CAPÍTULO 96
PROBLEMAS CON EL SEÑOR CUESTA
D
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espués del recreo, Paula y "Mikaela" se dirigieron al
aula de segundo D. Tenían una hora de tutoría y la señora Morales propuso a los
muchachos que hablaran sobre sus padres. Anteriormente habían hecho una
redacción sobre sus madres; ahora les tocaba el turno a los progenitores.
—Podéis hablar con absoluta tranquilidad —les dijo la profesora—, vuestros padres no se van a enterar de nada.
Nos interesa saber cómo son ellos, si son los que mandan en casa, si os parece
bien la educación que os dan, si os gustaría poder cambiarlos por otros,
etcétera, etcétera.
Los muchachos no tardaron en “soltarse” y empezaron
a poner a sus papás “a caldo”.
La gran mayoría coincidió en que sus padres eran
quienes imponían las normas en sus hogares, que eran más severos que sus
madres, demasiado severos. Y la gran mayoría opinó que no querían cambiar a sus
padres; sencillamente les gustaría hacerlos desaparecer.
Nicolás escuchaba a sus compañeros pero no
participaba expresando lo que pensaba sobre el señor Teodoro.
—Nico, ¿no vas a decir nada? —le preguntó "Mikaela" que estaba deseando conocer los sentimientos del
chaval.
—Bueno, es que no sé qué decir —dudó el chiquillo, ruborizándose un poco—. Mi padre es muy distinto a todo lo que se ha dicho aquí. Vivo con él
y con mi abuela y, mi padre, no manda más que mi abuela. Es muy nervioso y
tiene que tomar mucha tila. A mí no me gustaría cambiarlo por nadie y, mucho
menos, que desapareciera. Lo quiero muchísimo. Lo quiero más que a nadie en el
mundo y siempre estaré con mi padre. Nunca me separaré de él.
—¿Qué dices, tronco? —se burló Leopoldo— Algún día te casarás y te largarás de tu casa.
Nicolás le lanzó como respuesta una mirada
fulminante.
"Mikaela" asintió, muy cogitabunda. No se había
figurado que su hijo quisiera de aquel modo al señor Teodoro.
Paula miró a su amiga; supuso que estaba decepcionada y creyó que le iba a resultar muy difícil llevar a cabo sus objetivos.
Hacerle daño al señor Teodoro significaría hacerle daño a Nicolás. ¿Y estaría dispuesta Helena Palacios a hacer
daño a su propio hijo?
∎∎∎
Hipólito Sastre era el profesor de música del
instituto “Llave de Honor”; hombre solterón y muy devoto de su madre. Tenía
cuarenta y cuatro años; cejas anchas, muy pobladas y totalmente unidas. Era una
bellísima persona al que los niños tomaban el pelo sin piedad.
Los alumnos se desplazaron a un aula situada en la
segunda planta del edificio. En el aula había tres pianos, cuatro trompetas,
seis guitarras, además de todas las flautas que los niños llevaban consigo.
El resultado fue un auténtico alboroto sin orden ni concierto.
Nicolás se lo pasó en grande y se rió tanto que incluso llegó a llorar.
—Chiquitos, os prometo por mi santa madre que os voy a suspender a
todos —amenazaba el pobre profesor sin conseguir amedrentar
a los alumnos—. Ya veréis, ya veréis… ¿No me oís, chiquitos?
∎∎∎
La última clase del lunes la tenían con Ismael
Cuesta, el profesor de matemáticas. El hombre entró con semblante agrio y
comenzó a repartir unas hojas.
—Ya podéis empezar el examen —dijo de forma áspera—; al primero que vea levantar la vista de su
mesa le retiro el examen y estará suspendido. No quiero oír a nadie. ¡Empezad!
“Qué tipo más asqueroso”, pensó Nicolás y
hojeó los ejercicios, comprobando que eran bien difíciles. Constaba de seis preguntas
y todas eran problemas donde los muchachos tenían que plantear las ecuaciones.
