EL CLAN TEODORO-PALACIOS

CUARTA PARTE
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jueves, 13 de marzo de 2014

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 91















CAPÍTULO 91

INSTITUTO LLAVE DE HONOR



A
 las siete de la mañana siguiente, el señor Teodoro y Nicolás desayunaron en la cocina, apoyados en la isla, sentados en los taburetes de medio respaldo.
Nicolás se había vestido con la ropa que su padre le preparó sobre el galán de su vestidor.
En cuanto terminaron de desayunar, fueron a lavarse los dientes y, posteriormente, se pusieron abrigos de tres cuartos.
Nicolás fue a buscar la mochila al despacho y se la cargó a la espalda. El señor Teodoro portaba un maletín marrón de piel.
La señora Sales entregó a su hijo una bolsa de plástico con los almuerzos y dos botellas de agua.
            No era necesario que te molestaras, mamá dijo el señor Teodoro. Podía haberlo comprado en la cafetería.
Padre e hijo besaron a la mujer. Emilia, desde el porche, y bien abrigada con un batín de lana les siguió con la mirada.
El Mercedes del señor Teodoro salió de la nave; el portón del jardín se deslizó a un lado y el coche desapareció de la vista de la mujer. Segundos después, el portón volvió a su lugar de origen, cerrando el paso.
Eran solo las siete y veinte, pero ya había movimiento por las calles. Personas que caminaban, presurosas, por las aceras. Y en las carreteras circulaban numerosos vehículos.
El señor Teodoro conducía, silencioso, estaba un poco preocupado. Se había puesto el termómetro y a pesar de los antitérmicos que tomaba, la fiebre persistía.
            —Hoy es el primer día para los dos —comentó Nicolás, rompiendo el mutismo—. ¿Estás nervioso?
El señor Teodoro miró un momento a su hijo, y sonrió.
            —Sería más lógico que esa pregunta te la hiciera yo a ti —respondió—. No, no estoy nervioso. No hay motivo para estarlo, Nico. Ya verás que pronto haces nuevos amigos. Y tienes una ventaja: conoces a Nat, a Bibi y a Paddy.
Cuando entremos en el instituto no te separes de mí. Te acompañaré a tu clase y te presentaré a tus nuevos compañeros. Por cierto, vas a ir a segundo D. Yo os daré clases de literatura y de historia.
            —Creía que solo eras el director, que no ibas a dar clases.
            —Únicamente voy a dar clases en tu grupo.
Nicolás disimuló una mueca de fastidio. Al muchacho ya le parecía una catástrofe que su padre fuese el director de su nuevo instituto; la catástrofe pasaba a hecatombe tras enterarse de que también sería su profesor en dos asignaturas.
            —Y si no estás nervioso, ¿por qué estás tan serio y callado? —interrogó el chiquillo al cabo de un rato— ¿Estás enfadado conmigo por lo que pasó ayer?
           —No, no estoy enfadado contigo. Aunque no me parece bien que insultes a policías y te pelees con adultos.
            —¿Preferirías estar en Markalo y dar clases en la universidad? —insistió el muchacho.
            —No, no preferiría estar en Markalo. Quiero estar donde estoy, aquí contigo, ¿de acuerdo?
Llegaron al parking del instituto y el señor Teodoro estacionó el Mercedes bajo una marquesina que lo resguardaba de una posible lluvia o de los rayos del sol. Aún era de noche, pero el amanecer estaba cercano. Nicolás siguió a su padre hasta la entrada principal del gran edificio; la puerta estaba abierta y el señor Teodoro cedió el paso a su hijo.
El vestíbulo era espacioso, al fondo había un mostrador, delante del cual varios adultos conversaban. Debían ser los profesores más madrugadores. Detrás del mostrador, la puerta de conserjería permanecía abierta. A ambos lados del vestíbulo se extendían pasillos con puertas y ventanas. Frente al mostrador, un poco a la izquierda, unas anchas escaleras conducían a plantas superiores.
A la derecha de conserjería, hacia delante, una gran puerta acristalada enlazaba con el patio. Todavía no se veían alumnos corriendo o paseando por la zona.
El señor Teodoro adelantó a Nicolás y se aproximó al grupo de adultos. Se presentó, estrechándoles la mano, amistosamente. Había un total de cinco hombres y todos habían imaginado quién era el señor Teodoro desde que entró por la puerta principal.
