EL CLAN TEODORO-PALACIOS

CUARTA PARTE
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jueves, 31 de enero de 2013

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 48






El pasado martes, 15 de enero, la Estación fue obsequiada con otro premio gracias a la gentileza de Lidia y su blog 
Cafés En Solitario
Todo lo referente a este premio lo encontrarás en Menciones(3), en una de las pestañas de arriba.






CAPÍTULO 48

LLEGANDO AL ACANTILADO


T
ransitaban despacio, debían tener precaución por si encontraban alguna placa de hielo que pudiera provocar que las ruedas de los coches patinaran.
La carretera estaba muy solitaria, muy de vez en cuando se cruzaban con otro vehículo.
Nicolás permanecía callado, a través del cristal de su ventanilla veía como pasaba el oscuro paisaje. El niño se sentía desolado, todo había vuelto a salir mal. Y esta vez, no se libraban de que Blas se enterase de la verdad.
          —¿No vas a decirme nada? —le preguntó su tutor, quebrando el silencio, al cabo de un rato de trayecto— ¿No vas a decirme a dónde vamos y qué contiene el saco que habéis metido en el maletero de Gabriela?
El señor Teodoro conocía a donde se dirigían, pero ignoraba en un cien por cien el contenido del saco.
          —No voy a decirte nada —respondió Nicolás al instante—. Eres un metomentodo y un cotilla. Siempre tienes que estropearlo todo.
Blas se mordió el labio inferior, luchando por no perder el control.
          —Tienes suerte de que tenga que estar pendiente de la carretera y conduciendo el coche —manifestó, sereno—. De lo contrario, te ibas a tragar cada una de tus palabras. ¡Eres un insolente!  Tú espera a que lleguemos a casa y verás lo que allí te pasa, mocoso. ¡Niñato!
El chiquillo frunció el ceño, muy contrariado, y propinó una patada al asiento de su tutor. No podía soportar que lo llamara “mocoso” o “niñato”.
          —Aprovéchate cuanto quieras de la situación —declaró Blas sin acalorarse—, ya te cogeré luego.
El señor Teodoro vio cómo a Gabriela se le fue ligeramente el coche hacia la izquierda aunque, de inmediato, la joven reaccionó y dominó el vehículo.
La pista por la que circulaban estaba muy helada.
          —¿Cómo se te ha podido ocurrir coger este coche, Nico? —indagó Blas, desconcertado— ¿Dónde tienes la cabeza y qué tienes en esa cabeza de chorlito?
          —Sé conducir —aseguró el muchacho, convencido—. El padre de Miguel nos enseñó a los dos. Él decía que cuando tuviésemos la edad para sacarnos el carnet, ya seríamos unos expertos conductores. No te lo dije porque tenía miedo de que no me dejaras volver a la finca de Miguel.
Blas se quedó perplejo con aquella revelación. Nunca hubiese imaginado al señor Claudio, director de un prestigioso banco, un hombre serio y recto, enseñando a los niños a conducir.
Pasaron por Puerto Llano, las calles estaban desiertas. Muy pocas viviendas tenían las luces encendidas, la mayoría de la gente debía estar durmiendo, ya que el día siguiente era laborable.
Cuando estuvieron a unos tres kilómetros del pueblo, tomaron una carretera con dirección a la costa.
Nicolás comenzó a ponerse más nervioso, pronto llegarían a su destino. Tenía que ocurrírsele algo para salvar a Hércules.
El niño discurrió, durante un rato, hasta que tuvo una idea. Una idea que no le gustaba, que le daba miedo, pero se encontraba en un callejón sin salida y no vio otra opción.
          —En el saco que hemos metido en el maletero, está el cadáver de Salvador Márquez —dijo de sopetón, y muy claramente—. Estela y Gabriela lo tenían escondido en el congelador del garaje.
El señor Teodoro escuchó al chiquillo sin interrumpirlo, y continuó conduciendo a pesar de haber recibido una impresión muy fuerte.
