EL CLAN TEODORO-PALACIOS

CUARTA PARTE
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jueves, 21 de marzo de 2013

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 55



 El pasado 12 de marzo llegó a la Estación un nuevo premio por gentileza de Silvia y de su magnifico blog, My Favorites Things.
Toda la información sobre este premio la encontraréis en Menciones(8).
Gracias. 



CAPÍTULO 55

TORMENTA DE GRANIZO


L
os primeros en llegar a villa de Luna fueron Nicolás y la señora Sales. Las niñas aguardaban, expectantes.
          —¿Qué ha pasado? —preguntó Natalia, ansiosa.
          —Lázaro ha hecho trampa, ha venido con Sandra y con dos amigos más. Llevaban palos —explicó el chiquillo, enfurruñado—. Ha aparecido Blas y se han largado, pitando. Y yo, por poco, me quedo sin oreja.
El muchacho seguía frotando la mencionada oreja.
          —Emilia sabía que te ibas a pelear con Lázaro —le contó su prima—. ¿Cómo lo sabías? —interrogó a la mujer, curiosa.
La señora Sales no contestó y Patricia enrojeció, sintiéndose descubierta.
          —Porque la chivata de Paddy se lo habrá dicho —calculó Nicolás sin equivocarse.
En aquel momento llegaron Blas, Elisa y Gabriela. El señor Teodoro castigó a Nicolás, en un rincón del salón, hasta que la cena estuviera sobre la mesa. El chiquillo obedeció, en el acto, temiendo otro estirón de oreja.
Todos comieron un trozo de tarta de nueces, en la cocina, y Gabriela le llevó un pedazo a Nicolás. El niño se lo agradeció y lo comió, en el rincón.
Las niñas habían recogido el juego del monopoly y los mayores se encargaron de servir la mesa. Pronto se sentaron a cenar un delicioso pollo asado acompañado de berenjenas rellenas. También había crujientes patatas fritas, calamares perfectamente rebozados, muslos de cangrejo y carabineros a la plancha. De postre, un surtido de turrones y polvorones variados.
Tremendos truenos comenzaron a retumbar en el exterior, la luz eléctrica empezó a fallar. Blas se apresuró a coger un candelabro, de seis brazos, del mueble. Todavía no había encendido las velas cuando la luz se extinguió por completo.
Nicolás aprovechó la oscuridad para gastar una broma a Natalia y a Bibiana. Se levantó, sigilosamente, se acercó a las espaldas de las niñas y les puso las manos en los cuellos. Las chiquillas chillaron, espantadas.
Todos sufrieron un sobresalto, incluido el señor Teodoro. Nicolás se rió, a mandíbula batiente, muy satisfecho del resultado de su acción.
          —¡Eres idiota, Nico! —exclamó Natalia, aún acelerada — ¡Por poco se me para el corazón!
El señor Teodoro consiguió encender las velas y colocó el candelabro en el centro de la mesa.
          —Noche tenebrosa —dijo Nicolás con voz ronca—, los monstruos de la montaña van a salir de sus guaridas y van a reunirse ¡AQUÍ!
Esta vez, Patricia, se unió a los chillidos de sus amigas.
          —¡Cállate, imbécil! —aulló Natalia.
El chaval volvió a reírse, muy divertido. Ya se le había olvidado lo sucedido en la pista de tenis y el dolor de su oreja. La señora Sales le propinó un cachete.
          —Haz el favor de cenar y callar. No asustes a las niñas —le regañó.
Los truenos seguían estallando en el corazón de la montaña y se oía el choque de enormes chapas sobre el suelo. Cada vez el sonido era más estentóreo.
          —Está granizando —comunicó el señor Teodoro y Nicolás se levantó, precipitadamente, de la silla para mirar por una de las ventanas. Las niñas lo imitaron, rápidas.
          —¡No se ve el suelo! —anunció el chiquillo, entusiasmado— ¡Está cubierto de hielo! ¡Están cayendo piedras gigantes! ¡Vamos fuera!
