CAPÍTULO 87
FLORES DE BLAS TEODORO
A
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quella mañana de domingo Nicolás entró, muy sonriente,
en la cocina. Dio un beso a su abuela y otro a su padre. Había descansado muy a
gusto y una sonrisa permaneció dibujada en su rostro mientras dormía.
El señor Teodoro le preparó un cuenco de leche con
cereales y los dos adultos y el chiquillo pasaron a la estancia unida a la
cocina para desayunar sentados alrededor de la mesa.
—Marcos vendrá a las diez —anunció Nicolás.
—¿Os habéis hecho amigos? —preguntó la señora Sales— ¿Tenéis algún plan para esta mañana?
La pregunta de su abuela vino de perlas al muchacho.
—Sí que tenemos un plan —aseguró, contento—; Marcos me va a acompañar a ver a Nat y a Bibi. Yo no conozco esta
ciudad, pero él sí.
—Nico, mañana vas a ver a Nat y a Bibi en el instituto —dijo el señor Teodoro—. Por otra parte, puedes llamarlas y pedirles
que vengan a verte. En el jardín tenéis mucho espacio para jugar y, también en
tu cuarto de juegos.
—¿Y por qué no puedo salir yo? —protestó el niño, airado— ¡Es de día y Marcos me acompaña!
—Se te olvida que estás castigado —declaró el señor Teodoro, inflexible—. Te escapaste de casa, ¿recuerdas? Has repetido dos cursos a
propósito y, encima, este primer trimestre has suspendido cinco asignaturas
también a propósito. ¿Quieres que te recuerde más cosas?
—¡Tú también estás castigado!
—exclamó Nicolás, enfadado— ¡Y todavía no te he visto escribir ninguna frase de las que te
encargué!
El señor Teodoro obsequió a su hijo con un generoso
cachete.
—¡Está bien! —dijo a continuación, sorprendiendo al
chiquillo—. Vas a poder salir, pero con una condición. Yo te
dejo salir y tú me perdonas cien mil frases. ¿Aceptas el trato?
Nicolás asintió de inmediato. El señor Teodoro puso
delante de él una pequeña agenda y un bolígrafo. En una de las hojas escribió: cien mil frases, y le pidió al jovencito que firmara.
—Esto quiere decir que ya te he entregado cien mil frases —sonrió el joven.
—Aún te faltan novecientas mil —le recordó su hijo, satisfecho.
El señor Teodoro asintió y guiñó un ojo a su madre
sin que el crío se diera cuenta.
Marcos fue muy puntual y, a las diez, llegó
en busca de Nicolás.
—A las dos te quiero en casa —advirtió el señor Teodoro a Nicolás—. No te retrases, Nico. ¿Llevas tu móvil?
El muchacho asintió y el señor Teodoro entregó otro
móvil a Marcos.
—Si pasa cualquier cosa, me
llamas enseguida.
—De acuerdo, Blas.
Los dos muchachos salieron de la casa; el señor
Teodoro y su madre los observaban desde el porche.
—No has debido ceder y dejarle salir —recriminó la señora Sales a su hijo—. El niño no conoce esta ciudad en absoluto; está muy revuelta, hay
poco trabajo y mucho maleante. Por no añadir las amenazas de rapto que has
recibido en Markalo.
—¡Ya es suficiente, mamá! —exclamó el señor Teodoro, nervioso— No puedo tener a Nico encerrado día y noche. Es domingo, es de día y lo
acompaña Marcos. Me consta que ese chico es juicioso. Hay cuatro policías
apostados en la avenida y dos de ellos seguirán a los niños. ¿Qué más medidas
quieres que tome?
—Espero que no tengas que arrepentirte de esta salidita —fue la contestación de la mujer.
—Y yo espero que entiendas que tengo que empezar a darle libertad a Nico. Tiene quince años y es un inmaduro. Necesito que madure, que se haga responsable. Yo no puedo estar las veinticuatro horas del día pendiente de él. Ya es hora de que busque a Helena.
—¡Acabáramos! —exclamó la señora Sales, enojada— ¿Vas colocar a esa mujer por delante de tu hijo?
El señor Teodoro miró a su madre, muy serio.
—Durante doce años he cumplido con mis obligaciones que nada tienen que ver con mi deber —comenzó a decir, dolido—. Tengo contratados a cinco detectives que son incapaces de encontrar a Helena. Se acerca el momento de que la busque yo. Por esta razón, me urge que Nico comience a ser responsable y maduro.
—Y eso lo dice un irresponsable y un inmaduro —espetó Emilia con mirada llameante—. ¿Cómo es posible que no entiendas que nadie podría estar doce años ausente si le importaras algo? ¡A esa mujer no le interesas y estás obsesionado con ella! ¡Qué horror!
—Eso tendrá que decírmelo ella a la cara, mirándome a los ojos, sin gafas de sol —afirmó el señor Teodoro con demoledora convicción.
