CAPÍTULO 59
INCREÍBLES PALABRAS DE ELISA REY
E
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l señor Tobías cerró el
maletero y se aproximó al señor Teodoro. Escuchó cómo la señora Sales le
narraba, entre hipos, lo sucedido en el pueblo. El joven continuaba abrazando a
su madre, pero su mirada se dirigió hacia Nicolás. Al chiquillo le pareció que,
en efecto, como había dicho su prima, su tutor iba a matarlo con solo mirarlo,
igual que los basiliscos.
—Debo parecer una anciana imbécil e inservible —sollozó Emilia—. El niño estaba a mi
cargo, no entiendo por qué Tobías se ha negado a darme la multa y a dejar que
sea yo quien hable contigo. Incluso debería ser yo quien castigara al crío, de
otra forma ¿cómo va a respetarme?
—Estoy totalmente de acuerdo, mamá —dijo Blas, secando con
sus dedos las lágrimas que mojaban la cara de la mujer—. No llores más, por
favor. A continuación se dirigió al
policía —Tobías,
cuando mi madre está con Nico es responsable de él porque tiene mi
autorización. Dale la multa a ella y ya puedes marcharte porque no tienes nada
que contarme. Ya lo ha hecho mi madre.
El señor Tobías rompió la
citada multa en cuatro pedazos que guardó en un bolsillo de su cazadora.
—Lo siento mucho, Blas —se disculpó—. No era mi intención, ni
muchísimo menos, causar este disgusto a tu madre. Pensé que te enfadarías si no
te contaba personalmente lo sucedido. Has de entender la gravedad del asunto,
los muchachos podían haberse matado o haber matado a alguien.
—¡Ese demonio es un peligro público! —exclamó el señor
Francisco, señalando a Nicolás— No puedo recordar unas vacaciones en las que no
haya formado algún buen lio.
—Tienes suerte de tener a un par de
santos como hijos —manifestó la señora Sales—. Pero, no te confíes, Francisco.
A lo mejor, algún día, tienes que morderte la lengua. Es muy sencillo y muy
bonito educar a los hijos de los demás.
Me voy a casa.
La mujer se
marchó hacia villa de Luna acompañada
de Nicolás y Natalia. El chiquillo pasó un brazo por los hombros de la mujer.
—¿Os fijáis? —interrogó el señor
Francisco, airado — Ese truhán ya
le está haciendo carantoñas para evitar el castigo que se merece.
Vas a acabar
teniendo un serio disgusto con ese sinvergüenza, Blas. ¡Yo te lo advierto!
El señor
Teodoro acompañó a Gabriela hasta su casa. Se despidió acariciando la cabeza de
Hércules y le dio un beso en la mejilla a la joven.
—Acordaros de cerrar muy bien puertas
y ventanas y no os separéis de Hércules. Si veis a Víctor Márquez por aquí, me
avisáis enseguida.
Tras sus
palabras, se alejó caminando sin prisa. Cuando llegó a la villa, entró en el
salón y vio a las niñas entretenidas con la tele.
La señora
Sales estaba en la cocina.
—¿Dónde está Nico? —preguntó el joven.
—Lo he enviado a su habitación, le he
dicho que se ponga el pijama y que no baje hasta las diez. Nada más cenar se
irá a dormir y no saldrá de casa a no ser acompañado por ti o por mí —contestó
la mujer—. Pienso que no es necesario nada más.
El señor
Teodoro asintió, conforme.
—Blas, rey mío —dijo Emilia con tono
suplicante—, cada vez falta menos para Reyes, intenta llevarte bien con el
niño. Sé que debes estar muy enfadado con él pero, gracias a Dios, no ha
ocurrido nada irremediable.
—No te preocupes, mamá. Todo irá bien el
día de Reyes, estoy preparado para hablar con Nico. Y ahora, dedícame una
sonrisa, no me ha gustado nada verte llorar.
