CAPÍTULO 112
EMILIA ECHA CHISPAS
D
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espués de ducharse y vestirse, los niños tuvieron
que presentarse en el despacho donde el señor Teodoro los esperaba con
semblante poco amigable.
—Cuando termine de estudiar y trabaje te devolveré hasta el último
céntimo que hubiese en la caja —le aseguró Nicolás—. Dime cuánto dinero había.
—Nico, no quiero oírte ni una palabra. Estate muy callado —le ordenó su padre con severidad—. Te vas a pasar el fin de semana haciendo deberes. Y vosotros, si
decidís quedaros con él, correréis su misma suerte. Tenéis la oportunidad de
marcharos a vuestras casas —añadió, dirigiéndose a los amigos de su hijo.
Estos se miraron, indecisos, pero muy pronto
Natalia, Bibiana y Lucas lo tuvieron claro y decidieron quedarse. Por
contra, Leopoldo pensó que lo que más le convenía era “largarse”. No le
apetecía en absoluto pasar el sábado y el domingo realizando ejercicios bajo la
tutela del director. Así pues, el pelirrojo se marchó con bastante prisa y los
demás comenzaron a hacer las tareas que el señor Teodoro indicó a cada uno.
Llevaban casi una hora sin levantar la cabeza de sus
libretas cuando la señora Sales entró en el despacho seguida de un policía. El
policía resultó ser el padre de Lucas; Nicolás, Natalia y Bibiana lo
reconocieron como uno de los agentes que los detuvo el domingo que salieron por
la ciudad. También el señor Teodoro se acordó de él, y se sorprendió de que
fuese padre de su alumno.
—No quise decirle que mi hijo iba a su instituto —le explicó el señor Soriano—, no quería que pensase que iba detrás de algún tipo de favor.
Alfredo Soriano interrogó a los niños y tomó nota de
cuanto dijeron. El señor Teodoro observó que Lucas estaba inquieto, silencioso, y muy incómodo.
—Buscaremos a los hombres y a la chica —aseguró el señor Soriano cuando terminó con el interrogatorio—, no saldrán indemnes. Y tú, Lucas, te vienes conmigo —agregó, dirigiéndose a su hijo—. No quiero que molestes al señor Teodoro y me parece fatal que no me
contases nada. Yo podía haber impedido lo que ha pasado.
El señor Teodoro y la señora Sales acompañaron al
policía y a Lucas hasta la puerta del jardín. El muchacho seguía a su padre,
apagado, y se sentó en el coche en la parte delantera al lado del conductor. El
señor Soriano arrancó el motor y partió con celeridad, pero en cuanto dejó
atrás la avenida Presidencial detuvo el coche patrulla y llamó con su teléfono
particular a Álvaro Artiach.
—Don Álvaro, quería que supiera que el señor Teodoro ya ha puesto la
denuncia. Tengan especial cuidado en que no encuentren a la señorita y a su chulo.
—No los encontrarán, han pasado a mejor vida. Y sus cuerpos son pasto
para los tiburones. Procure usted que su hijo no se vaya de la lengua con sus
amiguitos. No me gusta dejar cabos sueltos y, en este caso, su hijo es uno muy
molesto.
—Descuide, yo ataré bien atado ese cabo.
La conversación entre los dos hombres finalizó. El
señor Soriano miró a Lucas con gesto amenazador.
—No se te ocurra contarle a nadie lo que sabes —le dijo empleando un tono intimidatorio—. Te juro que si Nicolás se entera de la verdad te corto la lengua. El
señor Teodoro no va a echar de menos el dinero que le han robado, es un hombre
muy rico. ¡No podrías calcular su fortuna! A mí me va a venir muy bien el
dinero extra que me han dado los señores Artiach y Cuesta. Fue una suerte que
te expulsaran junto a ese niño de papá y otra suerte que el señor Cuesta me
llamara, porque tú no pensabas contarme nada, ¿verdad? ¡Eres un marica a las ocho y un marica a las cuatro!
∎∎∎
El señor Teodoro se sorprendió muy gratamente cuando el señor Hernández entró en el despacho acompañado de "Mikaela Melero". Al ver a "Mikaela" tuvo la sensación de que una brisa de aire fresco y renovado se colaba en la estancia.
—He estado en el hospital y me han comunicado que se había ido esta
mañana. Espero no molestar, pero cuando el celador me dijo que había firmado el
alta voluntaria temí que algo malo hubiera pasado —explicó Helena, y miró a Nicolás.