          —Cavé la fosa en el pozo de las águilas porque quería enterrar el cuerpo de Salvador —siguió contando Nicolás—. Fui al cementerio para enterrar a Salvador con Jeremías, pero todo salió mal. Ahora, pensábamos tirar a Salvador y a su coche por el acantilado.
Cuando bajaste a Luna a recoger escombros, salí de casa. Fui a casa de Estela, Salvador estaba estrangulando a Gabriela, cogí un cuchillo y se lo clavé en el cuello. Yo lo  maté. Soy un asesino, un delincuente, puedes entregarme a la policía. No voy a poder ir al instituto de Nat, me encerrarán en un reformatorio. Lo siento, Blas, perdóname.
El señor Teodoro apretó con fuerza el volante y casi no sintió el agudo dolor que esta opresión produjo a sus manos. Sus negros ojos se llenaron de lágrimas y tragó saliva con verdadera dificultad. Un temblor recorrió sus brazos.
          —Tú no eres ningún asesino, Nico —afirmó con voz ronca—. Salvaste la vida a Gabriela y, por supuesto, no voy a entregarte a nadie. No se te ocurra volver a repetir que eres un asesino. Toda la culpa es mía, he estado ciego y sordo.
El señor Teodoro recordó la fosa en el pozo de las águilas, la caja de zapatos y la carta. Ahora entendía muchas cosas e interiormente se llamaba torpe y estúpido.
          —¿Y qué vas a hacer? —preguntó el chiquillo, compadeciéndose  de su tutor, porque percibía el gran disgusto que le estaba causando. Se sentía avergonzado, pero no veía otra salida. Tenía que salvar a Hércules.
          —Arrojaré a Salvador Márquez y a su coche por el acantilado —respondió Blas—. ¿Qué otra cosa puedo hacer? No me has dejado muchas alternativas. Nada de esto hubiese ocurrido si me hubieses contado la verdad cuando ese hombre te golpeó con la cadena. ¿Cómo te hago entender que no me mientas, que no me ocultes nada, que si tienes algún problema acudas a mí?
          —No quería meterte en este lio —se excusó Nicolás—. Estela, Gabriela y yo podríamos haberlo solucionado sin que tú intervinieras.
          —Esta noche no hubieras llegado al acantilado, Nico     —le aseguró su tutor—. Te hubieras salido de la carretera, podrías haberte matado. Tú, Estela y Gabriela habéis obrado sin juicio y sin sentido común.
                                                       ῳῳῳ
          —Nico lo está haciendo muy bien —comentó Gabriela, esperanzada—. Falta poco para que lleguemos.
          —Sí, falta poco —asintió Estela—. Y, desde luego, Nico lo está haciendo muy bien. Demasiado bien.
          —¿Qué quieres decir? —indagó su hija, notando un tono misterioso en las palabras de su madre.
La señora Miranda no contestó, y siguió observando al seat Ibiza desde el espejo retrovisor exterior que tenía a su derecha.
                                                        ῳῳῳ
La señora Emilia Sales se despertó, sobresaltada, al recibir unos zarandeos bruscos por parte de Elisa Rey.
          —¿Qué sucede? —preguntó la madre de Blas, alarmada.
          —Ni Nico, ni Blas están en casa —respondió la joven con nerviosismo—. He subido a ver al niño y no estaba en su cama, quería hablar con él para arreglar las cosas. He bajado a ver a Blas y tampoco está. Esto no es normal.
La señora Sales se levantó lentamente.
          —¡Ay, Dios mío! —exclamó, preocupada— Blas ha quitado la cerradura a la puerta de Nico y los barrotes de su ventana. Solo falta que el crío, como agradecimiento, le haya dado por salir esta noche. Se va a ganar una buena azotaina.
          —Es lo menos que se merece —opinó Elisa, alterada—. Y no sé si va a dar buen resultado que Blas saque al chiquillo del internado. Tal vez, lo mejor fuera que el niño continuase allí. Blas igualmente podría ser el nuevo director del instituto en Aránzazu, y Nico podría continuar estudiando en el internado de Markalo.
Emilia miró a Elisa con una mezcla de asombro y de desconfianza.
          —Te aconsejo una cosa y te la aconsejo porque te aprecio —dijo fríamente—, no se te ocurra decirle a Blas lo que acabas de decirme a mí.
