EL CLAN TEODORO-PALACIOS

CUARTA PARTE
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jueves, 1 de mayo de 2014

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 95


























CAPÍTULO 95

MÁS CONFLICTOS EN EL RECREO



E
l profesor de gimnasia se acercó a la espalda del señor Teodoro y le tocó un hombro, apaciblemente.
El señor Teodoro se dio la vuelta y al ver al profesor se levantó y subió el escalón.
            Hola sonrió el joven , soy Roberto Beltrán, profesor de gimnasia. Creo que eres el director, ¿no es cierto? Espero que no te moleste que te tutee, debemos ser de edades parecidas.
Ambos hombres se estrecharon las manos y se distanciaron un poco de Patricia y sus amigas.
            Puedes tutearme tranquilamente. Has acertado, soy el nuevo director; Blas Teodoro.
            Aquel jovencito alto y moreno, ¿es tu hijo? indagó el profesor de gimnasia, señalando con la mirada hacia Nicolás.
El señor Teodoro miró al niño.
            Sí, es mi hijo.
            Entonces tengo que felicitarte. Lo he estado observando, es un gran futbolista.
             —Sí, lo es. Muchas gracias.
            ¿A qué curso va?
            A segundo D.
            Mañana tengo clase con ese grupo. Será un honor. Reconozco a una figura en cuanto la veo y tu hijo es una figura del fútbol.
Al señor Teodoro le causó buena impresión el señor Roberto Beltrán y, ambos jóvenes, mantuvieron una conversación amistosa. Los dos tenían en común su juventud y su cuerpo atlético aunque el señor Teodoro era más corpulento y más alto. También en la apariencia el señor Teodoro era mucho más tradicional. Roberto Beltrán llevaba un aro pequeño y plateado en el lóbulo de su oreja izquierda, y una coleta de bastante longitud recogía su cabello liso y castaño.
La conversación amistosa que mantenían fue interrumpida por "Mikaela", que llegó seguida de una muy apurada señora Morales.
            ¡Consejitos vendo pero para mí no tengo! exclamó la joven rubia dirigiéndose, con furia, al anonadado director.
            ¿Cómo dice? interrogó este, perplejo.
La señora Paula Morales se retorcía las manos en una actitud muy agitada.
            Solo hace un rato, usted, recomendaba al padrastro de una alumna que no se le ocurriera ponerle la mano encima. Sin embargo, acabo de verle pegando a su propio hijo. ¿Qué le pasa? ¿No sabe educar a su hijo sin golpearle?
El señor Teodoro enrojeció y miró a la guapa profesora, también con furia.
            ¡Por el amor de Dios, está diciendo estupideces! exclamó, alterado ¿Cómo puede compararme con el señor Ortiz? ¡Ese hombre es capaz de pegar a una niña con un cinturón! ¡Yo jamás haría daño a mi hijo!
Simplemente le he dado un par de cachetes y le aseguro que muy flojos. El primero se lo he dado porque me ha pisado con fuerza y a propósito; y el segundo, porque me ha llamado idiota. ¿Satisfecha?
"Mikaela" miró las manos del señor Teodoro, y seguidamente sus ojos azules volvieron a posarse en los ojos negros del hombre.
            Tiene usted unas manazas que no creo que den cachetes flojos declaró, obstinada.
            Estas manazas como usted las llama sirven, sobre todo, para trabajar manifestó el señor Teodoro. Y también pueden servir para acariciar. Nunca las usaría para hacer daño a mi hijo.
            Yo pienso que a los críos no les viene mal un poco de disciplina intervino el señor Roberto apoyando al director.
            ¿Y a usted quién le ha dado vela en este entierro?  interrogó "Mikaela" sin aparatar la vista del señor Teodoro El niño estaba jugando tranquilamente. ¿Qué le pasa a usted, no le gusta el fútbol?
La señora Morales estaba sudando a pesar de la fría mañana invernal.
El señor Teodoro suspiró sin poder comprender el comportamiento extraño de Mikaela Melero.
Roberto Beltrán también estaba más que sorprendido.