Entre los madrugadores se encontraba el señor Ismael Cuesta, el profesor de matemáticas. Nicolás lo reconoció y apartó la mirada, no quería encontrarse con los ojos del hombre. El señor Cuesta también había visto sobradamente al muchacho y se preguntaba qué sabría el señor Teodoro de lo acontecido el día anterior en la calle del Pintor Negro. Pensó que lo más conveniente era “dar la cara”.
            —Conocí a su hijo ayer por la mañana —manifestó—; no fue un encuentro afortunado. Espero que en lo sucesivo nos llevemos mejor.
El señor Teodoro miró al hombre y asintió.
            —Estoy seguro de que así será —declaró—, siempre que a usted no le dé por tirar al suelo a mujeres y a niñas.
            —Fue un accidente, tropecé —dijo, secamente, el señor Cuesta.
Nicolás oyó perfectamente lo dicho por el profesor de matemáticas. Sin embargo, el chiquillo se mantuvo callado. No quería que su padre tuviera problemas con nadie su primer día en “Llave de Honor”.
Los demás profesores dieron, magistralmente, un giro a la conversación al notar el ambiente tenso.
A las ocho comenzó a oírse revuelo procedente del patio. Sin duda, los alumnos estaban llegando.
            —¿Puedo ir al patio a buscar a Nat y a Bibi? —pidió permiso Nicolás a su padre.
            —¡No vas a ningún sitio! —respondió este, tajante — Hoy es tu primer día y quiero acompañarte a tu clase. No te muevas de mi lado.
Nicolás asintió, resignado. Pero muy poco después se dejó llevar por sus terribles y poco meditados impulsos, y empujó al señor Teodoro, provocando que su padre empujara a tres profesores, entre los que se encontraba Ismael Cuesta.
            —¡A ver si te calmas! —gritó el muchacho a su todavía sorprendido padre— ¡Estás demasiado nervioso, tómate tila! ¡Estoy seguro de que si hay algún otro chico nuevo, su padre no lo va a acompañar a clase!
El semblante del señor Teodoro se ennegreció como boca de lobo, agarró al crío por un brazo y se lo llevó aparte de los atónitos profesores. A Nicolás se le pasó la súbita rebeldía y se sintió acoquinado tras recibir un brusco zarandeo y un cachete.
            —¡No empieces con tus numeritos, Nico! —le riñó el señor Teodoro, enojado— ¿Quieres quedarte sin recreo?
            —Hola, Blas —el joven se dio la vuelta y vio a Patricia, acompañada por tres niñas. La muchacha pretendía presumir de conocer al nuevo director.
            —Hola, Paddy —saludó el hombre, cortésmente.
Los alumnos fueron invadiendo el vestíbulo y se dirigieron hacia las escaleras, hablando y riendo. ¡Tenían que contarse muchas cosas después de las vacaciones!
            —¡Chicos, un poco de orden! ¡No os empujéis, ni tampoco gritéis! —el que hablaba era el jefe de estudios; un hombre de cuarenta y seis años con una singular nariz aguileña y mirada bizca.
Natalia y Bibiana también saludaron al señor Teodoro y a Nicolás cuando pasaron por su lado. Muchas miradas de muchachas oscilaron de padre a hijo, y viceversa. Las chicas quedaron gratamente impresionadas por el atractivo de los dos.
            —¡Vamos a tu clase! —dijo el señor Teodoro a Nicolás cuando la marabunta de alumnos fue amainando.
El aula de Nicolás se hallaba en la primera planta y tenía tres grandes ventanas que daban al patio. La mesa del profesor estaba situada a la izquierda de la puerta según se entraba. Detrás se veía el encerado que ocupaba toda una pared.
Los pupitres de los alumnos estaban separados y dispuestos en hileras horizontales y verticales. Contando a Nicolás serían quince estudiantes en la clase de segundo D.
El señor Teodoro abrió la puerta y entró en la estancia, seguido de su hijo. Los alumnos aún se estaban sentando.
Dos mujeres permanecían de pie observando a los chiquillos y se fijaron, de inmediato, en los recién llegados. Una de las mujeres era insignificante; la otra, por contra, era espectacular. La mujer “insignificante” se dirigió al señor Teodoro, tendiéndole una mano.
            —Usted debe ser el nuevo director y el niño es su hijo, ¿me equivoco?
El señor Teodoro asintió, estrechando con suavidad la mano de la mujer.
            —Yo soy la tutora de esta clase y también la profesora de religión y de lengua. Me llamo Paula, Paula Morales. Esta chica —agregó, refiriéndose a la mujer “espectacular”—, va a ayudarme a dar mis clases durante un mes. Está haciendo prácticas. Es un refuerzo que me va a venir de maravilla.
