CAPÍTULO 117
ESPIANDO SIN QUERER
A
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l día siguiente, viendo el jardín, nadie hubiera
podido sospechar que, por la noche, había diluviado hasta entrada la madrugada.
No ocurrió lo mismo con el patio del instituto que se hallaba completamente
inundado.
El señor Teodoro tenía que ausentarse aquella mañana
y dio la orden de que no saliera al recreo ningún alumno. También indicó al
señor Ortiz que buscara hombres para achicar el agua del suelo del patio.
A la hora del almuerzo, Nicolás se enfadó cuando se
enteró de que no podían salir al patio, fue en busca de su padre para protestar
pero el despacho estaba cerrado y no lo encontró por los lugares que miró. Tuvo
que aceptar que aquella mañana se quedarían sin recreo, regresó al aula,
malhumorado y pensativo. ¿Dónde se habría
metido su padre? Desde luego en el instituto parecía no estar.
Miró por una de las ventanas el patio y vio los
enormes charcos, comprendió que ese debía ser el motivo por el que su padre
había suspendido la salida. Aún así se aburría y decidió ir a buscar a Natalia
y a Bibiana. En el pasillo, tropezó con la primera que había tenido la misma idea que
él.
—Bibi se ha quedado en clase estudiando —explicó Natalia después de que Nicolás le preguntara por su amiga.
—¿Cómo es eso?
—Tenemos un examen.
—¿Y tú no quieres repasar? —sonrió el chiquillo.
—Ya estudié bastante ayer. ¡No pienso desperdiciar mi hora de descanso!
Bibi es demasiado responsable.
Los niños bajaron a la primera planta con la
intención de comprobar si el señor Teodoro ya se encontraba en su despacho, la puerta
continuaba cerrada con llave.
Inmediatamente después oyeron al señor Cuesta gritar
a unos alumnos que deambulaban por los pasillos. La voz del profesor sonó
cercana a ellos, los chiquillos no tuvieron ánimos de toparse con el hombre y
corrieron hacia delante. La puerta contigua al despacho estaba entreabierta, la
empujaron y, viendo que no había nadie en su interior, pasaron a la sala de
profesores, cerrando la puerta con cuidado de no hacer ruido. Los niños se
sintieron seguros y aliviados. Pero su seguridad y paz duró muy poco, con
desesperación vieron como la puerta de la sala se abría lentamente.
Instintivamente los niños se agacharon y quedaron ocultos tras una gran y
rectangular mesa. Natalia se tapó la boca con una mano temiendo que pudiera
oírse su agitada respiración.
El ruido de lo que sin duda fueron dos ventosidades,
una detrás de otra, hizo que Nicolás también se tapara la boca bregando por
esconder su risa. ¿Quién habría entrado
en la estancia? A su pesar, pronto lo supieron.
La desagradable voz del señor Cuesta se escuchó con
total claridad. Los niños dedujeron que hablaba por
teléfono.
—¿Que esa putita no se puede marchar
todavía? —gritó el hombre, furioso. (…) —Esto no me gusta nada, acabaremos teniendo problemas, esa putita ya no
debería estar en Aránzazu. (…) —¿Ha entrado Soriano en razón? (…) —¡No hay más remedio! Su hijo no puede venir al instituto siendo
compañero y amigo del hijo del director. (…) —Sí, está claro que Lucas sabe demasiado. Eso lo debe solucionar
Soriano. ¡Y me preocupa mucho la putita!
¡Joder, Álvaro! Tu querido amigo dará la lata si la chica no aparece. ¡Esos jodidos críos tuvieron que verla!
¡Fue una puta mala suerte!
La voz del profesor cesó, no porque finalizara su
conversación sino porque salió de la estancia cerrando la puerta con llave. Los
niños se miraron, preocupados.
—¡Ese patán nos ha encerrado! —exclamó Natalia cuando estuvo muy segura de que estaba a solas con Nicolás— ¿Has oído todo lo que ha dicho? ¿Lo has entendido?
—Ese individuo es de lo más maleducado que he oído. Nat, ahora lo que importa es salir de aquí.
—¡Estaba hablando de Lucas y de
Paddy! ¿Lo has oído, Nico? ¿El apellido de Lucas es Soriano? El policía que
lleva el caso de Paddy es el padre de Lucas. ¿Qué está pasando aquí? ¿Qué sabe
Lucas?
—¡Ya está bien, Nat! —se sulfuró Nicolás— ¡Cállate de una vez! Te repito que lo importante, ahora, es salir de
esta sala. ¡Ese cerdo ha cerrado la puerta con llave!
—Estamos en la primera planta, Nico. Hay ventanas, saldremos por una —resolvió Natalia.
—Pues hagámoslo ya. Ese tipo puede volver.
Nicolás abrió una ventana y acercó una silla para
que a Natalia le fuera más fácil alcanzar el estrecho alféizar, seguidamente se
colocó junto a ella sin soltarla de la mano. Unos dos metros separaban el
alféizar del suelo.
—¿Preparada para saltar, lo hacemos a la vez?
