CAPÍTULO 37
BLAS SE SIENTE CULPABLE
B
|
las y Francisco entraron
a villa de Luna por el garaje. Dejaron el hacha y la escopeta en un cuartito del mismo. Seguidamente pasaron al ancho pasillo y posteriormente al salón.
Las mujeres, las niñas y
Nicolás estaban comiendo, sentados alrededor de la mesa alargada. La señora Emilia
se levantó de su confortable silla con reposabrazos en cuanto entraron los dos
hombres.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó,
inquieta.
—Nada, mamá —respondió su hijo con
voz apagada—. Salvador Márquez no está, se ha ido de madrugada.
—Mejor así —opinó Elisa, que ya estaba
enterada de todas las barbaridades de las que el individuo era el autor—. No sé
qué le hubieras hecho a ese hombre si lo llegas a ver —añadió, mirando a Blas—. ¡Quién iba a pensar mal del marido de Gabriela!
—Francisco se queda a comer —anunció
el joven—. Marina y los niños aún no han regresado de Puerto Llano. Voy a ducharme y a
cambiarme de ropa.
Nicolás
contemplaba, muy interesado, los macarrones de su plato. En ningún momento
levantó la mirada y hasta comenzó a comer como si tuviera gran apetito. Su
tutor se fijó en él.
—Nico, aunque termines de comer no te levantes de la silla —le indicó fríamente.
—Nico, aunque termines de comer no te levantes de la silla —le indicó fríamente.
El muchacho
asintió sin apartar la vista de su comida. El señor Teodoro se marchó del
salón. La señora Emilia se ocupó de colocar otro servicio para el señor
Francisco.
—Sírvete lo que desees —invitó al
hombre. Este se llenó el plato hasta los bordes.
—Estos macarrones tienen un aspecto
excelente —declaró, sintiéndose hambriento. Poco después, llenó su copa de
vino tinto.
Nicolás se
encontraba seriamente preocupado. Creía que Blas no le iba a permitir salir de
casa aquella tarde y él necesitaba salir.
Debía cavar una fosa cuanto antes y deshacerse del cuerpo de Salvador Márquez
para terminar con tamaña pesadilla.
—Emilia —murmuró, mirando a su
compañera de mesa—, yo he estado castigado toda la mañana. Dile a Blas que me
deje salir esta tarde. Tú lo puedes convencer.
A pesar de que
Nicolás había hablado bajito, el señor Francisco lo escuchó con claridad.
—¡Cállate,
muchacho alocado! —bramó el adulto,
con el rostro enrojecido, bien por el enojo o bien por la comida y el vino que
estaba tomando— ¡No intentes aprovechar que Blas no está presente para
convencer a su madre de nada! ¡Come y mantente en silencio! ¡Es vergonzoso que nos hayáis ocultado las fechorías de semejante energúmeno!
El chiquillo
le lanzó una mirada rabiosa, pero se contuvo y no le contestó. Sabía muy bien
que tanto el señor Francisco como sus dos hijos eran unos grandes chivatos. No le convenía enfurecer a su tutor más de lo que ya debía estar.
Seguidamente,
el señor Francisco la emprendió con Sandra.
—¡A ti debería caerte la cara de
vergüenza al suelo! —le dijo con severidad—. ¡Es el colmo que te dejaras manipular
por esta pandilla de necios y nos engañaras a Blas y a mí!
La joven
continuó comiendo en silencio.
—¡Nosotros no te convencimos de nada,
Sandra! —exclamó Nicolás, alterado—. ¡Fue idea tuya! No seas tan cobarde y
confiesa la verdad.
El señor Teodoro no tardó
en regresar al salón, halló a los chiquillos y a Sandra
discutiendo ferozmente. Ni el señor Francisco, ni Elisa, ni la señora Emilia
fueron capaces de establecer el orden.
El orden se
impuso, por sí solo, cuando los críos y Sandra vieron llegar al joven. Este
se sentó y se sirvió una ración moderada de macarrones. El señor Francisco le
llenó la copa de vino.
—Este chaval es un alborotador —acusó,
señalando con el tenedor a Nicolás— Por culpa de él se ha organizado un motín en este comedor.
Aún no te has dado la vuelta y ya está planeando alguna trastada. Vas a tener
que vigilarlo con mucho cuidado, Blas.
El señor
Teodoro miró al “alborotador”, que ya
había terminado de comer.
—Nico, ve a lavarte los dientes —le
ordenó con voz grave—. ¡Estás castigado! —agregó en un tono que imponía
respeto— Cuando acabes de lavarte los dientes…
—¡Yo no puedo estar castigado esta
tarde! —le interrumpió el niño precipitadamente.
La señora
Emilia meneó la cabeza y suspiró, inquieta. Temía que su hijo
acabase perdiendo el control. Patricia se tapó la boca con una servilleta para disimular una amplia sonrisa.
El señor
Teodoro, por su parte, se quedó realmente sorprendido ante la reacción del
crío.
—¿Y por qué razón no vas a poder
estar, tú, castigado esta tarde? —interrogó el señor Francisco despectivamente— ¡Serás insolente!
—Debe ser porque tiene algo muy importante
que hacer—respondió Blas, mirando muy seriamente al chiquillo—. Tendré que
pedirle la agenda a este señorito para saber qué día y a qué hora se le puede
castigar.
Nicolás
frunció mucho el ceño, dándose cuenta de la burla de la que estaba siendo
objeto. También temió que nada ni nadie lo iba a librar del castigo de su
tutor.
—Ve a lavarte los dientes —volvió a
repetirle el señor Teodoro—. Cuando acabes, te vas a casa de Estela. Tiene
faena y no se encuentra muy bien. ¡Pobre de ti si yo me entero de que la
desobedeces o haces el tonto!