El señor Teodoro se acercó a la mujer rubia, alta y esbelta, cuyos bellos ojos azules lo miraban con excesiva frialdad.
            —Me llamo Blas, Blas Teodoro —se presentó, ofreciéndole su mano.
            —Mi nombre es Mikaela —murmuró la joven, permitiendo que el señor Teodoro cogiera su mano pero sin corresponder, en ningún momento, a un apretón sociable.
            —¡Bueno, a ver si os acabáis sentando y guardáis silencio, por favor! —pidió Paula a sus alumnos. La profesora estaba muy nerviosa— Os voy a presentar al señor Blas Teodoro, es el nuevo director del instituto. Y este muchacho es su hijo, Nicolás, y va a ser compañero vuestro.
En la tercera fila, veo una mesa vacía, puedes ocuparla —indicó la mujer al niño.
Nicolás, obediente, se dirigió al pupitre y se sentó en la silla, dejando su mochila en el suelo. Comenzaron a oírse risitas y Nicolás se sintió incómodo. El señor Teodoro se le acercó para darle un bocadillo envuelto con papel de aluminio y una botella de agua.
            —Tu almuerzo, Nico —le dijo en voz baja—. Y no hagas caso de las burlas; es normal, somos novedad. Quítate el abrigo, aquí hace calor. Al final de la clase están las perchas.
El chiquillo guardó el bocadillo y el agua en el cajón del pupitre; seguidamente se levantó, se quitó el abrigo y fue a colgarlo a una percha. Acto seguido, regresó a su mesa.
            —Me voy a mi despacho —comunicó el señor Teodoro a la señora Paula—. Si soy necesario para alguna cosa, allí estaré.
El joven miró a Mikaela para despedirse de ella, pero esta miraba en otra dirección y el señor Teodoro salió del aula sin decirle nada. Las risitas y los cuchicheos continuaban en la clase.
            —Si alguien tiene algún chiste que contar que lo cuente —declaró Mikaela—. De lo contrario, mejor os calláis. ¿Acaso queréis un examen sorpresa? Y por supuesto no será de religión, sino de lengua.
Las risitas y los cuchicheos cesaron y todos los alumnos se fijaron en la nueva profesora. Estaban acostumbrados a tomarle el pelo a la buena de Paula y, por lo visto, la ayudante tenía muy “malas pulgas”.
Nicolás miró al compañero, sentado a su izquierda. Era un chiquillo rubio, delgado y de cara alargada. Su aspecto era alicaído. Por el contrario, el compañero sentado a su derecha tenía aspecto de ser un verdadero pícaro. Su cabello rojizo y sus abundantes pecas le daban un aire desenfadado y travieso.
            —Sacad vuestro cuaderno de religión y arrancad una hoja —ordenó la señora Paula—. Quiero que hagáis una redacción sobre vuestra madre. Mínimo de veinte líneas; quien tenga la desgracia de no tener madre, que intente recordar algo de ella y si le resulta imposible, que explique cómo le gustaría que fuese su madre.
            —¡Vaya rollazo! —exclamó el muchacho pelirrojo— ¡Mi madre es una pesada como todas las madres!
            —Leo, compórtate —le pidió su tutora con calma.
Mikaela observaba atentamente a Nicolás y, por la expresión de su rostro, dedujo que al chaval no le había hecho gracia el tema de la redacción. La joven se paseaba por el aula sin quitarle ojo. El niño había arrancado la hoja del cuaderno y la miraba, consternado, sin empezar a escribir.
            —Tu viejo nos va a dar clase de literatura y de historia —le susurró Leo—. A ver si te lo montas bien y nos consigues las preguntas de los exámenes. Tendrás muchas amistades si lo haces. ¿Es tu viejo un hueso duro o blando de roer?
            —Ya lo conocerás y te enterarás —contestó Nicolás de mal talante.
            —Menos hablar y más escribir —dijo Mikaela que se había parado justo en medio de los jovencitos.
Nicolás comenzó a escribir de mala gana. Dos líneas bastaron para que diera por finalizada su redacción.
            —Paula ha dicho que quiere un mínimo de veinte líneas —le dijo su compañero pelirrojo, tras echar una ojeada a su folio.
            —No pienso escribir absolutamente nada más —aseguró Nicolás con determinación.
Al cabo de un rato y, viendo que el niño no escribía ni una palabra más, Mikaela le recogió la hoja, preguntándole antes si había concluido. La respuesta fue afirmativa y la mujer se alejó unos pasos. De espaldas a Nicolás, leyó lo que el muchacho había escrito.

