EL CLAN TEODORO-PALACIOS

CUARTA PARTE
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jueves, 2 de mayo de 2013

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 61




















CAPÍTULO 61

EL DESTINO DE FERNANDO ESTRELLA


U
na vez acostados en la comodísima y confortable cama, Fernando le comunicó a Nicolás que lo envidiaba por tener a alguien como Blas junto a él.
          —Es un buen hombre, Nico —murmuró Fernando—. Desde el despacho, he oído tus gritos. Si yo le hubiese hablado de esa manera a mi padre, me hubiera roto los huesos y los dientes.
          —Blas es mi tutor —manifestó Nicolás—. Mi padre es otro zángano como el tuyo. Nunca me ha pegado, que yo pueda recordar, porque siempre he estado con Blas. Pero, si hubiera intentado pegarme me hubiera defendido. A Bruno no le tengo ningún respeto, me da asco.
          —¿Y qué harás cuando seas mayor de edad? —se interesó Fernando— Supongo que Blas dejará de ser tu tutor.
          —Seguiré con Blas y con Emilia —afirmó Nicolás con total convicción—, ellos son mi familia.
          —Te pareces increíblemente a Blas y en absoluto a Bruno —comentó Fernando—. Hay gente, en el pueblo, que rumorea que eres hijo de Blas.
Nicolás sonrió.
            —¡Ojalá! —exclamó— Pero, no. Mi padre es, desgraciadamente, Bruno Rey.
          —¿Crees que Blas me va a ayudar, no me traicionará? —se inquietó, de pronto, Fernando.
          —Te ha prometido que te va a ayudar y que no volverás con tu padre. Él siempre cumple sus promesas —le tranquilizó Nicolás—. Y nunca miente ni oculta nada.
                                                                            ῳῳῳ
En la habitación de las niñas, Patricia comentaba que iban a divertirse bastante el siguiente trimestre en el instituto con Blas como director, y Nicolás como alumno.
          —Alguna escenita formarán digna de ver —se rió—. Y nuestros compañeros rabiarán de envidia y celos cuando sepan que hemos pasado las vacaciones de Navidad con el director. Seguro que algunas tías enloquecerán con Blas y otras por Nico. Los dos están muy buenos.
          —¿Quién es la madre de Nico? —preguntó Bibiana de repente.
Natalia se quedó sorprendida ante la pregunta.
          —Nunca la he visto —contestó—. Ni siquiera una foto. Blas, Emilia y Elisa jamás hablan de ella. Sólo sé que se llama Helena Palacios. Helena con hache.
          —Entonces, Nico se apellida Rey Palacios. ¡Vaya pitorreo! —se burló Patricia.
          —Nico, ¿nunca pregunta por ella? —indagó Bibiana, ignorando las risas de Patricia.
Natalia dijo que no con un movimiento de cabeza, rotundo.
                                                                                   ῳῳῳ
El señor Teodoro efectuó varias llamadas telefónicas aquella noche antes de acostarse. Tenía amistades con mucho poder.
La primera llamada que realizó fue a Gabriela para preguntarle si todo estaba en orden. La joven colgó el teléfono, encantada.
          —Blas tiene una voz preciosa —dijo, emocionada—. Cada minuto que pasa me gusta más, mamá. ¡Es tan galante, tan caballeroso, tan bueno, tan elegante, tan guapo, tan fuerte…
          —¡Basta, basta! —la cortó Estela— Algún defecto tendrá, supongo.
          —Me parece que no, mamá. Y me da la impresión de que yo también le gusto.
En aquel momento la señora Estela Miranda se inclinó a no contarle a su hija los propósitos que tenía el señor Teodoro respecto a Nicolás. Temía que Gabriela hablase con él. Las intenciones del hombre las conocería Nicolás el día del Roscón de Reyes, ella y Bibiana se lo comunicarían. 
Y el día se iba acercando inexorablemente.
                                                                                   ῳῳῳ
