EL CLAN TEODORO-PALACIOS

CUARTA PARTE
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jueves, 10 de octubre de 2013

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 79




















CAPÍTULO 79

RECUERDOS DE UNA CORTA VIDA


L
legó la hora en la que el señor Tobías, la señora Estela y Gabriela decidieron dar por terminada la velada. El señor Teodoro los acompañó a la salida, no sin antes, encargarle a su madre que vigilara que las niñas no contaran a Nicolás quién era su padre.
            Te deseo suerte mañana le dijo el policía, una vez se encontraban en el exterior de la vivienda. Y tómate algo para la fiebre. Tienes mala cara, procura descansar esta noche. Mañana, coge al toro por los cuernos, con valentía. No sueltes las riendas del chaval o se desboca.
            Sinceramente, estoy asustado —confesó el señor Teodoro, con desánimo—. Creo que no le diría la verdad a Nico si no fuera porque va a llevar mi apellido en cuanto vaya al instituto y se preguntará a qué se debe ese cambio. Además, Nat, Bibi o Paddy podrían decírselo en cualquier momento. No quiero que nadie se me adelante, debo ser yo quien se lo diga.
            —Blas, el niño te quiere y, eso, es un punto muy bueno a tu favor —lo estimuló Estela—. Y espero que tú tengas otro buen punto guardado. Supongo que habrás tenido muy buenas razones para no decirle a tu hijo que eras su padre desde un principio.
            —¡Ánimo, Blas! Todo va a salir bien —terminó diciendo Gabriela.
Sus amigos se fueron y el señor Teodoro cerró la puerta y regresó al salón. Eran casi las dos de la madrugada y los niños continuaban alborotados y con ganas de juerga. Elisa se había retirado a su dormitorio y, eso mismo, ansiaba hacer él. Necesitaba dormir, necesitaba dormir muchas horas seguidas.
            —Oídme —dijo en tono suave a los chiquillos—, mañana podréis jugar más. Vámonos a la cama ya, ¿de acuerdo?
            —¡Acuéstate tú! —exclamó Nicolás que ya parecía haber olvidado las malas horas pasadas y que, a la mañana siguiente, tenía que conocer a un “cerdo”— Nosotros no tenemos sueño.
El señor Teodoro lo miró, impaciente. Estaba agotado y, de ninguna manera, iba a permitir que el muchacho se quedara a solas con las niñas.
            —¡Tú te has escapado esta tarde! —le recordó, con furia— ¡Estás castigado! Y ahora mismo te vas a ir a la cama delante de mí. Y procura que mañana no tenga que ir a buscarte, a las once, para llevarte a mi despacho.
Nicolás miró a su tutor y se dio cuenta de que era mejor no llevarle la contraria puesto que parecía un lobo feroz.
            “No hay quien lo entienda”, pensó, enfadado, levantándose de la alfombra. “Hace solo, un rato, me estaba pidiendo una oportunidad y, ahora, parece que está a punto de devorarme”.
El chiquillo se dirigió a la habitación de la primera planta y escuchó deslizarse el cerrojo.
            “Ya me ha encerrado”, se dijo, enojado. “Es un idiota”.
Después de ir al cuarto de baño y ponerse el pijama, se metió en su confortable cama. Puso la alarma del despertador a las diez, de modo que tendría tiempo suficiente para estar en el despacho de su tutor a las once.
            “¿Quién será mi padre?, se preguntó el chaval, comenzando a inquietarse. “No puedo acordarme de él y tampoco de mi madre. ¡Un par de cerdos! Solo tengo recuerdos de Blas, de Emilia, de Elisa y de Nat”.
El muchacho viajó con el pensamiento a años atrás, cuando él era más pequeño. Podía ver al señor Teodoro montándolo en su espalda y llevándolo a caballito. También, subiéndolo a su cuello. Recordó momentos en la playa, en la nieve, en la montaña… Siempre estaba el señor Teodoro allí. Fue él quien le enseñó a leer, a escribir, a hacer sus primeras sumas y restas. Le enseñó a utilizar correctamente los cubiertos, a hacerse la cama, a cepillarse los dientes, a peinarse...
El señor Teodoro trabajaba bastante y cuando llegaba a casa tenía que oír las quejas de la señora Sales y de Elisa por su mal comportamiento. Y era él quien le reñía y quien le castigaba.
A su memoria llegó el fatídico día que jugaba con un mechero y unas cortinas se prendieron, extendiéndose el fuego. Salió de la casa, precipitadamente, muy asustado. Emilia y Elisa pudieron encontrar a Nat pero, por supuesto, no pudieron encontrarlo a él.
Llegó la policía, llegaron los bomberos y, también llegó el señor Teodoro.
Nicolás veía que Emilia lloraba y lloraba, pero no se atrevía a salir de su escondite. Estaba muerto de miedo.
Nadie pudo impedir que el señor Teodoro entrara en la casa, ya que todos pensaban que el niño seguía en el interior. Nicolás sollozaba, aterrado, un hombre lo oyó y lo sacó de su escondite. Emilia llamó por teléfono a su hijo para comunicarle que el chiquillo estaba fuera de la casa, pero el señor Teodoro se negaba a salir si no oía su voz. Y él se negaba a abrir la boca porque tenía miedo hasta que Emilia le pellizcó y, entonces,  gritó. El señor Teodoro pudo oírle y salió de la casa, tosiendo, y muy sucio.
