EL CLAN TEODORO-PALACIOS

CUARTA PARTE
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lunes, 26 de noviembre de 2012

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 32





















CAPÍTULO 32

NERVIOS MATUTINOS


A
 Nicolás no le pareció ver al mismo hombre que, por la noche, le había acariciado el pelo y le había dado un beso. El hombre de ahora más bien parecía un orangután, preparado para atacarles en cualquier momento. La luz del despacho estaba encendida; la mañana había despertado ennegrecida.
          —¿Quién me va a contar lo que pasó realmente, cuando Nico se tiró por la pendiente con el monopatín?—indagó Blas, mirando las caras de sus oyentes— Quiero saber lo que pasó cuando Sandra fue a decirle a Nico que viniera a casa.
La aludida carraspeó y, tras aclararse la garganta, relató al joven lo acontecido aquella desafortunada tarde. Cuando terminó de hablar, el señor Teodoro estaba pensativo y enfurecido.
          —¡No entiendo nada! —gritó, colérico, dando un tremendo golpe sobre la mesa con su mano derecha cerrada. Nicolás sintió verdadero miedo, sabía muy bien que a él le esperaba la peor parte de aquel embrollo— ¿Por qué me contaste toda aquella sarta de mentiras? —le reclamó a Sandra, irritado.
La joven volvió a carraspear, inquieta.
          —Verás, Blas, los niños me convencieron de que no te dijera la verdad —intentó excusarse—. Pensaban que no les dejarías salir de casa si…
          —¡Eso es mentira! —la interrumpió Natalia, crispada e indignada— Fue idea tuya mentirle a Blas. Nosotros no te dijimos nada.
          —¡Claro que me lo dijisteis! —reiteró Sandra no queriendo quedar en tan mal lugar delante de su patrón.
          —¡Callaros! —ordenó el señor Teodoro levantándose de su silla, enfadadísimo. A todos les pareció ver a un gorila agresivo.—No puedo entenderte, Sandra —dijo, decepcionado—. Tú eres una chica adulta, ¿cómo es posible que te dejaras llevar por unos críos irresponsables? A partir de hoy, no sé si voy a poder confiar en ti. No me gusta que me mientan. ¿Sabes que el hombre que te atacó podría ser un violador? ¿Sabes que si me hubieses contado la verdad, yo hubiera podido encontrarlo? ¿Sabes el daño que le hizo a Nico?
Sandra no pudo con tanta presión y se echó a llorar, compungida. El señor Teodoro no se compadeció de ella; estaba demasiado exacerbado y contrariado.
Nicolás conocía la identidad del hombre que atacó a la chica y, que después, arrojó una piedra a su frente. Pero no podía decir nada, tenía que aguardar a que Salvador Márquez se marchara. Empezó a temer que cuando le contase toda la verdad a su tutor, este le propinase unos buenos azotes por permitir que el marido de Gabriela se fuera de la urbanización y saliera impune.
          —Id a desayunar —ordenó el señor Teodoro, enérgico—. Tú espera un momento, Nico. No tengas tanta prisa, contigo no he terminado —agregó con rudeza—. Para desgracia tuya, eres al único que puedo castigar y pienso hacerlo—declaró, destemplado.
Las niñas y Sandra salieron del despacho; Nicolás no se movió del sitio y se quedó a solas frente a su tutor. Les separaba el escritorio.
          —Anoche te perdoné dos mil frases —comenzó a decir el joven—, pero te las vuelvo a poner. Quiero que escribas: “No mentiré ni ocultaré nada a Blas”. Cuando termines las frases, resumirás este tema.   El señor Teodoro señaló una página de un libro de texto de ciencias naturales. —Quiero un buen resumen y todos los ejercicios bien hechos.
El niño asintió, muy conforme.
          —Ahora vamos a ir al baño y te curaré la espalda —siguió hablando Blas—. Luego desayunarás y, seguidamente, volveremos a mi despacho y me contarás qué ocurrió la otra tarde con Salvador Márquez. Dijiste que me lo dirías hoy, el día veintiséis.
El joven observaba al chaval y comprobó que sus últimas palabras lo habían inquietado bastante.