          —¡Siéntate enseguida en tu silla! —le ordenó su tutor, enérgico— No vas a ir a ninguna parte. ¿Quieres acabar empapado y con la cabeza llena de chichones? ¡Siéntate, te he dicho!
El muchacho hizo caso de mala gana.
          —Emilia, quiero salir un momento fuera —pidió a la mujer—, solo un momento.
La señora Sales se negó con un movimiento de cabeza. Estaba totalmente de acuerdo con su hijo.
          —Pues no pienso cenar nada más —chantajeó el crío a Emilia, en un intento de salirse con la suya.
          —No le hagas caso, mamá —habló el señor Teodoro mirando a Nicolás, con severidad—. No se va a levantar hasta que no termine de cenar, o sea, que él verá lo que le conviene.
El niño se dio por vencido y continuó cenando. Refunfuñaba de tanto en tanto, pero el señor Teodoro y la señora Sales fingían no escucharlo.
Bibiana pensó que le encantaría pertenecer a aquella familia y que algún día, Nicolás, recordaría los años pasados, con Blas, como los mejores de su vida.
Era una verdadera pena que Nicolás tuviese que marcharse con su verdadero padre al terminar las vacaciones. Ni Emilia, ni Blas, ni villa de Luna serían lo mismo sin el chiquillo.
En cuanto la mesa estuvo recogida, Nicolás fue a la cocina a fregar la vajilla utilizada. Natalia lo acompañó y lo alumbró con una linterna.
El muchacho miraba, a través de la ventana, el pedrisco que continuaba cayendo del cielo.
          —Blas es un aguafiestas —manifestó, descontento y obstinado por salir a la terraza.
          —Esta noche, cuando todos duerman, podemos salir un rato —planeó Natalia, a quien también le apetecía jugar con el hielo.
Su primo la miró y sonrió, enseñando su perfecta dentadura blanca.
En el salón, los mayores, Bibiana y Patricia observaban por las ventanas el manto de hielo que cubría el suelo.
          —¡Pobre de mi coche! —exclamó Gabriela— Esas piedras son muy grandes.
          —Es una mala costumbre no guardar el coche en el garaje —replicó Elisa.
La señora Estela llamó por teléfono, preocupada por su hija.
          —Se quedará a dormir aquí —la tranquilizó el señor Teodoro—. Es una locura salir con el granizo que está cayendo.
          —No quiero ser una molestia —dijo Gabriela de inmediato.
          —¿Molestia de qué? —interrogó el señor Teodoro   — Para nosotros será muy grato que te quedes. Tenemos habitaciones de sobra y, mi madre o Elisa, pueden dejarte un camisón o un pijama. A no ser que quieras uno mío —bromeó el joven.
A Elisa no le hizo ninguna gracia la “bromita”. Sin embargo, se prestó a dejarle un camisón a su vecina. No obstante, Gabriela advertía cierta tirantez en su trato. Esta tirantez también la notaban Blas y Emilia.
Desde el salón se oían las risas de Nicolás y Natalia. El señor Teodoro pensó que alguna travesura debían estar haciendo y se dirigió a la cocina. No se equivocaba, el suelo estaba completamente encharcado y los dos primos mojados de arriba abajo. Sin duda, se habían dedicado a tirarse agua el uno al otro.
           — Id enseguida a cambiaros de ropa —ordenó Blas—. Y tú, Nico, te pones el pijama y te metes en la cama ya. No te imaginas lo hartito que me tienes, cada vez te pareces más a...  —el señor Teodoro no terminó la frase, que quedó suspendida— Id a cambiaros—volvió a pedir a los chiquillos bregando por ocultar la furia que sentía. 
Cuando los niños salieron, el joven recogió el agua del suelo y terminó de fregar. Se estaba secando las manos cuando notó que una lágrima se deslizaba por su cara, con un brusco movimiento la borró de un rostro, cuya expresión, era el resultado de tres grandes potencias como lo son el dolor, la rabia y el odio.