            —Tiene razón, no me gusta el fútbol, me gusta el rugby. Pero le aseguro, si es capaz de creerme, que  ese no ha sido el motivo para que interrumpiera el juego de mi hijo. Nico se ha quitado el jersey y no sé si usted nota que hace mucho frío. Hace unos días estuvo con fiebre muy alta, tampoco había almorzado. Él acaba sus clases a las dos, pero yo no termino hasta las tres. Comeremos cerca de las cuatro, creo que debe almorzar explicó el director. ¿Ya está satisfecha o todavía no?
            Yo sí, pero no creo que la madre del niño lo estuviese.
Estas últimas palabras de "Mikaela" produjeron peor efecto en el señor Teodoro que si le hubiesen duchado con una jarra de agua muy helada.
            ¿Por qué no intentamos serenarnos? medió la señora Morales, muy sofocada Sinceramente no me siento bien. Mikaela es muy protectora de los menores y más si no tienen madre añadió intentando justificar a su amiga.
            Nico sí tiene madre precisó el señor Teodoro. Y ojalá estuviese aquí, aunque no estuviese nada satisfecha con mi modo de proceder agregó mirando, intensamente, a "Mikaela". Era la primera vez, desde hacía doce largos años, que una mujer le recordaba tanto a Helena. Quizás el destino se estaba burlando de él de la forma más hiriente.
A pesar de esa posible chanza, en algún recoveco de su interior, allá donde habita el alma sintió una inmensa alegría y soñó con que aquello fuese una señal de que se aproximaba el momento en que se viera frente a Helena.
Unos gritos que provenían del campo de fútbol lograron que los adultos dejasen de lado su disputa.
Los jugadores de los dos equipos discutían acaloradamente y la trifulca tenía visos de acabar en un combate puesto que ya se estaban empujando unos a otros. El señor Teodoro y el señor Beltrán tuvieron que correr al campo y separar a los chiquillos.
            ¿Se puede saber qué os pasa? indagó el director, enfadado.
            ¡Nico ha metido un gol! gritó Leopoldo, desgañitándose ¡Y este imbécil se lo ha anulado diciendo que estaba fuera de juego! ¡Y encima le ha sacado tarjeta roja!
            ¡Yo soy el árbitro! gritó, a su vez, el aludido ¡Nico ha empezado la jugada estando fuera de juego y, por eso, es justo que anule el gol! ¡Él ha protestado y me ha insultado y, por eso, le he sacado tarjeta roja! ¡No se puede insultar al árbitro!
            ¿Qué árbitro? interrogó Leopoldo en tono burlón ¡Tú no eres imparcial! Estás rabioso porque estamos goleando al equipo contrario donde juegan amigos tuyos. ¡Vamos seis a cero!
            ¡Cinco a cero! ¡El último está anulado!
            ¡Seis a cero!
El señor Teodoro se pasó una mano por la frente y elevó sus ojos a un cielo que vestía de azul profundo. No había restos de nube alguna y el sol campaba en el firmamento.
            En un partido de fútbol hay que respetar lo que dice el árbitro declaró, sea justo o injusto. Son las normas. Si ha anulado el gol, el gol está anulado. Y si te ha sacado tarjeta roja no puedes seguir jugando, Nico.
            ¡Eres un tramposo! acusó Nicolás, embravecido, e hizo el amago de embestir al árbitro. El señor Teodoro se lo impidió, sujetándolo con fuerza, y se lo llevó hasta el escalón, fuera del campo de juego.
El chaval forcejeó inútilmente porque era imposible que pudiera zafarse del dominio de su padre.
            Nico, siéntate y estate quieto le ordenó el hombre mediante amenazadores susurros. ¡Ni te imaginas lo nervioso que estoy!
El muchacho no tuvo otra alternativa que ceder y se sentó en el escalón mirando, fijamente, al suelo. El señor Teodoro suspiró, cansado, y después de echar a Patricia y a sus amigas que continuaban con risitas tontas, se sentó al lado de su hijo. "Mikaela" sorprendió al señor Teodoro cuando tomó asiento junto al abatido Nicolás. La mujer pasó un brazo por los hombros del niño e intentó animarlo.
            He estado viendo el partido y eres un gran jugador le comunicó. Nico, mañana será otro día y podrás volver a jugar. Vas a tener muchos días para jugar.
            Hoy mismo puedes volver a jugar manifestó su padre. A las dos, cuando acaben tus clases, puedes jugar en el patio hasta las tres que termino yo. Dejas tu abrigo y tu mochila en mi despacho.
