EL CLAN TEODORO-PALACIOS

CUARTA PARTE
Mostrando entradas con la etiqueta CAPÍTULO 17 - UN HOMBRE TERRIBLE. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta CAPÍTULO 17 - UN HOMBRE TERRIBLE. Mostrar todas las entradas

martes, 23 de octubre de 2012

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 17














CAPÍTULO 17

UN HOMBRE TERRIBLE


A
quella tarde el cielo continuaba nublado aunque las nubes no eran excesivamente negras y no parecían amenazar con descargar una tromba de agua como la noche pasada. Nicolás no se había puesto cazadora; al principio notó el frío pero, muy pronto, empezó a correr en pos del balón y dejó de acusar la baja temperatura.
          —¡Nico! ¡Vuelve a entrar y ponte más ropa! —le gritó la señora Emilia, asomándose por una ventana lateral del salón—. ¡Te vas a congelar con esa camiseta!
          —Ahora iré —contestó el chaval pero continuó jugando, olvidando abrigarse más.
El aroma a bosque húmedo le embriagaba los sentidos y respiró a pleno pulmón el aire puro de la montaña. Aire que sabía a libertad.
El bulto de su frente había desaparecido y en su lugar tenía una mancha amarilla violácea. Los ladrillos de la terraza estaban mojados, no había charcos porque el suelo estaba levemente inclinado y el agua resbalaba hasta caer al barranco por unos agujeros ubicados en la parte inferior del muro.
La señora Emilia se marchó a su dormitorio a reposar. El señor Teodoro estaba acostado en su cuarto, abrazado a Elisa.
Ambos jóvenes conversaron y se hicieron mutuas caricias hasta que el sueño les ganó la partida. La alarma del despertador estaba puesta a las seis en punto.
Nicolás abandonó la pelota e hizo el pino, apoyando los pies en una pared de la fachada. Acto seguido, recorrió la larga terraza caminando con las manos y manteniendo las piernas extendidas hacia arriba. Después corrió y saltó dando volteretas en el aire, para acabar posándose sobre la superficie  empapada con la mayor elegancia. El chico tenía una agilidad y una destreza que muchos deportistas hubiesen envidiado.
Lo que Nicolás ignoraba era el hecho de que tenía dos espectadores muy interesados en seguir e ir anotando en una libreta cada uno de sus movimientos. Los espectadores eran, nada más ni nada menos, que los “detectives” Jaime y Julián que se encontraban en el bosque, en una elevación del terreno detrás de unos frondosos arbustos. Desde aquel lugar estratégico podían ver la terraza de la barbacoa y el camino que conducía hacia la piscina.
Los “detectives” vieron que un coche rojo, algo destartalado, se hallaba aparcado junto a la casa de la señora Estela. La mujer debía tener visita.
Nicolás fue agradablemente sorprendido por la llegada de Hércules, el rottweiler de Gabriela. La puerta de hierro de la terraza, lacada en tono negro,  estaba abierta y el can entró a toda velocidad dispuesto a acompañar al chiquillo en sus aventuras. Corrió hasta él, se levantó sobre sus patas traseras y apoyó las delanteras en su pecho.  Nicolás perdió el equilibrio y cayó al suelo, de espaldas. El perro se le tiró encima, lamiéndole la cara.
          —¡Eres un bruto! —rió el niño—. ¡Me has puesto la camiseta perdida! ¿Quieres jugar, verdad? ¡Pues vamos a jugar!
Nicolás y el perro corrieron, intentando cada uno de ellos apoderarse del balón. Cuando el muchacho conseguía tener la pelota esquivaba cuanto podía a Hércules y éste se volvía loco saltando y brincando a su alrededor. Cuando era el can quien conseguía ser el dueño de la pelota, la agarraba con sus poderosos dientes, y era entonces él, quien burlaba a su contrincante. Nicolás empezó a sudar de verdad y dejó de sentir frío, a pesar de que se había levantado una brisa helada que arrastraba consigo gotas de agua de las hojas de los árboles y de las agujas de los pinos. Se lo estaba pasando fenomenal; Hércules era un inmejorable compañero de juego.
Desgraciadamente la diversión llegó a su fin cuando un desconocido arrojó un bozal al suelo de la terraza, cerrando la puerta de hierro y quedándose fuera. El desconocido era un hombre de pelo rubio, fino y pobre. Tenía unos ojos verdes desagradables y una prominente nariz. Era de estatura baja y de cuerpo delgaducho.
          —¡Tú, chaval! —gritó a Nicolás—. ¡Ponle ese bozal al perro!   Su voz era ronca y también desagradable. Nicolás y Hércules pararon de jugar y el can comenzó a gruñir, amenazadoramente.
          —Tranquilo, Hércules —susurró el muchacho, acariciando la enorme cabeza del animal—, no pasa nada. ¿Quién es usted? —interrogó, dirigiéndose al individuo.
          —¡Eso a ti no te importa! —le contestó el hombre con acritud—. ¡Te he dicho que le pongas el bozal al chucho!
            —¡Váyase de aquí! —exclamó Nicolás, enfadado—. Está en una propiedad privada.
          —¡No seas imbécil, muchacho! —chilló el desconocido—. Soy el yerno de Estela y quiero que ese maldito perro vuelva a casa.
Nicolás se quedó asombrado tras esta revelación, ¿cómo podía Gabriela haberse casado con semejante tipo?
          —¿Está tu padre en casa? —indagó el hombre, cuya horrible nariz era lo más destacado en su rostro.
          —Está durmiendo —declaró Nicolás, secamente. De ninguna manera iba a explicarle a ese tipejo que su padre no estaba allí y que Blas era su tutor.
