CAPÍTULO 84
LA FAMILIA HERNÁNDEZ
B
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las Teodoro y Emilia Sales habían dejado de
conversar con Matías y Luis, y terminaban de entrar en casa. Estaban colgando
sus abrigos en el perchero del vestíbulo cuando apareció Nicolás con semblante
huraño.
—¡No pongáis vuestros abrigos
ahí! —les chilló—¡Esas perchas son para los
invitados, no para vosotros!
Madre e hijo intercambiaron una mirada perpleja.
—¿Se puede saber qué te pasa, a qué vienen esos gritos? —interrogó el señor Teodoro, confuso.
—Marcos me ha dicho que no puedo dejar mi cazadora ahí, pues vosotros tampoco.
En esta casa hace mucho calor, estoy agobiado. ¡Y no me gusta que la puerta de
mi habitación esté dentro de la tuya! ¡Eres un idiota!
El señor Teodoro suspiró, lanzando a su hijo una
mirada llameante.
—No vuelvas a insultarme, mocoso —le contestó, enfadado—. Y entérate de que cuelgo mi abrigo donde me parece
mejor. Lo del calor lo puedo solucionar bajando la temperatura de la
calefacción. Respecto a la puerta de tu habitación, seguirá dentro de la mía
hasta que te conviertas en una persona más sensata. Quiero dormir en paz por las
noches. ¿Te ha quedado todo claro?
Nicolás cedió y asintió, temiendo recibir un
cachete.
—¿Por qué no vais al cuarto de los juegos? —propuso la señora Sales— Blas y yo tenemos que ir a la cocina a hablar
con tu madre y con tu cuñada —agregó, dirigiéndose a Marcos.
Los dos chiquillos se encaminaron al citado cuarto,
y el señor Teodoro y su madre giraron a la derecha y abrieron la primera
puerta, blanca y acristalada, ubicada en la parte izquierda del nuevo pasillo.
Entraron en la cocina; esta era una estancia muy
amplia y gozaba de mucha luz natural que se podría advertir por la mañana, gracias a la instalación de un gran ventanal en una de las paredes. En el centro se hallaba una isla sobre un suelo de acero, más resistente a las manchas y a la
humedad que el resto, que era de parqué.
Encima de la isla se encontraba la encimera y, sobre ella, una campana
extractora enorme. Una de las partes inferiores de la isla se había dejado libre de cajones para instalar unos taburetes con medio respaldo, lugar idóneo
para desayunos rápidos.
El mármol verde esmeralda de las paredes contrastaba
con la madera de los muebles, lacada del mismo tono pero bastante más oscura.
Una puerta daba acceso a una galería donde estaban la lavadora, una secadora,
un cubo de basura y utensilios de limpieza. A través de los cristales de esta galería se
podía contemplar un trozo del jardín. La galería también contaba con un cuarto de
aseo y una puerta que abría paso a una terraza cubierta, donde tender la ropa,
ideal para un día lluvioso. En la terraza, otra puerta, comunicaba con un
cuarto de planchar.
Dentro de la cocina, un hueco con forma de arco conducía a otra estancia donde reposaba una mesa redonda de madera, con
tres sillas a su alrededor. Las sillas tapizadas con una tela de anchas rayas blancas y
negras, hacían juego con un suelo de mármol ennegrecido y unas paredes y techo
blanquísimos.
Tres lámparas de pie, de cristal circular y pantalla
de seda gris perla, iluminaban la sala por la noche. Otras tres sillas se
hallaban muy cerca de una pared. Una de las paredes estaba abierta a la cocina
y una barra realizaba el servicio de pasaplatos.
Dos mujeres, ataviadas con baberos y delantales,
trajinaban en la cocina. El señor Teodoro las saludó, amablemente, y ambas
mujeres le hicieron una reverencia. El joven las miró con disgusto y
desaprobación.
—No volváis a hacer eso —les pidió con firmeza—. No quiero que nadie se incline delante de mí. Lo único que puedo
tolerar es que me habléis de usted, aunque me agradaría que me tuteaseis.
Ahora, podéis iros a vuestra casa, por favor.
—No hemos terminado de preparar la cena —murmuró la mujer más mayor.
—Yo terminaré de prepararla —aseguró el señor Teodoro—. Es sábado y noche de Reyes, no voy a permitir que continuéis
trabajando. Únicamente vais a trabajar de lunes a viernes; sábados y festivos
los tendréis libres.
Las mujeres
asintieron y salieron de la cocina.
