir salir de casa aquella tarde y él necesitaba salir. Debía cavar una fosa cuanto antes y deshacerse del cuerpo de Salvador Márquez para terminar con tamaña pesadilla.
          —Emilia —murmuró, mirando a su compañera de mesa—, yo he estado castigado toda la mañana. Dile a Blas que me deje salir esta tarde. Tú lo puedes convencer.
A pesar de que Nicolás había hablado bajito, el señor Francisco lo escuchó con claridad.
          —¡Cállate, muchacho alocado! —bramó el adulto, con el rostro enrojecido, bien por el enojo o bien por la comida y el vino que estaba tomando— ¡No intentes aprovechar que Blas no está presente para convencer a su madre de nada! ¡Come y mantente en silencio! ¡Es vergonzoso que nos hayáis ocultado las fechorías de semejante energúmeno!
El chiquillo le lanzó una mirada rabiosa, pero se contuvo y no le contestó. Sabía muy bien que tanto el señor Francisco como sus dos hijos eran unos grandes chivatos. No le convenía enfurecer a su tutor más de lo que ya debía estar.
Seguidamente, el señor Francisco la emprendió con Sandra.
          —¡A ti debería caerte la cara de vergüenza al suelo! —le dijo con severidad—. ¡Es el colmo que te dejaras manipular por esta pandilla de necios y nos engañaras a Blas y a mí!
La joven continuó comiendo en silencio.
          —¡Nosotros no te convencimos de nada, Sandra! —exclamó Nicolás, alterado—. ¡Fue idea tuya! No seas tan cobarde y confiesa la verdad.
El señor Teodoro no tardó en regresar al salón, halló a los chiquillos y a Sandra discutiendo ferozmente. Ni el señor Francisco, ni Elisa, ni la señora Emilia fueron capaces de establecer el orden.
El orden se impuso, por sí solo, cuando los críos y Sandra vieron llegar al joven. Este se sentó y se sirvió una ración moderada de macarrones. El señor Francisco le llenó la copa de vino.
          —Este chaval es un alborotador —acusó, señalando con el tenedor a Nicolás— Por culpa de él se ha organizado un motín en este comedor. Aún no te has dado la vuelta y ya está planeando alguna trastada. Vas a tener que vigilarlo con mucho cuidado, Blas.
El señor Teodoro miró al “alborotador”, que ya había terminado de comer.
          —Nico, ve a lavarte los dientes —le ordenó con voz grave—. ¡Estás castigado! —agregó en un tono que imponía respeto— Cuando acabes de lavarte los dientes…
          —¡Yo no puedo estar castigado esta tarde! —le interrumpió el niño precipitadamente.
La señora Emilia meneó la cabeza y suspiró, inquieta. Temía que su hijo acabase perdiendo el control. Patricia se tapó la boca con una servilleta para disimular una amplia sonrisa.
El señor Teodoro, por su parte, se quedó realmente sorprendido ante la reacción del crío.
          —¿Y por qué razón no vas a poder estar, tú, castigado esta tarde? —interrogó el señor Francisco despectivamente— ¡Serás insolente!
          —Debe ser porque tiene algo muy importante que hacer—respondió Blas, mirando muy seriamente al chiquillo—. Tendré que pedirle la agenda a este señorito para saber qué día y a qué hora se le puede castigar.
Nicolás frunció mucho el ceño, dándose cuenta de la burla de la que estaba siendo objeto. También temió que nada ni nadie lo iba a librar del castigo de su tutor.
          —Ve a lavarte los dientes —volvió a repetirle el señor Teodoro—. Cuando acabes, te vas a casa de Estela. Tiene faena y no se encuentra muy bien. ¡Pobre de ti si yo me entero de que la desobedeces o haces el tonto!
          —¿A casa de Estela? —preguntó Nicolás, esperanzado. Comprendió que la mujer había conseguido engañar a Blas.
          —Sí, a casa de Estela —confirmó el joven.
El chiquillo se fue con rapidez hacia el cuarto de baño.
          —Bibi y yo también iremos a ayudar —declaró Natalia.
          —Yo no iré —manifestó Patricia—. Hay mucho que hacer aquí y prefiero ayudar a Sandra.
Minutos después, Nicolás, Natalia y Bibiana estaban preparados y listos para marcharse.
          —Espero que te hayas grabado en la mente la frase que has copiado  doscientas veces —dijo el señor Teodoro al muchacho—. Procura no volver a mentirme ni a ocultarme nada.
El niño asintió de inmediato, pensando en la gravedad de lo que le estaba ocultando. Nada más ni nada menos que la muerte de Salvador Márquez.