Al chiquillo le resultaba harto sencillo resolver
sistemas de ecuaciones pero tener que plantear las ecuaciones
obedeciendo a los datos de un problema era una tarea más complicada que no le
gustaba un ápice.
Sin embargo, no tenía más remedio que concentrarse y
hacerlo bien o su padre se iba a poner como un toro.
El señor Cuesta paseaba por el aula, muy vigilante y
muy satisfecho. Era consciente de que había puesto un examen enmarañado y no
creía que ninguno de aquellos críos fuese capaz de aprobarlo.
Algunos alumnos se removían inquietos, en sus
asientos, y también se oía algún que otro suspiro.
Nicolás fue uno de los que suspiró y también
resopló, pero puso sus cinco sentidos en aquel examen y cuando aún faltaban
veinte minutos para terminar la clase, comenzó a leer la última pregunta. El
muchacho acabó dándose cuenta de que era imposible resolver el problema puesto
que faltaban dos datos. Intentó decírselo al profesor, pero el señor Cuesta no
le atendió y le gritó de malas maneras por haber levantado la vista del examen.
—¡Es usted igual de asqueroso que los granos que tiene en la cara! —exclamó Nicolás, perdiendo la calma.
El jefe de estudios, Eduardo Cardo, tuvo que acudir
al aula al ser requerido por un colérico Ismael Cuesta.
—Lleve a este chico al despacho del director y dígale al señor
Teodoro que no toleraré faltas de respeto en mis clases. Y que, por el
momento, su hijo tiene un cero en mi asignatura.
Nicolás salió del aula precedido por el señor
Cardo. El crío ya estaba lamentando haber insultado al profesor pero, desgraciadamente,
no había vuelta atrás.
En su camino se encontraron con "Mikaela" que, de
inmediato, se interesó por la suerte del chaval. El jefe de estudios la puso al
corriente de lo sucedido y la mujer se ofreció a acompañar al chiquillo al
despacho del director. El señor Cardo no puso objeción alguna, sintiéndose
aliviado. No era plato apetecible presentarse ante el señor Teodoro de nuevo con su hijo.
∎∎∎
El señor Teodoro se encontraba pensativo y algo preocupado.
Beni to Sierra seguía sin dar señales de vida y Elisa no
le cogía el teléfono. Tanto una cosa como la otra le extrañaban bastante; hubiese jurado que el
señor Sierra tenía verdadera necesidad por conseguir un trabajo y Elisa
parecía no querer hablar con él. ¿Qué
estaba pasando?
Sus pensamientos se esfumaron cuando entraron en el
despacho "Mikaela" y Nicolás. Se acercaron hasta su mesa y el joven les observó
atentamente. Ambos estaban muy serios y el señor Teodoro intuyó que ninguna
buena noticia podían traerle.
—¿Podemos sentarnos? —preguntó "Mikaela" en un tono poco amigable.
El señor Teodoro asintió después de fijarse que la
mujer y el muchacho eran de idéntica estatura.
—¿No tenías un examen de matemáticas? —preguntó a Nicolás que se mostraba bastante nervioso.
El chiquillo enrojeció súbitamente.
—El señor Cuesta me ha puesto un cero y me ha expulsado de clase —declaró mirando, con insistencia, el escritorio de su padre.
—¿Qué es lo que has hecho? —indagó el señor Teodoro, impaciente y
malhumorado.
—¡Ese hombre me tiene manía!
—¡Te he preguntado qué es lo que has hecho!
—La última pregunta del examen no se podía hacer porque faltaban datos —explicó Nicolás—, he querido decírselo y ha empezado a
gritarme y no me dejaba hablar… Sin querer lo he llamado asqueroso.
—¡Muy bonito, estupendo Nico! ¡Tu primer examen y ya tienes un cero! —exclamó el señor Teodoro, enojado.
—El examen era fácil, puedo recuperarlo.