Tras estas palabras, Emilia Sales le dio la espalda y se alejó. Era evidente su furia y su malestar, y que no le interesaba continuar con aquella conversación.
—Y yo espero que entiendas que tengo que empezar a darle libertad a Nico. Tiene quince años y es un inmaduro. Necesito que madure, que se haga responsable. Yo no puedo estar las veinticuatro horas del día pendiente de él. Ya es hora de que busque a Helena.
—¡Acabáramos! —exclamó la señora Sales, enojada— ¿Vas colocar a esa mujer por delante de tu hijo?
El señor Teodoro miró a su madre, muy serio.
—Durante doce años he cumplido con mis obligaciones que nada tienen que ver con mi deber —comenzó a decir, dolido—. Tengo contratados a cinco detectives que son incapaces de encontrar a Helena. Se acerca el momento de que la busque yo. Por esta razón, me urge que Nico comience a ser responsable y maduro.
—Y eso lo dice un irresponsable y un inmaduro —espetó Emilia con mirada llameante—. ¿Cómo es posible que no entiendas que nadie podría estar doce años ausente si le importaras algo? ¡A esa mujer no le interesas y estás obsesionado con ella! ¡Qué horror!
—Eso tendrá que decírmelo ella a la cara, mirándome a los ojos, sin gafas de sol —afirmó el señor Teodoro con demoledora convicción.
Tras estas palabras, Emilia Sales le dio la espalda y se alejó. Era evidente su furia y su malestar, y que no le interesaba continuar con aquella conversación.
∎∎∎
Nicolás se fijó en el muro alto de piedra que
rodeaba al jardín. Sobre el muro, gruesos barrotes de hierro se atravesaban sobre
otros. Y un poco más arriba coronaba el muro una alambrada cilíndrica y espinosa. Marcos se
aproximó a la pared e introdujo un dedo en un hueco de la misma. Segundos
después, una puerta situada al lado del gran portón de hierro, por donde entraban
los coches, se abrió. Los muchachos salieron a la avenida y Marcos cerró la
puerta, que también estaba formada por gruesos barrotes de hierro, y su altura
llegaba hasta la alambrada cilíndrica y espinosa.
—¿A dónde nos dirigimos? —preguntó Marcos.
—A la calle Mayor, número catorce —contestó Nicolás—. Ahí vive Nat.
—Está cerca de aquí; a unos cinco minutos. ¡Vamos!
Los niños pasaron por delante del portón, cuya
altura también moría donde nacía la alambrada.
—Mi padre y mi abuela son unos exagerados —declaró Nicolás—; estos muros parecen los de una cárcel.
—Es normal —manifestó Marcos—; tu padre es un hombre muy rico. Debe procurar que nadie se cuele al
jardín. Y desde luego, pobre del que lo intente, porque se va a quedar frito en
la alambrada ya que es eléctrica. También saltaría el sistema de seguridad.
De todas formas, no creo que nadie pretenda
asaltarnos, esta avenida siempre está vigilada por policías.
Nicolás vio a dos agentes en la acera de enfrente, se
dio la vuelta y vio a otros dos agentes a unos diez metros de ellos. Sin
entender el motivo se sintió incómodo.
—Voy a llamar a Nat —dijo—, le diré que baje a la calle cuando esté lista. No quiero subir,
prefiero no ver a Elisa. Elisa es la tía de Nat.
Nicolás conversó con Natalia mientras continuaba
caminando. Ni él ni Marcos se percataron de que dos policías seguían sus pasos
a prudente distancia.
Pese a que el sol brillaba en un cielo limpio de
nubes, el frío era notable. Ambos muchachos iban bien abrigados, aunque la
calidad de la ropa que llevaba Nicolás era muy superior a la que vestía Marcos.
La ciudad parecía dormida; pocos coches circulaban y
era extraño cruzarse con algún transeúnte. Pasaron por delante de un polideportivo y Nicolás se detuvo mirando
hacia la entrada.
—¿Juegan al fútbol ahí dentro? —preguntó, muy interesado.
—Ya lo creo que sí.
—¡Me encantaría jugar! —exclamó Nicolás, entusiasmado— En el internado de Markalo jugaba al fútbol y soy un buen delantero.
Meto un montón de goles, también soy un buen defensa. Intentaré convencer a mi
padre para que me deje venir a jugar.
—Hay que pagar una cuota mensual y te apuntas en el deporte que te
interesa —le informó Marcos.
Nicolás sonrió, ilusionado. Siguieron caminando y,
como dijo Marcos, pronto llegaron a la calle Mayor. Era una calle ancha
con edificios altos, de atractivas fachadas, en cuyos bajos había tiendas que
permanecían cerradas por ser día festivo.
Los dos muchachos se detuvieron ante el portal con el
número catorce esperando a que Natalia bajase. No se fijaron que en el
interior de un coche negro estacionado, muy cerca del portal, tres
individuos los observaban minuciosamente. Tampoco fueron conscientes de que dos
policías estaban parados al principio de la calle.
