CAPÍTULO 92
CAFÉ CON TILA
E
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l señor Teodoro estaba reunido en su despacho
con Elvira Ramos, la madre de Patricia. A la mujer la mataba la curiosidad por
conocer al padre de Nicolás. Si como su hija le había dicho, el padre estaba
más “bueno” que el hijo, esa era una visión que ella quería ver desde muy cerca. Y
de muy cerca lo estaba viendo puesto que tenía al señor Teodoro sentado frente
a ella. Y su hija no había exagerado ni un poco ya que, desde luego, el padre
estaba más “bueno” que el hijo. Tal vez porque le aventajaba en años y, esos
años, le sentaban muy bien.
El joven director estaba explicándole que
existían muchos oficios a los que ella tenía capacidad para optar. Que él podía ayudarla a encontrar
un buen trabajo, que ejercer la prostitución y, además, hacerlo en su propia
casa y, en presencia de su hija, era una influencia poco recomendable para la niña.
Las palabras del señor Teodoro estaban cayendo
en saco roto y estaba perdiendo su tiempo; la señora Ramos no le escuchaba,
simplemente permanecía como hipnotizada, contemplando al atractivo joven.
—Me encantaría que alguien como tú me diese un beso
de tornillo —declaró la mujer, segando los razonamientos del
director—. La madre de Nico debe estar loca por dejar escapar
a un semental de tu tamaño. Yo podría conseguir darte mucho placer…
La perorata de la madre de Patricia fue
interrumpida por un exaltado profesor de matemáticas que entró en el despacho
como un ciclón tropical. El hombre se sorprendió cuando vio a Elvira Ramos y su
furia se multiplicó.
—Espero no interrumpir nada importante, veo que las madres de nuestros alumnos ya se interesan por entrevistarse con usted —dijo empleando un tono irónico—. No sé si le interesará saber que en el aula de su hijo estaban
chillando de tal forma que me era imposible dar clases como es debido. He ido a
ver qué sucedía y me he encontrado en el pasillo a Paula y a su ayudante
hablando tranquilamente. ¡Habían abandonado el aula y tan tranquilas estaban! Y
esa vulgar rubia que, no sé de dónde ha salido, me ha enviado al infierno y me
ha dicho que se iba a la cafetería a tomarse un café negro muy cargado. ¡Con la
mayor frescura, eso me ha dicho! ¡Es inaudito!
—¿Qué ha dicho usted? —indagó el señor Teodoro, levantándose.
—¡Lo que ha oído! ¡Me ha mandado al infierno y a un volcán en erupción! —respondió el señor Cuesta, complacido. Le pareció que el director se
había impresionado sobremanera.
—¿Qué ha dicho que se iba a tomar en la cafetería? —interrogó el señor Teodoro, sorprendiendo al profesor y a Elvira Ramos— Repítamelo con claridad.
—Ella ha dicho que un café negro y muy cargado —contestó Ismael Cuesta sin entender a qué venía esa pregunta—. ¡Bebiendo esos brebajes no es de extrañar que
esté enloquecida!
—Vuelva a su clase —ordenó el señor Teodoro—. Iré a la cafetería a hablar con ella. Nuestra conversación tendrá
que proseguir en otro momento, señora Ramos.
El profesor de matemáticas y Elvira salieron
del despacho, seguidos del señor Teodoro que cerró la puerta con llave. Su mano
temblaba ligeramente y respiraba con cierta agitación. Pasó por conserjería y
dejó aviso de que estaría un rato en la cafetería.
—¡Qué alegría para los ojos! —suspiró una de las conserjes cuando el joven
se alejaba.
—¡Sí, nos vamos a alegrar la vista! —sonrió su compañera, haciéndole un guiño.
La cafetería estaba ubicada en la planta baja,
había indicaciones pero al señor Teodoro no le hacía falta seguirlas. Conocía
muy bien cada lugar del instituto ya que repasó varias veces, en Luna, durante las vacaciones navideñas,
un plano que le habían mandado del edificio.
En la cafetería, dos hombres hablaban,
acodados en la barra, mientras bebían.
"Mikaela" permanecía sentada en solitario. El señor Teodoro pudo ver el perfil de su rostro al acercarse a su mesa. Su nariz era levemente respingona... como la nariz de Nicolás y la nariz de Helena Palacios.
"Mikaela" permanecía sentada en solitario. El señor Teodoro pudo ver el perfil de su rostro al acercarse a su mesa. Su nariz era levemente respingona... como la nariz de Nicolás y la nariz de Helena Palacios.
La joven fue pillada por sorpresa, no se
percató de la presencia del señor Teodoro hasta que no lo tuvo junto a ella.
Estaba ensimismada tomando una taza de café muy oscuro y leyendo, una y otra
vez, las líneas escritas por Nicolás.
La mujer levantó la vista y sus claros ojos se
encontraron con unos ojos, todavía más negros, que el café que saboreaba. Esos ojos negros la miraban fijamente y parecían querer
taladrarla. Por un momento, Helena se sintió insegura, pero de inmediato se recobró.
—¿Desea algo, señor Teodoro? —preguntó con frialdad aplastante.
