EL CLAN TEODORO-PALACIOS

CUARTA PARTE
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jueves, 18 de abril de 2013

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 59


















CAPÍTULO 59

INCREÍBLES PALABRAS DE ELISA REY


E
l señor Tobías cerró el maletero y se aproximó al señor Teodoro. Escuchó cómo la señora Sales le narraba, entre hipos, lo sucedido en el pueblo. El joven continuaba abrazando a su madre, pero su mirada se dirigió hacia Nicolás. Al chiquillo le pareció que, en efecto, como había dicho su prima, su tutor iba a matarlo con solo mirarlo, igual que los basiliscos.
          Debo parecer una anciana imbécil e inservible sollozó Emilia. El niño estaba a mi cargo, no entiendo por qué Tobías se ha negado a darme la multa y a dejar que sea yo quien hable contigo. Incluso debería ser yo quien castigara al crío, de otra forma ¿cómo va a respetarme?
          Estoy totalmente de acuerdo, mamá dijo Blas, secando con sus dedos las lágrimas que mojaban la cara de la mujer. No llores más, por favor.   A continuación se dirigió al policía Tobías, cuando mi madre está con Nico es responsable de él porque tiene mi autorización. Dale la multa a ella y ya puedes marcharte porque no tienes nada que contarme. Ya lo ha hecho mi madre.
El señor Tobías rompió la citada multa en cuatro pedazos que guardó en un bolsillo de su cazadora.
          Lo siento mucho, Blas se disculpó. No era mi intención, ni muchísimo menos, causar este disgusto a tu madre. Pensé que te enfadarías si no te contaba personalmente lo sucedido. Has de entender la gravedad del asunto, los muchachos podían haberse matado o haber matado a alguien.
          —¡Ese demonio es un peligro público! —exclamó el señor Francisco, señalando a Nicolás— No puedo recordar unas vacaciones en las que no haya formado algún buen lio.
          —Tienes suerte de tener a un par de santos como hijos —manifestó la señora Sales—. Pero, no te confíes, Francisco. A lo mejor, algún día, tienes que morderte la lengua. Es muy sencillo y muy bonito educar a los hijos de los demás.
Me voy a casa.
La mujer se marchó hacia villa de Luna acompañada de Nicolás y Natalia. El chiquillo pasó un brazo por los hombros de la mujer.
          —¿Os fijáis? —interrogó el señor Francisco, airado  — Ese truhán ya le está haciendo carantoñas para evitar el castigo que se merece.
Vas a acabar teniendo un serio disgusto con ese sinvergüenza, Blas. ¡Yo te lo advierto!
El señor Teodoro acompañó a Gabriela hasta su casa. Se despidió acariciando la cabeza de Hércules y le dio un beso en la mejilla a la joven.
          —Acordaros de cerrar muy bien puertas y ventanas y no os separéis de Hércules. Si veis a Víctor Márquez por aquí, me avisáis enseguida.
Tras sus palabras, se alejó caminando sin prisa. Cuando llegó a la villa, entró en el salón y vio a las niñas entretenidas con la tele.
La señora Sales estaba en la cocina.
          —¿Dónde está Nico? —preguntó el joven.
          —Lo he enviado a su habitación, le he dicho que se ponga el pijama y que no baje hasta las diez. Nada más cenar se irá a dormir y no saldrá de casa a no ser acompañado por ti o por mí —contestó la mujer—. Pienso que no es necesario nada más.
El señor Teodoro asintió, conforme.
          —Blas, rey mío —dijo Emilia con tono suplicante—, cada vez falta menos para Reyes, intenta llevarte bien con el niño. Sé que debes estar muy enfadado con él pero, gracias a Dios, no ha ocurrido nada irremediable.
          —No te preocupes, mamá. Todo irá bien el día de Reyes, estoy preparado para hablar con Nico. Y ahora, dedícame una sonrisa, no me ha gustado nada verte llorar.