Su tutor se enfadó muchísimo con él, con Emilia y con Elisa y fue, a partir de aquel día, cuando comenzó a ir al internado.
Nicolás también recordó cuando el señor Teodoro le enseñó a nadar, todo lo que él sabía se lo había enseñado su tutor, excepto conducir un coche.
Cuando estaba en el internado, el señor Teodoro lo llamaba todos los días e iba a buscarlo los fines de semana o festivos. Y los períodos de vacaciones siempre los pasaba con él y con Emilia.
Cuando había estado enfermo era el señor Teodoro quien se inquietaba y agitaba y quien había pasado noches sin dormir junto a su cama.
Recordó el día de su primera comunión; fue un día muy feliz, lo pasaron estupendamente.
Nicolás estuvo un buen rato haciendo un repaso a su corta vida. Y en todas las ocasiones, más o menos importantes, el señor Teodoro estaba presente.
Súbitamente, pensó en una pregunta que Emilia le había formulado, durante una comida, aquellas navidades. Le había preguntado si le gustaría que Blas fuese su padre.
El chiquillo suspiró, con tristeza.
            “Claro que me gustaría”, soñó, amargamente. Recordó otras palabras que la señora Sales le había dicho: “Blas te quiere muchísimo. Tú eres la persona más importante en la vida de mi hijo”.
Seguidamente, rememoró cuando Patricia le dijo al señor Teodoro que no comprendía por qué permitía que le causara tantos problemas, que debería dejar de ser su tutor y que fuera su padre quien se ocupara de él. Las palabras de Patricia le dolieron mucho y la respuesta de Blas le sorprendió sobremanera. “Por muchos problemas que me cause, nunca dejaré a Nico, ni permitiré que él me deje a mí. Sobre todas las cosas, yo quiero a Nico”.
Por último evocó lo que su amigo Fernando le había dicho. “Te pareces increíblemente a Blas y, en absoluto a Bruno. Hay gente, en el pueblo, que rumorea que eres hijo de Blas”.
            Hijo de Blas murmuró Nicolás con nostalgia, ¡ojalá fuera así! Tendría el mejor padre del mundo. ¿Quién será en realidad? ¿Quién será ese cerdo? ¿Por qué quiere que lo conozca, precisamente ahora?
Siguió buceando en sus recuerdos y profundizó tanto que a su mente emergió una dulce voz femenina que le cantaba una canción... "Coquito, coquito, coquito lindo, pedazo de cielo que Blas me dio, quererte a ti ha sido muy fácil... Coquito, coquito, coquito, amor..."
           "¿Quién me cantaba esta canción y por qué decía... pedazo de cielo que Blas me dio?", se preguntó el muchacho sin conseguir entender lo que terminaba de recordar.
Paulatinamente y meditando sobre esta canción se fue adormeciendo hasta que el sueño y el cansancio lo vencieron.
                                                                       ῳῳῳ
El señor Teodoro se puso el termómetro para averiguar cuánta fiebre tenía ya que se encontraba francamente mal. Se preocupó al ver que su temperatura sobrepasaba los treinta y nueve grados y medio. Se tomó un antitérmico y se dirigió al cuarto de baño. Abrió el grifo de la bañera y se introdujo en ella. A pesar del frío que sentía, tenía tanto sueño, que pensó que iba a quedarse dormido allí mismo.
            “Dios Santo, ayúdame, por favor, rogó, mentalmente. “No puedo ponerme enfermo, ahora no. Mi hijo me va a necesitar más que nunca. No soy culpable, Nico, no me condenes. Dame la oportunidad de ser tu padre. Ansío oírte llamarme papá”.
El joven permaneció dos horas en la bañera; luego salió, se secó con una toalla y se puso un pijama. Volvió a tomar un antitérmico y después de poner la alarma de su despertador a las  nueve, se acostó, quedando dormido al instante.
                                                                         ῳῳῳ
La señora Sales, aquella noche, rezó en su cuarto, pidiendo que Nicolás no maltratase a Blas a la mañana siguiente en cuanto supiera la verdad.
                                                                         ῳῳῳ
Elisa, antes de dormir, deseó ardientemente que Nicolás no entendiera ni aceptara ser hijo de Blas y que lo despreciara olímpicamente.
                                                                         ῳῳῳ
Las niñas también hicieron algunos comentarios antes de quedarse dormidas.
            Nico tiene mucha suerte dijo Patricia, envidiosa.
            Ahora podrá conseguir que Blas coma de su mano  manifestó Natalia, pero no sé si lo hará. Nico es tonto y no creo que sepa aprovecharse de su nueva situación. Me gusta bastante que no seamos primos.
            ¡Cuánto daría yo porque Blas fuese mi padre! suspiró Bibiana.
            ¿Y por qué se habrá hecho pasar por su tutor? indagó Patricia con mucha curiosidad.
