CAPÍTULO 115
UN TRISTE SUCESO
N
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icolás y Natalia salieron al patio después de coger
su almuerzo en la cafetería. El débil sol de primera hora se había rendido al
fin, dejando tras su desaparición un cielo muy gris.
Los chiquillos se reunieron con Bibiana y Lucas, y
les explicaron lo sucedido en el despacho del señor Teodoro.
—¿Y por qué el señor Cuesta tiene que hablar con mi padre? —interrogó Lucas, pesaroso— ¿No hay más policías?
—Él ha dicho que tu padre era muy buen policía —respondió Nicolás.
—Pues por el bien de Patricia tu padre debería hablar con otro policía —declaró Lucas, creando un ambiente enrarecido.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Natalia, atónita.
Lucas, como respuesta, guardó silencio.
—No le voy a decir nada a mi padre sobre Paddy —manifestó Nicolás, rotundo—, creo que será mejor que no vuelva a tocar el
tema. El señor Cuesta hablará con tu padre y tu padre hablará con otros
policías.
—Patricia nunca debió ir a “Paraíso” —dijo Lucas, lúgubremente—. Ninguno de nosotros debió ir. No deberíamos
salir de casa, las calles no son seguras…
—¡Estás exagerando un poco! —exclamó Nicolás— No dramatices tanto, ¿vale? Paddy aparecerá.
—¿Y si no aparece? ¿Y si aparece muerta?
—¡Basta ya! —se enfadó Natalia, impresionada por las palabras del muchacho.
—Tengo frío —se estremeció Bibiana, también impresionada—, ¿por qué no vamos al vestíbulo? Tengo mucho frío y tengo miedo.
Los niños decidieron ir a la cafetería en busca de
un tazón de leche caliente que los reconfortara. Antes, Nicolás echó un vistazo a la
nueva altura que tenía la pared de medio patio, ahora era imposible divisar la
calle. Al niño no le gustó pero no dijo nada al respecto. En el futuro iba a
ser difícil que se le escapara una pelota pero, de suceder, iba a ser más
difícil todavía rebasar el muro que había mandado levantar el señor Teodoro. En
el vestíbulo, el grupito tropezó con el profesor de gimnasia, el señor Roberto
Beltrán.
—Acabo de hablar con tu padre, Nicolás —dijo el joven—. No acepta que juegues con adultos, no he
podido convencerle, lo siento.
—No te preocupes, mi padre es bastante cabezota. Lo raro hubiera sido
que le hubieses convencido.
—He perdido la primera batalla, pero no la guerra —replicó Roberto—, aún no me doy por vencido. Tu padre se
equivoca, eres un gran futbolista y él no tiene derecho a privar a la ciudad de
Aránzazu de alguien como tú. Ya se me ocurrirá algo.
El profesor salió al patio, y Natalia bufó con
indignación.
—¡Ese hombre es tonto! —exclamó— ¿Por qué le cuesta tanto entender que eres menor de edad? A lo mejor, si se corta la coleta, será menos tonto. No me gustan los hombres con el pelo largo.
Sin más, los niños se dirigieron a la cafetería y ocuparon una mesa libre.
—Yo no tomaré nada —dijo Bibiana, precipitadamente—, no llevo dinero.
—Yo tampoco —se unió Lucas.
—¡Qué tontería! —sonrió Nicolás, restando importancia al hecho— Apuntaré lo que
tomemos en la cuenta de mi padre. Él lo pagará.
—¿Y
no le parecerá que somos unos carotas? —preguntó Lucas, temeroso.
—Por
supuesto que no —volvió a sonreír Nicolás—. Todo lo contrario, mi padre se
enfadaría conmigo si se enterara de que tomo algo y no soy capaz de invitar a
mis amigos.
El primer tazón de leche caliente con chocolate
les gustó tanto y les sentó tan bien que los jovencitos pidieron un segundo.
El señor Teodoro avisó en recepción que iba un rato a la cafetería, entró en el local y se sorprendió al ver allí a los críos. Se aproximó a su mesa sin vacilar.
El señor Teodoro avisó en recepción que iba un rato a la cafetería, entró en el local y se sorprendió al ver allí a los críos. Se aproximó a su mesa sin vacilar.
—¿Qué
hacéis aquí? —preguntó con curiosidad— ¿Está lloviendo?
—Hace
una mañana espantosa —declaró Bibiana—, yo me estaba muriendo de frío.
—Sí,
el día se ha puesto muy grisáceo —corroboró el señor Teodoro—. Y tal vez
llueva. Habéis hecho bien en entrar.
—No
entiendo dónde puede estar Paddy —dijo Bibiana, desconsolada—. ¿Estará pasando frío?
¿Estará asustada? ¿Y si alguien la retiene en contra de su voluntad?
—Cálmate,
Bibi, por favor —le rogó el señor Teodoro, acariciando la cabeza de la pequeña—.
Aleja esos pensamientos, no te atormentes. Paddy aparecerá pronto, ya lo verás.