          —Te dije el día veintiséis, pero no te dije a qué hora —se aventuró a replicar el niño, muy nervioso.
El señor Teodoro no logró contenerse y reaccionó de inmediato, salvó la distancia que los separaba y estiró una oreja del chiquillo, con furia, haciendo que este se pusiera de puntillas. A continuación le dio un sonoro cachete. Los ojos de Nicolás brillaron. Había visto estrellas de todos los colores.
          —¡No creas que me vas a tomar el pelo! —exclamó su tutor, convertido en un energúmeno— Sé lo que te propones, no soy ningún mocoso a quien puedas engañar. Tú quieres esperar a que ese hombre se vaya para contármelo todo, ¿verdad? ¡Pues no va a ser así! En cuanto desayunes me lo vas a contar, por las buenas o por las malas. ¡Ahora, camina hacia el baño! 
El joven no sospechaba que se iba a enterar de todo muy pronto, pero tarde.
Una vez terminó de examinar la espalda de Nicolás, se dirigieron a la cocina. El chiquillo se sentó con semblante consternado; su tutor, por su parte, presentaba un semblante poco sociable y poco acogedor.
La señora Emilia puso delante del muchacho un cuenco con leche y cereales. Sandra se ausentó de la estancia tras ver la cara hosca del señor Teodoro; Patricia se fue con ella, dispuesta a ayudarla en sus quehaceres. Quería demostrar a Blas que era una buena trabajadora, y recuperar puntos a su favor después del mal rollo de la pasada noche.
          —Eres tonto —recriminó Emilia a Nicolás—. Ahora tú eres el que va a pagar todos los platos rotos. Los demás se van a ir de rositas. ¡No sé cuándo vas a aprender!
Blas la había puesto al corriente de lo sucedido, antes de que los chicos bajasen a su despacho. La señora Emilia ofreció un tazón de tila a su hijo, lo veía muy alterado. El señor Teodoro lo cogió y salió a la terraza a tomárselo, su madre y Elisa le acompañaron.
Las farolas continuaban encendidas debido a que la mañana permanecía completamente oscura. Casi parecía de noche; el cielo estaba cubierto de grandes nubarrones negros. Corría un ligera corriente helada que mecía levemente el boscaje.
          —Creo que vamos a tener una tormenta seca —pronosticó Blas, contemplando la negrura de las nubes.
Nicolás. Bibiana, y Natalia continuaban en la cocina, sentados alrededor de la mesa de cristal. El chiquillo desayunaba con desánimo; le costaba un gran esfuerzo tragar la leche con cereales.
          —Tenéis que enteraros de cuándo se va ese maldito Salvador —les dijo a las niñas, con premura—. Blas quiere que le cuente lo que sucedió la otra tarde en cuanto termine de desayunar. No sé qué puedo hacer. Me ha dicho que se lo voy a contar por las buenas o por las malas.
Natalia y Bibiana se miraron, intranquilas, pensando en la pistola del señor Márquez.
          —No se lo puedes contar hasta que ese hombre no se vaya —declaró Natalia con firmeza. Miró su reloj—. Son las diez y cuarto. No creo que tarde en marcharse si no se ha ido ya.
La niña recordó que Estela había dicho que irían al banco y le daría dinero. Entonces el hombre desaparecería. El banco debía abrir sobre las ocho y media. Tal vez ese individuo ya no se encontraba en la urbanización. Tendrían que ir a averiguarlo.
Nicolás era víctima de una gran ansiedad, y comenzó a encontrarse verdaderamente mal. Su tez había adquirido un tono amarillento, tuvo la sensación de que se estaba mareando y unas ganas incontrolables de vomitar se adueñaron de su persona. Se levantó y corrió al cuarto de baño, alzó la tapa del inodoro, se arrodilló en el suelo, sufrió varias arcadas y arrojó el poco desayuno que había ingerido.
Natalia pensó que el malestar de Nicolás le vendría de perlas para ganar tiempo. Blas nunca pegaría ni obligaría a hablar a su primo, si sabía que este se encontraba enfermo. Se asomó a la terraza y vio a los tres adultos conversando.
          —¡Emilia! —gritó, consiguiendo que todos la atendieran— ¡Nico está devolviendo!