La espera no se hizo larga, Natalia salió del portal,
sonriendo, y abrazó a Nicolás.
—¡Ya tenía ganas de verte, Nico! —exclamó, contenta— Me parece mentira que estés en Aránzazu.
¿Cómo es posible que Blas te haya dejado salir?
—Le he tenido que perdonar cien mil frases del millón que le pedí escribir.
—¡Ah, ya entiendo! Blas es muy listo. A este paso pronto no le quedará
ninguna frase que escribir. Te está chantajeando, Nico.
—Puede ser pero, por lo menos, he conseguido salir, ¿no?
Acto seguido, Nicolás hizo la presentación oportuna
entre Natalia y Marcos. El muchacho estrechó la mano de la niña de un modo muy
formal. A la chiquilla le entraron ganas de reírse, pero se contuvo a tiempo.
El tal Marcos le pareció un poco raro.
—¿Vamos a buscar a Bibi? —propuso Nicolás.
—Sí —asintió Natalia—; espero que no nos encontremos con Paddy. Viven en la misma finca y
comparten rellano. ¿Te ha puesto Blas hora para volver a casa?
—A las dos en punto y más me vale ser puntual o no volverá a dejarme
salir.
Los tres muchachos se fueron distanciando del portal
y de la calle Mayor. También los dos policías se alejaron de la calle y
siguieron a los chiquillos en una insistente vigilancia.
Los hombres que habían permanecido en el interior
del coche negro, bajaron del mismo.
—El chico más alto y moreno era Nicolás Teodoro —dijo uno de ellos—, y la muchacha que ha salido del portal era
Natalia Rey, la sobrina de Elisa y Bruno. Ha llegado el momento de actuar. Yo
me quedo aquí; subid vosotros. ¡Daros prisa!
Dos hombres altos y rubios se dirigieron hacia el
portal número catorce. Uno de ellos llevaba un ramo de rosas de un de un rojo muy intenso.
Elisa oyó sonar el timbre del zaguán. Pensó que
debía tratarse de su sobrina.
—¿Qué ocurre, Nat? —preguntó, descolgando un teléfono sujeto a una
pared de la entrada de su vivienda.
—¿Elisa Rey? —interrogó, a su vez, una voz masculina de una
forma muy correcta.
—Sí, soy yo. ¿Quién es?
—Le traigo un encargo. Son flores; vienen de parte del señor Blas
Teodoro. ¿Puede abrirme?
La joven, sonrió, desconcertada. Y no se hizo la
remolona, abriendo de inmediato.
“Parece que Blas desea estar a buenas conmigo”,
se dijo, complacida.
Los dos individuos subieron con el ascensor a la
cuarta planta y llamaron a la puerta, poseedora de la letra “B”.
El terror de Elisa comenzó cuando uno de los hombres
la empujó con suma violencia y la arrinconó contra una pared, tirando el ramo
de flores al suelo. Su acompañante cerró la puerta. La joven miró, horrorizada,
a su agresor. Casi no podía respirar y su corazón latía precipitadamente.
—No abras la boca o te mato, ¿entiendes? —le comunicó el individuo que la mantenía sujeta— Limítate a escuchar con atención. Sabemos que tu hermano Bruno ha venido
a verte, no nos importa lo que te haya dicho. Sin embargo, no debes contarle
nada de lo que te haya dicho al señor Blas Teodoro; a él no le gusta ser
molestado. Tampoco quiere que vivas con él. Tu sobrina, Natalia, puede ir
cuando quiera. Pero, tú, no vayas a su casa. Si él te llama o te
visita, lo tratarás como si nada de esto hubiera ocurrido. Esto
es muy importante; tienes que tratarlo con total normalidad. Y no te vayas
de la lengua con tu sobrina porque, la muy mema, podría contárselo a Nicolás.
Mantén la boca cerrada y vivirás; un leve error y
morirás. Blas Teodoro te tratará normalmente y espera que tú hagas lo mismo,
como si nada de esto hubiese sucedido. ¿Me has entendido bien? De que me hayas entendido, depende
tu vida.
Elisa asintió, asustadísima. El hombre la soltó y la
mujer fue deslizando su espalda por la pared hasta quedar sentada en el suelo.
Los dos individuos se marcharon y Elisa contempló, inmóvil, las
rosas que yacían cercanas a ella. No podía llorar y tampoco moverse. Intentaba
regularizar su respiración y los alocados latidos de su corazón. Bruno le había dicho la verdad; Blas era
peligroso y, seguramente, un asesino.
Págs. 681-688
Este jueves dejo en el lateral del blog una canción de Sergio Dalma... "Bailar pegados"
Mañana, viernes, es 14 de febrero, San Valentín... día de los enamorad@s
Con esta imagen, felicito a todos los enamorados y enamoradas... y les deseo mucha felicidad y suerte