Nicolás comenzó a animarse y a recuperar su desaparecida alegría. Era imposible que el chiquillo pudiese sospechar que, en aquel momento, estaba sentado entre su padre y su olvidada madre. Tal vez no lo supiera nunca o tal vez sí.
            ¡Blas! llamó Antonio; el chaval empollón de la clase de Nicolás. Su semblante estaba enrojecido tras una veloz carrera ¡Dos niñas de primero han saltado la valla del patio y se han ido a la discoteca!
El señor Teodoro se levantó en el acto con gesto que presagiaba tormenta. Antonio le señaló el lugar por donde habían saltado las alumnas. Estaba muy orgulloso de su chivatazo; el director tenía que darse cuenta de que él era un muchacho responsable.
El señor Teodoro se marchó en busca de las chiquillas.
           —¡Eres un soplón bocazas! insultó Nicolás a Antonio, corriendo detrás de su padre.
            ¡Nico, no vayas, quédate aquí! le recomendó "Mikaela", pero su hijo no la escuchó.
Nicolás estaba convencido de que las niñas que habían saltado la valla eran Natalia y Bibiana.
            “Están locas”, pensó, hiperpreocupado. ¿Y qué excusa van a darle a mi padre?
Nicolás no se equivocaba. Las saltadoras de la verja eran Natalia y Bibiana. Habían estado vigilando la puerta de la discoteca que permanecía cerrada. Instantes después la puerta se abrió saliendo una mujer de raza gitana, de unos treinta y cinco años, con un cubo y una fregona.
La mujer comenzó a fregar el trozo de acera que estaba delante de la entrada al local. Las niñas observaban a la limpiadora y se quedaron boquiabiertas cuando vieron entrar en la discoteca al mismísimo señor Ismael Cuesta.
            ¿Has visto, Bibi? indagó Natalia, alterada ¿Qué irá a hacer el profe de mates a la discoteca? ¡Vamos a hablar con esa mujer! ¡A lo mejor nos cuenta algo interesante!
            Pero…
            ¡Nada de peros! ¡Nico es un memo que solo piensa en jugar al fútbol! ¡No le necesitamos para nada! ¡Verás que rabioso se pone si averiguamos algo por nuestra cuenta!
                                                                                      ∎∎∎
Cuando el señor Teodoro alcanzó la verja, vio a Natalia y a Bibiana hablando con la mujer gitana. El joven puso un pie en el muro y saltó el conjunto de tablas metálicas que, se levantaban sobre él, sin ninguna dificultad. Cruzó la carretera y llegó hasta las niñas sin que ellas se dieran cuenta.
            ¿Me podéis explicar qué estáis haciendo? —preguntó, sobresaltando a las chiquillas.
            No estamos haciendo nada malo contestó Natalia, una vez se recuperó del susto recibido. Hemos visto un gato pequeñito, un cachorrito. Queríamos cogerlo porque algún coche puede atropellarlo.
El señor Teodoro se mordió el labio inferior, impaciente. ¡Dichosas crías!
La mujer de piel morena, cabello rizado y enmarañado, supo que las niñas mentían puesto que a ella no le habían mencionado a ningún gatito, pero decidió continuar con su trabajo y no inmiscuirse en asuntos ajenos. No quería líos.
            ¡No quiero saber nada de gatos! declaró el señor Teodoro, enojado ¡Parece mentira, Bibi! No me extraña nada de Nat porque es una cabeza de chorlito igual que Nico, pero creía que tú eras más sensata.
            ¡A mí no me compares con Nico! exclamó Natalia, indignada ¡Nico es imbécil!
            ¡Tú eres más imbécil que yo! exclamó Nicolás que, también había saltado la verja, y terminaba de llegar.
El señor Teodoro resopló, fuera de sí, mirando, estupefacto, al chiquillo.
            ¡El que faltaba! profirió ¿Se puede saber qué haces aquí?
            He venido a ver qué pasaba respondió el muchacho, frunciendo el ceño.
            ¡Ah, claro! dijo su padre con retintín Tú eres la persona más indicada para arreglar o solucionar lo que aquí pase. ¡Id enseguida los tres al patio! ordenó, señalando la zona de recreo del instituto ¡No sé lo que voy a hacer con vosotros!