—Lo que puedes hacer y vas a hacer es disculparte con el señor Cuesta —dijo el señor Teodoro golpeando la mesa con su mano derecha—. Y que sea la última vez que insultas a un profesor. Te explicaré
cómo funciona esto: ellos pueden gritarte y tú puedes callarte. ¿Te queda bien
claro?
Nicolás asintió, sumiso.
"Mikaela" negó con un movimiento de cabeza, dando a entender su
desacuerdo con el director.
—Está claro que el sistema no funciona bien —declaró—. Ningún profesor tiene por qué maltratar a un
alumno. Usted sabe igual que yo que el señor Cuesta es un patán. Debería hablar
con él y ponerlo en su sitio.
—Podría hacer eso si mi hijo no lo hubiese llamado asqueroso —manifestó el señor Teodoro—. Lo siento, pero no puedo darle la razón al
niño.
—Es más sencillo darle la razón al adulto —replicó "Mikaela" sonriendo sin ganas.
Al sonreír se le formaron dos hoyuelos; los mismos hoyuelos que se le formaban a Helena Palacios y los mismos hoyuelos que, hacía poco tiempo,
habían comenzado a formarse en el rostro de Nicolás.
El señor Teodoro los miró fijamente hasta que se
borraron sin dejar huella. El hombre tragó saliva con dificultad. De nuevo estaba sucediendo; Mikaela Melero le recordaba terriblemente a
Helena Palacios, hecho que no le había pasado nunca con ninguna mujer. En
su mente dibujó a "Mikaela" con el cabello más largo, rizado y moreno. Le pintó
unos ojos negros y, entonces, vio a Helena Palacios.
—¿Le ocurre algo? —preguntó" Mikaela", notando la penetrante
mirada del joven.
—No, discúlpeme —reaccionó el señor Teodoro de inmediato—. Es que usted me recuerda muchísimo a otra persona.
—Ya lo sé. Me lo ha dicho esta mañana, le recuerdo a la madre de Nico.
Tras estas palabras; Nicolás miró
a "Mikaela" y, seguidamente, miró a su padre.
—Es usted excesivamente directa —afirmó el hombre, molesto—. No me parece bien que haya hecho ese
comentario delante de mi hijo.
—No pasa nada —declaró Nicolás al momento—. Sé que estás enamorado de mi madre, no soy tonto. Es por eso que no te quieres casar con Elisa.
La declaración de Nicolás sorprendió en exceso a Helena que sintió como una sacudida removía su interior hasta causarle dolor.
—No pasa nada —declaró Nicolás al momento—. Sé que estás enamorado de mi madre, no soy tonto. Es por eso que no te quieres casar con Elisa.
La declaración de Nicolás sorprendió en exceso a Helena que sintió como una sacudida removía su interior hasta causarle dolor.
—Lo lamento —se excusó—, será mejor que me vaya.
—No la estoy despidiendo.
—Me refiero a irme de este despacho.
—A eso mismo me refiero yo, puede quedarse.
—Paula debe estar echándome de menos —aseguró Helena—. Y creo que usted y yo ya no tenemos más de qué hablar.
—No te vayas, Mikaela —le pidió Nicolás—. Podías intentar convencer a mi padre para que olvide a mi madre y que se case con Elisa. Mi madre nos abandonó hace doce años y...
—No sigas, Nico —le interrumpió el señor Teodoro—. Y no vuelvas a decir que tu madre nos abandonó. La lunática de tu madre solo me abandonó a mí, se ha empeñado en odiarme y ni siquiera sabe de que color es el odio. Pero la encontraré, ya lo creo que la encontraré y, sin gafas de sol, mirándome a los ojos, va a tener que decirme cuánto me odia.
Esta vez fue Helena quien tragó saliva con dificultad, pero a pesar de sentirse abrumada no se mantuvo en silencio.
—Acaba de llamar lunática a esa mujer —manifestó sin poder contenerse—, me parece un insulto muy grave.
Blas Teodoro la miró y sonrió.