A las nueve de la mañana siguiente, el señor Teodoro entró en la habitación de Nicolás. Él y su amigo estaban profundamente dormidos. El señor Teodoro se sentó en la cama, al lado de Fernando, y observó durante un rato a los dos muchachos hasta que los zarandeó suavemente. Fernando se despertó, sobresaltado. Nicolás bostezó, soñoliento.
          —Tenéis que levantaros y ducharos —habló el señor Teodoro—. Tú tienes que desayunar bastante —dijo a Fernando—, anoche no cenaste.
          —¿Qué va a pasar conmigo? —se inquietó el chaval.
          —Tú y tus hermanas os vais a vivir con vuestra tía Berta y vuestros abuelos —declaró el señor Teodoro—. Tu tía Berta llegará sobre las once. Tus hermanas ya están aquí.
          —¡No puede ser! —exclamó Fernando, maravillado— Mi tía y mis abuelos son buenísimos.
El señor Teodoro sonrió, satisfecho, al comprobar que Fernando se sentía feliz.
          —Tu tía Berta será vuestra tutora legal a partir de ahora —explicó el hombre—. Vuestros padres podrán visitaros dentro de un año si vosotros queréis. Por supuesto, podréis verlos antes si lo deseáis. Vosotros mandáis.
          —Blas, nunca podré pagarte ni agradecerte esto lo suficiente —dijo Fernando con ojos llorosos.
          —Tal vez sí. Prométeme que no volverás a guiar una moto como un loco ni harás el caballito sobre ella.
          —Te lo prometo.
          —Y otra cosa, ¿de quién fue la idea? ¿Tuya o de este cabeza de chorlito que tienes al lado?
Nicolás frunció el ceño muchísimo y Fernando se quedó azorado sin responder.
          —¡Ya! —exclamó el señor Teodoro entendiendo perfectamente de quién había sido la idea.
Se puso en pie y repitió a los niños que se ducharan.
En cuanto estuvieron vestidos, Nicolás abrió un cajón de su armario y sacó una caja rectangular, de madera, decorada con líneas doradas. Levantó la tapa y cogió unos billetes que entregó a Fernando.
          —Toma, son mis ahorros —dijo a su amigo—. Hay mil doscientos dívares. Podrás comprarles regalos para Reyes a tus hermanas, a tu tía y a tus abuelos. También compra algo para ti. Yo no podré comprar regalos este año, pero da igual. Blas, Emilia y Nat  no necesitan nada.
Fernando estaba boquiabierto e indeciso.
          —Nico, no puedo aceptar…
          —¡Claro que puedes! —atajó Nicolás, impulsivo— Es mi dinero, Blas me da una paga todas las semanas. Y con mi dinero hago lo que quiero.
          —A ver si Blas se va a cabrear contigo…
          —¡No digas tonterías! —Nicolás introdujo los billetes en uno de los bolsillos del pantalón vaquero de su amigo— No lo pierdas.
Fernando lo abrazó con fuerza.
          —Te echaré de menos, Nico.
          —Yo a ti también.
          —Nos llamaremos por teléfono, nos mandaremos correos electrónicos, chatearemos, estaremos en contacto.
          —Claro que sí —sonrió Nicolás.
          —¡Hay que ver! —exclamó Fernando— Tu idea de subir en la moto de mi tío me ha ido muy bien. Me ha liberado de mi padre y no creo que Blas haya sido muy duro contigo, todo lo que tiene de grandote lo tiene de bonachón.
                                                                               ῳῳῳ
Emilia había preparado un copioso desayuno a Fernando y este se lo comió absolutamente todo. Ahora que las preocupaciones se habían disipado de su mente se sentía hambriento.
Diez minutos antes de que dieran las once, la tía de Fernando llegó a villa de Luna para recoger a sus sobrinos. Agradeció al señor Teodoro la ayuda que les había prestado. Fernando se despidió de las niñas,  besó a la señora Sales y abrazó muy fuerte a su amigo Nicolás.
El señor Teodoro acompañó a la señora Berta y a sus sobrinos hasta el coche y fue entonces cuando Fernando aprovechó la ocasión para entregarle el dinero que Nicolás le había dado.
          —¿Qué es esto? —preguntó el joven, extrañado.
          —Son los ahorros de Nico —respondió el chaval—. Me los ha dado para que comprara regalos a mis hermanas, a mi tía y a mis abuelos. Pero no es justo, porque entonces él no podrá comprar regalos para vosotros.
