CAPÍTULO 5
PLANES DE FUGA Y
UN PAQUETE DE TABACO
—L
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a cena está casi lista
pero falta un poquito —anunció la señora Emilia—. ¿Por qué no subís
y le enseñáis a Nico el cuarto que le hemos preparado? —añadió mirando a los niños.
El ambiente
estaba enrarecido y, claramente, la mujer pretendía apartar a los chavales del
lugar.
—Bajad dentro de veinte minutos —propuso—,
seguro que tenéis cosas de qué hablar.
El grupito no
se lo hizo repetir, a ninguno le seducía continuar en la estancia. Nicolás, al
igual que Natalia, no había traído equipaje; en villa de Luna tenía ropa más
que suficiente.
Subieron a la
segunda planta y entraron en la habitación del chico. Ésta era muy semejante a
la de las niñas, las diferencias consistían en que había sólo una cama y las
paredes estaban pintadas con cuadrados y rombos sobre un fondo azul celeste. Una puerta acristalada comunicaba con la terraza de las muchachas. Nicolás se recostó sobre la mullida cama, parecía cansado. Las niñas
se sentaron alrededor de
él, sobre una fina colcha con figuras geométricas en armonía con las de la pared.
—Nos han puesto en la segunda planta —comenzó
a decir Natalia—; Elisa no quería cambiar mi habitación, y le ha resultado más
cómodo añadir dos camas aquí arriba.
—Me da igual estar en una u otra
habitación—manifestó su primo, indiferente.
—Anímate, Nico —le pidió Natalia—, ya
estás en casa y lo vamos a pasar muy bien. Paddy y Bibi son fantásticas.
—No me han hablado durante todo el
viaje —declaró Nicolás con extraña tranquilidad—, ni mi padre ni los abuelos.
Era como si yo no estuviese en el coche. ¡Estoy harto, Nat! No voy a volver al
internado y, mucho menos, viviré con mi padre. He decidido escaparme.
Tras esta
declaración hubo un breve y tenso silencio.
—¿Escaparte? —repitió Natalia—. Yo me
escaparé contigo —aseguró.
Nicolás la
miró y le sonrió abiertamente. A Patricia y a Bibiana les cautivó aquella
sonrisa.
—Estás loca —afirmó el chico—, no
puedes hacer eso, Nat. Elisa se porta muy bien contigo, no sería justo.
—Pero yo sí puedo escaparme contigo —dijo
Patricia, asombrando a todos—, mi madre es una puta y recibe a hombres en mi
propia casa. ¡Estoy harta!
—¡Pues yo también me escapo! —exclamó
Bibiana, vehemente—. Mi padrastro me trata muy mal, sólo se preocupa de sus
tres hijos y a mi madre le soy indiferente.
Nicolás, muy sorprendido, observó detenidamente a las amigas de Natalia y se incorporó hasta sentarse.
—Siento mucho lo que contáis —aseguró
con franqueza—. Veréis,
escaparse uno ya es complicado. Tres llamaríamos mucho la atención. Nos
pillarían, seguro.
—¡Esto es el colmo! —exclamó Natalia,
enfadada—. ¡No puedo quedarme sin mi primo y sin mis dos mejores amigas!
Preferiría morir. Esperaba pasar unos bonitos días de Navidad y menudo plan
tenéis vosotros.
—No voy a escaparme en Navidad —comunicó
Nicolás, intentando tranquilizar a Natalia—, no voy a darles ese disgusto a
Elisa y a Emilia. Blas me buscaría hasta debajo de las piedras y cuando me
encontrase que, seguro lo haría, me mataría. Pienso escaparme cuando vuelva al
internado.
El silencio
reinó en la habitación durante unos segundos.
—Y, ¿a dónde irás? —acabó preguntando
Natalia con los ojos llorosos.
Nicolás se
acercó un poco más a ella y la abrazó suavemente.
—Todavía no lo sé. Cuando esté en un
lugar seguro te lo diré. Y entonces, vosotras, os podréis reunir conmigo si
queréis —añadió mirando a Patricia y a Bibiana.
Las dos niñas
asintieron, esperanzadas.
—¿Lo prometes? —interrogó Bibiana.
—Lo prometo.
—Pues espero que estas navidades
tarden en pasar —deseó Natalia tristemente.
—Yo también lo espero —murmuró
Nicolás.