La señora más mayor tenía cuarenta y ocho años
aunque, por su aspecto, parecía que tuviera cincuenta largos. Era algo más alta
que la señora Sales, y muy delgada. Sufría de poco atractivo por causa de su pelo
corto, pobre y canoso. Era la esposa del señor Matías y la madre de Luis y
Marcos.
La mujer más joven era su nuera ya que estaba casada
con Luis. Tenía veinte años, algo más alta que su suegra y menos delgada. Era
mulata y su cabello rizado, por naturaleza, estaba forzosamente alisado y
recogido en una corta coleta.
El señor Teodoro suspiró, aliviado, cuando se quedó
a solas con su madre.
—Espero que se acostumbren a nosotros y nos traten con más
familiaridad. No me gusta que estén tan distantes y se comporten de un modo tan
servil.
—Es su forma de ser —dijo Emilia—, ya se irán dando cuenta de que no mordemos. Lo importante es que son
trabajadoras y buenas personas. No se parecen en nada a Sandra, no se meterán
con Nico y evitaremos problemas.
El señor Teodoro examinó la comida que las mujeres
estaban preparando.
—¡Por Dios bendito! —exclamó con desazón— Me pregunto qué es lo que les faltaba por hacer. De primer plato
tenemos verdura en menestra; de segundo, rollitos de lenguado con espárragos
trigueros y de postre, crema de kiwis. ¿Cómo voy a conseguir que Nico se coma
esto?
—Poniéndote serio —le contestó su madre—. La verdura y el pescado son alimentos muy recomendables para un
niño.
—¿Y me puedes explicar cuánto tiempo voy a tardar en escribir el millón de frases que el niño me
pidió? —interrogó el señor Teodoro, desesperado— Aunque escribiera mil frases diarias, cosa
que no voy a poder hacer, tendría trescientas sesenta y cinco mil en un año.
Voy a tardar años en escribir esas dichosas frases.
La señora Sales sonrió a su hijo, con cariño.
—A
veces eres más inocente que el propio Nico. No será imprescindible que escribas
ninguna frase; simplemente deberás canjearle cien mil frases por cada castigo
que tú le levantes. Con diez castigos ya tendrás las frases resueltas.
El señor Teodoro sonrió de oreja a oreja.
—Esa
es una gran idea, no se me había ocurrido. Gracias, mamá.
∎∎∎
A Nicolás le gustó mucho el cuarto de los
juegos; era una habitación muy alegre con variado
colorido. Una moqueta de un azul intenso vestía el suelo; las paredes estaban
forradas con una lona gruesa y blanda. Una pared, de color azul,
otra amarilla, otra verde y otra roja. El techo, inmaculadamente blanco. Un
gran ventanal mostraba una parte de jardín. Cuatro enormes estanterías de
madera, pintadas con diferentes tonos, estaban repletas de libros de aventuras,
juegos de mesa y puzzles. Una gran pantalla sobresalía de un mueble color
caoba; la pantalla serviría para que Nicolás viera la tele o jugara con alguno
de sus numerosos videojuegos. En un rincón había una mesa redonda, de tablón
amarillo y sillas a su alrededor, tapizadas con piel del mismo tono. Seis
butacas, de diferentes colores, y seis puffs estaban distribuidos a lo ancho y
largo de la habitación. Gigantescos cojines, rellenos de plumas, estaban repartidos sobre la
moqueta. Un radiador, instalado en la parte inferior de una de las paredes,
calentaba el lugar.
Nicolás y Marcos se dedicaron a escudriñar los
juegos y libros de las estanterías. Súbitamente, Nicolás tuvo una idea que le
pareció genial.
—¿Te molestaría mañana acompañarme a visitar a Nat y a Bibi? —preguntó a Marcos— Son amigas mías. Hasta hace muy
poco creía que Nat era mi prima. Mi padre no me dejará salir solo pero, si tú
me acompañas, seguro que me deja. A las diez estaremos desayunando, ¿te vendrá
bien venir a esa hora?
—Sí, claro —respondió Marcos, conforme.
∎∎∎
El señor Teodoro bajó la temperatura de la
calefacción de toda la casa porque, realmente, el calor era excesivo ya que
había radiadores en cada estancia y pasillo.
Tras esto llamó por teléfono al señor Matías para
preguntarle si podía invitar a cenar a su hijo. El joven pensó que, tal
vez, Nicolás no armase mucho jaleo cuando viera la cena que le esperaba si
Marcos estaba presente.
El señor Matías no puso ningún obstáculo pero,
cuando colgó el teléfono, se frotó la barbilla, pensativo.
—Ha convidado a cenar a Marcos —comunicó a su hijo Luis, a su esposa Prudencia y a su nuera Cruz—. Este hombre no sabe dónde está la línea que nos separa y no distingue
a unos de otros.
