CAPÍTULO 22
LA VERSIÓN DE SALVADOR MÁRQUEZ
S
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alvador Márquez asintió,
humedeciéndose sus labios resecos con la lengua.
—Le juro que ha sido un accidente —repitió con voz quebrada—. Cálmese y se lo explicaré todo.
—Le estoy escuchando —dijo el señor Teodoro, displicentemente.
Las luces del árbol y del Belén, y las llamaradas que creaba el fuego de la chimenea proseguían su danza alegre, desentendiéndose del mal ambiente que como sombra negra y amenazante se propagaba por la estancia.
Las luces del árbol y del Belén, y las llamaradas que creaba el fuego de la chimenea proseguían su danza alegre, desentendiéndose del mal ambiente que como sombra negra y amenazante se propagaba por la estancia.
El marido de
Gabriela carraspeó para aclarar la aspereza de su garganta.
—Verá —comenzó a decir—, su hijo vino
a casa de mi suegra y se llevó al perro sin decirnos nada.
Era obvio que el señor Márquez creía que
Nicolás era hijo de Blas y nadie se molestó en sacarlo de su error.
El señor
Teodoro supo que el hombre mentía; en la hoja que había leído estaba escrito muy claro,
que era Hércules quien había acudido a la terraza por sí solo.
—Ese perro es un rottweiler—continuó
Salvador—. Debe usted comprender que se trata de una raza muy peligrosa. Me vi
en la obligación de ir a buscar al animal; llevé un bozal y se lo puse.
El hombre
volvía a mentir, en la hoja estaba escrito que fue Nicolás quien puso el bozal al perro. El señor Teodoro no interrumpía al señor Márquez, pero le miraba como si deseara
taladrarlo.
—Me fui con el
perro —siguió explicando Salvador, adquiriendo confianza—. Su hijo debió
cabrearse. Los chicos, a su edad, son muy rebeldes. Todos hemos sido mozos y lo
sabemos. Cuando estaba cerca de casa de Estela, el chiquillo me atacó por la
espalda, me empujó violentamente y, gracias
a la alambrada, no me despeñé por el barranco. Su hijo es un menor y un imberbe
pero, debe usted admitir, que tiene muchísima fuerza. Su chico le quitó el
bozal al perro y lo azuzó en mi contra. El perrazo se me echó encima, enloquecí
de terror. ¡Vea usted mismo las raspaduras que tengo en la cara!
Llevaba una
cadena en la mano, loco de pánico, cerré los ojos y di cadenazos a diestra y siniestra. En
ningún momento me di cuenta de que había herido al muchacho. Gracias a Dios o a Satanás, llegó Gabriela y pudo controlar al perro. ¡Le digo que su hijo estuvo a punto de
matarme!
Tras su discurso, repleto de falacias, Salvador Márquez guardó silencio. El señor Teodoro seguía mirándole fija y glacialmente. La narración de los acontecimientos que el hombre había hecho, no le cuadraban en absoluto. Ese individuo le había mentido al principio de su relato y, seguramente, también en el final. Era una lástima que Jaime y Julián no hubiesen visto por qué Nicolás salió detrás del señor Márquez y lo empujó. Los niños tampoco habían hecho alusión al hecho de que Nicolás le quitara el bozal a Hércules.
—¿Por qué no vino a contarme lo sucedido nada más ocurrió? —interrogó el señor Teodoro, recelando.
Salvador Márquez volvió a carraspear.
—Su hijo me dijo que estaba castigado y que tenía prohibido salir de la terraza. Me pidió perdón y me rogó que no le contara nada. No quise estropearle la Nochebuena al chaval.
—¡Vaya! —exclamó el señor Teodoro con virulenta calma—. Es usted muy considerado. Dice que mi hijo estuvo a punto de matarle, usted estuvo a punto de matarlo a él. Sin embargo, no quiso estropearle la noche.
El señor Teodoro miró a Nicolás, y percibió que el niño observaba a Salvador Márquez con una mirada llena de resentimiento. Si lo que ese hombre había contado fuese verdad, el chiquillo estaría con la cabeza muy agachada y totalmente encogido, sintiéndose avergonzado y atemorizado. La actitud de Nicolás fue determinante para cerciorarse de que el esposo de Gabriela mentía.
—Bueno, yo creo que está todo aclarado —habló el señor Francisco—. Desde que vi a esa fiera negra, supe que tendríamos problemas en la urbanización. Ese perro es muy peligroso y Nico, un temerario. Debes reconocer, Blas, que la culpa de todo la ha tenido el chico, por violento.