—Le agradezco su preocupación —dijo el señor Teodoro, poniéndose en pie—. Podéis salir al jardín —concedió a los niños que dieron un salto y se
despegaron de sus asientos. Estaban deseando tener un rato de libertad.
El señor Matías se retiró, y el señor Teodoro y la
señorita "Melero" quedaron a solas.
—Se acerca la hora de la comida —comenzó a decir el señor Teodoro—, sería un honor que se quedase a comer con
nosotros… Es sábado y es obligatorio comer macarrones o Nico nos arma un
escándalo. ¿Le gusta la pasta?
—Sí, es una delicia. Pero es imposible que me quede porque…
La excusa que Helena Palacios fuese a decir quedó
suspendida con la llegada de la señora Sales.
—He visto a los niños en el jardín y me han dicho que tenías la visita
de una profesora. Ya veo que se trata de la misma que acompañó a Nico al hospital.
¿No estaba enterada usted de que mi nieto había sido expulsado? ¿No pudo volver
para avisarnos? Debe usted saber que unas malas personas utilizaron al niño
para robarnos una fuerte e importante cantidad de dinero y podrían haber hecho daño al
chiquillo y a sus amigos.
Helena se quedó impactada con la perorata de Emilia.
—Mi intención era hablar con el señor Teodoro mañana —se excusó—. No quería precipitar su salida del hospital como
así ha ocurrido. No pude imaginar que Nico y sus amigos estuviesen en peligro. Desde
luego admito que todo es culpa mía. Yo era la encargada de hablar con el señor
director.
En aquel momento, Nicolás entró en la estancia. El
muchacho había recordado la petición que le hizo a "Mikaela" para que no hablara
con su padre y temía que se viera en apuros por ayudarle.
—Papá, Mikaela no te avisó de que me habían expulsado porque yo se lo
pedí —dijo el chiquillo—, no te enfades con ella.
—No estoy enfadado con ella, solo estoy enfadado con tu madre, ella es la culpable de lo sucedido.
Helena Palacios no podía creer lo que terminaba de escuchar.
—¿Está usted insinuando o queriendo decir que la madre de Nico es quien le ha robado? —preguntó, un poco nerviosa— ¿Va a acusarla de ser una ladrona?
Como primera respuesta, el señor Teodoro se rió, divertido, y Helena pudo ver que hasta sus ojos reían. Y esa visión, muy a su pesar, le gustó. Sí, le gustó y le encantó ver a Blas reír, aunque esto fuese lo último que ella admitiese públicamente.
—No, no me imagino a Helena robándome dinero —respondió el señor Teodoro—. Pero sí puedo acusarla de ser una ladrona; me robó el alma, me robó la calma, el sueño, mi vida. Creo que eso es peor que robar dinero, ¿no le parece?
—Tal vez usted también le robó lo mismo a ella —contraatacó Helena sin poderse contener.
—Espero que usted tenga razón porque eso es lo que más deseo. Sí, deseo ser otro ladrón —manifestó Blas casi voraz.
Helena Palacios no podía creer lo que terminaba de escuchar.
—¿Está usted insinuando o queriendo decir que la madre de Nico es quien le ha robado? —preguntó, un poco nerviosa— ¿Va a acusarla de ser una ladrona?
Como primera respuesta, el señor Teodoro se rió, divertido, y Helena pudo ver que hasta sus ojos reían. Y esa visión, muy a su pesar, le gustó. Sí, le gustó y le encantó ver a Blas reír, aunque esto fuese lo último que ella admitiese públicamente.
—No, no me imagino a Helena robándome dinero —respondió el señor Teodoro—. Pero sí puedo acusarla de ser una ladrona; me robó el alma, me robó la calma, el sueño, mi vida. Creo que eso es peor que robar dinero, ¿no le parece?
—Tal vez usted también le robó lo mismo a ella —contraatacó Helena sin poderse contener.
—Espero que usted tenga razón porque eso es lo que más deseo. Sí, deseo ser otro ladrón —manifestó Blas casi voraz.
—¡Basta de insensateces! —estalló la señora Sales, muy contrariada— A veces me pareces tonto, hijo. Esta mujer ha actuado de un modo muy
irresponsable…
—Lo cierto es que con usted cerca del señor Teodoro tampoco era tan
sencillo acceder a él —manifestó "Mikaela", perdiendo la paciencia—. ¿Ha olvidado que nos prohibió a todos los profesores ir a visitarlo?
