CAPÍTULO 16
LA CONFESIÓN DE
NICOLÁS
E
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lisa entró en el despacho del señor Teodoro y se
sentó frente a él. El joven la miró e inmediatamente echó una ojeada a su
reloj.
—¡Vaya! —exclamó—.
¡Son las dos y media! Se me ha pasado el tiempo sin darme cuenta. Salgo enseguida
a comer. Estaba con la contabilidad...
—Tranquilo
—le interrumpió Elisa—, las niñas aún no han llegado y Nico se ha quedado
dormido en el sofá. Tal vez me pasé al sugerirte el castigo.
El señor Teodoro dejó a un lado los números y
contempló a la hermosa mujer.
—No
te preocupes —dijo, cariñosamente—. ¡A saber qué barbaridad se me hubiera
ocurrido a mí! Además —añadió, muy contento—, ya tengo los documentos
firmados.
—¿Qué?
—se sorprendió Elisa—. Entonces, ya sabe…
El señor Teodoro negó con un ademán.
—No
ha leído nada —reveló—. ¡Es tan inocente! Le dije que firmara y firmó sin
preguntar ni pestañear. Lo que no sé… —dudó—, es si lo hizo porque confía en
mí o porque me tiene miedo.
Elisa extendió los brazos y acarició las manos del joven.
Elisa extendió los brazos y acarició las manos del joven.
—Nico te respeta mucho, pero no te tiene miedo. ¿Cómo va a tenerte miedo
si después de una trastada hace otra? Estoy segura de que confía plenamente en
ti.
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Las niñas pasaron buena parte de la mañana divirtiéndose con Hércules; el can era muy joven y enloquecía con los juegos. Agotadas y sudadas fueron al recinto de la piscina. Habían planeado bajar al pueblo por la
tarde, y esperaban que Nicolás pudiese acompañarlas.
La piscina estaba climatizada y la temperatura
de su agua cristalina, ideal. Las muchachas disfrutaron y se recrearon nadando,
chapoteando, buceando y compitiendo haciendo carreras. Desde el exterior nadie podía verlas
ya que los cristales eran tintados. Sin embargo, ellas tenían el privilegio de
poder admirar la naturaleza que las rodeaba mientras permanecían dentro del
agua. Aquella experiencia era hechizante.
Bibiana vio un águila con las alas extendidas planeando en el aire. Esta visión la fascinó y se sintió feliz, libre e importante.
Por la mañana, al levantarse, habían discutido por lo ocurrido durante la noche. A Patricia y a Bibiana les
pareció muy mal el comportamiento de Natalia y se lo echaron en cara.
—Sentí
celos, ¿vale? —reconoció la muchachita.
—Celos,
¿por qué? —indagó Bibiana—. Nico no es tu novio ni lo será nunca. Es tu
primo.
Bibiana hizo este comentario a pesar de saber que Nicolás no era primo de Natalia, puesto que había escuchado que Bruno Rey no era el padre del chiquillo. Se sintió ruin pero no fue capaz de rectificar.
Bibiana hizo este comentario a pesar de saber que Nicolás no era primo de Natalia, puesto que había escuchado que Bruno Rey no era el padre del chiquillo. Se sintió ruin pero no fue capaz de rectificar.
—Me
da igual que sea mi primo —manifestó Natalia, muy tozuda—. No me casaré nunca y tampoco
permitiré que Nico se case.
—Nico
elegirá a quien quiera —declaró Bibiana—, tú no eres su dueña.
—¿Qué
pasa? —se impacientó Natalia—. ¿Acaso os gusta Nico?
Patricia y Bibiana se miraron y no
contestaron.
—Pues
perdéis vuestro tiempo —les aclaró su amiga—. A Nico le gusto yo. Eso se nota,
una misma lo sabe.
—Eres
una caprichosa y una mal criada —dijo Patricia, enojada—. Te crees con el
derecho de poseerlo todo. De todos modos, a mí quien me gusta es Blas—espetó,
dejando boquiabiertas a sus compañeras.
—¿Blas?
