CAPÍTULO
10
BLAS HABLA CON
NICOLÁS
L
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a cocina era muy amplia, con paredes cubiertas de ladrillo
visto y un ventanal por donde se veía parte de una de las terrazas exteriores.
Una puerta blanca acorazada, permitía el paso a la terraza. En el centro de
la estancia, una mesa redonda, grande, de cristal acido con pie de
metal estaba rodeada de sillas con asientos laminados en blanco. A Patricia y
a Bibiana les llamó la atención una alacena de chapa de madera plateada con puertas de rejilla. Todos los electrodomésticos eran de acero inoxidable. El
suelo, porcelánico, resultaba práctico por su dureza y era sencillo de limpiar.
—Buenos días —sonrió
Emilia—. Sentaros, enseguida os pongo el desayuno. A mi hijo se le han debido
pegar las sábanas.
Natalia comprendió el motivo por el cual el señor Teodoro se
retrasaba.
—Pues
cuando venga deberías castigarlo por llegar tarde al desayuno—bromeó la niña.
Todos rieron imaginando al señor Teodoro “castigado”
por su madre. Cuando los niños estaban a medio desayunar, el joven entró en la
cocina.
—Buenos
días —saludó—, siento el retraso.
—¡Hijo mío! —exclamó Emilia—, ¡qué ojeras son esas!
¿No has dormido bien?
—No
mucho —respondió éste—. Esta noche el viento era huracanado. Se sentó en una de las sillas vacías y cogió
una tostada. La señora Emilia le acercó un tazón con leche.
—¿No
tendrías miedo por el viento? —preguntó Elisa con guasa.
—Un
poco sí —confesó el joven, siguiendo la chacota—, estuve muy a punto de ir a
meterme en tu cama.
Natalia y Nicolás se miraron, la niña se sonrojó. En
aquel momento, alguien llamó a la puerta. El señor Teodoro se levantó a abrir.
Era Sandra.
Los niños, al verla, se echaron a reír
estrepitosamente. Sandra, como de costumbre, iba exageradamente maquillada. La
chica, quitándose el abrigo, les lanzó una mirada furiosa.
—¿No
hay espejos en tu casa? —indagó Natalia, divertida.
—Tampoco
debe haber luz —añadió Nicolás riendo.
—No
les hagas caso, Sandra —recomendó el señor Teodoro aunque, en su interior, tenía
que reconocer que la chica se pintaba demasiado. Su falda cortísima tampoco era
adecuada para el tiempo que hacía.
—Si
no has desayunado, siéntate a acompañarnos—la invitó Elisa. La muchacha se sentó mirando, ceñuda, a los
primos. Los chiquillos continuaban con sus risas.
—¡Ya
está bien! —les advirtió el señor Teodoro en tono severo. Los niños dejaron de
cachondearse.
—Hoy
Nico ha desayunado como un rey —dijo la señora Emilia, contenta, y dio un beso cariñoso
en la mejilla del chiquillo.
El señor Teodoro terminó de tomar la leche.
—En
el salón lo tenéis todo preparado para que adornéis el árbol y pongáis el Belén
—dijo a los chicos—. Tú, Nico, ven un momento a mi despacho. Quiero hablar
contigo. Luego ayudarás a las niñas.
El hombre se levantó y salió, seguido de Nicolás. Pasaron
al salón y el señor Teodoro abrió una puerta que daba acceso a su despacho. Una
vez entró el niño, cerró la puerta.
En el despacho había numerosas estanterías con multitud
de libros. Una ventana grande permitía contemplar la montaña y una mesa de
madera refulgente ocupaba el centro del estudio. El señor Teodoro indicó a
Nicolás que se sentara y él también lo hizo, frente al niño, al otro lado de la
mesa. El muchacho observó el rostro del hombre; estaba serio y, desde luego, parecía
no haber dormido suficiente. Tenía unas ojeras muy marcadas debajo de los ojos.
En la parte izquierda de la mesa había varias carpetas; el señor Teodoro cogió
una, de color rojo. La abrió y sacó unos folios. Puso delante del niño dos montones
de hojas grapadas.
—Estos son los exámenes
que hiciste en septiembre —declaró el joven, señalándolos con un
bolígrafo—, y estos son los exámenes que has hecho este primer trimestre. Has suspendido en todos. ¿Me puedes explicar a qué estás jugando?
Nicolás miraba las hojas que tenía ante sí sin
atreverse a levantar la vista. Tragó saliva, nervioso. El señor Teodoro lo miraba
en silencio, esperando. El niño seguía mirando los folios sin decir palabra.
