EL CLAN TEODORO-PALACIOS

CUARTA PARTE
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jueves, 10 de abril de 2014

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 93

























CAPÍTULO 93

LEO Y LUCAS



C
uando el señor Teodoro llegó a la primera planta vio al señor Ismael Cuesta hablando con la señora Paula Morales. Daba la impresión de que el hombre tenía acorralada a la mujer y que la estaba amedrentando. Se acercó a ellos.
            ¿Va todo bien? preguntó.
            Le estoy diciendo cuatro verdades dijo el profesor de matemáticas, alterado—. Es una incompetente, incapaz de controlar y hacerse respetar por los alumnos.
La señora Morales tenía la cabeza agachada en actitud de bochorno. El señor Teodoro miró, gélidamente, al profesor.
            No es usted la persona adecuada para llamar la atención a nadie le dijo con furia. Limítese a su obligación, o sea, dar clases de matemáticas.
El señor Cuesta se alejó por el pasillo, sumamente indignado. El señor Teodoro se quedó hablando con Paula, intentando levantarle el ánimo con el propósito de que aumentara su autoestima.
Mientras tanto los alumnos de segundo D estaban alborotados y habían comenzado una guerra de tizas, tirándose trozos unos a otros.
Nicolás no quiso participar en la batalla y sacó su libro de literatura esperando la llegada del señor Teodoro. El crío no quería tener problemas con su padre.
El chiquillo rubio que se sentaba a su izquierda también sacó el libro de texto.
            Me llamo Lucas se presentó a Nicolás, como eres nuevo todavía no tienes amigos… Si quieres, yo puedo ser tu amigo.
Nicolás vio la cara ansiosa del muchacho y pensó que debía estar necesitado de amistades.
            De acuerdo aceptó, y gracias por querer ser mi amigo.
Ambos chiquillos estrecharon sus manos, formalmente. Un pedazo de tiza aterrizó en el cabello ondulado de Nicolás. Leo, el muchacho pelirrojo y pecoso le sonrió burlonamente.
Nicolás extrajo la tiza de su pelo y la arrojó contra el sonriente niño.
En aquel momento entró en el aula el señor Teodoro y todos los alumnos que continuaban de pie, corrieron a sentarse en sus sillas. El joven director miró a los muchachos con semblante grave.
            Creo que ya todos sabéis que soy el nuevo director  comenzó a decir. Me llamo Blas y podéis tutearme. Voy a daros clase de literatura y de historia. No me ha gustado nada enterarme de vuestro mal comportamiento en clase de la señora Paula. No voy a castigaros por ser mi primer día, pero si vuelve a suceder no os libraréis.
Ahora, recoged todos los trozos de tiza que hay por el suelo. ¡No quiero ver ni uno!
Cuando no quedó ningún resto de tiza en el suelo y los alumnos estaban sentados en orden, el señor Teodoro tomó asiento y pidió a los muchachos que sacaran el libro y el cuaderno de literatura.
Un chiquillo sentado en la primera fila, de cabello castaño, levantó el brazo demandando la atención del profesor.
            ¿Qué sucede? preguntó este.
            Tenemos clase con el señor Cuesta a última hora y nos va a poner un examen de matemáticas explicó el chaval con desparpajo. Se llamaba Antonio y llevaba unas gafas que le daban aire de empollón, lo que le acarreaba el desprecio y la burla de sus compañeros. Es un examen sorpresa y, seguro, que nos lo pone muy difícil. ¿Podrías dejarnos repasar, por favor? No me gustaría suspender ese examen.
            ¡Pero si tú siempre sacas buenas notas! exclamó una niña rubia, despectivamente.
            ¡Pero el tema que estamos dando es complicado y hay cosas que no tengo claras! alegó Antonio con desesperación.
            Está bien concedió el señor Teodoro. Podéis sacar el libro de matemáticas. Si tenéis alguna duda, podéis preguntarme. Pero será la primera y última vez que permita esto.
El joven se dedicó a observar a sus nuevos alumnos; un total de cinco niñas y diez niños. Acostumbrado a tratar con universitarios, era consciente de que aquella pandilla de niñatos iba a poner a prueba su delicada paciencia.
Vio que a Nicolás se le cayó un bolígrafo al suelo; el crío se inclinó para recogerlo y su cabeza colisionó contra la cabeza de su compañero rubio que también se había inclinado para recoger el bolígrafo. Ambos chiquillos sonrieron frotando sus respectivas frentes.
Al cabo de muy poco tiempo el compañero pelirrojo de Nicolás le pasó una nota. Nicolás la leyó y frunció el ceño, enojado. Arrugó la nota y la estrujó hasta convertirla en una bola que lanzó a Leo.
El señor Teodoro se levantó de su silla y se aproximó al chiquillo.
            Dame eso pidió, señalando la bola de papel.
El muchacho se la entregó, indeciso. El director desdobló la hoja y leyó su contenido.