                                                                        ῳῳῳ
A las dos de la madrugada, Natalia se reunió con su primo en la habitación de este.
          —Ya no está granizando —le comunicó—, y ha vuelto la luz. Pero, fuera debe hacer mucho frío. El hielo no puede haber desaparecido, podemos salir a caminar sobre él. A estas horas, no hay nadie despierto.
Los dos chiquillos bajaron las escaleras, silenciosamente, vestidos con el pijama y calzados con chanclas. Ninguno pensó en abrigarse más, tanto el cuerpo como los pies.
Salieron a la terraza por la puerta de la cocina e, inmediatamente, sintieron el frío intenso, pero era demasiado emocionante pisar el hielo. Doblaron la esquina y anduvieron por la larga terraza de la barbacoa. Se agacharon y cogieron masas irregulares congeladas.
          —Hace muchísimo frío, Nico —dijo Natalia, tiritando—. Deberíamos entrar.
          —Solo un poco más —respondió el chiquillo, entusiasmado.
Un hombre que estaba en la parte de arriba de la montaña, vio salir a los muchachos de la casa, dejando la puerta abierta. El individuo se descolgó por una de las paredes de la terraza pequeña, se acercó a la vivienda y cerró la puerta. Sonrió, malévolamente, volvió hacia la pared, dio un salto y se agarró al borde, trepó y se ocultó entre la arboleda.
Los niños, algo amoratados, decidieron regresar al cobijo de la villa. Su desesperación fue ilimitada cuando encontraron la entrada cerrada.
          —¡Nico! ¿Qué vamos a hacer? —preguntó Natalia, alarmada.
El muchacho, a pesar del frío, casi empezó a sudar.
          —Si llamamos al timbre, Blas se va a despertar. ¡Me va a matar! ¿Cómo se ha podido cerrar esta maldita puerta?
          —Nico, no podemos pasar la noche aquí afuera. Nos vamos a congelar.
Nicolás se pasó una mano por el húmedo cabello, muy nervioso.
          —¡Tengo una idea! —exclamó de repente— Vamos a casa de Estela. Le diremos que llame al móvil de Emilia. Ella nos abrirá la puerta y no le dirá nada a Blas.
          —Buenas noches, chavales. ¿Tenéis algún problema?  —una voz ronca se dejó oír a las espaldas de los críos, dándoles un susto de muerte. Una voz que ambos conocían, que habían oído antes. Los niños se dieron la vuelta y miraron hacia arriba. Vieron a un individuo bajo, delgado, el color de su pelo parecía claro, su nariz era sobresaliente, lo único que no se distinguía bien era el color de sus ojos.
Después de ver al hombre, los chiquillos se quedaron más helados de lo que ya estaban.
          —¡Salvador Márquez! —gritó Natalia, escandalizada y horrorizada.
La niña se giró y se abalanzó sobre la puerta, aporreándola, mientras pulsaba el timbre sin soltarlo ni un segundo.
          —¡Abridnos! ¡Abrid! —chillaba, fuera de sí.
Nicolás continuó mirando al hombre, como hipnotizado. Vio como este sonreía y se iba alejando.
Natalia formó tal escándalo que todos se despertaron en villa de Luna. El señor Teodoro abrió la puerta de la cocina y se quedó de piedra al ver a los dos primos. La niña se abrazó a él, temblando. El joven cogió a Nicolás, por un brazo, y tiró de él hacia dentro, cerrando la puerta de un respetable portazo.
Emilia, Elisa, Gabriela, Bibiana y Patricia acudieron a la cocina, alarmadas, por el escandaloso alboroto.

Págs. 423-429

En esta ocasión, os dejo una bellísima canción en el lateral del blog. Esta canción es la que más representa al amor que en esta historia se va a contar. Es la canción del Clan Teodoro-Palacios.
"Por ella", de José Manuel Soto.
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