—Nico, te he hecho una pregunta y
estoy esperando una respuesta —dijo el hombre con calma.
—Suspendí
a propósito —declaró el chico sin levantar la vista.
—Sí,
eso ya lo sé —manifestó el señor Teodoro—. Me interesa saber por qué lo has
hecho. El niño volvió a enmudecer; el señor Teodoro le daba vueltas al bolígrafo que tenía entre sus manos. Nicolás volvió a tragar
saliva, ahora se arrepentía de lo que había hecho, pero era un poco tarde. No
había pensado bien en las consecuencias de sus actos. Blas tenía las fotocopias
de sus exámenes y sabía que había suspendido adrede. Las manos del chico
comenzaron a sudar.
—No
volveré a hacerlo —aseguró con un hilo de voz.
—De
eso puedes estar convencido —afirmó el señor Teodoro intentando no excitarse.
Veía con claridad que el muchacho estaba asustado—. Hay algo que debí decirte
hace tiempo —continuó hablando—; lo voy a hacer ahora. Soy tu tutor legal. He
decidido que no vas a volver al internado; cuando se acaben estas vacaciones
nos trasladaremos a Aránzazu. Irás al instituto que va Nat. Tengo una mala noticia
que darte: no voy a seguir dando clases en la universidad de Markalo. Seré el
nuevo director de tu instituto y no voy a tolerarte ninguna otra estupidez.
Nicolás no podía creer lo que escuchaba. Se
atrevió a levantar la cabeza y miró al señor Teodoro. El hombre lo miraba fijamente.
—¿Necesitas
que te enseñe la documentación que me acredita como tu tutor? —preguntó el
joven.
—No
—susurró el niño.
—Bien
—el señor Teodoro parecía satisfecho—. Nico, esto no es opcional, no tienes la
libertad de elegir. Un juez me nombró tu tutor y yo acepté el cargo. Nadie
me paga por ello.
Nicolás se sorprendió mucho al oír esta
revelación; él creía que su padre le pagaba un sueldo. Después de un breve
silencio, el hombre continuó hablando.
—Si
alguna vez piensas en escaparte, mejor piénsalo dos veces y no lo hagas —Blas
Teodoro notó que un ligero rubor se asomaba al rostro del chiquillo y que el
jovencito volvía a tragar saliva—. Si se te ocurre fugarte, ten presente que te
encontraré y no te gustará estar en tu pellejo cuando eso suceda —amenazó el
hombre.
—No
pienso escaparme —dijo el niño con sinceridad.
—Bien
—aprobó el señor Teodoro—. Puedes marcharte a ayudar a las niñas.
Nicolás se levantó y salió del despacho
cerrando la puerta tras de sí. Vio a Natalia, a Patricia y a Bibiana adornando
el árbol de Navidad. Se acercó a ellas, radiante.
—¿Qué
tal te ha ido? —preguntó Natalia, aunque por la expresión que veía en el rostro
de su primo sabía que todo iba bien.
—Fenomenal
—contestó Nicolás, feliz—, puedes estar tranquila, no voy a escaparme. Y
explicó a las niñas lo que el señor Teodoro le había dicho. Natalia y Patricia
empezaron a dar saltos de alegría. ¡Iba a ser emocionante que el chico fuese al
mismo instituto que ellas! Nadie se dio cuenta de la sombra de tristeza que
reflejaba la cara de Bibiana.
“Pobre Nico”, pensó, “Blas le ha mentido. Lo que realmente va a
hacer es entregárselo a su verdadero padre. Estela se lo dirá el día del Roscón
de Reyes”.
Nicolás se fijó en Bibiana.
—No
parece alegrarte la noticia—comentó, extrañado.
—Claro
que me alegra —mintió la niña—, es que me he quedado muy asombrada. ¿Y no te ha
castigado por haber suspendido adrede? —preguntó, deseando cambiar de tema.
El muchacho denegó moviendo la cabeza.
—¿Y
dónde viviréis? —volvió a preguntar Bibiana.
—Eso
no me lo ha dicho.
—¡Seguro
que viviréis con nosotras! —aventuró Natalia—. La casa de Elisa es muy grande,
sobra espacio. Sería absurdo que vivierais en otra parte. Ahora sí que vamos a
pasar unas navidades felices.
Natalia se equivocaba, las navidades no iban a
ser tan felices como ella imaginaba.
Págs. 65-70
