CAPÍTULO 80
EL PADRE DE NICOLÁS
E
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l señor Teodoro
abrió los ojos antes de que sonara la alarma del despertador. Encendió la luz
de la lámpara de la mesilla; eran las ocho y cuarto.
En el exterior
comenzaba a hacerse de día y soplaba un viento huracanado.
El joven se
colocó el termómetro y respiró, aliviado, cuando vio que su
temperatura corporal era de treinta y siete grados. No obstante, tomó otro
antitérmico como prevención.
Se duchó, se vistió con un chándal e hizo su cama.
Antes de salir
de la habitación descorrió, con suavidad, el cerrojo de la puerta de Nicolás.
En la cocina se
encontró con Emilia y con Elisa. Ambas mujeres desayunaban en silencio,
teniendo como fondo el rugido descontrolado del viento.
—Buenos días —saludó el señor Teodoro.
—Si a ti te lo parece con este aire salvaje… —comentó Elisa,
despectivamente.
—¿Has dormido bien, hijo? ¿Cómo te encuentras? —se interesó la señora
Sales.
—Estoy bien —afirmó el joven.
—¿Preparado para
el combate? —preguntó Elisa,
socarronamente.
El señor
Teodoro desoyó la burla y se preparó un generoso tazón de tila.
—Nos iremos esta tarde, después de que haya recogido el
Belén, el árbol y las luces —anunció a su madre—. Matías y Luis subirán a por el todoterreno. Esta
noche cenaremos en Aránzazu.
—En un par de semanas nos mudaremos a tu casa Nat y yo
—declaró Elisa—. No confíes en librarte de
mí.
—No confiaba en eso.
La señora Sales
miró a Elisa, muy seria. La hermana de Bruno Rey había cambiado mucho en los
últimos días; los celos parecían haberla desquiciado y comenzaba a ser una dura
carga que soportar.
ῳῳῳ
El señor
Teodoro estaba, a solas, tomando un segundo tazón de tila cuando las niñas entraron en la
cocina.
—Habéis madrugado mucho —les dijo, sonriendo.
—¿Nico no se ha levantado? —preguntó Natalia.
El hombre negó
con un movimiento de cabeza.
—Blas, ¿viviremos juntos? —indagó la muchacha, preocupada.
—Sí —contestó este—. Elisa acaba de decirme que, en un par de semanas, os
trasladaréis a mi casa.
Natalia
asintió, muy relajada.
—Blas, no le hagas mucho caso a Nico si reacciona mal
cuando se entere de que eres su padre —dijo, seguidamente—. Ya sabes cómo es. Ya se le pasará y entrará en
razón.
—Cuento con tu ayuda si reacciona mal, Nat. A ti te escuchará
más que a mí.
—¡Serás un magnifico director! —exclamó Patricia, alegremente,
cambiando de tema.
—Muchas gracias, Paddy.
Las niñas
comenzaron a desayunar y a comentar acontecimientos que les aguardaban el próximo
trimestre en el instituto Llave de Honor.
El señor Teodoro iba a prepararse un tercer tazón de tila cuando alguien llamó
a la puerta de la cocina. Se sorprendió al abrir y ver al señor Tobías, al
señor Francisco, a la señora Estela y a su hija Gabriela.
—Hemos venido a apoyarte —le comunicó Tobías—, no íbamos a dejarte solo
en un trance tan delicado. Si nos lo permites nos gustaría estar presentes
cuando hables con tu hijo. Seremos testigos silenciosos y, de esta forma, te ahorrarás
darnos explicaciones. Yo me encargaré de explicar a los vecinos de Luna que eres el padre de Nico y la
razón por la que te hiciste pasar por su tutor.
—No tengo nada que ocultar —manifestó el señor Teodoro—. Sois mis amigos y
comprendo que queráis saber por qué he sido, durante estos años, el tutor del
niño. No me agrada hablar sobre este tema una y otra vez porque me duele.
Podéis estar presentes en mi despacho, siempre que Nico no tenga ningún
inconveniente.
—El niño no se opondrá —aseveró Estela.
—Entonces, nosotras también queremos estar presentes —se apuntó de inmediato Natalia—. Somos amigas
de Nico y le queremos. Hasta ayer, yo creí que era su prima.
—¡Bobadas! —exclamó el señor Francisco, enfadándose —No queremos
mocosas a nuestro alrededor. Este asunto es cuestión de adultos.
—Nico no es un adulto y está metido en este asunto —discutió Natalia.
—De acuerdo —accedió el señor Teodoro—. Os dejaré estar en el
despacho, pero en absoluto silencio u os echo enseguida.
Patricia estuvo
encantada, iba a enterarse de todo de
primera mano.
