EL CLAN TEODORO-PALACIOS

CUARTA PARTE

jueves, 11 de junio de 2015

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 117






CAPÍTULO 117

ESPIANDO SIN QUERER



A
l día siguiente, viendo el jardín, nadie hubiera podido sospechar que, por la noche, había diluviado hasta entrada la madrugada. No ocurrió lo mismo con el patio del instituto que se hallaba completamente inundado.
El señor Teodoro tenía que ausentarse aquella mañana y dio la orden de que no saliera al recreo ningún alumno. También indicó al señor Ortiz que buscara hombres para achicar el agua del suelo del patio.
A la hora del almuerzo, Nicolás se enfadó cuando se enteró de que no podían salir al patio, fue en busca de su padre para protestar pero el despacho estaba cerrado y no lo encontró por los lugares que miró. Tuvo que aceptar que aquella mañana se quedarían sin recreo, regresó al aula, malhumorado y pensativo. ¿Dónde se habría metido su padre? Desde luego en el instituto parecía no estar.
Miró por una de las ventanas el patio y vio los enormes charcos, comprendió que ese debía ser el motivo por el que su padre había suspendido la salida. Aún así se aburría y decidió ir a buscar a Natalia y a Bibiana. En el pasillo, tropezó con la primera que había tenido la misma idea que él.
            Bibi se ha quedado en clase estudiando explicó Natalia después de que Nicolás le preguntara por su amiga.
            ¿Cómo es eso?
            Tenemos un examen.
            ¿Y tú no quieres repasar? sonrió el chiquillo.
            Ya estudié bastante ayer. ¡No pienso desperdiciar mi hora de descanso! Bibi es demasiado responsable.
Los niños bajaron a la primera planta con la intención de comprobar si el señor Teodoro ya se encontraba en su despacho, la puerta continuaba cerrada con llave.
Inmediatamente después oyeron al señor Cuesta gritar a unos alumnos que deambulaban por los pasillos. La voz del profesor sonó cercana a ellos, los chiquillos no tuvieron ánimos de toparse con el hombre y corrieron hacia delante. La puerta contigua al despacho estaba entreabierta, la empujaron y, viendo que no había nadie en su interior, pasaron a la sala de profesores, cerrando la puerta con cuidado de no hacer ruido. Los niños se sintieron seguros y aliviados. Pero su seguridad y paz duró muy poco, con desesperación vieron como la puerta de la sala se abría lentamente. Instintivamente los niños se agacharon y quedaron ocultos tras una gran y rectangular mesa. Natalia se tapó la boca con una mano temiendo que pudiera oírse su agitada respiración.
El ruido de lo que sin duda fueron dos ventosidades, una detrás de otra, hizo que Nicolás también se tapara la boca bregando por esconder su risa. ¿Quién habría entrado en la estancia? A su pesar, pronto lo supieron.
La desagradable voz del señor Cuesta se escuchó con total claridad. Los niños dedujeron que hablaba por teléfono.
            ¿Que esa putita no se puede marchar todavía?   gritó el hombre, furioso. (…) Esto no me gusta nada, acabaremos teniendo problemas, esa putita ya no debería estar en Aránzazu. (…) ¿Ha entrado Soriano en razón? (…) ¡No hay más remedio! Su hijo no puede venir al instituto siendo compañero y amigo del hijo del director. (…) Sí, está claro que Lucas sabe demasiado. Eso lo debe solucionar Soriano. ¡Y me preocupa mucho la putita! ¡Joder, Álvaro! Tu querido amigo dará la lata si la chica no aparece. ¡Esos jodidos críos tuvieron que verla! ¡Fue una puta mala suerte!
La voz del profesor cesó, no porque finalizara su conversación sino porque salió de la estancia cerrando la puerta con llave. Los niños se miraron, preocupados.
            ¡Ese patán nos ha encerrado! exclamó Natalia cuando estuvo muy segura de que estaba a solas con Nicolás ¿Has oído todo lo que ha dicho? ¿Lo has entendido?
            —Ese individuo es de lo más maleducado que he oído. Nat, ahora lo que importa es salir de aquí.
            ¡Estaba hablando de Lucas y de Paddy! ¿Lo has oído, Nico? ¿El apellido de Lucas es Soriano? El policía que lleva el caso de Paddy es el padre de Lucas. ¿Qué está pasando aquí? ¿Qué sabe Lucas?
            ¡Ya está bien, Nat! se sulfuró Nicolás ¡Cállate de una vez! Te repito que lo importante, ahora, es salir de esta sala. ¡Ese cerdo ha cerrado la puerta con llave!
            Estamos en la primera planta, Nico. Hay ventanas, saldremos por una resolvió Natalia.
            Pues hagámoslo ya. Ese tipo puede volver.
Nicolás abrió una ventana y acercó una silla para que a Natalia le fuera más fácil alcanzar el estrecho alféizar, seguidamente se colocó junto a ella sin soltarla de la mano. Unos dos metros separaban el alféizar del suelo.
            ¿Preparada para saltar, lo hacemos a la vez?
Natalia asintió. Los niños saltaron al vacío cogidos de la mano. Aterrizaron en un charco y ambos perdieron el equilibrio. La niña cayó sentada y el chiquillo se tambaleó hasta caer de rodillas. Se miraron, horrorizados, sus ropas estaban mojadas y llenas de barro.