                                              Ten cuidado con Lucas
                                     es un marica y a lo mejor le gustas
     
            ¿Tú has escrito esto? preguntó el señor Teodoro al chaval pelirrojo.
Este asintió.
            Coge tu libro de matemáticas y ponte de pie al final de la clase lo castigó, enfadado. Seguidamente rompió el trozo de papel y lo tiró a la papelera.
Después volvió a sentarse y observó al chiquillo rubio, sentado a la izquierda de Nicolás. Estaba convencido de que se trataba de Lucas. ¿Sería cierto lo que ponía en la nota? En Kavana, la homosexualidad no estaba bien vista, en realidad no estaba permitida y se condenaba a los homosexuales con penas de cárcel al ser considerados unos pervertidos viciosos.
Al cabo de un rato, algunos alumnos comenzaron a preguntar sus dudas, y el señor Teodoro resolvió en la pizarra sistemas de ecuaciones por el método de tablas, de sustitución y de reducción. A los chiquillos les gustó mucho cómo explicaba; se le entendía bastante mejor que al señor Cuesta y era más paciente. Las niñas, por su parte, estaban “embobadas” contemplando al guapo profesor.
Quien no estaba nada contento era Leo; creía muy injusto su castigo y rumió protestar por ello.
            —¡Deberías estarme agradecido, Blas! gritó, malhumorado, interrumpiendo la marcha de la clase ¡Yo solo he querido avisar a tu hijo de quién es Lucas para que ande con cuidado! ¡Todo el mundo en el instituto sabe que es un marica! Se salva porque su padre es policía. ¡Tú deberías expulsarlo! Tu hijo es guapo y seguro que a Lucas le acaba gustando.
El señor Teodoro no podía creer lo que estaba escuchando. Comenzaron a oírse risas en el aula y, tanto Nicolás como Lucas, enrojecieron hasta las orejas.
            ¿Cómo te llamas? preguntó el señor Teodoro al osado de cabello rojizo.
            Leo.
            ¡Leopoldo! puntualizó otro alumno, riendo a carcajadas.
          —¡Bien, Leo! exclamó el señor Teodoro con severidad Tienes un punto negativo y no quiero volver a oírte o te quedas sin recreo.
            ¡Eres un cerdo! insultó Lucas a Leopoldo sin poder contener su rabia ¡No quieres que tenga ningún amigo! ¡No lo soportas! ¿Por qué?
            ¡Vete a España, allí podrás casarte! replicó el pelirrojo.
España era un país democrático, situado en Europa, próximo a Kavana. Los kavanos consideraban que España era un país sin orden ni concierto y muy permisivo para ciertos asuntos de notable enjundia. 
            No te preocupes susurró Nicolás a Lucas, seré tu amigo, diga ese descerebrado lo que diga.
            ¡No quiero oír ni una palabra más de nadie! advirtió el señor Teodoro, muy enfadado.
Cuando sonó el timbre anunciando el cambio de clase, recogió su libro de literatura, pero no se marchó del aula. Esperó la llegada de la profesora de inglés intentando evitar un posible enfrentamiento entre Leopoldo, Lucas y Nicolás.
La señorita Soraya Palma llegó con cinco minutos de retraso y se sorprendió gratamente al encontrarse con el director.
            Encantada de conocerte dijo, arrastrando las palabras y pestañeando tan exageradamente que el joven tuvo que fijarse, por fuerza, en sus pestañas largas, espesas, rizadas y postizas. La profesora gesticulaba con las manos con el fin de mostrar unas perfectas y bien limadas uñas, pero también postizas.
Soraya Palma era una dama treintañera que podía haber sido muy guapa si no fuese por su extremada delgadez. Era completamente plana de pecho y, este detalle, le restaba mucho atractivo a pesar de sus encantadores ojos verdes.
Al señor Teodoro le costó trabajo “quitarse de encima” a la profesora de inglés, no queriendo ser brusco con ella. Cuando por fin lo consiguió se dirigió a su despacho, deseoso de un rato de paz. 
Sin poder evitarlo, pensó en Lucas. ¿Sería cierto lo que decía Leo, y ese chiquillo rubio era homosexual?
Estaba en desacuerdo con muchas ideas y leyes de su país pero, hoy por hoy, vivían en Kavana y, allí, la homosexualidad no tenía cabida. Si aquella acusación de Leo era cierta, le iba a disgustar que Lucas fuese amigo de Nicolás.