Blas fue el primero en acudir a la cocina, dejó su tazón sobre el banco de mármol y pasó al cuarto de baño. El chiquillo seguía arrodillado, sentado sobre sus piernas, apoyaba los brazos en el borde del sanitario y escupía saliva. El señor Teodoro le sujetó la frente y la parte posterior de la cabeza. El muchacho proseguía escupiendo saliva. Blas presionó el botón de la cisterna y una gran cantidad de agua cristalina limpió la taza. Ayudó a levantarse al niño y lo guió al lavabo para que se limpiara la boca y se refrescara la cara.
          —¿Estás mejor? —le preguntó.
          —Sigo mareado —respondió Nicolás—, pero creo que ya lo he vomitado todo. Se secó el rostro con una suave y sedosa toalla de color rosa—. ¿Puedo salir a la terraza? —interrogó— Creo que necesito respirar el aire de la montaña, eso me ayudará a despejarme.
El señor Teodoro asintió y acompañó al niño al exterior. Nicolás se echó en una tumbona y agradeció la brisa fresca que acariciaba su semblante. Emilia salió con una manta nórdica y cubrió el cuerpo del jovencito.
          —Voy a prepararte una manzanilla —dijo la mujer—. Y no te destapes, Nico. Tumbado aquí fuera, te congelarás si no te tapas.
El chiquillo cerró los ojos, adormecido. Blas estaba más que desazonado, de este modo no iba a poder interrogar al muchacho. Anduvo hasta dar la vuelta a una esquina de la casa y fue a mirar el camino desde la puerta de hierro. Comprobó  que el coche rojo de Salvador Márquez continuaba aparcado. Tal vez Nicolás no tardara en espabilarse. Regresó al lugar donde el niño permanecía en reposo. Natalia y Bibiana se movían de un lado a otro, incapaces de mantenerse quietas.
          —Acabo de darle la manzanilla y ha vuelto a quedarse dormido —informó la señora Emilia a su hijo—. Por lo menos, no la ha vomitado. Elisa se ha ido a su habitación a terminar de arreglarla.
Blas observó a Nicolás, frustrado, por la imposibilidad de enterarse de una vez por todas de lo sucedido la tarde del día de Nochebuena.
Natalia y Bibiana esperaban que el crío tuviese la picardía de que, aunque se encontrara mejor, no lo demostrara.
Todos oyeron que alguien abría la puerta de la terraza y se acercaba con pasos presurosos. No podía ser otro que un sofocadísimo señor Francisco para no perder la costumbre. Blas llegó a pensar en la conveniencia de que el hombre se administrase algún calmante como lo hacía su esposa. ¡Siempre estaba con los nervios de punta! Y exaltaba a quien tuviera a su alrededor. El recién llegado miró a Nicolás con estupor.
          —¿Qué hace ese endemoniado durmiendo a la intemperie? —preguntó, desconfiado— ¡Ya me han contado mis hijos todas las barbaridades que hizo ayer amparado en nuestra ausencia! Recuerda que le tienes que comprar un bozal al chucho de Gabriela, Blas.
          —Nico se ha mareado —explicó el aludido con paciencia—. En casa hace demasiado calor, tendré que bajar la temperatura de la calefacción y no poner tanta leña en la chimenea.
          —¡Ten cuidado con ese chaval!—advirtió el señor Francisco, señalando a Nicolás—. ¡Un día de estos te va a dar un serio disgusto! ¡Te estoy avisando, Blas, lo veo venir!
La voz alta del hombre despertó a Nicolás que no se atrevió a mover ni un músculo. Era más ventajoso hacerse el dormido.
          —¿Quieres un humeante tazón de tila, Francisco? —preguntó la señora Emilia, asomándose por la ventana de la cocina, harta de los chillidos de su vecino.
El hombre pareció asombrarse.
          —¿Yo, tila? —balbuceó, perplejo— Muchas gracias, Emilia. Pero no es necesario. Estoy más que sereno. ¡Faltaría más! 
¡Blas! ¡Tenemos que ir a prestar ayuda al pueblo! —dijo, súbitamente, dando un giro completo a la conversación— Me he enterado por Julia, la panadera. ¡Ha ocurrido una desgracia

Págs. 237-244
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