El señor Teodoro continuaba mirando a Nicolás.
—¿Las cosas han ocurrido tal y como las ha contado el señor Márquez? —le preguntó serio, pero con serenidad.
El jovencito asintió sin mirar a su tutor.
—Pues entonces, pídele disculpas —exigió el señor Teodoro, derrotado.
Nicolás miró a Salvador, con rencor, y seguidamente se negó rotundamente.
—O sea: has empujado a este hombre, le has echado el perro encima y no quieres disculparte —enumeró el señor Teodoro.
Se produjo un breve y tenso silencio.
—Puedes hacer conmigo lo que quieras, pero no voy a disculparme —dijo el chiquillo, mirando a su tutor con valentía. No estaba dispuesto a excusarse con semejante cerdo.
—¡Esto es el colmo! —exclamó el señor Francisco, furioso—. ¡Este mocoso te está desafiando, Blas! ¡Y gracias al Cielo que estás tú aquí! De lo contrario, este bribón sería capaz de atacarnos a todos. ¡Este muchacho es un auténtico peligro!
—Vete a la cama de inmediato, Nico —ordenó el señor Teodoro, tajante.
El niño se levantó del sofá. Para salir del salón tenía que cruzar por el lado de su tutor. El chiquillo pensó que iba a recibir un tremendo cachete, pero Blas lo dejó pasar sin moverse de su sitio. La señora Emilia sintió un gran alivio cuando Nicolás se fue. Natalia y Bibiana también se aliviaron ya que habían temido que el señor Teodoro perdiese el norte y pegase al crío.
—No creo nada de lo que usted ha contado —manifestó Natalia, orientando su mirada hacia Salvador—. Conozco muy bien a mi primo y él…
—¡Tú, cállate, mocosa descarada! —obstaculizó el señor Francisco, muy nervioso.
Sin embargo al señor Teodoro le ocurría lo mismo que a la niña, no creía la versión dada por el marido de Gabriela.
—Es extraño que Nico le quitara el bozal a Hércules—opinó, mirando a Salvador—, y que el perro no le mordiera. También es extraño que si le estaba echando el perro encima, estuviera de espaldas a usted. Todos los golpes que usted le dio al niño, fueron a parar a su espalda. ¿Sabe usted que podría haber matado al chiquillo?—. La voz del señor Teodoro se endureció.
—Ya le he dicho que todo fue un fatal accidente—declaró Salvador, con cara sudorosa—. Todo pasó muy deprisa.
Al señor Teodoro y al señor Márquez les separaba la mesa alargada. Blas extendió su brazo derecho; Salvador retrocedió pero, aún así, uno de los dedos de Blas rozó su gran nariz (simplemente la rozó) y ésta comenzó a sangrar. El marido de Gabriela cogió una servilleta para taponar la hemorragia. El señor Francisco estaba atónito sin saber qué hacer o qué decir. Su esposa, Marina, creyó que iba a desmayarse.
—Disculpe —dijo el señor Teodoro, mordaz—. Esto también ha sido un accidente. Me pareció ver una mosca en su nariz, y si no quiere que vea más moscas y sufrir más accidentes, váyase de esta casa cuanto antes.
Salvador Márquez asintió, presto a marcharse.
—¡Un momento! —gritó el señor Teodoro, paralizándole—. No vuelva a acercarse a Nico. Si lo veo cerca del niño, lo mato —le amenazó con verdadera furia.
Salvador Márquez volvió a asentir y salió, precipitadamente, de la estancia. Gabriela se levantó de su silla, dispuesta a seguirlo.
—Siento lo ocurrido —le dijo el señor Teodoro.
Tras su discurso, repleto de falacias, Salvador Márquez guardó silencio. El señor Teodoro seguía mirándole fija y glacialmente. La narración de los acontecimientos que el hombre había hecho, no le cuadraban en absoluto. Ese individuo le había mentido al principio de su relato y, seguramente, también en el final. Era una lástima que Jaime y Julián no hubiesen visto por qué Nicolás salió detrás del señor Márquez y lo empujó. Los niños tampoco habían hecho alusión al hecho de que Nicolás le quitara el bozal a Hércules.
—¿Por qué no vino a contarme lo sucedido nada más ocurrió? —interrogó el señor Teodoro, recelando.
Salvador Márquez volvió a carraspear.
—Su hijo me dijo que estaba castigado y que tenía prohibido salir de la terraza. Me pidió perdón y me rogó que no le contara nada. No quise estropearle la Nochebuena al chaval.