Natalia asintió. Los niños saltaron al vacío cogidos
de la mano. Aterrizaron en un charco y ambos perdieron el equilibrio. La niña cayó
sentada y el chiquillo se tambaleó hasta caer de rodillas. Se miraron,
horrorizados, sus ropas estaban mojadas y llenas de barro.
—¿Estás bien, Nat? ¿Te has hecho daño? —se preocupó Nicolás.
—Estoy bien, Nico. ¿Tú estás bien?
—Perfectamente.
—¿Seguro que estás bien?
—Te he dicho que sí —afirmó el chiquillo mirando los ojos color avellana de la muchacha—. Y un día, cuando pasen tres años, cuando tenga dieciocho años, te diré otra cosa.Te diré lo más bonito que nunca nadie te haya dicho.
La mirada de Natalia se iluminó, y sus mejillas se arrebolaron.
—¿Y qué cosa será esa, Nico? ¿Qué me dirás? ¿Cómo sabes que nunca nadie me habrá dicho algo más bonito?
—No preguntes tanto y no seas tan curiosa —sonrió Nicolás—. Lo sabrás dentro de tres años, tendrás que esperar.
—¡Esperaré si quiero, Nico! ¿Qué te has creído?
Nicolás no contestó y ayudó a la niña a levantarse del charco.
—Tenemos que volver al instituto.
—¿Estás bien, Nat? ¿Te has hecho daño? —se preocupó Nicolás.
—Estoy bien, Nico. ¿Tú estás bien?
—Perfectamente.
—¿Seguro que estás bien?
—Te he dicho que sí —afirmó el chiquillo mirando los ojos color avellana de la muchacha—. Y un día, cuando pasen tres años, cuando tenga dieciocho años, te diré otra cosa.Te diré lo más bonito que nunca nadie te haya dicho.
La mirada de Natalia se iluminó, y sus mejillas se arrebolaron.
—¿Y qué cosa será esa, Nico? ¿Qué me dirás? ¿Cómo sabes que nunca nadie me habrá dicho algo más bonito?
—No preguntes tanto y no seas tan curiosa —sonrió Nicolás—. Lo sabrás dentro de tres años, tendrás que esperar.
—¡Esperaré si quiero, Nico! ¿Qué te has creído?
Nicolás no contestó y ayudó a la niña a levantarse del charco.
—Tenemos que volver al instituto.
—¿Por dónde entramos? —indagó Natalia.
La puerta principal estaba muy cerca de allí pero
decidieron dar la vuelta al edificio y entrar por la parte del patio. No
llovía, aunque la mañana seguía muy gris.
Unos hombres trabajaban en el patio, vieron a los
niños pasar con mucha prisa, no se inmutaron y continuaron con su faena.
Los críos entraron al vestíbulo; el primero que los
vio fue el señor Amadeo Ortiz.
—¡Anda! —exclamó, rascándose su prominente papada— ¿De dónde salís vosotros?
¡Del patio, eh! ¿No os habéis enterao
de que no se podía salir hoy?
El señor Cardo y el señor Cuesta estaban dentro de
conserjería, salieron al mostrador al oír los gritos del padrastro de Bibiana.
Ismael Cuesta se regocijó malignamente en cuanto vio a los niños. Eduardo Cardo
entornó sus ojos con recelo. No quería
más problemas con el hijo del director como protagonista.
—¿A dónde creéis que vais? —les chilló el señor Cuesta.
Nicolás y Natalia se detuvieron pensando en la
mala suerte que habían tenido al encontrarse con el profesor de matemáticas.
—¡Sois unos indisciplinados! —siguió
vociferando el hombre— ¡Os habéis puesto
como unos puercos! No le tienes
ningún respeto a tu padre, ¿verdad, muchacho? Si yo fuera tu padre te aseguro que no volverías a desobedecerme en tu
vida.
—Pienso
que lo más apropiado sería llevarlos a sus casas —se atrevió a manifestar el
jefe de estudios—. Están empapados, pueden ponerse enfermos y el señor Teodoro…
—¡Yo
los llevaré a sus casas! —se ofreció, impetuoso, el señor Ortiz. Había visto una oportunidad muy sencilla
para ganar muchos puntos a su favor ya que el señor Teodoro se congratularía
con su solicitud.
—Hagan
lo que gusten —refunfuñó el señor Cuesta—, yo los dejaría helándose de frío. Es
lo menos que merecen.
Minutos después los niños salían del instituto
acompañados por el señor Amadeo Ortiz.
El señor Cuesta y el señor Cardo se dirigieron
a la sala de profesores, el profesor de matemáticas abrió la puerta; cuando
entró en la estancia miró la ventana abierta, con estupor.
—¿Alguien
ha entrado aquí? —preguntó con voz ronca.
—Después
de usted no creo —respondió el jefe de estudios—. Sigue usted teniendo la
llave.
—Las
ventanas estaban cerradas cuando yo he estado aquí. De eso estoy seguro.
—No
creo que una ventana se haya abierto sola —replicó Eduardo Cardo, algo nervioso.
El señor Cuesta le lanzó una mirada asesina.