            Tendrá alguna razón o motivo importante respondió Bibiana, totalmente convencida.
                                                                       ῳῳῳ
Helena Palacios se mostró muy malhumorada cuando, a las ocho de la mañana, su sirvienta Adelaida la arrancó del mundo de los sueños. Estaba soñando algo muy agradable que le parecía real y la defraudó darse cuenta que solo soñaba mientras dormía.
            ¿Qué pasa? preguntó, enfadada ¿Te parece lógico despertarme tan temprano el día de Reyes? ¿Acaso algún rey se ha acordado de mí? No creo en los Reyes Magos, si alguien me ha mandado un regalo, puedes quedártelo. 
            Lo siento mucho, señora se disculpó la joven. Un hombre ha traído una carta certificada y me ha recalcado que es importante que usted la reciba cuanto antes.
            ¿Una carta certificada, hoy? se extrañó la mujer. Se incorporó y su atractiva melena negra le cubrió la espalda hasta la cintura Déjame verla.
Helena Palacios abrió el sobre y leyó el documento que contenía. Sabía que era observada por la sirvienta y, pese a que su sangre entró en ebullición, sonrió.
            Dile a Matilde que venga, haz el favor.
            Sí, señora.
Cuando Matilde Jiménez entró en la habitación de Helena Palacios, encontró a la mujer caminando de un lado hacia otro como una fiera enjaulada. Matilde Jiménez iba vestida con un camisón y una fina bata; su cabello rubio teñido, corto y ahuecado, estaba despeinado.
            ¿Qué sucede, Helena? indagó con cierto temor.
            ¡Es un miserable, un canalla MISERABLE! exclamó esta, muy alterada.
            ¡Contente, por Dios! ¿A quién te refieres, de quién hablas?
            ¡Hablo de Blas! ¡De Blas Teodoro! ¡El miserable más grande que tuve la desgracia de conocer! declaró la bella mujer, que era el vivo retrato de Nicolás Me ha quitado la patria potestad de mi hijo. ¿Cómo ha podido atreverse? Acaba de buscarme y me ha encontrado.
Helena Palacios blandió, en el aire, el documento que acreditaba su acusación.
            Prepara algo de equipaje para ti y para mí ordenó a continuación. Nos vamos de viaje. Nos vamos a Aránzazu, quiero ver muy de cerca a mi hijo y también a Blas. Hace demasiado tiempo que no los veo.
            Pero... eso puede resultar muy peligroso replicó Matilde, espantada. Por otra parte, dentro de mes y medio…
            ¡Solo estaremos fuera un mes! la interrumpió Helena De esto, ni una palabra a Adelaida. Mi padre no llegará hasta la hora de comer, le dejaré una nota.
Llama a Miguel y a Montse; ellos se encargarán de hablar con Paula.
¡Vamos, muévete, Matilde! ¡Quiero irme más pronto que tarde!
A continuación, Helena pidió a Matilde que le trajera unas tijeras. Cuando la mujer volvió con ellas vio a Helena con un vestido azul en sus manos y pidió a Matilde que lo destrozara.
             —¿Cuál es la razón?  —quiso saber esta.
             —La razón es que Blas me lo regaló. Fue a una boutique de diseños exclusivos y lo eligió para mí.
Aún puedo recordar el día que me lo trajo, estaba muy nervioso, me preguntó si me gustaba y que podía cambiarlo de no ser así. Le contesté que no era de buena educación cambiar o devolver regalos.
Me dijo que olvidara mi educación y si no me gustaba... que lo cambiase.
Corrí a probármelo... el muy canalla acertó con mi talla, nunca me he sentido tan bonita como cuando él me miró con el vestido puesto... me sonrojé y sentí una vergüenza inmensa, a él le encantaba que me sonrojara.
Al día siguiente fui a la boutique y la dueña me confirmó que Blas había elegido el vestido... que ella incluso le aconsejó uno de color rojo, pero él se decidió por el azul.
Otra clienta se encaprichó con este vestido, le propuso a Blas pagarle otro, pero Blas se negó y le contestó que ese vestido azul ya tenía dueña.
¡Qué loco! ¿Cómo iba yo a cambiar o devolver algo que él había elegido para mí?

Tras conocer la historia del vestido azul con flores blancas, Matilde se negó a romperlo y le dijo a Helena que lo hiciera ella.
Helena Palacios se enfureció al instante, pero no lo rompió. Volvió a colgarlo en el interior del armario, asegurando que lo regalaría y esperaba que el destino caprichoso, burlón y, tantas veces cruel, se encargara de que Blas viese en el cuerpo de otra mujer el vestido que él había elegido y comprado para ella.             
                        
Págs.615-622

Hoy tengo que volver a agradeceros los comentarios y mensajes que me habéis mandado... muchas gracias
Bueno, vamos a ver si de una vez llego al final de esta primera parte del Clan... falta muy poquito

Dejo en el lateral del blog una canción de José Luis Perales... "El amor" 

           
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