ῳῳῳ
La alarma del
reloj despertó a Nicolás a las diez en punto. El chiquillo se frotó los ojos y
contempló, con cara de pocos amigos, el techo blanco de la alcoba. Se había
despertado de tan mal humor como su madre un par de horas antes.
Recordó que su "tutor" le advirtió que procurara que no tuviera que ir a buscarlo a las
once, para llevarlo a su despacho. Tras esta reminiscencia, propinó tres
violentas patadas al colchón como si este fuese el culpable de todos sus males.
“¿Habrá
llegado ese cerdo? “, se preguntó, intranquilo. “Supongo que sí. En este momento debe estar hablando con Blas. ¿Qué le
estará diciendo? No pienso ducharme, ni lavarme la cara ni los dientes. Tampoco
me peinaré. Y tampoco me vestiré, iré con pijama y descalzo. Quiero que ese
cerdo se lleve la peor impresión posible de mí. ¿Estará intentando convencer a
Blas para que me entregue a él?"
Los latidos del
corazón del chiquillo se aceleraron, se levantó y caminó de un lado a otro como
una fiera enjaulada; sin saberlo estaba parodiando a su madre.
A las once
menos cuarto entró en el salón; no había nadie y la puerta del despacho de su "tutor" estaba cerrada. Se aproximó y acercó su oído a la puerta, pero no pudo
escuchar nada. Todo parecía estar silencioso y en calma.
“¿O eran los rugidos del maldito viento los
que no le dejaban oír?”.
Se dirigió a la
cocina y se sorprendió al ver a Estela.
—Buenos días, Nico —sonrió la mujer—. ¿Has dormido bien?
—Más o menos.
—Son casi las once, Nico. ¿No piensas vestirte?
—¡No! —gritó el chaval— Quiero acabar con este
asunto cuanto antes y volver a la cama. ¡Tengo sueño! ¿Dónde están Blas y
Emilia? ¿Y Nat?
—Están en el despacho —contestó suavemente Estela—. Te prepararé el desayuno.
—¡No quiero
desayunar nada, no tengo hambre! —volvió a gritar Nicolás— ¿Sabes si ha venido ese
cerdo?
La señora
Miranda miró al niño, consternada. Nicolás
estaba demasiado excitado.
“Blas,
ten una buena explicación que conforme a tu hijo, porque no te lo va a poner
nada fácil”, pensó, preocupada.
—¿Sabes o no
sabes si ha venido ese cerdo? —gritó, de nuevo, el chaval, impetuoso.
—Sí, ha venido —asintió Estela—. Nico, yo creo que deberías…
—¡Voy a partirle
la cara a ese cerdo! —exclamó Nicolás,
muy exaltado.
Salió de la
cocina, veloz, y la señora Miranda lo siguió, angustiada.
—¡Nico, por Dios, intenta serenarte!
El muchacho no
escuchó a la mujer y, por supuesto, no estaba dispuesto a tener buenos modales
y llamar a la puerta del despacho antes de entrar, como le había enseñado su "tutor". Todo lo contrario; la abrió, agresivamente.
Al primero que
vio fue al señor Teodoro, sentado tras su escritorio. A su lado estaba Emilia.
En la parte
derecha estaban sentados en sillas que habían cogido del salón, el señor
Tobías, el señor Francisco, Elisa, Gabriela, Natalia, Patricia y Bibiana. No
vio a ningún desconocido y este hecho lo desconcertó.
—Veo que no has tenido tiempo de asearte —dijo el señor Teodoro con
suavidad. En su mano diestra sostenía un bolígrafo al que no dejaba de darle
vueltas.
—Ese cerdo no se ha atrevido a venir —declaró Nicolás, nervioso—. ¡Muy bien,
mejor así! Además de cerdo, es un cobarde. Ahora mismo voy a asearme.
—¡Un momento, Nico! ¡No tan deprisa! Haz el favor de
sentarte —lo retuvo el
señor Teodoro.
El chiquillo,
aunque desconfiado, obedeció y tomó asiento al otro lado del escritorio,
delante de su "tutor" y de la señora Sales.
Estela cerró la
puerta y se sentó al lado del niño. Nicolás se temió lo peor. “¿Y si su padre había convencido a Blas para
que se lo entregara?
—¡No me entregues a ese cerdo, Blas! —rogó el muchacho, muy inquieto— Dejaré de
estudiar, me pondré a trabajar y te daré todo el dinero que gane. Me portaré
muy bien…
—No digas más
tonterías, Nico —se desesperó el
señor Teodoro—. Haz el favor
de calmarte, no voy a entregarte a nadie. Creí que eso había quedado muy claro.
Y, por supuesto, vas a seguir estudiando.
