EL CLAN TEODORO-PALACIOS

CUARTA PARTE

jueves, 25 de junio de 2015

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 118


























CAPÍTULO 118

LA REVELACIÓN



E
l señor Teodoro había viajado aquella mañana a Luna, el pueblo de Tobías, con la intención de darle el pésame a la familia del policía. Tenía previsto volver con la señora Sales, por la tarde, para asistir al entierro. El señor Teodoro albergaba la esperanza de que algún familiar supiera lo que Tobías tenía que decirle y no pudo por el fatal accidente. Pero nadie le dijo nada. Todos lamentaban su muerte y repetían una y otra vez lo buen hombre que era.
            Una gran persona lloraba una de sus hermanas, y un gran policía.
El señor Teodoro no quiso ver el cuerpo del malogrado Tobías, prefería recordarlo con vida.
Ya en la calle, cuando caminaba en dirección a su coche, se cruzó con Bruno Rey y sus padres.
            ¡Sinvergüenza! le gritó Julieta, la madre de Bruno ¡Doce años nos ha tenido engañados! ¡Caradura, descarado, canalla!
El señor Teodoro no se detuvo ni contestó a los insultos; la señora acrecentó su rabia y chilló más fuerte, pese a que su hijo la empujaba instándola a caminar no deseando ningún enfrentamiento.
                                                                                               ∎∎∎
Nada más llegar al instituto y después de su deslucido viaje a Luna, lo que menos anhelaba el señor Teodoro era encontrarse con el señor Cuesta. Por tanto, también lo miró con frialdad.
            ¿Qué ocurre? preguntó, irritado. Aquel profesor le disgustaba profundamente.
            ¡Ocurre que su hijo es muy mal ejemplo para el resto de los alumnos! vociferó Ismael Cuesta, iracundo ¡Adivine quién se ha saltado las normas, ha desobedecido y ha salido al patio tirándose por una ventana! ¡Su hijito y Natalia Rey! ¿Qué le parece?
El señor Teodoro tiró fuego por los ojos e hizo una mueca desaprobadora.
            ¿Dónde están los niños? preguntó.
            Cada uno en su casa intervino, prontamente, el señor Ortiz. Estaban calados con peligro de pescar una pulmonía. Yo mismo los llevé.
            Se lo agradezco mucho.
El señor Amadeo Ortiz se sintió satisfecho y orgulloso por su "hazaña".
            No sería de extrañar que Nicolás y Natalia inventaran un ardid con el fin de evitar un merecido castigodeclaró el señor Cuesta. Estaban en la sala de profesores y salieron por una de las ventanas ya que el señor Ortiz vigilaba la puerta de acceso al patio. Seguro que inventan algo para librarse del castigo que merecen y seguro que lo que inventan va en contra de Álvaro y de mí. Nos tienen ojeriza desde que Patricia desapareció después de haber estado en nuestra discoteca.
            No se inquiete dijo el señor Teodoro, no se librarán de su castigo, pero recuerde que son unos niños y que esto ha sido una travesura, no un delito. Su alteración es desmedida.
                 —Yo más que de travesura lo calificaría de gamberrada discutió el señor Cuesta, airado.
El señor Teodoro se dirigió a su despacho. Poco tiempo tuvo de respiro porque, poco después de entrar, tuvo la visita de Eduardo Cardo. El jefe de estudios estaba muy apurado puesto que todavía no se había ensayado cómo debían actuar los alumnos y profesores el viernes cuando recibieran al Jefe de Estado y a don Jaime Palacios.
            Cada tutor que hable con sus alumnos coordinó el director, y con ensayar un rato el jueves es más que suficiente.
            Señor Teodoro, no parece usted tomarse en serio tan ilustre asistencia se quejó el señor Cardo.
            Lo siento, no puedo ocultar que no me gusta que estos señores vengan aquí manifestó el señor Teodoro, sinceramente. Esto es un instituto, hay niños. Debieran haber elegido una universidad. Los niños no entienden todavía de política y tampoco les interesa.
El señor Cardo salió del despacho, muy turbado. Quizás el señor Teodoro tuviese razón y don Arturo Corona y don Jaime Palacios debieran haber optado por otro lugar más idóneo para dar una conferencia. Tal vez el lugar apropiado no era un instituto de enseñanza secundaria. De lo que estaba muy seguro era que el viernes todo iba a resultar un auténtico desastre en “Llave de Honor”.

