CAPÍTULO 61
EL DESTINO DE FERNANDO ESTRELLA
U
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na vez acostados en la
comodísima y confortable cama, Fernando le comunicó a Nicolás que lo
envidiaba por tener a alguien como Blas junto a él.
—Es un buen hombre, Nico —murmuró
Fernando—. Desde el despacho, he oído tus gritos. Si yo le hubiese hablado de
esa manera a mi padre, me hubiera roto los huesos y los dientes.
—Blas es mi tutor —manifestó Nicolás—.
Mi padre es otro zángano como el tuyo. Nunca me ha pegado, que yo pueda
recordar, porque siempre he estado con Blas. Pero, si hubiera intentado pegarme
me hubiera defendido. A Bruno no le tengo ningún respeto, me da asco.
—¿Y qué harás cuando seas mayor de
edad? —se interesó Fernando— Supongo que Blas dejará de ser tu tutor.
—Seguiré con Blas y con Emilia —afirmó
Nicolás con total convicción—, ellos son mi familia.
—Te pareces increíblemente a Blas y en
absoluto a Bruno —comentó Fernando—. Hay gente, en el pueblo, que rumorea que
eres hijo de Blas.
Nicolás
sonrió.
—¡Ojalá! —exclamó— Pero, no. Mi
padre es, desgraciadamente, Bruno
Rey.
—¿Crees que Blas me va a ayudar, no me
traicionará? —se inquietó, de pronto, Fernando.
—Te ha prometido que te va a ayudar y
que no volverás con tu padre. Él siempre cumple sus promesas —le tranquilizó
Nicolás—. Y nunca miente ni oculta nada.
ῳῳῳ
En la
habitación de las niñas, Patricia comentaba que iban a divertirse bastante el
siguiente trimestre en el instituto con Blas como director, y Nicolás como
alumno.
—Alguna escenita formarán digna de ver
—se rió—. Y nuestros compañeros rabiarán de envidia y celos cuando sepan que
hemos pasado las vacaciones de Navidad con el director. Seguro que algunas tías
enloquecerán con Blas y otras por Nico. Los dos están muy buenos.
—¿Quién es la madre de Nico? —preguntó
Bibiana de repente.
Natalia se
quedó sorprendida ante la pregunta.
—Nunca la he visto —contestó—. Ni
siquiera una foto. Blas, Emilia y Elisa jamás hablan de ella. Sólo sé que se
llama Helena Palacios. Helena con hache.
—Entonces, Nico se apellida Rey
Palacios. ¡Vaya pitorreo! —se burló Patricia.
—Nico, ¿nunca pregunta por ella? —indagó
Bibiana, ignorando las risas de Patricia.
Natalia dijo
que no con un movimiento de cabeza, rotundo.
ῳῳῳ
El señor
Teodoro efectuó varias llamadas telefónicas aquella noche antes de acostarse. Tenía amistades con mucho poder.
La primera
llamada que realizó fue a Gabriela para preguntarle si todo estaba en orden. La
joven colgó el teléfono, encantada.
—Blas tiene una voz preciosa —dijo,
emocionada—. Cada minuto que pasa me gusta más, mamá. ¡Es tan galante, tan
caballeroso, tan bueno, tan elegante, tan guapo, tan fuerte…
—¡Basta, basta! —la cortó Estela—
Algún defecto tendrá, supongo.
—Me parece que no, mamá. Y me da la
impresión de que yo también le gusto.
En aquel
momento la señora Estela Miranda se inclinó a no contarle a su hija los
propósitos que tenía el señor Teodoro respecto a Nicolás. Temía que Gabriela
hablase con él. Las intenciones del
hombre las conocería Nicolás el día del Roscón de Reyes, ella y Bibiana se lo comunicarían.
Y el día se iba acercando inexorablemente.
Y el día se iba acercando inexorablemente.
ῳῳῳ
A las nueve de
la mañana siguiente, el señor Teodoro entró en la habitación de Nicolás. Él y
su amigo estaban profundamente dormidos. El señor Teodoro se sentó en la cama,
al lado de Fernando, y observó durante un rato a los dos muchachos hasta que
los zarandeó suavemente. Fernando se despertó, sobresaltado. Nicolás bostezó,
soñoliento.
—Tenéis que levantaros y ducharos —habló
el señor Teodoro—. Tú tienes que desayunar bastante —dijo a Fernando—, anoche
no cenaste.
—¿Qué va a pasar conmigo? —se inquietó
el chaval.
—Tú y tus hermanas os vais a vivir con
vuestra tía Berta y vuestros
abuelos —declaró el señor Teodoro—. Tu tía Berta llegará sobre las once. Tus
hermanas ya están aquí.