—Ahora entiendo que hayas repetido
curso a pesar de estar todo el verano estudiando con Blas —dedujo Natalia—, y
también que te hayan caído cinco este trimestre. Tienes demasiadas preocupaciones
de fuga en tu cabeza.
Nicolás sonrió y
besó la mejilla de su prima. Patricia y Bibiana sintieron
celos, les hubiese encantado que aquel chico maravilloso las estuviera abrazando
o simplemente rozando.
—Te equivocas, brujita —contradijo el
muchacho—, en septiembre suspendí adrede y lo he vuelto a hacer este primer
trimestre. Quería fastidiar a mi padre, pero me parece que me ha salido mal la
jugarreta. A mi padre le da igual que apruebe o suspenda y lo peor es que Blas
fue a ver mis exámenes y no creo que entienda que con él lo haga bien y en
clase falle. ¿Ha comentado algo?
—¡Estás LOQUÍSIMO! —aseguró Natalia
apartándose bruscamente de Nicolás—. ¿Cómo has podido hacer eso? Me parece que
Blas te va a matar sin necesidad de que te escapes. Ha dicho que vas a estudiar
todas las mañanas.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó el
chiquillo temiendo la respuesta.
—Eso no lo ha dicho.
—No tardaré en enterarme —declaró
Nicolás con aire preocupado—. Y ahora sí que has acertado, brujita. Blas va a
matarme sin necesidad de que me escape.
—No creo que te mate ni muchísimo
menos —manifestó Bibiana—. A mí, Blas, me parece muy buen hombre. ¡Ojalá fuese
mi padre!
—Yo no he dicho que sea mal hombre —replicó
el chico—, pero Blas es muy severo, y te garantizo que como padre sería tu peor
pesadilla.
No obstante,
Nicolás entendía que a Bibiana le gustara el señor Teodoro como padre, teniendo como tenía
un mal padrastro.
—¡Es guapísimo y se le ve tan fuerte! —exclamó
Patricia con ojos soñadores—. Tú y él os parecéis bastante.
—Bueno… —dijo Nicolás, un poco azorado, por los piropos de la chiquilla—, si lo dices por guapo y fuerte, gracias.
Seguidamente
el muchacho extrajo un paquete de tabaco de uno de los bolsillos de su pantalón.
Las niñas lo miraron sorprendidas.
—¿Qué es eso? —indagó Natalia,
alarmada.
—Tabaco, cigarros.
—¿No me dirás que fumas?
—No. Me lo ha dado mi padre para que
empiece a convertirme en un hombre.
—¡Mi tío Bruno es imbécil! —determinó
Natalia, enojada—. Más vale que lo tires y no se te ocurra probarlo. El tabaco
sólo trae enfermedades y muerte.
—De algo hay que morir —se rió
Nicolás, embelesando de nuevo a Patricia y a Bibiana.
—Si se te ocurre probar uno, se lo
diré a Blas—amenazó su prima.
—Tú no eres una chivata —refutó el
chico, divertido.
—Pues me convertiré en chivata si es
necesario —continuó
amenazando Natalia, tenaz.
En aquel
momento la conversación se vio interrumpida por Sandra, la joven que trabajaba
en villa de Luna. Entró en la habitación, y a Nicolás no le dio tiempo a guardar el paquete de tabaco sin
que la chica lo viera.
—¡Vaya, vaya! —exclamó ésta en tono
triunfal. Tenía algo de manía a los primos por sus continuas burlas a las minifaldas
que vestía y a la manera como se pintaba el rostro—. ¿Acaso fumas, Nico?
—¿Y a ti qué te importa?
—A mí nada —contestó Sandra—. Quizás
te convenga darme ese tabaco para mi novio, porque creo que si se lo cuento a
Blas, a él sí le va a importar. ¿Qué te parece la idea?
Nicolás
comprendió que no le quedaba más remedio que ceder. Entregó los cigarros a la
chica mirándola con rabia contenida.
—Que le aprovechen a tu novio y
salúdalo de mi parte —comentó, mordaz.
—Buen chico, muchas gracias —respondió
Sandra sonriendo con acritud—. Os están esperando para cenar. ¡Bajad
inmediatamente, pesados! Como tardéis un poco más, será Blas quien suba a
buscaros.
La chica salió
del cuarto, dejando a Patricia y a Bibiana con muy mala impresión sobre ella.
—Bruja —murmuró Nicolás, muy enfadado.
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