El señor Teodoro llamó por teléfono a su hogar y habló con la señora Sales. Un rato más tarde se dirigió al aula de su hijo para impartir clase de lenguaje. A última hora regresó a su despacho. Estaba revisando unos papeles, con muchas ganas de terminar, cuando unos suaves golpes en la puerta le hicieron levantar la cabeza. Vio entrar a la tutora de su hijo, y profesora de religión y ciencias naturales. Paula Morales tenía el semblante muy serio y sus ojos marrones se apreciaban enrojecidos.
El señor Teodoro la invitó a sentarse pese a no tener ninguna gana de atenderla. La mujer tomó asiento, pausadamente, frente al joven director. También, pausadamente, había repasado lo que iba a decir. Su mente no conocía el sosiego desde que el día anterior oyera, por boca del señor Cardo, que el siguiente viernes iban a recibir la visita de don Arturo Corona y don Jaime Palacios. El miedo se había adueñado de su persona, no se sentía a salvo, mas bien se sentía a la deriva. Y, desde luego, no tenía nada claro quién iba a ganar aquella guerra. Lo que sí tenía muy claro es que estaba metida en esa guerra y lo más sensato era procurarse amigos a ambos lados de la contienda. Reconocía, muy a disgusto, que su cobardía era grande pero también era grande el desvarío de Helena. Su amiga había perdido el norte y no estaba dispuesta a que la arrastrara a su océano irracional.
            ¿En qué puedo ayudarla? preguntó el señor Teodoro con amabilidad, viendo que la profesora no se decidía a hablar.
La mujer carraspeó.
            Verá comenzó a decir… tengo que hacerle una confesión y espero que pueda perdonarme.
Paula Morales no miraba al señor Teodoro, no se atrevía a hacerlo. Miraba, fijamente, los papeles que se hallaban en el escritorio.
            Voy a hablarle de Mikaela Melero —estas palabras despertaron el interés del señor Teodoro que se puso en guardia. Es amiga mía desde hace cinco años, no sé mucho sobre ella pero si sé que tiene un hijo. El niño está con el padre y ella no lo veía desde hacía mucho tiempo. Por esa razón está aquí y por esa razón yo la he ayudado. Le he mentido a usted y le ruego que me perdone. Mikaela Melero no se llama Mikaela Melero, no tiene el pelo rubio y rizado, ni sus ojos son azules. Su verdadero pelo es negro, y cuando se quita las lentillas sus ojos son negros. Cuando se quita la máscara de su cara, su rostro cambia y cuando se quita el aparato que lleva en la boca, su voz suena diferente. Su nombre también suena diferente, Helena Palacios es su verdadero nombre.
Paula Morales dejó de hablar a la par que dejó de mirar los papeles de la mesa y miró, directamente, al director. El señor Teodoro la había escuchado con muchísima atención, ahora la miraba estupefacto y sus ojos estaban muy brillantes. Pero Paula no supo diferenciar si ese brillo era de dolor o de furia.
            ¿Dónde está ella ahora? indagó el hombre con voz trémula. Todavía no había asimilado lo que terminaba de escuchar.
            No está en el instituto; el señor Ortiz se ha llevado a Nico a su casa porque se había mojado. Ella se ha marchado también.
            ¿Dónde vive, cuál es su dirección? interrogó el señor Teodoro, ansioso.
            Eso no voy a decírselo porque no lo sé —mintió la mujer.
            ¿Cómo qué no lo sabe? gritó el joven dando un fuerte manotazo sobre la mesa.
            Le ruego que se calme, don Blas pidió Paula al borde del llanto. Acabo de traicionar a una amiga. Estoy de su parte, pero usted debe meditar sus siguientes pasos. No debe actuar en caliente, debe esperar a mañana, tiene que tranquilizarse.
            ¡TranquilizarmeMe pide que me tranquiliceEs una cobardeexclamó el señor Teodoro, ofuscado. La profesora pronto entendió que no se refería a ella sino a Helena ¡Se esconde detrás de un disfraz! ¡No sabe dar la cara! siguió exclamando, enardecido.
            Ella no quiere que usted la vea, por eso usa la máscara. Si usted la descubre se marchará, seguramente para siempre.
              No se irá a ninguna parte,eso se lo aseguro
Se hizo un tenso silencio. El señor Teodoro reflexionaba vertiginosamente.
            ¿Seguro que únicamente quiere ver a Nico? interrogó.
            Sí, seguro respondió la señora Morales.
            Si me hubiera pedido ver al niño se lo hubiese permitido declaró el señor Teodoro. No tendría que haberse escondido detrás de una máscara.
            Pero ella no quería que usted la reconociera, no quería que usted la viera alegó Paula Morales.
            —Si, eso es muy propio de ella. ¡Está bien! dijo, finalmente, el señor Teodoro  Seguiré su farsa, jugaré al juego de Helena. Jugaremos al escondite. Continuaré llamándola Mikaela y no sabrá que sé quién es en realidad. Le agradezco profundamente que me haya contado la verdad. Y no se preocupe por su amiga, yo no podría hacerle daño.
