EL CLAN TEODORO-PALACIOS

CUARTA PARTE

viernes, 23 de noviembre de 2012

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 31





CAPÍTULO 31

PATRICIA Y SANDRA ENFURECEN A BLAS


P
ara cenar había pollo horneado con tomates, chuletas de cordero recién asadas, muslitos de cangrejo, y patatas fritas de corte grueso. Emilia también había preparado una suculenta tortilla de patata con cebolla, que era el plato preferido de Nicolás. El chiquillo se sentó al lado de la mujer, en una de las cabeceras de la mesa; su tutor se encontraba en la otra cabecera. La tele estaba en marcha, con una película navideña en pantalla, pero nadie le prestaba gran atención. La señora Emilia y Elisa se habían sorprendido, tanto como Blas, cuando vieron el aspecto de Patricia. Sin embargo, ninguna de las dos efectuó comentario al respecto.
El teléfono sonó, fue Blas quien contestó. Era Julián, el hijo mayor del señor Francisco y de la señora Marina. Se le había olvidado contarle que Nicolás había tirado el bozal de Hércules al barranco. El señor Teodoro le dio las gracias por la información y le deseó buenas noches. Colgó el teléfono y volvió a sentarse. Miró a Nicolás, severamente.
          —Mañana le compraré un bozal nuevo a Hércules —comunicó al chaval—, lo pagaré con dinero de tus ahorros. ¿A quién se le ocurre tirar algo que no es suyo al barranco? ¡Sólo a ti! Y si el perro muerde a alguien, va a ser responsabilidad mía.
Nicolás continuó comiendo la tortilla de patata sin articular palabra.
          “Malditos Jaime y Julián”, pensó, furioso.
A Patricia le pareció llegado el momento oportuno para intervenir en contra del chiquillo.
          —Blas, no comprendo por qué permites que Nico te cause tantos problemas —comenzó a decir con malicia—. Deberías dejar de ser su tutor, y que sea su padre quien se ocupe de él.
El señor Teodoro observó a la niña mientras hablaba. Tras escucharla, miró a Nicolás y advirtió que las palabras de la muchacha le habían dolido. La señora Emilia estaba indignada. ¿Qué se creía aquella mocosa?
          —Por muchos problemas que me cause, nunca dejaré a Nico —afirmó Blas, mirando a Patricia, muy serio—. Ni permitiré que él me deje a mí. Sobre todas las cosas, yo quiero a Nico.
Nicolás se quedó perplejo ante la declaración de su tutor; Bibiana también se quedó perpleja. Blas parecía muy sincero, pero ella y Estela habían oído, perfectamente claro, que después de las vacaciones de Navidad, el chiquillo iba a estar con su verdadero padre. El señor Teodoro estaba mintiendo y mentía muy bien.
          —¡Vaya! Por fin te oigo decir algo muy bien dicho —felicitó Emilia a su hijo.
Patricia no volvió a hablar. En su interior sintió un gran coraje. El señor Teodoro comprendió que Nicolás no gozaba de la simpatía de la muchacha.
Transcurrida la cena, el joven tornó a curar la espalda del niño. Se contentó porque la mejoría era espectacular. Elisa le dio un analgésico a Natalia para aliviar el dolor de su mejilla. Más tarde, todos se reunieron para ver la tele. Patricia reanudó el ataque.
          —Nico, Blas te ha dicho antes que te fueras a la cama nada más terminar de cenar —le recordó con mala intención.
