EL CLAN TEODORO-PALACIOS

CUARTA PARTE
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domingo, 21 de octubre de 2012

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 16











CAPÍTULO 16

LA CONFESIÓN DE NICOLÁS


E
lisa entró en el despacho del señor Teodoro y se sentó frente a él. El joven la miró e inmediatamente echó una ojeada a su reloj.
      —¡Vaya! —exclamó—. ¡Son las dos y media! Se me ha pasado el tiempo sin darme cuenta. Salgo enseguida a comer. Estaba con la contabilidad...
          —Tranquilo —le interrumpió Elisa—, las niñas aún no han llegado y Nico se ha quedado dormido en el sofá. Tal vez me pasé al sugerirte el castigo.
El señor Teodoro dejó a un lado los números y contempló a la hermosa mujer.
          —No te preocupes —dijo, cariñosamente—. ¡A saber qué barbaridad se me hubiera ocurrido a mí! Además —añadió, muy contento—, ya tengo los documentos firmados.
          —¿Qué? —se sorprendió Elisa—. Entonces, ya sabe…
El señor Teodoro negó con un ademán.
          —No ha leído nada —reveló—. ¡Es tan inocente! Le dije que firmara y firmó sin preguntar ni pestañear. Lo que no sé… —dudó—, es si lo hizo porque confía en mí  o porque me tiene miedo. 
Elisa extendió los brazos y acarició las manos del joven.        
         —Nico te respeta mucho, pero no te tiene miedo. ¿Cómo va a tenerte miedo si después de una trastada hace otra? Estoy segura de que confía plenamente en ti.
                                                                                               ⍵⍵⍵
Las niñas pasaron buena parte de la mañana divirtiéndose con Hércules; el can era muy joven y enloquecía con los juegos. Agotadas y sudadas fueron al recinto de la piscina. Habían planeado bajar al pueblo por la tarde, y esperaban que Nicolás pudiese acompañarlas.
La piscina estaba climatizada y la temperatura de su agua cristalina, ideal. Las muchachas disfrutaron y se recrearon nadando, chapoteando, buceando y  compitiendo haciendo carreras. Desde el exterior nadie podía verlas ya que los cristales eran tintados. Sin embargo, ellas tenían el privilegio de poder admirar la naturaleza que las rodeaba mientras permanecían dentro del agua. Aquella experiencia era hechizante.
Bibiana vio un águila con las alas extendidas planeando en el aire. Esta visión la fascinó y se sintió feliz, libre e importante.
Por la mañana, al levantarse, habían discutido por lo ocurrido durante la noche. A Patricia y a Bibiana les pareció muy mal el comportamiento de Natalia y se lo echaron en cara.
          —Sentí celos, ¿vale? —reconoció la muchachita.
        —Celos, ¿por qué? —indagó Bibiana—. Nico no es tu novio ni lo será nunca. Es tu primo. 
Bibiana hizo este comentario a pesar de saber que Nicolás no era primo de Natalia, puesto que había escuchado que Bruno Rey no era el padre del chiquillo. Se sintió ruin pero no fue capaz de rectificar.
          —Me da igual que sea mi primo —manifestó Natalia, muy tozuda—. No me casaré nunca y tampoco permitiré que Nico se case.
          —Nico elegirá a quien quiera —declaró Bibiana—, tú no eres su dueña.
          —¿Qué pasa? —se impacientó Natalia—. ¿Acaso os gusta Nico?
Patricia y Bibiana se miraron y no contestaron.
          —Pues perdéis vuestro tiempo —les aclaró su amiga—. A Nico le gusto yo. Eso se nota, una misma lo sabe.
          —Eres una caprichosa y una mal criada —dijo Patricia, enojada—. Te crees con el derecho de poseerlo todo. De todos modos, a mí quien me gusta es Blas—espetó, dejando boquiabiertas a sus compañeras.
          —¿Blas? —repitió Natalia, riéndose—. Blas tiene treinta y cinco años. Tú sólo eres una niña para él. Además, también vas a perder tu tiempo porque estoy convencida de que a Blas le gusta Elisa. Y a Elisa le gusta Blas.