—Creo que a Helena también le parecería un insulto muy grave —declaró—. Pero solo una lunática como ella podría actuar como lo hace ella. Estoy convencido de que me ama pero es incapaz de admitirlo y sus razones serán sinrazones. Es una inmadura; Nico ha salido a ella.
El ceño de Nicolás se frunció a la velocidad de la luz; y una oleada de furia se apoderó de Helena.
—No crea que voy a consentir que insulte a ninguna mujer en mi presencia —dijo, agraviada—. Tal vez sea usted el lunático y el inmaduro... Debo irme con Paula.
El señor Teodoro fue consciente de que se había extralimitado en su desahogo.
—Sí, tal vez soy yo —admitió—. Discúlpeme, cuando hablo de Helena no sé bien lo que digo. Y comprendo que no es de su interés mi vida personal, le vuelvo a pedir disculpas.
—A eso mismo me refiero yo, puede quedarse.
—Paula debe estar echándome de menos —aseguró Helena—. Y creo que usted y yo ya no tenemos más de qué hablar.
—No te vayas, Mikaela —le pidió Nicolás—. Podías intentar convencer a mi padre para que olvide a mi madre y que se case con Elisa. Mi madre nos abandonó hace doce años y...
—No sigas, Nico —le interrumpió el señor Teodoro—. Y no vuelvas a decir que tu madre nos abandonó. La lunática de tu madre solo me abandonó a mí, se ha empeñado en odiarme y ni siquiera sabe de que color es el odio. Pero la encontraré, ya lo creo que la encontraré y, sin gafas de sol, mirándome a los ojos, va a tener que decirme cuánto me odia.
Esta vez fue Helena quien tragó saliva con dificultad, pero a pesar de sentirse abrumada no se mantuvo en silencio.
—Acaba de llamar lunática a esa mujer —manifestó sin poder contenerse—, me parece un insulto muy grave.
Blas Teodoro la miró y sonrió.
—Creo que a Helena también le parecería un insulto muy grave —declaró—. Pero solo una lunática como ella podría actuar como lo hace ella. Estoy convencido de que me ama pero es incapaz de admitirlo y sus razones serán sinrazones. Es una inmadura; Nico ha salido a ella.
El ceño de Nicolás se frunció a la velocidad de la luz; y una oleada de furia se apoderó de Helena.
—No crea que voy a consentir que insulte a ninguna mujer en mi presencia —dijo, agraviada—. Tal vez sea usted el lunático y el inmaduro... Debo irme con Paula.
El señor Teodoro fue consciente de que se había extralimitado en su desahogo.
—Sí, tal vez soy yo —admitió—. Discúlpeme, cuando hablo de Helena no sé bien lo que digo. Y comprendo que no es de su interés mi vida personal, le vuelvo a pedir disculpas.
"Mikaela" se levantó, tocó suavemente un hombro de
Nicolás y salió de la estancia, llevándose un aroma que trastornaba los
sentidos del señor Teodoro.
Nicolás tuvo la impresión de que su padre no era del
agrado de la profesora.
—Me parece que Mikaela te tiene manía —comentó—, como el señor Ismael Cuesta me tiene manía a mí.
—Tú procura que no sea yo quien te tenga manía —dijo su padre, zanjando la cuestión.
Págs. 762-768
Y este jueves dejo en el lateral del blog una canción de Julio Iglesias... "Lo mejor de tu vida"
También hoy, desde mi blog, voy a rendir homenaje a la gatita de Lidia ... Luna
Mi madre dice que nacemos, crecemos y nos vamos de vacaciones... pues Luna se ha ido de vacaciones esta pasada madrugada... a las cinco
Hasta siempre, Luna
También hoy, desde mi blog, voy a rendir homenaje a la gatita de Lidia ... Luna
Mi madre dice que nacemos, crecemos y nos vamos de vacaciones... pues Luna se ha ido de vacaciones esta pasada madrugada... a las cinco
Hasta siempre, Luna