Los chiquillos anduvieron deprisa seguidos por el señor Teodoro. No tuvieron que volver a saltar la verja; el profesor de gimnasia había abierto la puerta y miró, seriamente, a los alumnos cuando entraron.
El señor Teodoro se quedó hablando con el señor Beltrán y gritó a los muchachos que se detuvieran cuando se encontraban a unos tres metros de distancia.
            Han visto un gatito y las niñas querían cogerlo explicó el director. La verja que rodea el patio es demasiado baja. Cualquier crío puede saltarla, tendré que encargar que la levanten.
                                                                                                    ∎∎∎
Nicolás y Natalia se enzarzaron en una discusión feroz.
            ¿Por qué habéis tenido que saltar la valla? el chiquillo echaba chispas ¡Toda la culpa es tuya, Nat!
            ¿Y a ti quién te ha mandado venir? ¡Podías haber seguido jugando al fútbol!
            Tenía miedo de que le contarais a mi padre lo que nos dijo el señor Sierra. Si él se entera de que tenemos intención de buscar a una chica desaparecida me mete en una jaula.
            ¡No somos memas! ¡No íbamos a decirle nada de eso! Simplemente queríamos hacer amistad con la mujer que limpiaba para ver si sabía algo. Y adivina a quién hemos visto entrar en la discoteca.
                 ¿A quién?
                  —A Ismael Cuesta.
            ¿Ese tipo ha ido a la discoteca? se extrañó Nicolás ¿Y qué habéis averiguado con la mujer que limpia?
            Poca cosa suspiró Natalia. Llevábamos poco tiempo hablando con ella cuando ha aparecido Blas. Solo sabemos que se llama Maribel y que lleva tres años limpiando en la discoteca, o sea, que trabajaba en “Paraíso” en la época  que desapareció Rocío Sierra.
            ¿Ismael Cuesta os ha visto?
            No. Él ha entrado en la discoteca antes de que nosotras saltáramos la valla.
            ¡Callaros ahora! les avisó Bibiana Viene Blas.
El señor Teodoro se detuvo frente a los niños y se cruzó de brazos. Los contempló, con severidad, sin decir nada.
No quería comunicar al padrastro de Bibiana lo sucedido porque no se fiaba del hombre y temía que pegase a la niña. Y comunicar algo a Elisa era perder el tiempo porque no iba a hacer ningún caso.
            Estoy pensando qué hacer con vosotros manifestó paseando su mirada de uno a otro.
            ¡Yo no he hecho nada! protestó Nicolás comenzando a inquietarse.
            ¡Tú has saltado la verja del patio lo mismo que ellas! exclamó el señor Teodoro, rotundo.
            ¡Tú también la has saltado! replicó el chiquillo, beligerante.
Su padre, muy a su pesar, no pudo evitar sonreír. Inmediatamente después se irritó.
            ¡Yo puedo saltar la verja una, cien y mil veces si quiero! ¡Pero vosotros no, porque sois unos mocosos y unos niñatos! ¡Y estáis castigados! Mañana, la hora del recreo la pasaréis en mi despacho.
            ¡Y tú lo que tienes que hacer es llamar a Elisavociferó Natalia, dejando atónitos al señor Teodoro, a Nicolás y a Bibiana Ayer, cuando llegué a comer a casa, la encontré muy rara. No comió conmigo y tampoco cenó. Parecía asustada y, desde luego, había llorado.
            Está bien, Nat dijo el joven. Llamaré a Elisa en cuanto se acabe el recreo y vaya a mi despacho.
                                                                                                      ∎∎∎
Desde otra parte del patio, "Mikaela" observaba al señor Teodoro y a los niños. Paula Morales la había disuadido de salir corriendo detrás de Nicolás.
            Ya has hecho bastante por hoy le reprochó. Blas va a sospechar de ti, va a ver algo raro en ti. ¿Crees que es tonto? ¡No vuelvas a enfrentarte a él, y mucho menos por Nico! No entiendo cómo te ha dado tantas razones y no te ha mandado a paseo. Ten cuidado o terminará descubriéndote.

Págs. 751-761

Y este jueves dejo en el lateral del blog una canción que ya puse en la primera parte... ese día la cantaba José Manuel Soto... hoy la canta Roberto Carlos... "Por ella"
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