            “No es algo que se contagie”, se dijo. “Pero podrían tachar a Nico de lo mismo que a Lucas. ¡Qué mundo de locos! En unos lugares dejan que se casen y, en otros, los encarcelan. Por supuesto, prefiero lo primero”.
A continuación pensó en cómo se sentiría si Nicolás le dijese que le gustan los chicos. Comprendió lo mucho que le dolería que su hijo no tuviese amigos, que se burlasen de él, que lo persiguieran y lo metieran en la cárcel.
Finalmente, decidió que no prohibiría a Nicolás ser amigo de Lucas si esta era su intención. Aunque también deseó con toda su alma que fuera falsa la acusación de Leopoldo.
El joven desechó pensamientos que lo torturaban y buscó la ficha de Bibiana para recoger los datos que necesitaba sobre su padrastro y preparar el contrato de trabajo. Estaba ocupado con esta labor cuando dos golpes sonaron en su puerta; inmediatamente esta se abrió dando paso al jefe de estudios seguido de Leopoldo, Nicolás y Lucas.
El señor Teodoro observó a los tres chiquillos,  serios y altamente ceñudos.
            Siento molestarle se disculpó el jefe de estudios, pero la señorita Soraya me ha llamado y me ha encargado que le traiga a estos gamberros que han perjudicado el buen ritmo de la clase con sus discusiones un tanto violentas.
            Muy bien dijo el señor Teodoro, empleando un tono severo. Pero la próxima vez que me traiga a un alumno, que el alumno venga con el libro de la asignatura que esté dando. No quiero a nadie con las manos vacías.
            De acuerdo... Con permiso el señor Eduardo Cardo se marchó del despacho.
            ¿Y bien, de qué discutíais? interrogó el director a los chiquillos ¿Qué era tan importante que teníais que discutirlo, precisamente, en clase de inglés?
Los tres muchachos se miraron sin saber qué responder.
            Hablábamos de cosas nuestras contestó Nicolás, nervioso. Y la profesora de inglés es una pija y una pesada.
            ¡Y tú eres un cabeza de chorlito que mejor será que te mantengas callado! estalló el señor Teodoro, colérico ¡Poneros los tres junto a la pared y no quiero oíros ni respirar!
Les señaló la pared en la que debían colocarse y los críos obedecieron al momento. El señor Teodoro los observó durante un instante. Pelirrojo, moreno y rubio, los tres colores. Nicolás era el más alto y corpulento; Leopoldo era un poco más alto que Lucas y, este último, era un chiquillo muy delgado.
            ¿Crees que nos va a dejar sin recreo? susurró Leopoldo a Nicolás.
            No lo sé respondió este, muy bajito.
            Sería una lástima; me perdería un partido de fútbol. ¿Te gusta el fútbol?
            Me encanta. En el internado que iba antes jugaba al fútbol todos los días. Soy muy bueno metiendo goles…
            ¡He dicho que estéis callados! les reprendió el señor Teodoro.
            Creo que deberíamos pedirle perdón y prometerle que nos portaremos bien en clase murmuró Lucas al cabo de un breve silencio.
El trío se puso de acuerdo, y los tres avanzaron hasta situarse delante de la mesa del director. Este levantó la vista hacia ellos.
            ¿Qué os pasa? preguntó.
            Queríamos pedirte perdón habló Lucas, y prometerte que nos vamos a portar muy bien en clase. Nunca más volverán a traernos a tu despacho.
            Eso me parece bien convino el señor Teodoro.
            Entonces, ¿podremos salir al recreo? indagó Leopoldo, esperanzado.
            Cuando suene el timbre, vais a clase, cogéis vuestros almuerzos y os vais al patio contestó el señor Teodoro. Ahora, volved a la pared y no habléis.
Tanto Leopoldo como Lucas llegaron a la misma conclusión... El nuevo director no tenía nada que ver con el antiguo; les permitía tutearle, les había explicado una asignatura sin ser de su competencia. Sí, definitivamente, Blas Teodoro era diferente y esa diferencia les agradó a ambos. 

Págs. 733-741

Y esta semana dejo en el lateral del blog una canción de Chayanne... "Tal vez es amor"
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This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License. Creative Commons License
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