EL CLAN TEODORO-PALACIOS

CUARTA PARTE
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jueves, 20 de febrero de 2014

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 88


























CAPÍTULO 88

ALTERCADO EN LA CALLE DEL PINTOR NEGRO



A

 Marcos no le hizo ninguna gracia enterarse de que tenían que ir a la calle Pintor Negro; estaba ubicada en un barrio humilde y temió que surgiera algún problema.
            “Creí que Nico solo se codearía con gente rica. Por lo visto, no es así”, pensó, contrariado. “Don Blas no confiará en mí si el primer día que su hijo sale conmigo, pasa algo malo”.
Nicolás y Natalia caminaban delante de Marcos.
            —¿Ha sido necesario que ese chico venga contigo? —cuchicheó Natalia— Parece tu guardián.
            —Mi padre no me hubiera dejado salir solo.
            —¿Tu padre? —se extrañó la niña— ¿Ya ha conseguido Blas que lo llames papá?
            —No —aseguró Nicolás en voz baja—. A él no lo llamaré papá hasta que no cumpla con el castigo que le he puesto.
            —¡Ay, Nico! —sonrió Natalia, divertida— Creo que Blas va a acabar arrancándote las dos orejas.
Deberías repetir curso otra vez —añadió—, y el año que viene nos juntaríamos en segundo.
            —Eso no sucedería nunca, Nat. Mi padre me mataría.
Después de andar un cuarto de hora llegaron a la calle Pintor Negro. Era una calle estrecha y en los bordes de las aceras se encontraban vehículos estacionados, por lo cual, la calzada tenía una única dirección. En la mayoría de las ventanas, de sencillos pisos, habían instalado tendederos y de muchos de ellos colgaba ropa como si de una exposición se tratara.
Natalia se paró ante un portal con la puerta bastante necesitada de una capa de pintura. Pulsó uno de los timbres del portero automático. Inmediatamente un hombre con el cabello alborotado y cara soñolienta se asomó por una ventana de la segunda altura de la finca.
            —¿Quién llama, qué pasa? —indagó a voces.
Los tres muchachos miraron hacia arriba.
            —Venimos a buscar a Bibi —respondió Natalia.
El hombre, de prominente papada, examinó a los chiquillos y enseguida dedujo quién de ellos era Nicolás.
            —Tú debes ser el famoso Nico, ¿a qué sí? —interrogó.
El muchacho asintió, pensando que aquel desagradable tipo tenía que ser, por fuerza, el padrastro de Bibiana.
            —¡Pues dile a tu padre que el papá de tu amiguita Bibiana se ha quedado sin trabajo! ¡El ricachón de tu padre tiene que tener muchos contactos y influencias! ¡A ver si me consigue un curro!
Nicolás volvió a asentir y bajó la cabeza. No le causó buena impresión el padrastro de Bibiana y sintió de veras que la niña estuviera bajo la tutela de semejante individuo.
A Marcos le pareció un auténtico cara dura. A Natalia, que lo conocía de sobra, no le sorprendió su comportamiento.
Minutos después, Bibiana se reunió con sus amigos. Se sentía avergonzada por la actitud de su padrastro; Nicolás notó su apuro y le dio un par de besos amistosos.
            —¡Venga, vayámonos de aquí! —se apresuró a decir Marcos.
Estaba más que inquieto y deseando marcharse. Hacía rato que había visto a un hombre en la acera de enfrente con muy mala catadura y el desconocido no dejaba de mirarles. Iba vestido con ropa vieja, sucia y rota; y su cara estaba cubierta por una barba muy desarreglada.
Nicolás presentó a Marcos y a Bibiana, y comenzaron a caminar. Marcos giró la cabeza y miró hacia la acera de enfrente comprobando que el hombre desaliñado caminaba en su misma dirección.
            —¿No podíais ir más deprisa? —apremió a Nicolás y a Natalia que marchaban delante.
            —Cálmate —le dijo Nicolás mirando su reloj—. Son las once, tengo permiso hasta las dos. Además, si llego tarde soy yo quien va a ser castigado, no tú.
            —¡Oh, no! ¡Lo que faltaba! —exclamó Natalia con fastidio— Por ahí vienen Paddy, su madre y el profesor de matemáticas. ¿Sabías que el profe de mates es un cliente de la madre de Paddy?
Nicolás miró hacia el frente y vio a Patricia. Detrás de ella iba una mujer que por su aspecto parecía, sin duda, una prostituta. La acompañaba un hombre que debía pasar la cuarentena. El hombre llevaba un abrigo que camuflaba su vientre abultado y lo más notorio de su rostro eran unos grandes y horribles granos que moraban en su frente y mejillas.
            —Hola, Nico, ¿qué tal estás? —saludó Patricia al chaval cuando estuvo a su altura.
            —¿Este es Nico? —preguntó la señora Ramos, madre de la niña— ¡Menuda pieza de jovencito! Si lo deseas, no me molestaría hacerte un trabajito gratuito —agregó, sonriendo con picardía.
Nicolás se sonrojó y bajó la cabeza, violento y abochornado.
            —¡Basta de idioteces, putas baratas! —gritó el profesor, empujando con furia a madre e hija.
Debido a la embestida del hombre, Patricia chocó contra Nicolás y Elvira Ramos cayó sobre Natalia y, ambas, rodaron al suelo, arrastrando en su caída a Bibiana.