—Sí —asintió el hombre—. Deseo hablar contigo. ¿Puedo sentarme?
—Es usted el director de este centro, ¿hay algo que no pueda hacer?
Puede sentarse y puede hablar, no estaría bien visto que me negara. Pero no
puede tutearme; eso no se lo permito. No me gustan las confianzas, prefiero
guardar distancias con personas que no conozco.
El señor Teodoro se sentó frente a "Mikaela"; el
camarero, presuroso, acudió a preguntarle qué quería tomar en cuanto los
hombres que estaban en la barra le comunicaron quién era.
—Una tila bien cargada —dijo el señor Teodoro sin apartar la mirada
de "Mikaela".
La joven rubia también lo miraba y, ni
siquiera, pestañeó.
—¡Qué cosa más curiosa! —exclamó el camarero, sonriendo— La señorita me ha pedido un café negro muy cargado y, usted, una tila
muy cargada.
—Tráigame otro café negro y muy cargado —dijo "Mikaela" sin dejar de mirar al señor Teodoro.
El camarero se fue hacia la barra, bastante
extrañado por la actitud del director y de la profesora. Ambos se miraban como
si estuviesen a punto de batirse en duelo.
—¡Y bien, señor Teodoro!, ¿qué quiere decirme? —indagó "Mikaela", aproximando la taza a sus labios y apurando el líquido que contenía. Seguidamente depositó la
taza sobre la mesa.
—El señor Ismael Cuesta ha venido a mi despacho a quejarse de usted —declaró el señor Teodoro, nervioso. Había algo en aquella mujer que
lo trastornaba—. La acusa de haberlo mandado al infierno.
—Es cierto —admitió "Mikaela" con mucha serenidad—, ese hombre es un patán. No me ha gustado el modo como le ha hablado
a Paula. Y tampoco me ha gustado como se ha referido a los alumnos. Si no le
gustan los niños, lo más sensato y lógico sería abandonar la enseñanza. Ha
errado la profesión.
—Creo que usted tiene razón —estuvo de acuerdo el señor Teodoro—. Lo cierto es que no me gusta el señor Cuesta.
En aquel momento el camarero llegó con las
consumiciones requeridas y retiró la taza de café vacía, junto con su platillo
y cucharilla.
—Si está de acuerdo conmigo y no piensa despedirme, entonces nuestra
conversación ya no tiene sentido —declaró "Mikaela", una vez se quedaron a solas.
El señor Teodoro comprendió que lo estaba
echando.
—Tengo la sensación de caerle muy mal y no entiendo por qué —manifestó con sinceridad—. Acabamos de conocernos. ¿Qué he hecho tan
mal?
—Usted no ha hecho nada. Simplemente no me gustan los guaperas.
—No voy presumiendo de ser guapo, se equivoca conmigo —se defendió el joven, muy asombrado—. No soy responsable de mi físico. Me ha di cho un absurdo. No voy por el mundo de
conquistador; ni siquiera tengo pareja. Estoy bien solo.
Por otra parte, usted es una mujer muy
hermosa. ¿Tampoco se gusta a sí misma?
—Está bien, no diré absurdos. No me gustan los hombres que hablan mal a sus hijos sobre sus madres —prorrumpió "Mikaela" en tono acusador.
El señor Teodoro tomó un buen sorbo de tila.
Después, con voz ronca, dijo:
—Nunca he hablado mal a mi hijo sobre su madre.
"Mikaela" enseñó al director la hoja con la
resumida redacción de Nicolás. El hombre la leyó, atentamente, y seguidamente
terminó de beber su tila.
—El niño ha escrito la verdad —declaró con cierta tristeza—; su madre se fue cuando él tenía tres años.
No puede acordarse de ella porque era muy pequeño, y yo rompí todas sus fotos.
—Es muy poco común que una madre abandone a su hijo —comentó "Mikaela" utilizando, de nuevo, un tono acusador.
—Pues la madre de Nico lo hizo —afirmó el señor Teodoro, rotundo—. De todos modos, no entiendo su interés…
Helena comprendió que tenía que buscar una excusa de inmediato.
Helena comprendió que tenía que buscar una excusa de inmediato.
—Yo también me crié con mi padre —repuso—; también mi madre se fue siendo yo muy niña,
pero tenía muy buenas razones para marcharse. Ella me adoraba y mi padre me
hizo creer que yo no le importaba.
—Lo siento —murmuró el señor Teodoro—. Pero le aseguro que ese no es el caso de Nico.
Hubo un breve silencio que el señor Teodoro
quebró para formular una pregunta que sorprendió a Helena y a él mismo.
—¿Qué perfume utiliza?
—¿Cómo dice?
El señor Teodoro sonrió, ruborizándose
levemente, y mostró su blanca y bonita dentadura.
—Discúlpeme. A usted la acompaña un aroma que me trae recuerdos de una
persona. Usted utiliza el mismo perfume que Helena. También ella tomaba café
negro y muy cargado, y tenía su misma nariz.
—¿Quién es Helena? —inquirió "Mikaela" teniendo que hacer acopio de mucha sangre fría.