                                                         ῳῳῳ
El señor Teodoro leyó el cartel que había en una orilla de la carretera. “Acantilado a 5 km. Zona peligrosa”.
Nicolás también leyó el cartel y comprendió que estaban llegando. Árboles, hierbas y matorrales iban quedándose atrás. Empezaron a adentrarse en un camino que desembocaba en un terreno de tierra y piedras.
Siguieron adelante hasta que leyeron otra indicación. “Acantilado. Zona muy peligrosa”.
Y, desde luego, no era discutible que el lugar era peligroso. El horizonte del suelo era una línea que se recortaba abruptamente. Por debajo de la misma se extendía una pendiente vertical de unos seiscientos metros de longitud. Al fondo, las olas, gigantescas y embravecidas, chocaban contra las paredes rocosas.
Gabriela detuvo su coche a escasos metros del nacimiento del precipicio. Blas apagó el motor del auto de Salvador. Las mujeres bajaron del Opel Corsa. Nicolás y su tutor bajaron del seat Ibiza. Las luces de los faros de ambos coches continuaban encendidas.
Gabriela no pudo ocultar su estupor en cuanto vio a Blas. No sucedió lo mismo con Estela que, desde hacía bastante rato, tenía la certeza de que no era Nicolás quien conducía el coche de su exyerno.
El silencio fue mortal durante breves instantes; el aire, helado y húmedo, lamía los rostros de los adultos y el niño.
          —Bienvenido a la fiesta, Blas —la señora Miranda fue la primera que habló—, a una fiesta que no has sido invitado.
          —Esta fiesta nunca se hubiera realizado, Estela —manifestó el joven—. Nico no hubiera podido traer el coche hasta aquí. Se hubiese salido de la carretera, ¿en qué estaba pensando? ¡Se ha vuelto loca, Estela, y tú también, Gabriela!
          —¡Yo sí que hubiera llegado hasta aquí y hasta más lejos! —intervino Nicolás— ¡Sé conducir!
El señor Teodoro dio un rápido cachete al chiquillo.
         —Mantente callado, Nico —le advirtió, crispado. Seguidamente volvió a mirar a las mujeres—. Les agradezco que hayan intentado proteger a Nico, pero han debido contar conmigo. Soy el más interesado en resguardar al niño.
          —No entiendo lo que dices, Blas —murmuró Gabriela, confusa.
          —Ya le he contado toda la verdad —intervino de nuevo Nicolás, presuroso—. Ya sabe que llevamos el cadáver de Salvador y que yo lo maté, clavándole un cuchillo en el cuello, cuando estaba estrangulándote.
Gabriela miró el rostro vehemente del muchacho y, posteriormente, vio el dolor que se reflejaba en la cara del señor Teodoro. La mujer se vino abajo y negó varias veces, moviendo la cabeza de un lado a otro.
          —No, Nico —declaró con firmeza—. No voy a consentir esto. Blas no se merece lo que estamos haciéndole. ¡Tú no has matado absolutamente a nadie! ¡Ya está bien! Hace tiempo que debimos confiarle la verdad, pero la verdad y solo la verdad.

Págs. 367-373
Hoy, con vuestro permiso, voy a dedicarle este capítulo a una persona que admiro, respeto y quiero.
Este capítulo es para ti FG y para tu magnifico blog El Mundo Que Habito donde tengo la suerte de deleitarme con tus relatos que tantas veces me sorprenden, me hacen reír, me asustan, me emocionan... porque tú eres imprevisible, FG.
También quiero mencionar tus otros blogs que tengo el gusto de conocer y disfrutar.
Haikus Y Senyrus,                   Acrósticos,                Mis Poemas.


También quiero agradecer a My Favorites Things que el pasado domingo, 27 de enero, me hiciera el honor de hacer mención de esta Estación y de "El Clan Teodoro-Palacios" en una entrada de su estupendo blog.
¡¡Muchísimas gracias, Silvia!! 
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This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License. Creative Commons License
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