—¡Vaya! —exclamó el señor Teodoro con virulenta calma—. Es usted muy considerado. Dice que mi hijo estuvo a punto de matarle, usted estuvo a punto de matarlo a él. Sin embargo, no quiso estropearle la noche.
El señor Teodoro miró a Nicolás, y percibió que el niño observaba a Salvador Márquez con una mirada llena de resentimiento. Si lo que ese hombre había contado fuese verdad, el chiquillo estaría con la cabeza muy agachada y totalmente encogido, sintiéndose avergonzado y atemorizado. La actitud de Nicolás fue determinante para cerciorarse de que el esposo de Gabriela mentía.
—Bueno, yo creo que está todo aclarado —habló el señor Francisco—. Desde que vi a esa fiera negra, supe que tendríamos problemas en la urbanización. Ese perro es muy peligroso y Nico, un temerario. Debes reconocer, Blas, que la culpa de todo la ha tenido el chico, por violento.
El señor Teodoro continuaba mirando a Nicolás.
—¿Las cosas han ocurrido tal y como las ha contado el señor Márquez? —le preguntó serio, pero con serenidad.
El jovencito asintió sin mirar a su tutor.
—Pues entonces, pídele disculpas —exigió el señor Teodoro, derrotado.
Nicolás miró a Salvador, con rencor, y seguidamente se negó rotundamente.
—O sea: has empujado a este hombre, le has echado el perro encima y no quieres disculparte —enumeró el señor Teodoro.
Se produjo un breve y tenso silencio.
—Puedes hacer conmigo lo que quieras, pero no voy a disculparme —dijo el chiquillo, mirando a su tutor con valentía. No estaba dispuesto a excusarse con semejante cerdo.
—¡Esto es el colmo! —exclamó el señor Francisco, furioso—. ¡Este mocoso te está desafiando, Blas! ¡Y gracias al Cielo que estás tú aquí! De lo contrario, este bribón sería capaz de atacarnos a todos. ¡Este muchacho es un auténtico peligro!
—Vete a la cama de inmediato, Nico —ordenó el señor Teodoro, tajante.
El niño se levantó del sofá. Para salir del salón tenía que cruzar por el lado de su tutor. El chiquillo pensó que iba a recibir un tremendo cachete, pero Blas lo dejó pasar sin moverse de su sitio. La señora Emilia sintió un gran alivio cuando Nicolás se fue. Natalia y Bibiana también se aliviaron ya que habían temido que el señor Teodoro perdiese el norte y pegase al crío.
—No creo nada de lo que usted ha contado —manifestó Natalia, orientando su mirada hacia Salvador—. Conozco muy bien a mi primo y él…
—¡Tú, cállate, mocosa descarada! —obstaculizó el señor Francisco, muy nervioso.
Sin embargo al señor Teodoro le ocurría lo mismo que a la niña, no creía la versión dada por el marido de Gabriela.
—Es extraño que Nico le quitara el bozal a Hércules—opinó, mirando a Salvador—, y que el perro no le mordiera. También es extraño que si le estaba echando el perro encima, estuviera de espaldas a usted. Todos los golpes que usted le dio al niño, fueron a parar a su espalda. ¿Sabe usted que podría haber matado al chiquillo?—. La voz del señor Teodoro se endureció.
—Ya le he dicho que todo fue un fatal accidente—declaró Salvador, con cara sudorosa—. Todo pasó muy deprisa.
Al señor Teodoro y al señor Márquez les separaba la mesa alargada. Blas extendió su brazo derecho; Salvador retrocedió pero, aún así, uno de los dedos de Blas rozó su gran nariz (simplemente la rozó) y ésta comenzó a sangrar. El marido de Gabriela cogió una servilleta para taponar la hemorragia. El señor Francisco estaba atónito sin saber qué hacer o qué decir. Su esposa, Marina, creyó que iba a desmayarse.
—Disculpe —dijo el señor Teodoro, mordaz—. Esto también ha sido un accidente. Me pareció ver una mosca en su nariz, y si no quiere que vea más moscas y sufrir más accidentes, váyase de esta casa cuanto antes.
Salvador Márquez asintió, presto a marcharse.
—¡Un momento! —gritó el señor Teodoro, paralizándole—. No vuelva a acercarse a Nico. Si lo veo cerca del niño, lo mato —le amenazó con verdadera furia.