Mi madre me dejó cuando yo tenía tres años. No me acuerdo de ella y no quiero imaginarme cómo me gustaría que fuese porque me da igual.
La joven profesora levantó la vista hacia el frente; la señora Paula Morales la estaba observando y le dio miedo el estado de ánimo que se reflejaba en su mirada.  
Mikaela salió de la clase con paso firme y Paula la siguió al pasillo.
            Nadie dijo que esto fuese a ser fácil dijo en cuanto tuvo la puerta del aula cerrada; debes calmarte si no quieres ser descubierta. Te advierto que no has sido nada amable con Blas.
            —¿Y por qué iba a serlo si lo odio con todas mis fuerzas? manifestó Mikaela, evitando mirarla. He sentido náuseas cuando he estrechado su mano. Nico está muy guapo y muy alto añadió, con dulzura.
            Blas también es muy guapo resaltó Paula.
        Me voy a la cafetería a tomarme un buen café, me irá bien —decidió Mikaela, ignorando el comentario hecho por la señora Morales.
          —Matilde me llamó anoche, estaba muy preocupada. Me dijo que te habían cambiado la cara pero no te habían cambiado el carácter, creo que tenía razón. Tu comportamiento te delatará, Helena.
          —Matilde se preocupa demasiado por mí. ¡Y no vuelvas a llamarme Helena, aquí soy Mikaela! Te pago muy bien para que no cometas errores. De todos modos, si estás tan asustada, ve al médico y pídele una baja, no te necesito.
Mientras las mujeres hablaban en el pasillo, los alumnos de segundo D se revolucionaron por completo. Ismael Cuesta estaba impartiendo clases de matemáticas en el aula contigua y salió al pasillo, airado.
            ¿Se puede saber qué narices pasa? gritó, furioso ¿Qué hace usted parloteando, Paula? ¿Es que no oye el escándalo que están formando esos condenados críos?
            Sí, por supuesto, discúlpeme señor Cuesta Paula Morales habló precipitadamente y sofocada. Enseguida entro en clase.
            ¡Dígales a esos inútiles que tienen clase conmigo a última hora y que les aguarda un examen! chilló el profesor con violencia.
La señora Morales se precipitó al interior del aula y le costó un gran esfuerzo serenar el ánimo alborotado de los muchachos. Al físico de la mujer le faltaba belleza y a su carácter, personalidad.
            ¿Y usted no es la profesora de prácticas que ayuda a Paula? indagó el señor Cuesta, emprendiendo a continuación a Mikaela ¿Por qué no entra en el aula con ella?
            Simplemente porque no me da la gana respondió la joven, sin levantar la voz, dejando en ascuas al hombre. A su físico le sobraba belleza y a su carácter, personalidad. Y váyase al infierno de donde no debería haberse escapado. ¿O prefiere lanzarse a un volcán en erupción? Mientras lo decide, yo me voy a la cafetería a tomarme un café negro y muy cargado.
La mujer se dio la vuelta y se alejó con absoluta tranquilidad. El señor Ismael Cuesta abrió la boca y volvió a cerrarla porque no supo qué decir. Estaba muy acostumbrado a ser temido y la actitud de la profesora en prácticas lo dejó desconcertado.
            “Esto no se va a quedar así”,  se dijo, muy confuso y alterado. “De ninguna manera, esto se va a quedar así”.

Págs. 713-723

Esta semana dejo en el lateral del blog una canción de Malú... "A prueba de ti" 


Y este jueves voy a citaros un maravilloso libro "Más allá del viento", escrito por J.P. Alexander
Os voy a dejar un enlace para que podáis conocer la sinopsis de la novela, su booktrailer y dónde podéis obtenerlo
El enlace es este... Más Allá Del Viento... Autora, J.P. Alexander 

También os dejo este enlace... Raquel Campos, aquí encontraréis una estupenda reseña sobre esta novela

Y a ti, J.P. Alexander, te felicito por este paso valiente que has dado al permitir que tu novela sea publicada
Espero que caiga en buenas manos y te proporcione muchas alegrías
Un beso y un abrazo muy fuerte  


                                   
                           
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