—¡No puede ser! —exclamó Fernando,
maravillado— Mi tía y mis abuelos
son buenísimos.
El señor
Teodoro sonrió, satisfecho, al comprobar que Fernando se sentía feliz.
—Tu tía Berta será vuestra tutora
legal a partir de ahora —explicó el hombre—. Vuestros padres podrán visitaros
dentro de un año si vosotros queréis. Por supuesto, podréis verlos antes si lo
deseáis. Vosotros mandáis.
—Blas, nunca podré pagarte ni
agradecerte esto lo suficiente —dijo Fernando con ojos llorosos.
—Tal vez sí. Prométeme que no volverás a guiar una moto como un loco ni harás el caballito sobre ella.
—Te lo prometo.
—Y otra cosa, ¿de quién fue la idea?
¿Tuya o de este cabeza de chorlito que tienes al lado?
Nicolás
frunció el ceño muchísimo y Fernando se quedó azorado sin responder.
—¡Ya! —exclamó el señor Teodoro
entendiendo perfectamente de quién había sido la idea.
Se puso en pie
y repitió a los niños que se ducharan.
En cuanto
estuvieron vestidos, Nicolás abrió un cajón de su armario y sacó una caja
rectangular, de madera, decorada con líneas doradas. Levantó la tapa y cogió
unos billetes que entregó a Fernando.
—Toma, son mis ahorros —dijo a su
amigo—. Hay mil doscientos dívares. Podrás comprarles regalos para Reyes a tus
hermanas, a tu tía y a tus abuelos. También compra algo para ti. Yo no
podré comprar regalos este año, pero da igual. Blas, Emilia y Nat no necesitan nada.
Fernando
estaba boquiabierto e indeciso.
—Nico, no puedo aceptar…
—¡Claro que puedes! —atajó Nicolás,
impulsivo— Es mi dinero, Blas me da una paga todas las semanas. Y con mi dinero
hago lo que quiero.
—A ver si Blas se va a cabrear
contigo…
—¡No digas tonterías! —Nicolás
introdujo los billetes en uno de los bolsillos del pantalón vaquero de su
amigo— No lo pierdas.
Fernando lo
abrazó con fuerza.
—Te echaré de menos, Nico.
—Yo a ti también.
—Nos llamaremos por teléfono, nos mandaremos correos electrónicos, chatearemos, estaremos en contacto.
—Claro que sí —sonrió Nicolás.
—¡Hay que ver! —exclamó Fernando— Tu
idea de subir en la moto de mi tío me ha ido muy bien. Me ha liberado de mi
padre y no creo que Blas haya sido muy duro contigo, todo lo que tiene de
grandote lo tiene de bonachón.
ῳῳῳ
Emilia había
preparado un copioso desayuno a Fernando y este se lo comió absolutamente todo.
Ahora que las preocupaciones se habían disipado de su mente se sentía hambriento.
Diez minutos
antes de que dieran las once, la tía de Fernando llegó a villa de Luna para recoger a sus sobrinos. Agradeció
al señor Teodoro la ayuda que les había prestado. Fernando se despidió de las
niñas, besó a la señora Sales y abrazó
muy fuerte a su
amigo Nicolás.
El señor
Teodoro acompañó a la señora Berta y a sus sobrinos hasta el coche y fue
entonces cuando Fernando aprovechó la ocasión para entregarle el dinero que
Nicolás le había dado.
—¿Qué es esto? —preguntó el joven,
extrañado.
—Son los ahorros de Nico —respondió el
chaval—. Me los ha dado para que comprara regalos a mis hermanas, a mi tía y a
mis abuelos. Pero no es justo, porque entonces él no podrá comprar regalos para
vosotros.
El señor
Teodoro sonrió y a Fernando le pareció ver sonreír a Nicolás. También observó que el
rostro del hombre estaba salpicado de pecas al igual que el rostro de su amigo.
El señor Teodoro devolvió el dinero al muchacho.
—Si Nico te lo ha dado, yo no puedo
cogerlo —le comunicó—. ¡Feliz Año Nuevo!
Fernando
guardó el dinero en un bolsillo y abrazó al señor Teodoro.
—Cuida mucho de Nico —le rogó—. Él te
quiere un montón. Y no permitas que su padre le haga daño.
—Puedes estar seguro de eso —manifestó
el señor Teodoro—, yo también lo quiero un montón.
Fernando y sus
dos hermanas subieron en el coche, felices. El señor Teodoro estrechó la mano
de la tía de los niños y les deseó un buen viaje. El joven se quedó quieto,
mirando el camino, hasta que el vehículo desapareció de su vista.