—Estoy
seguro de que estaban todas cerradas. Me tiré dos pedos y pensé que era una
lástima que no hubiese una ventilación
adecuada —explicó el hombre de manera muy grosera.
En la frente del señor Cardo comenzaron a
formarse diminutas gotas de sudor. No le gustaba nada el señor Cuesta; este se
acercó a la ventana con rapidez y vio la silla que Nicolás había arrimado a la
pared. Se asomó al exterior y observó el enorme charco debajo justo de la
ventana. A continuación contempló las marcas de unas pisadas sobre la acera,
unas más grandes y otras más pequeñas.
—¡Mal nacidos! —exclamó el individuo,
iracundo.
—¿A
quién se refiere, de qué habla? —interrogó el jefe de estudios, alarmado.
—¡Hablo de Nicolás y de Natalia! ¿De quién si no? —respondió Ismael
Cuesta, hecho un energúmeno— ¡Esos
malditos chicos han estado aquí! ¡Y
han salido por la ventana! ¿Cómo si
no iban a salir al patio? ¡Somos gilipollas! La salida al patio la vigilaba Ortiz.
—El
señor Ortiz ha podido despistarse.
—¡No,
claro que no! ¡Le digo que esos
chicos han estado aquí! ¡Malditos
sean!
El señor Cardo, harto de la situación, inventó
una excusa para abandonar la sala. No quería seguir con la compañía de una
persona tan violenta. Antes de marcharse aún le dio tiempo a oír el estrepitoso
choque de la silla contra la mesa.
Cuando Amadeo Ortiz regresó al instituto fue abordado inmediatamente por el profesor de matemáticas que lo estaba esperando en el vestíbulo dando vueltas sin cesar como fiera enjaulada.
Cuando Amadeo Ortiz regresó al instituto fue abordado inmediatamente por el profesor de matemáticas que lo estaba esperando en el vestíbulo dando vueltas sin cesar como fiera enjaulada.
—¿Ha
dejado a los chicos en su casa?
—Sí,
claro que los he dejado.
—¡Me puede explicar cómo es posible que esos
críos hayan salido al patio si usted estaba vigilando la puerta de salida! —dijo
el profesor con voz atronadora.
El padrastro de Bibiana se rascó la barbilla
con restos de barba algo amarillenta.
—¡Vaya!
No había caído en tanto detalle —expresó el señor Ortiz, confundido—. Sin
embargo, si le doy a la mollera, tengo que darle la razón —dijo, lentamente—.
Yo estaba vigilando pa que
ningún alumno saliera al patio. Y le puedo jurar que los críos no salieron.
Además, los vi pasar hacia ese pasillo —el hombre señaló el corredor donde se
encontraba la sala de profesores—. Y, por cierto, poco después pasó usted —recordó
el señor Ortiz—. Es extraño que no viera a los críos. Si no hay ninguna otra
puerta que salga al patio, salieron por una ventana —concluyó el hombre,
rotundo.
—¡Sí, salieron por una ventana! —asintió el señor Cuesta, furioso— ¡Malditos hijos de Satanás!
El señor Ortiz sonrió, divertido.
—¡No
se ofusque, hombre, no es para tanto! Y no debería hablar en esos términos del
hijo del director…
—¡Que
se vaya a la mierda el hijo del director y el director mismo! —masculló Ismael Cuesta—
Y no me provoque, Ortiz, usted no me conoce —añadió en tono amenazador.
A diferencia del señor Cardo, el señor Ortiz
no le tenía ningún miedo al profesor de matemáticas y sus palabras no le
causaron impresión ni el efecto deseado. El padrastro de Bibiana estaba más que
acostumbrado a tratar con tipos de mala catadura.
La mirada de ambos hombres se dirigió a la
puerta principal ya que en aquel momento se abrió, entrando en el vestíbulo
Blas Teodoro. El señor Ortiz sonrió, más divertido todavía.
—Ahí
tiene al director —se burló—. Ahora puede mandarlo a la mierda y decirle que su
hijo es un hijo de Satanás.
—¡Váyase
al diablo! —murmuró el señor Cuesta, mirando al señor Teodoro con notable
frialdad.
Ismael Cuesta estaba más que alterado, tenía muy claro que Nicolás y Natalia debían haber oído la conversación telefónica que sostuvo en la sala de profesores. Y, por tanto, Nicolás se había convertido en un estorbo excesivamente molesto, en un objetivo a eliminar en la mayor brevedad posible.
Y una mente perversa y asesina, como la del profesor de matemáticas, no tardaría mucho tiempo en idear un plan para acabar con la vida del muchacho.
Ismael Cuesta estaba más que alterado, tenía muy claro que Nicolás y Natalia debían haber oído la conversación telefónica que sostuvo en la sala de profesores. Y, por tanto, Nicolás se había convertido en un estorbo excesivamente molesto, en un objetivo a eliminar en la mayor brevedad posible.
Y una mente perversa y asesina, como la del profesor de matemáticas, no tardaría mucho tiempo en idear un plan para acabar con la vida del muchacho.
Págs. 922-929
Hoy dejo una canción de Pecos... "Olvidarte"
Próxima publicación... jueves, 25 de junio