La señora
Sales sonrió y abrazó a su alto, fuerte y guapo hijo.
—Voy a ver un momento a Elisa —manifestó
Blas—. La he dejado durmiendo. Enseguida vuelvo a ayudarte a preparar la cena.
ῳῳῳ
Elisa Rey
continuaba dormida y el señor Teodoro no quiso interrumpir su descanso. Salió
de su habitación y se encaminó a la habitación de Nicolás. El muchacho estaba
sentado en la cama hojeando un libro de aventuras. Había doblado la almohada y
apoyaba la espalda en ella. Se sobresaltó cuando vio entrar a su tutor con
semblante severo. El señor Teodoro le arrebató el libro y lo dejó sobre la
mesilla; seguidamente le estiró de una patilla hasta que el niño se quejó. De inmediato le soltó la patilla y el crío se la frotó. A continuación recibió un cachete.
—¿Cuántas veces te he dicho que no
quiero que subas a una moto? —increpó el señor Teodoro, con furia— ¡Contesta!
¿Cuántas veces te lo he dicho?
—Muchas —musitó Nicolás, acobardado.
El joven
obligó al chiquillo a colocarse boca abajo y le propinó una respetable tanda de
palmadas en el trasero.
—A las diez en punto bajas a cenar y
no te quiero oír ni respirar —advirtió al chaval, una vez terminó de darle la
azotaina—. Y procura que mi madre no se entere de que yo he estado en esta
habitación.
El señor Teodoro
salió del cuarto y se detuvo un momento junto a la puerta. Le pareció oír el llanto de
Nicolás, estuvo a punto de entrar deseando consolarle pero no lo hizo. Y, sintiéndose fatal, bajó las escaleras para dirigirse a la cocina a
ayudar su madre a preparar la cena.
ῳῳῳ
A las diez en
punto, Nicolás se presentó en el salón y se sentó en una de las cabeceras de la
alargada mesa. Emilia le sirvió un plato de lentejas, lleno casi hasta el
borde. Al niño no se le ocurrió protestar y comenzó a comer en silencio. La
señora puso, delante de su hijo, otro
plato de lentejas ya que el joven tampoco había terminado de comer al mediodía.
El señor Teodoro también comenzó a comer en silencio.
Las niñas
tenían muslos de pollo asados acompañados de salsa de tomate, huevos y patatas
fritas.
—¿Dónde está Elisa? —preguntó
Patricia, extrañada por la ausencia de la mujer.
—No se encuentra muy bien, tiene un
fuerte dolor de cabeza —respondió la señora Sales.
Nicolás
terminó de comer las lentejas, arrepentido de no haberlas comido a mediodía. Los platos de las niñas se veían
apetitosos. Cogió una manzana asada; en cuanto se la comió, Emilia le
aproximó una bandeja repleta de trozos de turrones.
—No me apetece comer turrón —murmuró
el chaval.
—Nico, no me hagas sufrir —le rogó la
mujer—. No me gusta verte deprimido. Comprende que no ha estado bien lo que
habéis hecho tú y Fernando. Podíais haberos hecho mucho daño o haber hecho daño
a otras personas. Anda, coge un trozo de turrón, mi amor. Sé que te encanta.
El muchacho
cogió un pedazo de turrón de chocolate y Emilia le dio un sonoro beso en una
mejilla.
—En cuanto recojamos la mesa pondremos
una película de detectives —planeó la señora Sales—. Veremos quién de nosotros
es el mejor detective. Habrá premio para quien descubra primero al asesino.
—Creí que el niño se iba a dormir nada
más terminar de cenar —intervino el señor Teodoro.
—Pues creíste mal —contradijo Emilia
de inmediato—. Y cállate, Blas, o serás tú quien se vaya a dormir nada más
terminar de cenar.
