CAPÍTULO 93
LEO Y LUCAS
C
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uando el señor Teodoro llegó a la primera
planta vio al señor Ismael Cuesta hablando con la señora Paula Morales. Daba la impresión de que el hombre tenía acorralada a la mujer y que la estaba
amedrentando. Se acercó a ellos.
—¿Va todo bien? —preguntó.
—Le estoy diciendo cuatro verdades —dijo el profesor de matemáticas, alterado—. Es una incompetente, incapaz de controlar y
hacerse respetar por los alumnos.
La señora Morales tenía
la cabeza agachada en actitud de bochorno.
El señor Teodoro miró, gélidamente, al profesor.
—No es usted la persona adecuada para llamar la atención a nadie —le dijo con furia—. Limítese a su obligación, o sea, dar clases
de matemáticas.
El señor Cuesta se alejó por el pasillo,
sumamente indignado. El señor Teodoro se quedó hablando con Paula, intentando
levantarle el ánimo con el propósito de que aumentara su autoestima.
Mientras tanto los alumnos de segundo D
estaban alborotados y habían comenzado una guerra de tizas, tirándose trozos
unos a otros.
Nicolás no quiso participar en la batalla y
sacó su libro de literatura esperando la llegada del señor Teodoro. El crío no
quería tener problemas con su padre.
El chiquillo rubio que se sentaba a su
izquierda también sacó el libro de texto.
—Me llamo Lucas —se presentó a Nicolás—, como eres nuevo todavía no tienes amigos… Si quieres, yo puedo ser
tu amigo.
Nicolás vio la cara ansiosa del muchacho y
pensó que debía estar necesitado de amistades.
—De acuerdo —aceptó—, y gracias por querer ser mi amigo.
Ambos chiquillos estrecharon sus manos,
formalmente. Un pedazo de tiza aterrizó en el cabello ondulado de Nicolás. Leo,
el muchacho pelirrojo y pecoso le sonrió burlonamente.
Nicolás extrajo la tiza de su pelo y la arrojó
contra el sonriente niño.
En aquel momento entró en el aula el señor
Teodoro y todos los alumnos que continuaban de pie, corrieron a sentarse en sus
sillas. El joven director miró a los muchachos con semblante grave.
—Creo que ya todos sabéis que soy el nuevo director —comenzó a decir—. Me llamo Blas y podéis tutearme. Voy a daros clase de literatura y de historia. No me ha gustado nada enterarme de vuestro mal
comportamiento en clase de la señora Paula. No voy a castigaros por ser mi
primer día, pero si vuelve a suceder no os libraréis.
Ahora, recoged todos los trozos de tiza que
hay por el suelo. ¡No quiero ver ni uno!
Cuando no quedó ningún resto de tiza en el
suelo y los alumnos estaban sentados en orden, el señor Teodoro tomó asiento y
pidió a los muchachos que sacaran el libro y el cuaderno de literatura.
Un chiquillo sentado en la primera fila, de
cabello castaño, levantó el brazo demandando la atención del profesor.
—¿Qué sucede? —preguntó este.
—Tenemos clase con el señor Cuesta a última hora y nos va a poner un
examen de matemáticas —explicó el chaval con desparpajo. Se llamaba
Antonio y llevaba unas gafas que le daban aire de empollón, lo que le acarreaba
el desprecio y la burla de sus compañeros—. Es un examen sorpresa y, seguro, que nos lo pone muy difícil.
¿Podrías dejarnos repasar, por favor? No me gustaría suspender ese examen.
—¡Pero si tú siempre sacas buenas notas! —exclamó una niña rubia, despectivamente.
—¡Pero el tema que estamos dando es complicado y hay cosas que no tengo
claras! —alegó Antonio con desesperación.
—Está bien —concedió el señor Teodoro—. Podéis sacar el libro de matemáticas. Si tenéis alguna duda, podéis
preguntarme. Pero será la primera y última vez que permita esto.
El joven se dedicó a observar a sus nuevos
alumnos; un total de cinco niñas y diez niños. Acostumbrado a tratar con universitarios,
era consciente de que aquella pandilla de niñatos iba a poner a prueba su delicada
paciencia.
Vio que a Nicolás se le cayó un bolígrafo al
suelo; el crío se inclinó para recogerlo y su cabeza colisionó contra la
cabeza de su compañero rubio que también se había inclinado
para recoger el bolígrafo. Ambos chiquillos sonrieron frotando sus respectivas frentes.
Al cabo de muy poco tiempo el compañero
pelirrojo de Nicolás le pasó una nota. Nicolás la leyó y frunció el ceño, enojado.
Arrugó la nota y la estrujó hasta convertirla en una bola que lanzó a Leo.
El señor Teodoro se levantó de su silla y se
aproximó al chiquillo.