¿Lo recuerda, señora?
—¡Por supuesto que lo recuerdo! —respondió la señora Sales con la misma antipatía con que se le había formulado la pregunta. Era cristalino que aquellas dos mujeres no iban a
ser amigas— ¿No pretenderá insinuar que yo soy la culpable de
lo sucedido? Una cosa es que no quiera que perturben a mi hijo con visitas que
solo entrañan cortesía; y otra muy distinta, que no quisiera recibir todas las
informaciones importantes relacionadas con mi nieto. Creo que usted no es tonta
y entiende la diferencia. Por tanto, me comprende perfectamente.
Ahora le agradecería que se marchara de mi casa. No
es usted bien recibida aquí.
—¡Mamá, por favor! —exclamó el señor Teodoro sintiéndose entre la
espada y la pared.
—¡Yaya! —exclamó Nicolás, disgustado.
—¡Tú a callar, mocoso, y sal al jardín! —ordenó Emilia al chiquillo.
—Yo también me voy al jardín y, de ahí, a la calle. Estoy necesitando
salir de esta casa —manifestó la señorita "Melero"—. Que pase un buen día, señor Teodoro. El lunes nos veremos en el
instituto.
—Siento mucho este absurdo enfrentamiento entre usted y mi madre —se disculpó el joven, en el acto, y acompañó a la rubia profesora
hasta la puerta de salida.
Cuando "Mikaela" desapareció de la vista del señor
Teodoro, este se dio la vuelta y vio a su madre, de pie, en el porche, muy
próxima a la puerta principal de la casona. El joven se dirigió hacia la mujer
y se detuvo delante de ella.
—¿Se puede saber qué mosca te ha picado? —le preguntó, enfadado— Has estado muy desagradable con esta
profesora.
—No me gusta esa chica, Blas —afirmó Emilia con vigor—. No me gusta su forma de mirarte y su forma
de mirarme a mí. Ya no me gustó en el hospital, tengo la sensación de que nos
detesta. ¿Quién diablos es?
—Se llama Mikaela Melero y es una profesora que está realizando unas
prácticas. En unos días se marchará del instituto, no te inquietes.
—¡No sabes cuánto me tranquiliza y alivia esa noticia!
Los gritos airados y desmesurados del señor Hernández, procedentes de su casa, llamaron la atención del señor Teodoro y de su madre. También Nicolás, Natalia y Bibiana escucharon los vozarrones emitidos por el hombre.
El señor Teodoro envió a los niños de nuevo al
despacho para que continuasen con sus deberes.
—¿Me explicas a dónde vas? —indagó la señora Sales, crispada, viendo que la intención de su hijo no era
otra que la de dirigirse a casa de la familia Hernández.
—Voy a ver qué le sucede a Matías para gritar de ese modo.
—¡No tienes que ir a ninguna parte! ¡Eres un entrometido! Matías está
en su casa con su familia. Debes ser más prudente y no inmiscuirte en sus
asuntos personales por muy empleado tuyo que sea. Debes respetar su intimidad.
El señor Teodoro se paró en seco y, aunque no muy
convencido, renunció a su idea. Volvió sobre sus pasos y entró en la casa,
camino del despacho.
Emilia Sales corrió hacia la casa de Matías y llamó a
la puerta con verdadera furia. El señor Hernández abrió, presto.
—¡No vuelvas a vociferar de esa forma! —le increpó, alterada— ¡Mi hijo ha estado a punto de venir, no sé
cómo he podido disuadirlo! Lava tu ropa sucia en silencio y con discreción. No
quiero problemas con Blas y los vamos a tener si no eres más reflexivo. Ten
cuidado o acabarás perdiendo tu empleo.
Tras estas recomendaciones, la señora Sales se
marchó habiendo oído nítidamente los llantos amortiguados de Prudencia y de
Cruz. También las pobres mujeres habían oído sus palabras y comprendieron que
ninguna ayuda podían esperar por su parte. Y a pesar de que el señor Teodoro parecía
todo un caballero de cuento de hadas, a las dos infelices les faltaba valor
para confiarle sus miserias. Por consiguiente, seguían condenadas a padecer y
soportar su precaria situación.
Págs. 886-892
Esta semana os dejo una canción de La Oreja de Van Gogh... "Muñeca de trapo"
Próxima publicación... jueves, 16 de abril
Y hoy quiero desearos que paséis unos muy felices días de Semana Santa
Y hoy quiero desearos que paséis unos muy felices días de Semana Santa