Al señor
Teodoro no le dio tiempo a replicar porque en aquel momento hizo acto de presencia, Elisa. Iba vestida con un
camisón y con el cabello revuelto. Unas ojeras oscuras y profundas subrayaban
sus ojos. Los niños la miraron, extasiados. Nicolás notó que Natalia temblaba ligeramente
y es que Elisa Rey, con un aspecto tan desaliñado, parecía una bruja. El
muchacho cogió una mano de la niña para tranquilizarla.
—Voy a advertirte de algo, Blas
Teodoro —habló la mujer con voz ronca—. Te casarás conmigo y serás el padre de mis hijos, te voy a amarrar muy bien amarrado. Si se te ocurre abandonarme, me mato,
te juro que me mato. Y Nat puede correr mi misma suerte.
Tras escuchar
las palabras de Elisa, todos quedaron anonadados. El señor Teodoro se puso en
pie.
—¿Es que has perdido el juicio? —interrogó,
nervioso— Están los niños presentes, ten un poco de sensatez. ¿Y es que no te queda ni una pizca de orgullo o de dignidad?
—¡Al
diablo con los niños! —exclamó Elisa, fuera de sí— Y no vuelvas a hablarme de orgullo o dignidad. Todo el orgullo y la dignidad de las mujeres de este condenado mundo le pertenecen a una maldita zorra que no voy a nombrar. No te daré el gusto de que escuches su nombre. ¡Y ojalá esté muerta o revolcándose con otro hombre!
El señor
Teodoro, muy alterado, cogió a la mujer por un brazo y se la llevó fuera del salón.
—Niños, voy a preparar un tazón de
tila para Elisa —dijo la señora Sales, levantándose de su silla—. Haced el
favor de recoger la mesa y poned la película, ¿vale? No llores, Nat. Elisa está
un poco indispuesta, eso es todo.
—¿Indispuesta? —repitió Nicolás,
escandalizado— ¡Elisa está loca de remate!
—No podéis abandonarnos y dejarme sola
con Elisa, le tengo miedo —se desesperó Natalia.
—Pero, ¿qué dices, criatura? —se
compadeció la señora Sales— No vamos a abandonaros. Te lo prometo, confía en
mí. Serénate, Nat.
La mujer
preparó el tazón de tila mientras los niños recogían la mesa. Patricia estaba
cada vez más preocupada por si se suspendía la fiesta de Noche Vieja. Bibiana
se sentía angustiada, sabía que Nicolás se iría a vivir con su verdadero padre
y no creía que Blas fuese a vivir con Elisa. ¿Qué iba a ser de su amiga?
Tanto ella como Nicolás estaban acostumbrados a vivir bien y el futuro no se les presentaba
nada halagüeño. A Nicolás lo veía más capaz de adaptarse al cambio pero no creía
que Natalia lo resistiera.
Unos golpes
sonaron en la puerta de la cocina. Ninguno de los adultos se encontraba allí,
la señora Sales se había marchado a la habitación de Elisa a llevarle la tila.
—No abras, Nico —pidió Natalia,
asustada—. Podría tratarse de Víctor Márquez.
—Si es Víctor Márquez le voy a
arrancar la cabeza —declaró el chaval, exaltado.
El muchacho
abrió la puerta, no era Víctor Márquez quien llamaba. Se trataba de su amigo
Fernando.
—¿Puedo pasar? —preguntó el chiquillo
con temor.
Nicolás
asintió y se hizo a un lado.
—¿Qué te ha pasado? —indagó viendo el
moretón que cubría un ojo medio cerrado del chaval.
—Mi padre se ha cabreado muchísimo y
me ha dado una terrible paliza —respondió Fernando—. Me ha pegado un puñetazo y
ha debido arrancarme la piel de la espalda con la correa. No es la primera vez
que lo hace. Me he escapado de casa, tengo miedo de que quiera pegarme más.
¿Crees que puedo pasar la noche aquí?
Págs. 455-461
En esta ocasión os dejo una preciosa canción de Angela Carrasco. Está en el lateral del blog. "Si tú eres mi hombre y yo tu mujer"