—Dame eso —pidió, señalando la bola de papel.
El muchacho se la entregó, indeciso. El director
desdobló la hoja y leyó su contenido.
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Ten
cuidado con Lucas
es un marica y a lo mejor le gustas
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—¿Tú has escrito esto? —preguntó el señor Teodoro al chaval pelirrojo.
Este asintió.
—Coge tu libro de matemáticas y ponte de pie al final de la clase —lo castigó, enfadado. Seguidamente rompió el trozo de papel y lo tiró
a la papelera.
Después volvió a sentarse y observó al
chiquillo rubio, sentado a la izquierda de Nicolás. Estaba
convencido de que se trataba de Lucas. ¿Sería cierto lo que ponía en la nota? En Kavana, la homosexualidad
no estaba bien vista, en realidad no estaba permitida y se condenaba a los
homosexuales con penas de cárcel al ser considerados unos pervertidos viciosos.
Al cabo de un rato, algunos alumnos comenzaron
a preguntar sus dudas, y el señor Teodoro resolvió en la pizarra sistemas de
ecuaciones por el método de tablas, de sustitución y de reducción. A los chiquillos
les gustó mucho cómo explicaba; se le entendía bastante mejor que al señor
Cuesta y era más paciente. Las niñas, por su parte, estaban “embobadas” contemplando
al guapo profesor.
Quien no estaba nada contento era Leo; creía
muy injusto su castigo y rumió protestar por ello.
—¡Deberías estarme agradecido, Blas! —gritó, malhumorado, interrumpiendo la marcha de la clase— ¡Yo solo he querido avisar a tu hijo de quién es Lucas para que ande con cuidado! ¡Todo el mundo en el instituto sabe que es un marica! Se
salva porque su padre es policía. ¡Tú deberías expulsarlo!
Tu hijo es guapo y seguro que a Lucas le acaba gustando.
El señor Teodoro no podía creer lo que estaba
escuchando. Comenzaron a oírse risas en el aula y, tanto Nicolás como Lucas,
enrojecieron hasta las orejas.
—¿Cómo te llamas? —preguntó el señor Teodoro al osado de cabello
rojizo.
—Leo.
—¡Leopoldo! —puntualizó otro alumno, riendo a carcajadas.
—¡Bien, Leo! —exclamó el señor Teodoro con severidad— Tienes un punto negativo y no quiero volver a oírte o te quedas sin
recreo.
—¡Eres un cerdo! —insultó Lucas a Leopoldo sin poder contener su rabia— ¡No quieres que tenga ningún
amigo! ¡No lo soportas! ¿Por qué?
—¡Vete a España, allí podrás casarte! —replicó el pelirrojo.
España era un país democrático, situado en
Europa, próximo a Kavana. Los kavanos consideraban que España era un país sin
orden ni concierto y muy permisivo para ciertos asuntos de notable enjundia.
—No te preocupes —susurró Nicolás a Lucas—, seré tu amigo, diga ese descerebrado lo que diga.
—¡No quiero oír ni una palabra más de nadie! —advirtió el señor Teodoro, muy enfadado.
Cuando sonó el timbre anunciando el cambio de
clase, recogió su libro de literatura, pero no se marchó del aula. Esperó la
llegada de la profesora de inglés intentando evitar un posible enfrentamiento
entre Leopoldo, Lucas y Nicolás.
La señorita Soraya Palma llegó con cinco
minutos de retraso y se sorprendió gratamente al encontrarse con el director.
—Encantada de conocerte —dijo, arrastrando las palabras y pestañeando
tan exageradamente que el joven tuvo que fijarse, por fuerza, en sus pestañas
largas, espesas, rizadas y postizas. La profesora gesticulaba con las manos con
el fin de mostrar unas perfectas y bien limadas uñas, pero también postizas.
Soraya Palma era una dama treintañera que
podía haber sido muy guapa si no fuese por su extremada delgadez. Era com pletamente plana de pecho y, este detalle, le
restaba mucho atractivo a pesar de sus encantadores ojos verdes.
Al señor Teodoro le costó trabajo “quitarse de
encima” a la profesora de inglés, no queriendo ser brusco con ella. Cuando por
fin lo consiguió se dirigió a su despacho, deseoso de un rato de paz.
Sin poder evitarlo, pensó en Lucas. ¿Sería cierto lo que decía Leo, y ese chiquillo rubio era homosexual?
Sin poder evitarlo, pensó en Lucas. ¿Sería cierto lo que decía Leo, y ese chiquillo rubio era homosexual?
Estaba en desacuerdo con muchas ideas y leyes
de su país pero, hoy por hoy, vivían en Kavana y, allí, la homosexualidad no
tenía cabida. Si aquella acusación de Leo era cierta, le iba a disgustar que
Lucas fuese amigo de Nicolás.