          —¿Y por qué no se casan? —se interesó Bibiana.
          —No es necesario casarse para quererse —respondió Natalia, tajante—. Elisa ya estuvo casada y su marido murió al año, creo que le da miedo volver a casarse.
Así era, Elisa Rey contrajo matrimonio con un hombre multimillonario que falleció prontamente dejándole una codiciosa fortuna. Aquella era una historia vieja que sucedió siendo Natalia todavía un bebé y cuando la mujer aún no conocía a Blas Teodoro. 
                                                                                             ⍵⍵⍵
A las tres, todos los habitantes de villa de Luna estaban reunidos alrededor de la mesa. La señora Emilia había preparado comida ligera; por la noche tendrían una cena abundante y la mujer quería que se gozase de buen apetito. Las niñas comentaron lo que habían estado haciendo por la mañana y dijeron que pensaban ir al pueblo esa tarde.
          —Nos acompañarás, ¿verdad, Nico? —indagó Natalia.
El muchacho miró al señor Teodoro;  éste continuó comiendo, indiferente.
          —Me gustaría mucho pero no puedo —contestó el chiquillo.
          —¿Por qué? —se exasperó su prima—. ¿No has terminado de limpiar las estanterías?
          —Sí, he terminado —declaró Nicolás, impaciente—. Pero no puedo salir, sigo castigado. Sólo puedo salir a las terrazas —explicó, malhumorado.
          —¡Eso no es justo! —protestó Natalia, elevando la voz—. ¡Blas, no puedes ponerle dos castigos!
          —¿Ah, no? —dijo el hombre, aparentando sorpresa—. Por eso debe ser que le he puesto tres.
          —¿Y cuál es el tercero? —quiso saber la niña, alarmada.
          —Nico no va a poder volver a subir a un monopatín hasta que se jubile —declaró el señor Teodoro con tranquilidad. 
Natalia miró a su tía en busca de ayuda.
          —Elisa, dile algo a Blas —le pidió—. No puede dejar a Nico sin salir esta tarde.
          —Lo siento, cariño —habló la joven—, sabes muy bien que nunca me meto en las decisiones que Blas toma sobre Nico.
Natalia se dirigió, entonces, a Bibiana.
          —¿Todavía te gustaría que Blas fuese tu padre?—le preguntó.
El señor Teodoro, Elisa y la señora Emilia miraron a Bibiana, sorprendidos. La niña se había sonrojado, avergonzada.
          —Sí —contestó, casi imperceptiblemente. Miró al señor Teodoro que la estaba observando, atento.
          —Muchas gracias, Bibi—sonrió el hombre—. Para mí, sería todo un honor.
          —¡Tú estás loca! —exclamó Natalia, levantándose de su silla sin terminar de comer.   Se dirigió a un sillón y se dejó caer, enfadada. Elisa no le llamó la atención, era excesivamente consentidora con la pequeña.
La señora Emilia miró a Nicolás, pensativa. Después de una meditada reflexión se decidió a preguntarle.
          —Y a ti, Nico, ¿te gustaría que Blas fuese tu padre?
Elisa y el señor Teodoro miraron al muchacho, que parecía incómodo con la pregunta sin saber qué responder.
          —¿No vas a contestar a mi madre? —dijo el señor Teodoro de un modo desenfadado.
          —Tú eres mi tutor, supongo que si fueras mi padre seguiría todo más o menos igual —declaró el chiquillo, algo nervioso.
          —Ésa no es la pregunta que te ha hecho mi madre —insistió el señor Teodoro.
El niño esbozó una mueca de fastidio.
          —¿Estoy obligado a contestar? —preguntó, alterado.
          —No —respondió su tutor y el tema quedó zanjado.
Al cabo de un momento, Nicolás se levantó sin haber terminado de comer pero las cosas no le fueron igual de bien que a su prima.