Los tres muchachos se marcharon presurosos.
Marina llamó por teléfono para avisar a su marido que ya se encontraban en casa.
          —Voy a ver qué ha comprado mi mujer —dijo Francisco—, seguro que habrá cargado con un montón de paquetes absurdos. ¡Mujeres!
Sandra y Patricia se encargaron de recoger la mesa y se fueron a la cocina. La señora Emilia se acomodó en un sofá y pidió a su hijo que se recostara junto a ella. El señor Teodoro accedió, le vendría bien un poco de descanso. Se echó en el sofá y reposó la cabeza sobre el regazo de su madre. La mujer le acarició el cabello rizado como el día anterior había hecho con Nicolás. Elisa se sentó en el otro extremo del sofá y, excesivamente seria, masajeó los pies del joven. Ni él ni su madre repararon en el semblante avinagrado de la tía de Natalia.
          —¡Vaya! —exclamó Blas— Entre las dos vais a conseguir que me duerma.
          —Te hace falta, cariño. Estás agotado —susurró Emilia.
El señor Teodoro suspiró, cansado.
            —Estoy decepcionado, mamá —confesó—. Estoy furioso conmigo mismo. Yo tengo la culpa de todo. Debí darme cuenta de muchas cosas. Por ejemplo, era muy raro que Nico hubiese cogido el monopatín después del tropiezo con Francisco. El niño debió suponer que Francisco me iba a contar que lo había visto lanzarse por la pendiente, no era lógico que volviera a montarse en el monopatín. Sandra gritó que la habían agredido y no me enteré de nada. Estaba demasiado nervioso viendo el chichón del crío.   
Ese individuo debía estar muy cerca de allí, podía haberlo atrapado. Seguramente cogió a Sandra con la intención de violarla, casi estrangula a Gabriela, casi mata a Nico, ha golpeado a Estela y a Nat. Y yo le estreché la mano...la noche que estuvo aquí. Tuvo la desfachatez y la osadía de presentarse en esta casa después de los cadenazos que le había dado al niño. Vino a burlarse de todos.
          —No te tortures más —le aconsejó su madre—. Tú no eres culpable de nada ya que nada sabías.
          —Debí obligar a Nico a contármelo todo cuando descubrí su espalda herida —siguió atormentándose el joven—. Tal vez si me lo hubiera llevado a su habitación y lo hubiera asustado, el niño hubiese hablado. Tal vez...
          —Basta, Blas —atajó la señora Emilia—. Intenta descansar, ese hombre se ha ido. Olvidémonos de él.
          —Me parece raro que se haya dejado el coche —caviló el señor Teodoro—. Intentó estrangular a Gabriela, es raro que no la matara. Hay algo que no encaja. Sigo teniendo un extraño presentimiento. Sin embargo, estoy convencido de que Estela me dijo la verdad cuando me aseguró que ese canalla no volverá.
          —¡Te he dicho que basta, Blas! —le increpó su madre, enojada— Necesitas descansar. Debes serenarte o todos vamos a tener que tomar mucha tila. ¿Sabes lo que siempre va diciendo Nico? ¡Que lo vas a matar!
El joven miró a la mujer y movió la cabeza con pesar.
          —Él sí va a matarme a mí, de un susto o de un disgusto —auguró, sintiendo un punzante dolor en el pecho.
El señor Teodoro no se equivocaba; Nicolás iba a darle un buen susto y finalmente un gran disgusto.
          —¿Cómo se ha portado esta mañana? —indagó, intentando alejar malos pensamientos que lo martirizaban.
          —¡Ay! —exclamó Emilia— Ya sabes de sobra cómo es Nico. Cuando tú no estás se pone imposible y muy rebelde. Es mil veces peor que Nat. Tuve que amenazarlo varias veces con llamarte por teléfono.
Blas cerró los ojos, sentía un gran sopor y poco a poco se fue adormeciendo. Emilia continuó acariciándole el cabello y Elisa, los pies. El joven se relajó y terminó quedándose profundamente dormido. Las mujeres reclinaron sus cabezas en el respaldo del sofá y también se durmieron. Pero unas lágrimas silenciosas resbalaron por la cara de Elisa sin que apenas las notara. "Blas no la miraba, Blas no la veía, Blas sólo miraba y sólo veía a Nico". Un sentimiento amargo semejante a los celos comenzaba a albergarse en su alma, y ella iba mimarlo, y a consentir que se quedara muy cobijado. 
La paz reinaba en el salón de la villa mientras las lucecitas del árbol y del Belén bailaban incansables. Y el hogar lucía en todo su esplendor con lenguas de fuego muy vivas.


Págs. 277-283                                                                                                              
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