El camarero trajo un tazón con una humeante tila para el director sin que este la hubiera pedido. El señor Teodoro se lo agradeció y se sentó junto a los niños para tomar la infusión. Nicolás entabló una conversación con Natalia que nada tenía que ver con Patricia, pretendiendo desviar la atención de su padre sobre la niña desaparecida. Pronto el señor Teodoro tuvo que poner orden entre los dos chiquillos ya que iniciaron una acalorada discusión que parecía no poder acabar de un modo civilizado.
El señor Cuesta se encontraba almorzando en
una mesa cercana y sus ojos vigilaban, en todo momento, al director, a su hijo
y a los amigos de este. Lucas reparó en la presencia del profesor de
matemáticas coincidiendo con el ruido de un trueno bestial que le hizo dar un
salto en su silla. El pobre muchacho ya no pudo estar tranquilo y deseó
marcharse cuanto antes. Por tanto, cuando el asueto llegó a su fin se sintió
aliviado.
Sin embargo, a última hora de la mañana tuvo que volver a padecer la presencia del hombre puesto que tenía clase con él. Nicolás pasó ese rato en el despacho de su padre ya que el señor Cuesta lo había expulsado de sus clases durante toda la semana.
Sin embargo, a última hora de la mañana tuvo que volver a padecer la presencia del hombre puesto que tenía clase con él. Nicolás pasó ese rato en el despacho de su padre ya que el señor Cuesta lo había expulsado de sus clases durante toda la semana.
El chiquillo observó que el señor Teodoro
estaba muy silencioso y extremadamente serio. Dedujo que debía querer hablar con alguien y no lo conseguía, por las
repetidas veces que cogió su móvil y volvió a depositarlo sobre el escritorio
después de no obtener respuesta.
Más tarde, en la cocina de su casa, mientras comían, la señora Sales también notó la seriedad e inquietud de su hijo.
—¿Qué
te pasa, Blas, cariño? —preguntó la mujer, preocupada— ¿Has hecho enfadar a tu
padre en el instituto, Nico?
—Yo
no he hecho nada —contestó el crío al momento.
—Entonces,
¿qué te pasa, Blas? ¿Te encuentras mal?
—No,
mamá, tranquila, estoy bien. No he tenido una mañana fácil. La madre de Paddy
no sabe dónde está su hija desde el viernes por la tarde.
Tobías me ha llamado, decía que venía a hablar
conmigo y no ha aparecido. Me he hartado de llamarlo a su móvil y no responde.
Y el jefe de estudios me ha comunicado que el próximo viernes van a visitar el
instituto el jefe de Estado Don Arturo Corona y su rival en las próximas
elecciones, Don Jaime Palacios. No entiendo a qué vienen al instituto, sería
más lógico que fueran a una universidad. No entiendo qué pueden querer decirles
a una pandilla de mocosos.
La última frase, el señor Teodoro la pronunció
mirando a Nicolás. El chiquillo sintió la mirada de su padre pero no hizo
comentario alguno. Continuó comiendo el exquisito puré de verduras que
Prudencia les había preparado como primer plato.
—Desde
luego es algo curioso —admitió la señora Sales—. Pero ellos mandan, Blas. Si
han decidido ir a tu instituto tendrás que recibirles. Querrán tener algo de
contacto con sus futuros votantes y con los futuros hombres
y mujeres de Kavana…
La melodía del móvil del señor Teodoro
interrumpió a la señora Sales. El joven dejó de comer, y atendió de inmediato la llamada. A medida que escuchaba su rostro fue cambiando de expresión y
cuando cortó la comunicación, tanto su madre como su hijo, intuían que algo
poco bueno debían haberle contado.
—¿Qué
pasa, Blas? —quiso saber la señora Sales — ¿Quién te ha llamado y qué te ha dicho? ¡Has palidecido, hijo!
—Era
un policía, mamá —respondió el señor Teodoro, indeciso—. Tobías ha tenido un
accidente de tráfico, el agente me ha avisado porque ha visto las numerosas
llamadas que le he hecho esta mañana.
—Es
terrible —murmuró la mujer—, ¿cómo está, está grave?
El señor Teodoro no respondió enseguida, miró
a su hijo con preocupación. Parecía costarle hablar delante del niño.
—Tobías
ha muerto en el acto —dijo finalmente y, de inmediato, añadió —, no ha sufrido
nada. Ha sido todo muy rápido.
El joven dijo estas últimas palabras pasando
una mano por el sedoso cabello de Nicolás. A continuación acercó sus labios a
la cabeza del muchacho y la besó. Estaba claro como el agua más limpia que no le gustó
tener que dar semejante noticia estando el niño presente.
La vida tenía momentos trágicos y él hubiese
querido apartar todos ellos de Nicolás. Hubiese querido que su hijo solo viera u oyera sucesos dichosos. Empresa ardua de
llevar a cabo. La querencia del señor Teodoro
pudiera calificarse simplemente como una quimera.
—No es justo que el señor Tobías haya muerto —manifestó Nicolás con pesar—, era un buen hombre, solo deberían morir las malas personas.
—Nico...
Pero Nicolás no dejó hablar a su padre.
—Oí lo que os dijo aquella noche en Luna —confesó alarmando al señor Teodoro y a la señora Sales—Sé que tres hombres encapuchados mataron a Víctor Márquez, y que seguramente lo hicieron porque Víctor intentó matarme a mí.