          —Siéntate enseguida —le ordenó el señor Teodoro—. Termina la sopa y luego coges una pieza de fruta. No sueñes con hacer las mismas tonterías que hace Nat. 
El niño obedeció de inmediato, por nada del mundo quería que le cayera un nuevo castigo.
Tal vez debiera haber sido sincero. ¡Claro que le gustaría que Blas fuese su padre! Estaba acostumbrado a su tutor desde muy pequeño y aborrecía a Bruno Rey con todas sus fuerzas, pero sentía pudor de reconocerlo delante del señor Teodoro. Tenía reparo de decirle que sí le gustaría que fuese su padre a pesar de todos sus correctivos.
Terminaron de comer y cuando el salón y la cocina estuvieron ordenados, el señor Teodoro dijo que se retiraba a su habitación a descansar hasta las seis.
El joven no podía imaginar lo mucho que lamentaría aquella  siesta. Si hubiera sospechado, si hubiera podido intuir los sucesos posteriores no se hubiese acostado jamás.
Elisa desapareció detrás de él; la señora Emilia se quedó en la cocina. Los niños, a solas en el salón, conversaban.
          —Son las cuatro y cuarto —manifestó Natalia—. Blas ha dicho que no se levantará hasta las seis. Nico, puedes venir con nosotras al pueblo— lo tentó—; volveremos antes de que Blas se levante. Emilia no te delatará.
El muchacho dudó un momento.
          —No, no voy a ir —decidió—. Blas podría levantarse por cualquier motivo antes de la hora que ha dicho. Es muy arriesgado. Y se me caería el pelo, Nat. No quiero más castigos.
          —Sí, me parece lo más sensato —aprobó Bibiana—. ¿Quieres que me quede contigo?
El niño sonrió, agradecido.
          —Claro que no —contestó—. Ve a pasear con Paddy y Nat. No voy a aburrirme, jugaré con un balón en la terraza.
Las niñas se marcharon y Nicolás fue a buscar una pelota al garaje. Después pasó por la cocina llevando consigo el esférico.
          —Salgo a jugar, Emilia —informó el chiquillo, contento.
          —Muy bien, cariño —contestó la mujer—. Yo también voy a descansar hasta las seis. Luego, Blas, Elisa y yo prepararemos la cena y lo dispondremos todo para hacer una gran fiesta esta noche.
El niño iba a salir pero, de repente, se quedó quieto. Volvió a mirar a la señora, indeciso.
          —Emilia —dijo, titubeando.
          —¿Qué pasa, cariño?
          —Sí que me gustaría que Blas fuese mi padre —declaró de sopetón.
La mujer pasó una mano por su melena meticulosamente cuadrada, y los ojos se le inundaron de lágrimas.
          —¿Y por qué no lo has dicho antes, cariño?
          —Me daba vergüenza decirlo delante de Blas —confesó el muchacho—. A lo mejor si Blas fuese mi padre me querría y me castigaría menos.
La mujer movió la cabeza, negando.
          —Pero, ¿qué dices, criatura? —exclamó, preocupada— ¡Blas te quiere muchísimo! ¡Él daría su vida por ti, créeme Nico! Tú eres la persona más importante en la vida de mi hijo.
Nicolás se acercó a la señora Emilia y le dio un beso cariñoso en una mejilla. A continuación, aupó a la mujer en sus brazos y saltó, dando vueltas.
          —¡Basta, Nico! —protestó Emilia, entre risas—. Vas a marearme. ¡Basta te digo!
Nicolás la soltó y la dejó en el suelo.
          —Entonces... tú serías mi abuela —meditó, alegremente—. ¡La abuela más maravillosa del mundo!
Volvió a besar a la mujer y salió corriendo a la terraza. La señora Emilia se quedó sonriendo, mientras unas lágrimas se deslizaban por su rostro.

Págs. 107-114                                                                                                            
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This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License. Creative Commons License
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