—El señor Teodoro no es como los demás ricos —declaró Cruz, la chica mulata—. Él es educado y amable; también parece muy sencillo.
—¡Nadie ha pedido tu opinión!
—gritó Luis, con furia— ¡Vete a la cocina a preparar
la cena! ¡Y usted, madre, vaya también! ¡Padre y yo estamos
hambrientos!
Ambas mujeres se retiraron en el acto.
—Creo que el señor Teodoro nos va a traer problemas —opinó Matías Hernández—, y a mí no me gusta el desorden ni el
desacato.
—Tranquilo, padre. Nosotros trazaremos la línea gruesa que nos separa y
se la enseñaremos al señor Teodoro. Tendrá que resignarse y aprender a no cruzarla.
—No será tan fácil, hijo. Él es nuestro patrón, nuestro amo, nuestro
señor. Él es quien nos proporciona techo y alimentos; es quien nos paga y nos
paga muy bien. Él es quien manda.
—Pero no puede mandar dentro de nuestra casa —replicó Luis—. Aquí manda usted, luego yo, y luego Marcos.
Las mujeres no cuentan y don Blas tendrá que respetar nuestras costumbres. Vivimos en Kavana.
∎∎∎
El señor Teodoro acertó invitando a cenar al hijo
menor del señor Matías. Nicolás miró perplejo la comida servida sobre la mesa
pero, viendo que Marcos comenzó a comer sin decir nada, él decidió no
protestar tampoco.
Después de cenar y ayudar a recoger la mesa, los
chavales regresaron al cuarto de los juegos.
Una
vez la cocina estuvo impecable, la señora Sales se retiró a su habitación y el
señor Teodoro se reunió con los chicos, que estaban entretenidos con un enorme
puzzle, enfrascados en la tarea de conseguir encajar sus piezas.
El hombre puso la tele en marcha y se sentó en una
butaca, reposando las piernas en un puf. Buscó un canal que le interesara y,
finalmente se quedó viendo un documental sobre islas perdidas en medio de un océano. Al cabo de un rato apagó la tele y se levantó de la butaca, ahíto de
oír quejas y resoplidos de su hijo, debido a las dificultades que tenían él y
Marcos para construir el puzzle.
El señor Teodoro se sentó al lado de Nicolás y, con
paciencia, les ayudó a formar la figura de un barco pirata.
A la una de la madrugada Marcos se marchó a su casa,
que era la otra vivienda más pequeña, que Nicolás vio cuando entraron
con el Mercedes en el jardín.
El señor Matías no se había acostado, aguardando la
llegada de su hijo.
—¿Cómo ha ido todo? —le preguntó.
—Muy bien —respondió el muchacho—. El señor Teodoro es muy buena persona; nos ha ayudado a construir un
barco grandísimo. El señorito Nicolás me ha pedido que mañana, a las diez, esté
en su casa. Quiere salir conmigo por Aránzazu.
—Entonces ponte el despertador, no vayas a dormirte —le impuso su padre con apremio—. De todos modos, avisaré a tu madre de que te despierte a las ocho y
media.
—Mientras cenábamos el amo me ha pedido que le llame Blas y que le
tutee, y a la señora Sales que la llame Emilia y que la tutee también. Al señorito Nicolás debo tutearlo y llamarlo Nico —explicó Marcos, escandalizando al señor Hernández.
—Si te lo ha pedido, es una orden, y debes obedecer —declaró, rascándose la barbilla—. Pero esta situación no me gusta en absoluto. No es bueno, no es de
ley mezclar el agua con el aceite. Esta misma noche hemos tenido problemas
aquí. Tu hermano ha pillado a la descocada de su mujer diciéndole a tu madre lo
muy elegante y guapo que es el señor Teodoro. Cruz se ha ganado una concienzuda
limpieza de boca con jabón y no ha cenado. El ayuno la ayudará a purificarse.
Vete a dormir, Marcos.
—Sí, padre, buenas noches... Si me permite un consejo le diré que es
mejor que el amo no sepa cómo tratamos, nosotros, a las hembras. Estoy seguro
de que no lo aprobaría, él trata con mucha corrección a su madre. Claro que la
señora Sales es una dama pero, aún así, no creo que le gustara nuestra
conducta.
El señor Matías asintió, en silencio, mirando por
una ventana en dirección a la casa grande.
Págs. 661-669
Este jueves, dejo en el lateral del blog una canción de Rosana... "Aquel corazón"
Págs. 661-669
Este jueves, dejo en el lateral del blog una canción de Rosana... "Aquel corazón"