El señor Teodoro y la señora Sales se miraron muy serios, no sospechaban que el niño hubiese escuchado aquella conversación.
—Tú no mandaste matar a Víctor, papá —siguió hablando Nicolás—, la yaya tampoco. ¿A quién más le puedo importar yo? Solo queda mi madre, tú me has dicho que no me abandonó a mí, que te abandonó a ti, que a mí me quería. ¿Y si es una asesina?
—¡Basta, Nico! —exclamó el señor Teodoro, angustiado— Siento que escucharas aquello. No sé qué explicación darte pero la explicación de lo que le sucedió a Víctor Márquez no es tu madre. No la conoces, si la conocieras no pensarías algo así de ella. Créeme, hijo. La encontraré, la conocerás, y te lo demostraré. Tu madre es una inmadura, una lunática, pero jamás una asesina.
—¡Ya está bien! —gritó Emilia Sales, sulfurada— Entre los dos habéis conseguido enfermarme...
—¡Pues no te pongas tan enferma! —chilló Nicolás, alterado— Yo quiero que papá encuentre a mi madre porque quiero que papá sea feliz y tú también deberías querer que tu hijo fuese feliz.
La señora Sales, con una intensa furia, se levantó y salió de la cocina. Pero un instante antes de abandonar la estancia, el señor Teodoro y Nicolás oyeron como decía:
—Nunca con esa mujer.
—No te preocupes por lo que diga la yaya, papá —le animó Nicolás—. Encuentra a mi madre, quiero que seas feliz.
—Soy feliz, Nico, no soy un hombre amargado —aseguró el señor Teodoro—. Es imposible vivir amargado con los recuerdos que tengo de ella, muchos recuerdos, y la ilusión de volverla a ver. Quiero encontrarla para mimarla, cuidarla, protegerla. Quiero hacerla feliz, esa lunática me necesita.
—Y si es necesario la raptaremos —planeó Nicolás, emocionado.
Tras la ocurrencia de su hijo, el señor Teodoro se echó a reír a carcajadas.
Nicolás lo observó, complacido. Le encantó ver esa manifestación tan alegre por parte de su progenitor.
Y las manecillas del reloj continuaban dando pasos, quedaban menos horas.
Págs. 907-913
—No es justo que el señor Tobías haya muerto —manifestó Nicolás con pesar—, era un buen hombre, solo deberían morir las malas personas.
—Nico...
Pero Nicolás no dejó hablar a su padre.
—Oí lo que os dijo aquella noche en Luna —confesó alarmando al señor Teodoro y a la señora Sales—Sé que tres hombres encapuchados mataron a Víctor Márquez, y que seguramente lo hicieron porque Víctor intentó matarme a mí.
El señor Teodoro y la señora Sales se miraron muy serios, no sospechaban que el niño hubiese escuchado aquella conversación.
—Tú no mandaste matar a Víctor, papá —siguió hablando Nicolás—, la yaya tampoco. ¿A quién más le puedo importar yo? Solo queda mi madre, tú me has dicho que no me abandonó a mí, que te abandonó a ti, que a mí me quería. ¿Y si es una asesina?
—¡Basta, Nico! —exclamó el señor Teodoro, angustiado— Siento que escucharas aquello. No sé qué explicación darte pero la explicación de lo que le sucedió a Víctor Márquez no es tu madre. No la conoces, si la conocieras no pensarías algo así de ella. Créeme, hijo. La encontraré, la conocerás, y te lo demostraré. Tu madre es una inmadura, una lunática, pero jamás una asesina.
—¡Ya está bien! —gritó Emilia Sales, sulfurada— Entre los dos habéis conseguido enfermarme...
—¡Pues no te pongas tan enferma! —chilló Nicolás, alterado— Yo quiero que papá encuentre a mi madre porque quiero que papá sea feliz y tú también deberías querer que tu hijo fuese feliz.
La señora Sales, con una intensa furia, se levantó y salió de la cocina. Pero un instante antes de abandonar la estancia, el señor Teodoro y Nicolás oyeron como decía:
—Nunca con esa mujer.
—No te preocupes por lo que diga la yaya, papá —le animó Nicolás—. Encuentra a mi madre, quiero que seas feliz.
—Soy feliz, Nico, no soy un hombre amargado —aseguró el señor Teodoro—. Es imposible vivir amargado con los recuerdos que tengo de ella, muchos recuerdos, y la ilusión de volverla a ver. Quiero encontrarla para mimarla, cuidarla, protegerla. Quiero hacerla feliz, esa lunática me necesita.
—Y si es necesario la raptaremos —planeó Nicolás, emocionado.
Tras la ocurrencia de su hijo, el señor Teodoro se echó a reír a carcajadas.
Nicolás lo observó, complacido. Le encantó ver esa manifestación tan alegre por parte de su progenitor.
Y las manecillas del reloj continuaban dando pasos, quedaban menos horas.
Págs. 907-913
Hoy dejo una canción de Sergio Dalma... "A Buena Hora"
Próxima publicación... jueves, 28 de mayo