La señora Sales sonrió y abrazó a su alto, fuerte y guapo hijo.
          —Voy a ver un momento a Elisa —manifestó Blas—. La he dejado durmiendo. Enseguida vuelvo a ayudarte a preparar la cena.
                                                                                ῳῳῳ
Elisa Rey continuaba dormida y el señor Teodoro no quiso interrumpir su descanso. Salió de su habitación y se encaminó a la habitación de Nicolás. El muchacho estaba sentado en la cama hojeando un libro de aventuras. Había doblado la almohada y apoyaba la espalda en ella. Se sobresaltó cuando vio entrar a su tutor con semblante severo. El señor Teodoro le arrebató el libro y lo dejó sobre la mesilla; seguidamente le estiró de una patilla hasta que el niño se quejó. De inmediato le soltó la patilla y el crío se la frotó. A continuación recibió un cachete.
          —¿Cuántas veces te he dicho que no quiero que subas a una moto? —increpó el señor Teodoro, con furia— ¡Contesta! ¿Cuántas veces te lo he dicho?
          —Muchas —musitó Nicolás, acobardado.
El joven obligó al chiquillo a colocarse boca abajo y le propinó una respetable tanda de palmadas en el trasero.
          —A las diez en punto bajas a cenar y no te quiero oír ni respirar —advirtió al chaval, una vez terminó de darle la azotaina—. Y procura que mi madre no se entere de que yo he estado en esta habitación.
El señor Teodoro salió del cuarto y se detuvo un momento junto a la puerta. Le pareció oír el llanto de Nicolás, estuvo a punto de entrar deseando consolarle pero no lo hizo. Y, sintiéndose fatal, bajó las escaleras para dirigirse a la cocina a ayudar su madre a preparar la cena.
                                                                            ῳῳῳ
A las diez en punto, Nicolás se presentó en el salón y se sentó en una de las cabeceras de la alargada mesa. Emilia le sirvió un plato de lentejas, lleno casi hasta el borde. Al niño no se le ocurrió protestar y comenzó a comer en silencio. La señora  puso, delante de su hijo, otro plato de lentejas ya que el joven tampoco había terminado de comer al mediodía. El señor Teodoro también comenzó a comer en silencio.
Las niñas tenían muslos de pollo asados acompañados de salsa de tomate, huevos y patatas fritas.
          —¿Dónde está Elisa? —preguntó Patricia, extrañada por la ausencia de la mujer.
          —No se encuentra muy bien, tiene un fuerte dolor de cabeza —respondió la señora Sales.
Nicolás terminó de comer las lentejas, arrepentido de no haberlas comido a mediodía. Los platos de las niñas se veían apetitosos. Cogió una manzana asada; en cuanto se la comió, Emilia le aproximó una bandeja repleta de trozos de turrones.
          —No me apetece comer turrón —murmuró el chaval.
          —Nico, no me hagas sufrir —le rogó la mujer—. No me gusta verte deprimido. Comprende que no ha estado bien lo que habéis hecho tú y Fernando. Podíais haberos hecho mucho daño o haber hecho daño a otras personas. Anda, coge un trozo de turrón, mi amor. Sé que te encanta.
El muchacho cogió un pedazo de turrón de chocolate y Emilia le dio un sonoro beso en una mejilla.
          —En cuanto recojamos la mesa pondremos una película de detectives —planeó la señora Sales—. Veremos quién de nosotros es el mejor detective. Habrá premio para quien descubra primero al asesino.
          —Creí que el niño se iba a dormir nada más terminar de cenar —intervino el señor Teodoro.
          —Pues creíste mal —contradijo Emilia de inmediato—. Y cállate, Blas, o serás tú quien se vaya a dormir nada más terminar de cenar.