Salvador Márquez volvió a asentir y salió, precipitadamente, de la estancia. Gabriela se levantó de su silla, dispuesta a seguirlo.
—Siento lo ocurrido —le dijo el señor Teodoro.
—Yo también estoy muy apenada —declaró
la joven, sintiendo vergüenza ajena. Su
esposo se había comportado como el gran cobarde que era—. Salvador se irá el día veintiséis, no te preocupes por nada.
Tras decir esto, la
mujer se marchó. Blas se quedó meditabundo. Nicolás
le había dicho que le contaría quién le había pegado, pasado mañana, y Gabriela le acababa de decir
que Salvador se iría en un par de días. Aquello debía tener relación; de alguna
forma el señor Márquez tuvo que intimidar al niño para que no hablara antes de
que él se fuera.
El señor Teodoro entró en
su despacho y salió poco después, entregando a Jaime y a Julián un billete de
cien dívares, respectivamente.
—Os lo habéis ganado —les sonrió—.
Habéis hecho un buen trabajo. Es un regalo que les hago a tus hijos por ser
Nochebuena —agregó levantando la voz, y mirando al padre de los niños.
—Ah, gracias, Blas —agradeció el señor
Francisco—. Eres muy generoso y lamento, de verdad, que esta noche haya sido
tan complicada. Aun así te diré, que pienso que debes controlar más a Nico; ese crío…
—No sigas, Francisco —le interrumpió el señor Teodoro, molesto—. Estoy convencido de que Salvador Márquez me ha mentido. Si
llega a dar con la cadena en la cabeza del niño, podría haberlo matado.
También podría haberle roto una vértebra. Ese hombre es un salvaje sin
escrúpulos y tiene suerte de ser el marido de Gabriela y el yerno de Estela. De
lo contrario, le hubiese dado una gran paliza.
El señor
Francisco no replicó y empezó a rumiar que quizás su vecino tuviese razón. Todo aquello resultaba muy raro.
—Vosotros, no os acerquéis a ese tipo,
por si acaso —recomendó a sus dos
hijos—. Y esperemos que sea cierto que se va pasado mañana. Bueno, en
realidad, mañana. Son más de las doce, ya es día veinticinco. Tampoco comprendo qué hace
Gabriela casada con ese individuo —meditó con cierto asombro—. No hacen buena
pareja, no pegan ni con cola. Gabriela es una mujer guapa a pesar de llevar el pelo tan corto y casi no maquillarse. Y Estela
no ha venido esta noche, ¿será cierto que tiene fiebre?
Patricia, que cada vez le gustaba más el señor Teodoro, decidió ganar puntos a su favor. Se atusó su rizada melena morena y se acercó al hombre.
Patricia, que cada vez le gustaba más el señor Teodoro, decidió ganar puntos a su favor. Se atusó su rizada melena morena y se acercó al hombre.
—Nico nos ha dicho que le prometió a Gabriela no contar nada —manifestó, muy satisfecha.
El señor Teodoro miró
atentamente a la niña; su furia interna era infinita.
—Está claro que ese hombre agredió al
niño —aseguró, con rabia—. Más le vale irse el día veintiséis o, yo mismo, lo
echaré a patadas de nuestra urbanización. Y Nico va a estar castigado si no me
cuenta lo que pasó en realidad.
—Eres idiota —insultó en voz baja,
Natalia a Patricia—. ¿No puedes tener la boquita cerrada?
La niña se
levantó y, sin despedirse de nadie, salió del salón encaminándose a la
habitación de su primo.
Quería verlo, quería acompañarlo, estar cercana a él. Odiaba a Salvador Márquez y detestaría a cualquier ser capaz de causarle algún daño a Nico.
Subió con premura la enmoquetada escalera ansiando llegar junto al muchacho que adoraba en silencio. Y Natalia Rey sabía que Nicolás Rey, también la adoraba en silencio. Todavía eran muy jóvenes, de aquí a unos años estarían juntos. Y que el mundo entero temblase si urdían separarles por el nimio de ser primos.
Quería verlo, quería acompañarlo, estar cercana a él. Odiaba a Salvador Márquez y detestaría a cualquier ser capaz de causarle algún daño a Nico.
Subió con premura la enmoquetada escalera ansiando llegar junto al muchacho que adoraba en silencio. Y Natalia Rey sabía que Nicolás Rey, también la adoraba en silencio. Todavía eran muy jóvenes, de aquí a unos años estarían juntos. Y que el mundo entero temblase si urdían separarles por el nimio de ser primos.
Págs. 157-163