—repitió Natalia, riéndose—. Blas tiene treinta y cinco años. Tú sólo eres una
niña para él. Además, también vas a perder tu tiempo porque estoy convencida de
que a Blas le gusta Elisa. Y a Elisa le gusta Blas.
—¿Y
por qué no se casan? —se interesó Bibiana.
—No
es necesario casarse para quererse —respondió Natalia, tajante—. Elisa ya estuvo casada y su marido murió al año, creo que le da miedo volver a casarse.
Así era, Elisa Rey contrajo matrimonio con un hombre multimillonario que falleció prontamente dejándole una codiciosa fortuna. Aquella era una historia vieja que sucedió siendo Natalia todavía un bebé y cuando la mujer aún no conocía a Blas Teodoro.
Así era, Elisa Rey contrajo matrimonio con un hombre multimillonario que falleció prontamente dejándole una codiciosa fortuna. Aquella era una historia vieja que sucedió siendo Natalia todavía un bebé y cuando la mujer aún no conocía a Blas Teodoro.
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A las tres, todos los habitantes de villa de Luna estaban reunidos alrededor
de la mesa. La
señora Emilia había preparado comida ligera; por la noche tendrían una cena
abundante y la mujer quería que se gozase de buen apetito. Las niñas comentaron
lo que habían estado haciendo por la mañana y dijeron que pensaban ir al pueblo
esa tarde.
—Nos acompañarás, ¿verdad, Nico? —indagó
Natalia.
El muchacho miró al señor Teodoro; éste continuó comiendo, indiferente.
—Me
gustaría mucho pero no puedo —contestó el chiquillo.
—¿Por
qué? —se exasperó su prima—. ¿No has terminado de limpiar las estanterías?
—Sí,
he terminado —declaró Nicolás, impaciente—. Pero no puedo salir, sigo
castigado. Sólo puedo salir a las terrazas —explicó, malhumorado.
—¡Eso
no es justo! —protestó Natalia, elevando la voz—. ¡Blas, no puedes ponerle dos
castigos!
—¿Ah,
no? —dijo el hombre, aparentando sorpresa—. Por eso debe ser que le he puesto
tres.
—¿Y
cuál es el tercero? —quiso saber la niña, alarmada.
—Nico
no va a poder volver a subir a un monopatín hasta que se jubile —declaró el
señor Teodoro con tranquilidad.
Natalia miró a su tía en
busca de ayuda.
—Elisa,
dile algo a Blas —le pidió—. No puede dejar a Nico sin salir esta tarde.
—Lo
siento, cariño —habló la joven—, sabes muy bien que nunca me meto en las decisiones
que Blas toma sobre Nico.
Natalia se dirigió, entonces, a Bibiana.
—¿Todavía te gustaría que Blas fuese tu padre?—le preguntó.
El señor Teodoro, Elisa y la señora Emilia miraron a
Bibiana, sorprendidos. La niña se había sonrojado, avergonzada.
—Sí —contestó, casi imperceptiblemente. Miró
al señor Teodoro que la estaba observando, atento.
—Muchas
gracias, Bibi—sonrió el hombre—. Para mí, sería todo un honor.
—¡Tú
estás loca! —exclamó Natalia, levantándose de su silla sin terminar de
comer. Se dirigió a un sillón y se dejó
caer, enfadada. Elisa no le llamó la atención, era excesivamente consentidora
con la pequeña.
La señora Emilia miró a Nicolás, pensativa.
Después de una meditada reflexión se decidió a preguntarle.
—Y
a ti, Nico, ¿te gustaría que Blas fuese tu padre?
Elisa y el señor Teodoro miraron al muchacho, que parecía incómodo con la pregunta sin saber qué responder.
—¿No
vas a contestar a mi madre? —dijo el señor Teodoro de un modo desenfadado.
—Tú
eres mi tutor, supongo que si fueras mi padre seguiría todo más o menos igual —declaró
el chiquillo, algo nervioso.
—Ésa
no es la pregunta que te ha hecho mi madre —insistió el señor Teodoro.
El niño esbozó una mueca de fastidio.
—¿Estoy
obligado a contestar? —preguntó, alterado.