Al señor Teodoro no le dio tiempo a replicar porque en aquel momento hizo  acto de presencia, Elisa. Iba vestida con un camisón y con el cabello revuelto. Unas ojeras oscuras y profundas subrayaban sus ojos. Los niños la miraron, extasiados. Nicolás notó que Natalia temblaba ligeramente y es que Elisa Rey, con un aspecto tan desaliñado, parecía una bruja. El muchacho cogió una mano de la niña para tranquilizarla.        
          —Voy a advertirte de algo, Blas Teodoro —habló la mujer con voz ronca—. Te casarás conmigo y serás el padre de mis hijos, te voy a amarrar muy bien amarrado. Si se te ocurre abandonarme, me mato, te juro que me mato. Y Nat puede correr mi misma suerte. 
Tras escuchar las palabras de Elisa, todos quedaron anonadados. El señor Teodoro se puso en pie.
          —¿Es que has perdido el juicio? —interrogó, nervioso— Están los niños presentes, ten un poco de sensatez. ¿Y es que no te queda ni una pizca de orgullo o de dignidad? 
          —¡Al diablo con los niños! —exclamó Elisa, fuera de sí—  Y no vuelvas a hablarme de orgullo o dignidad. Todo el orgullo y la dignidad de las mujeres de este condenado mundo le pertenecen a una maldita zorra que no voy a nombrar. No te daré el gusto de que escuches su nombre. ¡Y ojalá esté muerta o revolcándose con otro hombre!
El señor Teodoro, muy alterado, cogió a la mujer por un brazo y se la llevó fuera del salón.
          —Niños, voy a preparar un tazón de tila para Elisa —dijo la señora Sales, levantándose de su silla—. Haced el favor de recoger la mesa y poned la película, ¿vale? No llores, Nat. Elisa está un poco indispuesta, eso es todo.
          —¿Indispuesta? —repitió Nicolás, escandalizado— ¡Elisa está loca de remate!
          —No podéis abandonarnos y dejarme sola con Elisa, le tengo miedo —se desesperó Natalia.
          —Pero, ¿qué dices, criatura? —se compadeció la señora Sales— No vamos a abandonaros. Te lo prometo, confía en mí. Serénate, Nat.
La mujer preparó el tazón de tila mientras los niños recogían la mesa. Patricia estaba cada vez más preocupada por si se suspendía la fiesta de Noche Vieja. Bibiana se sentía angustiada, sabía que Nicolás se iría a vivir con su verdadero padre y no creía que Blas fuese a vivir con Elisa. ¿Qué iba a ser de su amiga? Tanto ella como Nicolás estaban acostumbrados a vivir bien y el futuro no se les presentaba nada halagüeño. A Nicolás lo veía más capaz de adaptarse al cambio pero no creía que Natalia lo resistiera.
Unos golpes sonaron en la puerta de la cocina. Ninguno de los adultos se encontraba allí, la señora Sales se había marchado a la habitación de Elisa a llevarle la tila.
          —No abras, Nico —pidió Natalia, asustada—. Podría tratarse de Víctor Márquez.
          —Si es Víctor Márquez le voy a arrancar la cabeza —declaró el chaval, exaltado.
El muchacho abrió la puerta, no era Víctor Márquez quien llamaba. Se trataba de su amigo Fernando.
          —¿Puedo pasar? —preguntó el chiquillo con temor.
Nicolás asintió y se hizo a un lado.
          —¿Qué te ha pasado? —indagó viendo el moretón que cubría un ojo medio cerrado del chaval.
          —Mi padre se ha cabreado muchísimo y me ha dado una terrible paliza —respondió Fernando—. Me ha pegado un puñetazo y ha debido arrancarme la piel de la espalda con la correa. No es la primera vez que lo hace. Me he escapado de casa, tengo miedo de que quiera pegarme más. ¿Crees que puedo pasar la noche aquí?

Págs. 455-461

En esta ocasión os dejo una preciosa canción de Angela Carrasco. Está en el lateral del blog.  "Si tú eres mi hombre y yo tu mujer"                                                                                      
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