El señor Teodoro sonrió y a Fernando le pareció ver  sonreír a Nicolás. También observó que el rostro del hombre estaba salpicado de pecas al igual que el rostro de su amigo. El señor Teodoro devolvió el dinero al muchacho.
          —Si Nico te lo ha dado, yo no puedo cogerlo —le comunicó—. ¡Feliz Año Nuevo!
Fernando guardó el dinero en un bolsillo y abrazó al señor Teodoro.
          —Cuida mucho de Nico —le rogó—. Él te quiere un montón. Y no permitas que su padre le haga daño.
          —Puedes estar seguro de eso —manifestó el señor Teodoro—, yo también lo quiero un montón.
Fernando y sus dos hermanas subieron en el coche, felices. El señor Teodoro estrechó la mano de la tía de los niños y les deseó un buen viaje. El joven se quedó quieto, mirando el camino, hasta que el vehículo desapareció de su vista.
Por supuesto no pudo oír el comentario que Berta le hizo a su sobrino, una vez se alejaban de villa de Luna.
          —El padre de tu amigo es una bellísima persona —declaró la mujer.
          —No es su padre, es su tutor —rectificó el chiquillo.
          —¿Su tutor? —se asombró su tía— ¿Cómo es posible? Pero si son idénticos.
Fernando se quedó pensativo recordando la sonrisa del señor Teodoro y la sonrisa de Nicolás, las pecas, el cabello oscuro ondulado, los ojos negros, la complexión de ambos. Únicamente se diferenciaban por la nariz algo respingona del niño y la nariz recta del hombre.
          “No puede ser”, pensó. “¿Qué sentido tendría que Blas se hiciera pasar por el tutor de Nico si fuera su padre? ¿Y por qué dejar que Bruno Rey se hiciera pasar por su padre? No, no es posible”. “No tiene ninguna lógica.”
                                                                                 ῳῳῳ
El señor Teodoro entró en la cocina, los niños se habían ido al salón.
          —¿Todavía no se ha levantado Elisa? —preguntó a su madre.
          —No, todavía no ha dado señales de vida —contestó la señora Sales—. Y lo cierto es que me gustaría que no saliera de su habitación. Esa chica parece haber perdido el juicio. Tal vez debiera verla un psicólogo. Espero que mañana tengamos una Noche Vieja tranquila.
          —¿De qué psicólogo hablas? —interrogó Blas, molesto— Elisa no necesita ningún psicólogo, simplemente se pasó con la bebida. 
Hay una... que sí necesita un psicólogo.
Emilia suspiró, impaciente.
               —No empieces, hijo, por favor  —dijo en voz baja—. Estás obsesionado y tienes muy mal aspecto. ¿Has visto tu cara en el espejo? Estás muy ojeroso y con muy mal color.
               —En este maldito país permiten el castigo físico, he tenido que mover muchos hilos para conseguir que Fernando y sus hermanas fuesen con su tía —declaró con furia—. Y, luego, no he logrado dormir bien. Y toda la culpa... la tiene ella.
             —¡Por Dios, Blas! —exclamó la señora Sales, disgustada — ¡Hay millones y millones de mujeres en el mundo! ¿Qué tiene esa mujer que no tengan otras?
El señor Teodoro tardó unos segundos en contestar.
            —Ella es diferente... mejor dicho, única —el joven sonrió con sublime dulzura y ensoñación —. Pero lo más importante es que tiene mi alma... y yo tengo la suya.
La señora Sales tras ver esta sonrisa, supo que su único hijo estaba condenado a la infelicidad.

Págs. 471-477

Hoy os dejo en el lateral del blog una canción de Malú.... "Blanco y Negro"

Este primer domingo de mayo es el día de la Madre... como no publico el domingo... felicito a las madres, a las que están y a las que no están... a todas.
Y, con vuestro permiso, le dedico este capítulo a mi madre.

Para ti, mamá, con todo mi amor
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This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License. Creative Commons License
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