—No
—respondió su tutor y el tema quedó zanjado.
Al cabo de un momento, Nicolás se levantó sin
haber terminado de comer pero las cosas no le fueron igual de bien que a su
prima.
—Siéntate
enseguida —le ordenó el señor Teodoro—. Termina la sopa y luego coges una pieza
de fruta. No sueñes con hacer las mismas tonterías que hace Nat.
El niño obedeció de
inmediato, por nada del mundo quería que le cayera
un nuevo castigo.
Tal vez debiera haber sido sincero. ¡Claro que le gustaría que Blas fuese su padre!
Estaba acostumbrado a su tutor desde muy pequeño y aborrecía a Bruno Rey con todas
sus fuerzas, pero sentía pudor de reconocerlo delante del señor Teodoro. Tenía reparo de decirle que sí le gustaría que fuese su padre a pesar de
todos sus correctivos.
Terminaron de comer y cuando el salón y la
cocina estuvieron ordenados, el señor Teodoro dijo que se retiraba a su habitación
a descansar hasta las seis.
El joven no
podía imaginar lo mucho que lamentaría aquella
siesta. Si hubiera sospechado, si hubiera podido intuir los sucesos posteriores no se hubiese
acostado jamás.
Elisa desapareció detrás de él; la señora Emilia
se quedó en la cocina. Los niños, a solas en el salón, conversaban.
—Son
las cuatro y cuarto —manifestó Natalia—. Blas ha dicho que no se levantará
hasta las seis. Nico, puedes venir con nosotras al pueblo— lo tentó—;
volveremos antes de que Blas se levante. Emilia no te delatará.
El muchacho dudó un momento.
—No,
no voy a ir —decidió—. Blas podría levantarse por cualquier motivo antes de la
hora que ha dicho. Es muy arriesgado. Y se me caería el pelo, Nat. No quiero más
castigos.
—Sí,
me parece lo más sensato —aprobó Bibiana—. ¿Quieres que me quede contigo?
El niño sonrió, agradecido.
—Claro
que no —contestó—. Ve a pasear con Paddy y Nat. No voy a aburrirme, jugaré con un balón en la terraza.
Las niñas se marcharon y Nicolás fue a buscar
una pelota al garaje. Después pasó por la cocina llevando consigo el esférico.
—Salgo
a jugar, Emilia —informó el chiquillo, contento.
—Muy
bien, cariño —contestó la mujer—. Yo también voy a descansar hasta las seis.
Luego, Blas, Elisa y yo prepararemos la cena y lo dispondremos todo para
hacer una gran fiesta esta noche.
El niño iba a salir pero, de repente, se quedó
quieto. Volvió a mirar a la señora, indeciso.
—Emilia
—dijo, titubeando.
—¿Qué
pasa, cariño?
—Sí
que me gustaría que Blas fuese mi padre —declaró de sopetón.
La mujer pasó una mano por su melena
meticulosamente cuadrada, y los ojos se le inundaron de lágrimas.
—¿Y
por qué no lo has dicho antes, cariño?
—Me
daba vergüenza decirlo delante de Blas —confesó el muchacho—. A lo mejor si
Blas fuese mi padre me querría y me castigaría menos.
La mujer movió la cabeza, negando.
—Pero,
¿qué dices, criatura? —exclamó, preocupada— ¡Blas te quiere muchísimo! ¡Él daría
su vida por ti, créeme Nico! Tú eres la persona más importante en la vida de
mi hijo.
Nicolás se acercó a la señora Emilia y le dio
un beso cariñoso en una mejilla. A continuación, aupó a la mujer en sus brazos
y saltó, dando vueltas.
—¡Basta,
Nico! —protestó Emilia, entre risas—. Vas a marearme. ¡Basta te digo!
Nicolás la soltó y la dejó en el suelo.
—Entonces... tú serías mi abuela —meditó, alegremente—. ¡La abuela más maravillosa del mundo!
Volvió a besar a la mujer y salió corriendo a
la terraza. La señora Emilia se quedó sonriendo, mientras unas lágrimas se deslizaban
por su rostro.
Págs. 107-114