El señor Teodoro había olvidado aquella orden, y el niño también. El muchacho, con muy mala cara, se levantó del sofá y salió del salón rumbo a su habitación. ¡Patricia era repugnante!
Blas observó a la chiquilla, atentamente. No le gustó nada lo que acababa de suceder.
          —¿Por qué le tienes tanta manía a Nico? —le preguntó sin rodeos.
          —No le tengo manía —mintió la niña, mirando al joven con carita inocente—. No me gusta que te tome el pelo, eso es todo.
Natalia se revolvió en el sofá, irritadísima.
          —¡Eres lo peor de lo peor! —gritó, furiosa—. Antes le has llamado gilipollas e hijo de puta y le querías agredir con el tacón de tu zapato y, a Nico, no se le ha ocurrido ir a chivarse a Blas.
El semblante del señor Teodoro enrojeció bruscamente tras oír a Natalia. Miró a Patricia, muy enojado. De ninguna manera admitía ese tipo de vocabulario soez.
          —Si no fueses amiga de Nat y una invitada de Elisa, mañana mismo prepararías tu equipaje y te llevaría a tu casa  —declaró—. No vuelvas a insultar a Nico ni a intentar pegarle. Si él te hace algo o se mete contigo, me lo dices a mí. ¿Te queda bien claro?
La muchacha asintió, sumisa. El señor Teodoro se levantó y abandonó el salón. La señora Emilia se presentó en su habitación cuando el joven ya se había puesto el pijama.
          —Quiero que vayas al cuarto de Nico y le aligeres el castigo que le has determinado para mañana —le dijo con firmeza—. Y no me iré de aquí hasta que no lo hagas.
Blas sonrió, meneando la cabeza.
          —Nico tiene una abogada terrible —manifestó—. Está bien, lo haré —accedió.
El joven subió a la habitación de Nicolás. El niño estaba metido en la cama, pero aún no dormía. El muchacho se sorprendió e inquietó al ver a su tutor.
          —Voy a rebajar tu castigo de mañana —le comunicó el señor Teodoro, amigablemente—. Te perdono las dos mil frases. Me conformo con que resumas el tema y hagas los ejercicios.
El chiquillo no esperaba algo así y se sintió aliviado.
          —Gracias, Blas —murmuró, agradecido.
          —Dale las gracias a mi madre —respondió su tutor—. Buenas noches, Nico.
          —Buenas noches, Blas.
Más tarde, el señor Teodoro volvió a subir a la habitación de Nicolás; creyó que el niño estaba dormido pero se equivocó. El chiquillo permanecía despierto y reconoció el perfume inconfundible de la colonia que usaba su tutor. El jovencito, extrañado por la entrada a hurtadillas del hombre, fingió estar en posesión de Morfeo.
Blas acarició suavemente su cabello y, posteriormente, le dio un beso en la cabeza. Seguidamente, se marchó del mismo modo furtivo que había llegado.
El chiquillo sonrió, agradablemente sorprendido, y se sintió feliz. A su mente acudieron las palabras que Blas le había dicho aquella noche a Patricia. “Sobre todas las cosas, yo quiero a Nico”.
          “Yo también te quiero Blas”, pensó el muchacho. “Y me parece que no eres tan ogro como yo creía”. "¡No puede ser que hayas venido a darme un beso!" “Intentaré portarme mejor para que te sientas orgulloso de mí”.
Al cabo de un rato, Nicolás se quedó profundamente dormido, con una sonrisa dibujada en sus labios.