          —Pues si no quieres que lo despierte y se ponga de mala hostia, ponle de una puta vez el bozal al chucho —dijo el hombre empleando un vocabulario muy vulgar.
Nicolás no se movió; Hércules seguía gruñendo con ferocidad.
          —¿Estás sordo, chaval? —increpó el famélico marido de Gabriela—. Voy a tocar el timbre hasta que tu padre salga cagando leches. Ya le explicaré yo que has ido a buscar al perro y te lo has llevado sin decirnos nada.
          —¡Eso no es verdad! —replicó el chiquillo—. Yo no me he movido de la terraza. Ha sido Hércules quien ha venido.
          —¡Y una mierda! —exclamó el hombre, furioso.
Nicolás empezó a ponerse muy nervioso, temiendo que aquel asqueroso sujeto despertara a Blas y le contara embustes. ¿Y si su tutor le creía? Le había dicho muy clarito que no pusiera un pie fuera de la terraza.
          —Está bien —claudicó el niño—. Le pondré el bozal a Hércules.
Nicolás recogió el protector y se lo colocó en la boca al perro. Hércules le miraba de una forma extraña, como si no comprendiera por qué le hacía aquello. Parecía decepcionado y triste.
          —Lo siento. Perdóname, amigo —murmuró el chiquillo, sintiéndose culpable.       Hecho esto guió al perro, sujetándolo por el collar, hasta la puerta. Cuando estuvieron cerca del hombre, Hércules gruñó de manera más temeraria.
          —Tendrás que llevarlo a casa —declaró el adulto—. A este perro lo has puesto rabioso; podría atacarme.
          —Pero si lleva el bozal puesto —manifestó Nicolás con disgusto.
          —Este perro es muy grande y fuerte —insistió el hombre—. Y lo has puesto rabioso. ¡Te digo que lo lleves tú!
          —Estoy castigado y no puedo salir de la terraza—expuso el niño, de mal talante.
El hombre sonrió con maldad. Sus feos dientes tenían un color amarillento.
          —¿Qué edad tienes? —preguntó.
          —Quince.
          —Pareces mayor por tu altura —afirmó el individuo—. Eres simplemente un mocoso que está castigado —añadió, burlándose—. ¡Te han debido tirar una buena piedra a la frente!—agregó, riéndose.
Nicolás le lanzó una mirada desafiante, le hubiese gustado golpear a aquel miserable ser. Se agachó y habló a Hércules al oído.
          —Vete a casa, amigo —le dijo, suavemente.
Abrió la puerta, pincelada de negro, y el perro salió. Había entendido perfectamente la orden de Nicolás pero se resistía un poco a obedecer y anduvo, con paso lento, por el camino. El marido de Gabriela le seguía a cierta distancia; Nicolás vio que el hombre llevaba una cadena de eslabones gruesos en una mano. Cuando se habían alejado unos cincuenta metros, el individuo comenzó a golpear el lomo del animal con la cuerda metálica y el can gimió, lastimosamente.
Nicolás no lo pensó ni un segundo, salió de la terraza y corrió velozmente. Llegó hasta el hombre y lo empujó con violencia. El adulto se estrelló contra la alambrada del camino y, gracias a ello, no cayó al barranco. El niño se agachó para acariciar el maltratado dorso del animal. Su mano se manchó de sangre.
          —Perdóname, Hércules —susurró, compungido. Sus oscuros ojos brillaban.
De pronto, sintió un agudo dolor en su propia espalda. El encolerizado hombre estaba pegándole  con la gruesa cadena. Descargó tres golpes casi seguidos sobre él; el niño bregaba por levantarse pero no pudo lograrlo.
          —¡Basta! ¡Basta, Salvador! —oyó gritar a Gabriela—. ¡Vas a matarlo! ¡Déjalo en paz!
La angustiada mujer llegó al lugar, justo en el momento en que Hércules se arrojó contra el hombre, derribándolo. Los ojos del perro, inyectados en sangre, se habían vuelto asesinos. De su boca salía un gruñido rabioso y feroz. Quería morder al tipo, pero el bozal se lo impedía. Arañó, con sus patas delanteras, el rostro del espantado hombre. La joven tuvo que hacer muchísima fuerza para conseguir apartar a Hércules de su esposo. Le costó, Dios y ayuda, calmar al can que no quería soltar su presa.
Nicolás se levantó lentamente, le dolía mucho la espalda y se sentía mareado. El hombre continuaba tirado en el suelo sin atreverse a mover un músculo.
          —¡Nico! —exclamó Gabriela, llorando—, ¿estás bien, cómo estás? ¡Por favor, por lo que más quieras, no cuentes esto a Blas ni a nadie! Sólo complicarías las cosas. Él se irá pasado mañana. Te lo ruego, Nico, no digas nada.
Nicolás miró a Gabriela, le pareció que estaba aterrorizada.
          —Tranquila —dijo con voz apagada—, estoy bien y no voy a decir nada. Te lo prometo.
El niño se alejó pausadamente. Miró su reloj de pulsera, eran las seis menos veinte. Intentó acelerar el paso pero le suponía un gran esfuerzo caminar más deprisa. No obstante, tenía que llegar a casa antes de que Blas se levantara. Su tutor no debía verle en aquel penoso estado.
Por fin llegó a la terraza de la barbacoa, apoyó una mano en la pared de la fachada para ayudarse a andar. Giró la esquina, ya estaba en la terraza de la cocina. Poco después entró en la villa. Eran las seis menos cuarto.
Al cabo de un rato y no existiendo novedad, los dos “detectives” dieron por finalizado su trabajo. Habían realizado una gran investigación aquella tarde; Blas se sentiría orgulloso de ellos. Jaime y Julián salieron de su escondite.

Págs. 115-121                                              
Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License. Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.