—¿A casa de Estela? —preguntó Nicolás,
esperanzado. Comprendió que la mujer había conseguido engañar a Blas.
—Sí, a casa de Estela —confirmó el
joven.
El chiquillo
se fue con rapidez hacia el cuarto de baño.
—Bibi y yo también iremos a ayudar —declaró
Natalia.
—Yo no iré —manifestó Patricia—. Hay
mucho que hacer aquí y prefiero ayudar a Sandra.
Minutos
después, Nicolás, Natalia y Bibiana estaban preparados y listos para marcharse.
—Espero que te hayas grabado en la
mente la frase que has copiado doscientas veces —dijo el señor Teodoro al muchacho—.
Procura no volver a mentirme ni a ocultarme nada.
El niño
asintió de inmediato, pensando en la gravedad de lo que le estaba ocultando. Nada más ni nada menos que la muerte de
Salvador Márquez.
Los tres
muchachos se marcharon presurosos.
Marina llamó
por teléfono para avisar a su marido que ya se encontraban en casa.
—Voy a ver qué ha comprado mi mujer —dijo
Francisco—, seguro que habrá cargado con un montón de paquetes absurdos.
¡Mujeres!
Sandra y
Patricia se encargaron de recoger la mesa y se fueron a la cocina. La señora
Emilia se acomodó en un sofá y pidió a su hijo que se recostara junto a ella.
El señor Teodoro accedió, le vendría bien
un poco de descanso. Se echó en el sofá y reposó la cabeza sobre el regazo
de su madre. La mujer le acarició el cabello rizado como el día anterior había
hecho con Nicolás. Elisa se sentó en el otro extremo del sofá y, excesivamente seria, masajeó los
pies del joven. Ni él ni su madre repararon en el semblante avinagrado de la tía de Natalia.
—¡Vaya! —exclamó Blas— Entre las dos
vais a conseguir que me duerma.
—Te hace falta, cariño. Estás agotado —susurró
Emilia.
El señor Teodoro
suspiró, cansado.
—Estoy decepcionado, mamá —confesó—.
Estoy furioso conmigo mismo. Yo tengo la culpa de todo. Debí darme cuenta de
muchas cosas. Por ejemplo, era muy raro que Nico hubiese cogido el monopatín
después del tropiezo con Francisco. El niño debió suponer que Francisco me iba
a contar que lo había visto lanzarse por la pendiente, no era lógico que
volviera a montarse en el monopatín. Sandra gritó que la habían agredido y no
me enteré de nada. Estaba demasiado nervioso
viendo el chichón del crío.
Ese individuo
debía estar muy cerca de allí, podía haberlo atrapado. Seguramente cogió a
Sandra con la intención de violarla, casi estrangula a Gabriela, casi mata a
Nico, ha golpeado a Estela y a Nat. Y yo le estreché la mano...la
noche que estuvo aquí. Tuvo la desfachatez y la osadía de presentarse en esta casa después de los cadenazos que le había dado al niño. Vino a burlarse de todos.
—No te tortures más —le aconsejó su
madre—. Tú no eres culpable de nada ya que nada sabías.
—Debí obligar a Nico a contármelo todo
cuando descubrí su espalda herida —siguió atormentándose el joven—. Tal vez si
me lo hubiera llevado a su habitación y lo hubiera asustado, el niño hubiese
hablado. Tal vez...
—Basta, Blas —atajó la señora Emilia—.
Intenta descansar, ese hombre se ha ido. Olvidémonos de él.
—Me parece raro que se haya dejado el
coche —caviló el señor Teodoro—. Intentó estrangular a Gabriela, es raro que no
la matara. Hay algo que no encaja. Sigo teniendo un extraño presentimiento. Sin
embargo, estoy convencido de que Estela me dijo la verdad cuando me aseguró que
ese canalla no volverá.
—¡Te he dicho que basta, Blas! —le
increpó su madre, enojada— Necesitas descansar. Debes serenarte o todos vamos a
tener que tomar mucha tila. ¿Sabes lo que siempre va diciendo Nico? ¡Que lo vas
a matar!
El joven miró
a la mujer y movió la cabeza con pesar.
—Él sí va a matarme a mí, de un susto
o de un disgusto —auguró, sintiendo un punzante dolor en el pecho.
El señor
Teodoro no se equivocaba; Nicolás iba a darle un buen susto y finalmente un
gran disgusto.
—¿Cómo se ha portado esta mañana? —indagó,
intentando alejar malos pensamientos que lo martirizaban.
—¡Ay! —exclamó Emilia— Ya sabes de
sobra cómo es Nico. Cuando tú no estás se pone imposible y muy rebelde. Es mil
veces peor que Nat. Tuve que amenazarlo varias veces con llamarte por teléfono.
Blas cerró los
ojos, sentía un gran sopor y poco a poco se fue adormeciendo. Emilia continuó
acariciándole el cabello y Elisa, los pies. El joven se relajó y terminó quedándose
profundamente dormido. Las mujeres reclinaron sus cabezas en el respaldo del
sofá y también se durmieron. Pero unas lágrimas silenciosas resbalaron por la cara de Elisa sin que apenas las notara. "Blas no la miraba, Blas no la veía, Blas sólo miraba y sólo veía a Nico". Un sentimiento amargo semejante a los celos comenzaba a albergarse en su alma, y ella iba mimarlo, y a consentir que se quedara muy cobijado.
La paz reinaba
en el salón de la villa mientras las lucecitas del árbol y del Belén bailaban
incansables. Y el hogar lucía en todo su esplendor con lenguas de fuego muy vivas.