“No es algo que se contagie”, se dijo. “Pero podrían tachar a Nico de lo mismo que a
Lucas. ¡Qué mundo de locos! En unos lugares dejan que se casen y, en otros, los
encarcelan. Por supuesto, prefiero lo primero”.
A continuación pensó en cómo se sentiría si
Nicolás le dijese que le gustan los chicos. Comprendió lo mucho que le dolería
que su hijo no tuviese amigos, que se burlasen de él, que lo persiguieran y lo
metieran en la cárcel.
Finalmente, decidió que no prohibiría a
Nicolás ser amigo de Lucas si esta era su intención. Aunque también deseó con toda
su alma que fuera falsa la acusación de Leopoldo.
El joven desechó pensamientos que lo
torturaban y buscó la ficha de Bibiana para recoger los datos que necesitaba
sobre su padrastro y preparar el contrato de trabajo. Estaba ocupado con
esta labor cuando dos golpes sonaron en su puerta; inmediatamente esta se abrió
dando paso al jefe de estudios seguido de Leopoldo, Nicolás y Lucas.
El señor Teodoro observó a los tres chiquillos, serios y altamente ceñudos.
—Siento molestarle —se disculpó el jefe de estudios—, pero la señorita Soraya me ha llamado y me ha encargado que le
traiga a estos gamberros que han perjudicado el buen ritmo de la clase con sus
discusiones un tanto violentas.
—Muy bien —dijo el señor Teodoro, empleando un tono severo—. Pero la próxima vez que me traiga a un alumno, que el alumno venga
con el libro de la asignatura que esté dando. No quiero a nadie con las manos
vacías.
—De acuerdo... Con permiso —el señor Eduardo Cardo se marchó del despacho.
—¿Y bien, de qué discutíais? —interrogó el director a los chiquillos— ¿Qué era tan importante que teníais que discutirlo, precisamente, en
clase de inglés?
Los tres muchachos se miraron sin
saber qué responder.
—Hablábamos de cosas nuestras —contestó Nicolás, nervioso—. Y la profesora de inglés es una pija y una
pesada.
—¡Y tú eres un cabeza de chorlito que mejor será que te mantengas
callado! —estalló el señor Teodoro, colérico— ¡Poneros los tres junto a la pared y no quiero oíros ni respirar!
Les señaló la pared en la que debían colocarse
y los críos obedecieron al momento. El señor Teodoro los observó durante un
instante. Pelirrojo, moreno y rubio, los tres colores. Nicolás era el más alto
y corpulento; Leopoldo era un poco más alto que Lucas y, este último, era un
chiquillo muy delgado.
—¿Crees que nos va a dejar sin recreo? —susurró Leopoldo a Nicolás.
—No lo sé —respondió este, muy bajito.
—Sería una lástima; me perdería un partido de fútbol. ¿Te gusta el
fútbol?
—Me encanta. En el internado que iba antes jugaba al fútbol todos los
días. Soy muy bueno metiendo goles…
—¡He dicho que estéis callados! —les reprendió el señor Teodoro.
—Creo que deberíamos pedirle perdón y prometerle que nos portaremos
bien en clase —murmuró Lucas al cabo de un breve silencio.
El trío se puso de acuerdo, y los tres
avanzaron hasta situarse delante de la mesa del director. Este levantó la vista
hacia ellos.
—¿Qué os pasa? —preguntó.
—Queríamos pedirte perdón —habló Lucas—, y prometerte que nos vamos a portar muy bien en clase. Nunca más
volverán a traernos a tu despacho.
—Eso me parece bien —convino el señor Teodoro.
—Entonces, ¿podremos salir al recreo? —indagó Leopoldo, esperanzado.
—Cuando suene el timbre, vais a clase, cogéis vuestros almuerzos y os
vais al patio —contestó el señor Teodoro—. Ahora, volved a la pared y no habléis.
Tanto Leopoldo como Lucas llegaron a la misma conclusión... El nuevo director no tenía nada que ver con el antiguo; les permitía tutearle, les había explicado una asignatura sin ser de su competencia. Sí, definitivamente, Blas Teodoro era diferente y esa diferencia les agradó a ambos.
Tanto Leopoldo como Lucas llegaron a la misma conclusión... El nuevo director no tenía nada que ver con el antiguo; les permitía tutearle, les había explicado una asignatura sin ser de su competencia. Sí, definitivamente, Blas Teodoro era diferente y esa diferencia les agradó a ambos.
Págs. 733-741
Y esta semana dejo en el lateral del blog una canción de Chayanne... "Tal vez es amor"
Y esta semana dejo en el lateral del blog una canción de Chayanne... "Tal vez es amor"