Voy a pedirte
que, por favor, me escuches y no me interrumpas. Cuando termine de hablar,
podrás hacerme todas las preguntas que quieras. Te prometo no dejar sin contestar ni una.
Yo no tengo
nada que ocultar pero si tú prefieres, que hablemos a solas, les diré a todos
que salgan del despacho excepto a mi madre. ¿Qué dices?
—Pueden quedarse, yo tampoco tengo nada que ocultar —respondió Nicolás, consiguiendo
que Patricia se riera por lo bajo.
El muchacho oyó
la risita de la niña y la miró, con el ceño fruncido. Natalia le dio un codazo
a su amiga, temerosa de que el señor Teodoro las mandara fuera por culpa de
ella.
“Ha
llegado el momento”, se dijo el joven, observando la cara sofocada de su
hijo. El pobre chiquillo estaba muy inquieto y a la defensiva.
—Nico, ese hombre a quien tú llamas cerdo... ha venido —comenzó diciendo el señor
Teodoro. Todos los presentes escuchaban con suma atención y le miraban a él y a
Nicolás.
—¿Ha venido y se ha ido? —interrogó el crío— ¡Mejor que mejor! ¡Iba a
partirle la cabeza!
—¿Por qué no te callas? —se encolerizó el señor Francisco— Blas te ha dicho que no
interrumpas y tú no vas a dejar hablar a nadie. ¡Cierra el pico y escucha!
—¡Cierre el pico
usted! —se enfrentó
Nicolás, perdiendo totalmente la compostura— ¡Gordo chiflado!
Patricia soltó
un bufido, creyendo que iba a reventar si no se desahogaba riendo. Elisa
sonrió, meneando la cabeza.
—¡Nico, discúlpate enseguida! —ordenó el señor Teodoro, bastante alterado.
—Es que yo no sé lo que me digo —se excusó el chaval,
asustado—. Estoy muy
nervioso. Siento lo que le he dicho, señor Francisco.
—Si quieres dejar de estar nervioso, escúchame y no me
interrumpas. ¿De acuerdo, Nico? —dijo el señor Teodoro, intentando recuperar su
escurridiza serenidad.
Nicolás
asintió, notando que las manos le sudaban.
—Bien —el señor Teodoro carraspeó—, como te iba diciendo, ese
cerdo ha venido y está aquí.
El chiquillo se
giró, bruscamente, seguro de tenerlo a su espalda. Pero, allí, no había nadie.
Volvió a mirar a su "tutor", confuso.
—¿Dónde está? —preguntó— Yo no veo a ningún desconocido aquí.
—¿Te quieres
callar, muchacho del infierno? —bramó el señor Francisco,
iracundo.
—¿Te puedes
calmar y callar tú también? —increpó el señor Teodoro a su vecino, quien articuló
palabras ininteligibles.
El señor Teodoro
volvió a fijar la mirada sobre su hijo.
—Nico, ese cerdo ha venido y está aquí —repitió, temiendo que no
iba a ser capaz de continuar adelante—. De hecho, está muy cerca de ti.
Nicolás se dio
la vuelta otra vez y miró a su alrededor, desconcertado.
—Está delante de
ti —se atrevió a
decir el señor Teodoro, logrando que el crío lo mirara, todavía más desconcertado—. Y en este momento te está
hablando, porque ese cerdo… —hubo una pausa, el señor Teodoro bajó la mirada a su
escritorio, bregando por reunir el valor que necesitaba—, ese cerdo está aquí —repitió levantando sus ojos hacia el muchacho—. Lo tienes
delante y te está hablando porque ese cerdo…, ese cerdo soy yo, Nico. Yo soy tu
padre.
“Ya
lo he dicho, ya lo he dicho”, pensó el hombre, sintiendo que se había
liberado de un peso muy grande.
Nicolás lo
contemplaba muy atentamente sin acertar a creer lo que había oído.
—¿Qué has dicho? —preguntó, precisando estar seguro de lo que había
escuchado— Yo no sé si te
he entendido bien. Repítemelo, por favor.
—Te he dicho que yo soy tu padre, Nico —declaró el señor Teodoro,
tragando saliva con dificultad—. Ahora puedes hacerme cuantas preguntas quieras. No
voy a dejar sin contestar ninguna.
Págs. 623-631
Queridos lectores... la próxima semana publicaré el penúltimo capítulo de esta primera parte del Clan... donde podréis leer la reacción de Nico ante la noticia de que Blas es su padre
Queridos lectores... la próxima semana publicaré el penúltimo capítulo de esta primera parte del Clan... donde podréis leer la reacción de Nico ante la noticia de que Blas es su padre
Este jueves os dejo en el lateral del blog una canción de Rosana... "Te debo este sueño"