Por la mañana, Sandra llegó a las ocho treinta a villa de Luna. La señora Emilia se había levantado temprano y le abrió la puerta de la cocina.
          —Has venido muy pronto —comentó la madre de Blas—. ¿Has desayunado?
          —He madrugado porque he pensado que la casa estaría patas para arriba —contestó la joven—. Me vendrá bien un tazón de leche. Me parece que hoy tendremos un día nublado.
          —Bienvenido sea, un nuevo día al fin y al cabo. Nos hemos arreglado bien, no vas a encontrar la casa tan mal como crees.
Sandra estuvo hablando con la señora, mientras tomaba un tazón de reconfortante leche caliente acompañada de unos bollos. Al terminar, se dirigió hacia la habitación de Nicolás. Casualmente, Blas salió de su cuarto y oyó unos pasos que ascendían a la segunda planta. Sintió curiosidad y subió lentamente las escaleras. Vio cómo Sandra abrió, impetuosamente, la puerta de la habitación del chaval. Al señor Teodoro le disgustaron los modales de la chica; se quedó parado muy cerca, escuchando.
          —¡Levántate enseguida, Nico! —gritó Sandra, despertando al chiquillo de un buen susto.
La joven había encendido la luz, y Nicolás miró el despertador sin apenas abrir los ojos. Eran las nueve menos cuarto.
          —¿Estás loca? —preguntó, enfadado— ¿A qué viene tanta prisa? ¿Se está quemando la casa? Me puse la alarma a las nueve y cuarto. Por tu culpa he creído que me había dormido.
          —¡Te digo que te levantes ya! —insistió Sandra— Y no me repliques o le diré a Blas que me faltas al respeto. Tienes que hacer tu cama, ducharte, vestirte, y asear muy bien el cuarto de baño. También tienes que hacer la cama de Nat, sabes que ella nunca se la hace. Y tienes que bajar a desayunar.
          —Tengo tiempo de sobra —declaró el chiquillo, molesto.
          —¡Que te levantes ya, te digo! —le ordenó Sandra, implacable.
Nicolás se sentó en la cama; Blas continuaba escuchando, sintiendo que la sangre que recorría sus venas entraba en ebullición. Y todavía le faltaba por escuchar lo peor.
          —Pensaba que ibas a estar más amable conmigo después de que te salvé del tipo que te agarró el otro día—reprochó el muchacho, dolido—. Y encima, me gané una pedrada en la frente.
          —Eso es agua pasada y merecías de sobra el chichón —declaró Sandra, desagradecida— ¡Levántate ya! ¿Quieres que llame a Blas?
          —No es necesario. Estoy aquí —respondió el señor Teodoro, entrando en la habitación.
Su cara estaba descompuesta por la falta de serenidad que lo dominaba. Sandra y Nicolás lo miraron, asustados. Ambos se hicieron la misma pregunta. ¿Habría oído algo que no debiera oír?
          —Sandra, no vuelvas a subir a despertar a Nico —ordenó Blas, fríamente—. Él tiene un despertador. Si no está en la cocina a la hora del desayuno, seré yo quien suba a buscarlo. A partir de ahora, yo revisaré la habitación y el cuarto de baño del niño. Despierta a las niñas, y dile a Nat que si no hace su cama volverá a acostarse por el mismo agujero que se levanta. Su primo no le hará la cama nunca más.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Sandra y el de Nicolás. Si el señor Teodoro había oído aquello, lo había oído todo.
          —Antes de desayunar os quiero, a ti y a las niñas, en mi despacho —siguió hablando el hombre con frialdad.
          —Como tú digas —susurró Sandra, saliendo de la alcoba.
El señor Teodoro y Nicolás se quedaron solos. El joven miró al niño, muy serio.
          —A ti te voy a enseñar a no mentirme ni a ocultarme nada —le dijo duramente.
El muchacho seguía sentado en la cama con la cabeza agachada. Estaba muy nervioso; era obvio que Blas lo había escuchado todo.
          —Ve inmediatamente al cuarto de baño —le ordenó con aspereza—. Dúchate, te vistes, y no hagas nada más. Te quiero en mi despacho ya.
El niño se levantó de la cama, y se calzó unas chinelas azules.
Tenía a su tutor frente a él y se quedó inmóvil porque no se atrevía a dar un paso. Temía que, allí, iban a haber más que palabras. Blas lo agarró por un brazo y lo empujó hacia el cuarto de baño, propinándole un cachete.
          —¡Tú tienes mucho miedo y muy poca vergüenza! —le gritó, hecho una furia.
Cuando Nicolás terminó de asearse salió del baño; su cama estaba hecha. El señor Teodoro ya se había ido. Se vistió con rapidez y salió al pasillo. La puerta de la habitación de las niñas permanecía abierta. Las muchachas y Sandra se encontraban dentro.
          —Tenemos que ir al despacho de Blas —dijo Nicolás, preocupado—. Nos ha oído discutir y…
          —¡Ya nos hemos enterado! —atajó Natalia, intranquila— Nos espera un buen rapapolvo. ¡Tú y Sandra calladitos estaríais doble guapos! 
El chiquillo observó que la cama de su prima lucía impecable. Los cinco bajaron las escaleras y entraron en el salón donde las lucecitas del árbol y del Belén danzaban, alegremente, anunciando en silencio que era Navidad. Se aproximaron al despacho, y Sandra llamó a la puerta.
          —Pasad —oyeron decir a Blas, secamente.   
El señor Teodoro había imaginado que todos bajarían al mismo tiempo y no había errado. También imaginó que Nicolás sería el último en entrar y estuvo acertado. El quinteto se ubicó de pie, delante de la mesa. Blas estaba sentado en su silla rotatoria, y los contempló con acritud.

Págs. 229-236




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