             —¿Estás bien, Nat? ¿Te has hecho daño? —se preocupó Nicolás.
             —Estoy bien, Nico. ¿Tú estás bien?
             —Perfectamente.
             —¿Seguro que estás bien?
             —Te he dicho que sí —afirmó el chiquillo mirando los ojos color avellana de la muchacha—. Y un día, cuando pasen tres años, cuando tenga dieciocho años, te diré otra cosa.Te diré lo más bonito que nunca nadie te haya dicho.
La mirada de Natalia se iluminó, y sus mejillas se arrebolaron. 
            —¿Y qué cosa será esa, Nico? ¿Qué me dirás? ¿Cómo sabes que nunca nadie me habrá dicho algo más bonito?
            —No preguntes tanto y no seas tan curiosa —sonrió Nicolás—. Lo sabrás dentro de tres años, tendrás que esperar.
             —¡Esperaré si quiero, Nico! ¿Qué te has creído?
Nicolás no contestó y ayudó a la niña a levantarse del charco.
            —Tenemos que volver al instituto.  
            ¿Por dónde entramos? indagó Natalia.
La puerta principal estaba muy cerca de allí pero decidieron dar la vuelta al edificio y entrar por la parte del patio. No llovía, aunque la mañana seguía muy gris.
Unos hombres trabajaban en el patio, vieron a los niños pasar con mucha prisa, no se inmutaron y continuaron con su faena.
Los críos entraron al vestíbulo; el primero que los vio fue el señor Amadeo Ortiz.
            ¡Anda! exclamó, rascándose su prominente papada ¿De dónde salís vosotros? ¡Del patio, eh! ¿No os habéis enterao de que no se podía salir hoy?
El señor Cardo y el señor Cuesta estaban dentro de conserjería, salieron al mostrador al oír los gritos del padrastro de Bibiana. Ismael Cuesta se regocijó malignamente en cuanto vio a los niños. Eduardo Cardo entornó sus ojos con recelo. No quería más problemas con el hijo del director como protagonista.
             —¿A dónde creéis que vais? les chilló el señor Cuesta.
Nicolás y Natalia se detuvieron pensando en la mala suerte que habían tenido al encontrarse con el profesor de matemáticas.
            —¡Sois unos indisciplinados! —siguió vociferando el hombre— ¡Os habéis puesto como unos puercos! No le tienes ningún respeto a tu padre, ¿verdad, muchacho? Si yo fuera tu padre te aseguro que no volverías a desobedecerme en tu vida.
            —Pienso que lo más apropiado sería llevarlos a sus casas —se atrevió a manifestar el jefe de estudios—. Están empapados, pueden ponerse enfermos y el señor Teodoro…
            —¡Yo los llevaré a sus casas! —se ofreció, impetuoso, el señor Ortiz. Había visto una oportunidad muy sencilla para ganar muchos puntos a su favor ya que el señor Teodoro se congratularía con su solicitud.
            —Hagan lo que gusten —refunfuñó el señor Cuesta—, yo los dejaría helándose de frío. Es lo menos que merecen.
Minutos después los niños salían del instituto acompañados por el señor Amadeo Ortiz.
El señor Cuesta y el señor Cardo se dirigieron a la sala de profesores, el profesor de matemáticas abrió la puerta; cuando entró en la estancia miró la ventana abierta, con estupor.
            —¿Alguien ha entrado aquí? —preguntó con voz ronca.
            —Después de usted no creo —respondió el jefe de estudios—. Sigue usted teniendo la llave.
            —Las ventanas estaban cerradas cuando yo he estado aquí. De eso estoy seguro.
            —No creo que una ventana se haya abierto sola —replicó Eduardo Cardo, algo nervioso.
El señor Cuesta le lanzó una mirada asesina.
            —Estoy seguro de que estaban todas cerradas. Me tiré dos pedos y pensé que era una lástima  que no hubiese una ventilación adecuada —explicó el hombre de manera muy grosera.
En la frente del señor Cardo comenzaron a formarse diminutas gotas de sudor. No le gustaba nada el señor Cuesta; este se acercó a la ventana con rapidez y vio la silla que Nicolás había arrimado a la pared. Se asomó al exterior y observó el enorme charco debajo justo de la ventana. A continuación contempló las marcas de unas pisadas sobre la acera, unas más grandes y otras más pequeñas.
            —¡Mal nacidos! —exclamó el individuo, iracundo.
            —¿A quién se refiere, de qué habla? —interrogó el jefe de estudios, alarmado.
            —¡Hablo de Nicolás y de Natalia! ¿De quién si no? —respondió Ismael Cuesta, hecho un energúmeno— ¡Esos malditos chicos han estado aquí! ¡Y han salido por la ventana! ¿Cómo si no iban a salir al patio? ¡Somos gilipollas! La salida al patio la vigilaba Ortiz.
            —El señor Ortiz ha podido despistarse.
            —¡No, claro que no! ¡Le digo que esos chicos han estado aquí! ¡Malditos sean!
El señor Cardo, harto de la situación, inventó una excusa para abandonar la sala. No quería seguir con la compañía de una persona tan violenta. Antes de marcharse aún le dio tiempo a oír el estrepitoso choque de la silla contra la mesa. 