Por supuesto
no pudo oír el comentario que Berta le hizo a su sobrino, una vez se alejaban de
villa de Luna.
—El padre de tu amigo es una bellísima
persona —declaró la mujer.
—No es su padre, es su tutor —rectificó
el chiquillo.
—¿Su tutor? —se asombró su tía— ¿Cómo
es posible? Pero si son idénticos.
Fernando se
quedó pensativo recordando la sonrisa del señor Teodoro y la sonrisa de
Nicolás, las pecas, el cabello oscuro ondulado, los ojos negros, la complexión
de ambos. Únicamente se diferenciaban por la nariz algo respingona del niño y
la nariz recta del hombre.
“No
puede ser”, pensó. “¿Qué sentido
tendría que Blas se hiciera pasar por el tutor de Nico si fuera su padre? ¿Y por qué dejar que Bruno Rey se hiciera
pasar por su padre? No, no es posible”. “No tiene ninguna lógica.”
ῳῳῳ
El señor
Teodoro entró en la cocina, los niños se habían ido al salón.
—¿Todavía no se ha levantado Elisa? —preguntó
a su madre.
—No, todavía no ha dado señales de
vida —contestó la señora Sales—. Y lo cierto es que me gustaría que no saliera
de su habitación. Esa chica parece haber perdido el juicio. Tal vez debiera
verla un psicólogo. Espero que mañana tengamos una Noche Vieja tranquila.
—¿De qué psicólogo hablas? —interrogó Blas, molesto— Elisa no necesita ningún psicólogo, simplemente se pasó con la bebida.
Hay una... que sí necesita un psicólogo.
Emilia suspiró, impaciente.
—No empieces, hijo, por favor —dijo en voz baja—. Estás obsesionado y tienes muy mal aspecto. ¿Has visto tu cara en el espejo? Estás muy ojeroso y con muy mal color.
—En este maldito país permiten el castigo físico, he tenido que mover muchos hilos para conseguir que Fernando y sus hermanas fuesen con su tía —declaró con furia—. Y, luego, no he logrado dormir bien. Y toda la culpa... la tiene ella.
—¡Por Dios, Blas! —exclamó la señora Sales, disgustada — ¡Hay millones y millones de mujeres en el mundo! ¿Qué tiene esa mujer que no tengan otras?
El señor Teodoro tardó unos segundos en contestar.
—Ella es diferente... mejor dicho, única —el joven sonrió con sublime dulzura y ensoñación —. Pero lo más importante es que tiene mi alma... y yo tengo la suya.
La señora Sales tras ver esta sonrisa, supo que su único hijo estaba condenado a la infelicidad.
—¿De qué psicólogo hablas? —interrogó Blas, molesto— Elisa no necesita ningún psicólogo, simplemente se pasó con la bebida.
Hay una... que sí necesita un psicólogo.
Emilia suspiró, impaciente.
—No empieces, hijo, por favor —dijo en voz baja—. Estás obsesionado y tienes muy mal aspecto. ¿Has visto tu cara en el espejo? Estás muy ojeroso y con muy mal color.
—En este maldito país permiten el castigo físico, he tenido que mover muchos hilos para conseguir que Fernando y sus hermanas fuesen con su tía —declaró con furia—. Y, luego, no he logrado dormir bien. Y toda la culpa... la tiene ella.
—¡Por Dios, Blas! —exclamó la señora Sales, disgustada — ¡Hay millones y millones de mujeres en el mundo! ¿Qué tiene esa mujer que no tengan otras?
El señor Teodoro tardó unos segundos en contestar.
—Ella es diferente... mejor dicho, única —el joven sonrió con sublime dulzura y ensoñación —. Pero lo más importante es que tiene mi alma... y yo tengo la suya.
La señora Sales tras ver esta sonrisa, supo que su único hijo estaba condenado a la infelicidad.
Págs. 471-477
Hoy os dejo en el lateral del blog una canción de Malú.... "Blanco y Negro"
Este primer domingo de mayo es el día de la Madre... como no publico el domingo... felicito a las madres, a las que están y a las que no están... a todas.
Y, con vuestro permiso, le dedico este capítulo a mi madre.
Para ti, mamá, con todo mi amor
Hoy os dejo en el lateral del blog una canción de Malú.... "Blanco y Negro"
Este primer domingo de mayo es el día de la Madre... como no publico el domingo... felicito a las madres, a las que están y a las que no están... a todas.
Y, con vuestro permiso, le dedico este capítulo a mi madre.
Para ti, mamá, con todo mi amor