Nicolás reaccionó, muy enfadado, apartó a Patricia y se encaró con el individuo, dándole un tremendo empujón que hizo que el señor Ismael Cuesta cayera de espaldas.
            —¡Es usted un salvaje! —chilló el muchacho— ¡Aprenda modales!
Marcos estaba terriblemente nervioso sin saber qué debía hacer. Finalmente optó por ayudar a levantarse al profesor. Nicolás ayudó a la señora Ramos, a Natalia y a Bibiana. Cuando todos estuvieron de pie, el hombre vestido con harapos que había sido espectador de la trifulca se acercó a Nicolás.
            —Tengo hambre —le dijo, extendiendo la palma de una mano sucia y encallecida—. Una limosna, por favor.
Nicolás se quedó atónito; nunca antes un mendigo le había pedido dinero. A decir verdad, nunca antes había visto personalmente a un mendigo.
El muchacho rebuscó en un bolsillo de su pantalón de pana y extrajo tres billetes de diez dívares.
            —Lo siento —murmuró—, no llevo nada más.
            —Gracias, muchas gracias —agradeció el indigente, agarrando el dinero que el niño le ofrecía.
Los policías que habían estado siguiendo a los chiquillos vieron llegado el momento de intervenir.
            —¿Qué está pasando aquí? —interrogó el más alto con cara de pocos amigos— En Aránzazu está prohibido mendigar y está prohibido dar limosnas a los menesterosos.
            —Yo hago con mi dinero lo que quiero —declaró Nicolás con rapidez.
            —Esa no es forma de contestar a un agente de la autoridad, muchacho. Muéstrame tu documentación.
            —No llevo ninguna documentación.
            —Está prohibido salir a la calle sin carnet de identidad. ¿Qué edad tienes?
            —Quince.
            —¡Este chico es un agresivo! —acusó el profesor de matemáticas— ¡Me ha tirado al suelo de un empujón!
            —¡Usted es el agresivo! —replicó Nicolás— Ha tirado al suelo a esta señora y a estas dos chicas —el chiquillo señaló a Elvira Ramos, a Natalia y a Bibiana.
            —¡Yo no he tirado a nadie! He tropezado y he empujado, sin querer, a la mujer y a las niñas —mintió el señor Ismael Cuesta—. Soy un hombre respetable, soy profesor de matemáticas en el instituto Llave de Honor.
            —¿Dónde vives? —preguntó el policía más bajo a Nicolás.
            —Vive en la avenida Presidencial, número siete —respondió Marcos—. Su padre es don Blas Teodoro, es el nuevo director del instituto Llave de Honor.
Al señor Cuesta no le agradó nada lo que terminaba de oír; era muy inoportuno y una fatal casualidad que aquel chaval fuese precisamente el hijo del nuevo director.
            —¡Bien! —exclamó el policía más alto— Vamos a acompañarte a tu casa y hablaremos con tu padre.
            —¡Yo no he hecho nada malo! —protestó Nicolás, sofocado.
            —Escúchame bien, muchacho, o vamos a tu casa o te llevamos a comisaría y tendrá que venir tu padre a buscarte allí. ¿Qué prefieres?
            —Será mejor que vayamos a casa, Nico —intervino Marcos—. Es peor que tu padre tenga que ir a comisaría.
            —¡Son ustedes unos cerdos! —insultó Nicolás a los dos policías, muy alterado.
Los dos hombres intercambiaron una significativa mirada.
            —¡Camina hacia tu casa, muchacho! —gritó el policía más bajo— ¡No nos obligues a esposarte y a llevarte a comisaría!
            —¡Nico, haz caso, por el amor de Dios! —le pidió Marcos, asustado— Son policías, ¿es que estás loco?
Natalia y Bibiana temieron que Nicolás atacase a los agentes del orden en cualquier momento. Natalia se acercó al niño y le cogió una mano.
            —Vamos a tu casa, Nico —le susurró—. Se lo explicaremos todo a Blas.
El chiquillo asintió; resignado y cabizbajo comenzó a andar lentamente. Natalia no le soltó la mano y Marcos caminaba a su otro lado. Los policías les seguían y Bibiana y el mendigo iban detrás de estos.
El señor Cuesta, la señora Ramos y Patricia se quedaron en la calle del Pintor Negro. Algunos vecinos se habían asomado a sus ventanas y curiosearon lo sucedido en la calle.
            —¡Eres un bestia! —gritó Elvira Ramos al profesor, mientras trataba de arreglarse el cabello, ondulado artificialmente, y teñido de un rojo chillón.
            —¡Y tú una perra que estaba coqueteando con un crío! ¡Y precisamente ese crío tenía que ser el hijo del director! Mi reputación puede quedar muy mal parada.
            —Eso no lo dude, señor Cuesta —manifestó Patricia—. Blas Teodoro es un hombre muy serio y muy recto. Y está muchísimo más bueno que su hijo —añadió, guiñando un ojo a su madre—. Pero, no sueñes, mamá. No conseguirás meterlo en tu cama.
              —¿Y dices que está más bueno que su hijo? Ese sabroso pastel tengo que probarlo, estoy harta de pan duro y rancio —dijo la señora Ramos mirando, con desprecio, a Ismael Cuesta.
El hombre, a su vez, la miraba con ojos llenos de cólera. 

Págs. 689-695

Y este jueves, dejo en el lateral del blog una canción de Cristian Castro... "Por amarte así"                                                        
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