—La madre de mi hijo, es la madre de Nico.
—¿Qué edad debe de tener ahora?
—Treinta y ocho años.
—Me lleva una década. Yo tengo veintiocho —declaró Helena, sabiendo que este detalle era una muy buena baza.
—Disculpe —dijo el señor Teodoro, mirándola muy fijamente—. Es que si su cabello fuese de otro color, si sus ojos fuesen negros, si su voz fuese otra... usted sería Helena.
—Pues lamento recordarle a esa mujer, no debe ser grato para usted —respondió "Mikaela", deseando con toda el alma que aquella conversación llegara a su fin. Y como por arte de magia su deseo se cumplió.
—Disculpe —dijo el señor Teodoro, mirándola muy fijamente—. Es que si su cabello fuese de otro color, si sus ojos fuesen negros, si su voz fuese otra... usted sería Helena.
—Pues lamento recordarle a esa mujer, no debe ser grato para usted —respondió "Mikaela", deseando con toda el alma que aquella conversación llegara a su fin. Y como por arte de magia su deseo se cumplió.
En aquel instante un hombre de prominente
papada y prominente estómago se aproximó a la mesa que ocupaban el director y
la profesora.
—¡Usted debe de ser el padre de Nico! —exclamó con regocijo— ¡Es su vivo retrato! En conserjería me han
dicho que lo encontraría aquí y, por lo que veo, está muy bien acompañado.
El señor Teodoro no salía de su asombro, no
conocía a aquel hombre absolutamente de nada.
—Soy el padre de Bibiana; Amadeo Ortiz para servirle. Ayer vi a su hijo y le
pedí que le dijera que estoy sin faena. No sé si el chaval le habrá dicho
algo… los muchachos van a su bola. Necesito un curro, tengo muchas bocas que
alimentar en casa.
El señor Teodoro miró, gravemente, al señor
Ortiz; un hombre de cuarenta y un años, de estatura media, obeso y aspec to desagradable.
—Querrá decir usted que es el padrastro de Bibi —rectificó el joven.
—Yo he criado a esa niña y lleva mi apellido. Y he tenido tres hijos
más con su madre. Su padre no ha dado la cara para nada desde que la cría tenía
dos años.
—¿A qué se dedicaba usted, qué trabajo puede realizar? —interrogó el señor Teodoro.
—Pues, fíjese —respondió el señor Ortiz—, me he dado cuenta de que en conserjería hay dos mujeres, no les
vendría mal que hubiera un hombre… Soy un manitas; puedo arreglar cualquier
cosa que se estropee. Le puede venir muy bien a este instituto contar conmigo.
Helena observaba atentamente al padrastro de
Bibiana, sintiendo repulsión hacia el individuo.
—Muy bien —dijo el señor Teodoro, levantándose de su silla—. Trabajará aquí. Así lo tendré a mano y si se le ocurre tocar a Bibi,
yo lo tocaré a usted. ¿Me ha comprendido? Puede empezar mañana, le tendré listo
el contrato.
El señor Ortiz asintió, intimidado por la
corpulencia y la estatura del director. Posiblemente
midiera dos metros o quizás más.
—Me ofende usted, a mí no "me se" ocurriría pegar a Bibiana —mintió el hombre—. Es una chica obediente y hacendosa.
—En ese caso nos vamos a llevar bien, seguro —manifestó el señor Teodoro dando una palmada, poco amigable, en la
espalda del hombre.
El señor Ortiz se marchó con su espalda
dolorida y el señor Teodoro miró a "Mikaela".
—Tengo que irme —le comunicó—. No tardará en sonar el timbre y tengo clase con el grupo de mi hijo.
Nos veremos.
—Durante cuatro semanas, de lunes a viernes —puntualizó la mujer.
—Quizás sea tiempo suficiente para que nos hagamos amigos.
—Lo dudo —le desanimó "Mikaela"—; no soy muy sociable.
El señor Teodoro se dirigió a la barra y pagó
lo que habían tomado él y la profesora.
Posteriormente se dirigió a su despacho y
buscó en un fichero los informes de los profesores. Le interesaba uno en concreto,
el de Mikaela Melero. Lo estuvo leyendo y sus referencias eran excelentes.
El joven se quedó absorto durante un rato
hasta que sonó el timbre que indicaba el cambio de clase. Guardó el informe de
la atractiva y extraña profesora y salió del gabinete pensando que, probablemente, su madre tuviese razón. Quizás estaba demasiado obsesionado por Helena, demasiadas ganas de volver a verla... y ya comenzaba a imaginarla en el rostro de otra mujer.
Súbitamente se acordó de Benito Sierra y, de
camino al aula, efectuó una llamada; quien habló con él le dijo que ninguna
persona con ese nombre se había presentado por el momento.
Págs. 724-732
Este jueves dejo en el lateral del blog una canción de Malú... "Desaparecer"
Y, por supuesto, os agradezco todos los comentarios que me habéis dejado durante estos días de vacaciones... Muchas gracias
Y, por supuesto, os agradezco todos los comentarios que me habéis dejado durante estos días de vacaciones... Muchas gracias