Cuando Amadeo Ortiz regresó al instituto fue abordado inmediatamente por el profesor de matemáticas que lo estaba esperando en el vestíbulo dando vueltas sin cesar como fiera enjaulada.
            —¿Ha dejado a los chicos en su casa?
            —Sí, claro que los he dejado.
            —¡Me puede explicar cómo es posible que esos críos hayan salido al patio si usted estaba vigilando la puerta de salida! —dijo el profesor con voz atronadora.
El padrastro de Bibiana se rascó la barbilla con restos de barba algo amarillenta.
            —¡Vaya! No había caído en tanto detalle —expresó el señor Ortiz, confundido—. Sin embargo, si le doy a la mollera, tengo que darle la razón —dijo, lentamente—. Yo estaba vigilando pa que ningún alumno saliera al patio. Y le puedo jurar que los críos no salieron. Además, los vi pasar hacia ese pasillo —el hombre señaló el corredor donde se encontraba la sala de profesores—. Y, por cierto, poco después pasó usted —recordó el señor Ortiz—. Es extraño que no viera a los críos. Si no hay ninguna otra puerta que salga al patio, salieron por una ventana —concluyó el hombre, rotundo.
            —¡, salieron por una ventana! —asintió el señor Cuesta, furioso— ¡Malditos hijos de Satanás!
El señor Ortiz sonrió, divertido.
            —¡No se ofusque, hombre, no es para tanto! Y no debería hablar en esos términos del hijo del director…
            —¡Que se vaya a la mierda el hijo del director y el director mismo! —masculló Ismael Cuesta— Y no me provoque, Ortiz, usted no me conoce —añadió en tono amenazador.
A diferencia del señor Cardo, el señor Ortiz no le tenía ningún miedo al profesor de matemáticas y sus palabras no le causaron impresión ni el efecto deseado. El padrastro de Bibiana estaba más que acostumbrado a tratar con tipos de mala catadura.
La mirada de ambos hombres se dirigió a la puerta principal ya que en aquel momento se abrió, entrando en el vestíbulo Blas Teodoro. El señor Ortiz sonrió, más divertido todavía.
            —Ahí tiene al director —se burló—. Ahora puede mandarlo a la mierda y decirle que su hijo es un hijo de Satanás.
            —¡Váyase al diablo! —murmuró el señor Cuesta, mirando al señor Teodoro con notable frialdad.
Ismael Cuesta estaba más que alterado, tenía muy claro que Nicolás y Natalia debían haber oído la conversación telefónica que sostuvo en la sala de profesores. Y, por tanto, Nicolás se había convertido en un estorbo excesivamente molesto, en un objetivo a eliminar en la mayor brevedad posible.
Y una mente perversa y asesina, como la del profesor de matemáticas, no tardaría mucho tiempo en idear un plan para acabar con la vida del muchacho.

Págs. 922-929

Hoy dejo una canción de Pecos... "Olvidarte"

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This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License. Creative Commons License
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