Paula Morales suspiró, muy aliviada, una vez estuvo fuera del despacho. Ahora tenía amigos en ambas partes y se sentía más confiada. En su fuero interno empezaba a desear que ganase la guerra el señor Teodoro porque, si salía victoriosa Helena, iba a ser mejor que nunca se enterase de su traición. No creía que su amiga la perdonase jamás; Blas Teodoro parecía más razonable.
                                                                                      ∎∎∎
El señor Teodoro no podía dejar de pensar en Helena Palacios, en Mikaela Melero y en Paula Morales. Ahora entendía muchas cosas: por qué Mikaela le recordaba tanto a Helena, su café negro y muy cargado, su perfume, su hoyuelo, su gran antipatía hacia él, su cariño hacia su hijo…
¡HELENA ESTABA ALLÍ! ¡MIKAELA ERA HELENA! ¡O Helena era Mikaela! ¿Qué más daba si era ella?
Recordó las discusiones que había tenido con Mikaela por motivo de Nicolás. Y siempre la rubia profesora había salido en defensa del niño.
            “Debo parecerle un mal padre”, meditó. “¿Y qué me vas a reprochar tú a mí, Helena? ¿Qué clase de madre eres tú? Voy a dejar que veas a Nico, al fin y al cabo es tu hijo. Pero no intentes nada más, no tienes derecho a nada. No, después de doce años. De buena gana te arrancaría la máscara... ¿No quieres que yo te vea? Tranquila, no me hace falta hasta que yo diga que me hace falta. Y no vuelves a desaparecer, Lunática”.
Paulatinamente el señor Teodoro fue sintiendo que su cabeza daba vueltas o que las cosas giraban a su alrededor. Sujetó su cabeza con ambas manos manteniendo los codos apoyados en la mesa y cerró los ojos. Y comenzó a sollozar como no recordaba haberlo hecho ni siquiera cuando murió su padre. Lloró por doce años de ausencia, por días y noches de soledad, por tantas dudas, por tantos miedos, por la desesperación incontrolada que, en tantas ocasiones, había sentido.
Su llanto, su desahogo duró largo rato... y el terror llegó, se hizo presente. ¿Y si Helena no lo amaba? ¿Y si Helena lo odiaba?
Con estas preguntas que se formuló comenzó su agonía y martirio hasta que un Ángel Cupido quiso calmar, mitigar, serenar su sufrimiento, y le susurró que ninguna mujer se disfrazaría para no ser vista por el hombre que odia.
Y Blas se fue tranquilizando con lo que él creyó un pensamiento suyo, y de repente era urgente hablar con Paula de nuevo, tenía que preguntarle cuál fue la reacción de Helena cuando él perdió el conocimiento en el patio, era de vital importancia que él lo supiera.
Y deseó que llegara mañana, y temió que ya fuese mañana.
Miró su reloj, faltaban horas, solo horas, pero qué horas tan largas para que viera a quien tanto había deseado ver. Su cuerpo entero temblaba, furia y ternura invadían su alma, y pensó que tal vez Dios sí existía.
                                                                                     ∎∎∎
Nicolás, en cuanto llegó a casa, se quitó la ropa mojada y se dio una confortable ducha. El niño se relajó con el agua que besó y mimó su piel. Cuando salió del baño estaba renovado. Se puso un pantalón y una camiseta y se dirigió a la cocina donde su abuela le esperaba con un vaso de leche.
Prudencia y Cruz estaban preparando la comida del mediodía; Nicolás se fijó en la joven y le pareció que estaba tranquila y que su comportamiento era normal. Quizás ya había hecho las paces con Luis.
            Papá ha llamado por teléfono dijo la señora Sales con tono disgustado, el señor Ortiz me ha contado que has salido al patio desobedeciendo, pero no me ha contado que has salido saltando desde una ventana. ¡No tenéis conocimiento ni tú ni Nat! ¡Podíais haberos hecho mucho daño! ¿En qué estabais pensando?
Nicolás se había tomado la leche tibia, endulzada con miel, y depositó el vaso en el fregadero. Miró a su abuela con preocupación.
            ¿Papá te ha dicho que hemos saltado por la ventana?
Emilia Sales asintió.
            ¿Y quién se lo ha dicho a él?
            Se lo ha dicho el señor Cuesta reveló la mujer, le ha explicado que estabais en la sala de profesores y que saltasteis por una de las ventanas.
            Si el señor Cuesta sabe que estábamos en la sala de profesores, también sabe que oímos su conversación murmuró Nicolás, adquiriendo su rostro un color desvaído.
            ¿Qué dices, Nico? preguntó la señora Sales ¡Hablas tan bajito que no logro entenderte! ¿Te has mareado, cariño? ¡Tienes mala cara!
Nicolás vio que Prudencia y Cruz continuaban con los preparativos de la comida como si nada estuvieran escuchando. 
Sin embargo, el niño sabía que, por fuerza, tenían que oírlo todo a no ser que fuesen sordas como tapias o que llevasen tapones en las dos orejas.
            Voy a salir un rato al jardín, necesito que me dé el aire manifestó el chiquillo, sorprendiendo a su abuela.
            Hace frío, Nico. Si sales fuera, ponte una cazadora.
            Iré a la primera glorieta.
            Aún así ponte la cazadora, en el jardín hace frío. Y no sé si te conviene que cuando llegue tu padre te encuentre en la glorieta como si tal cosa…
El niño no quiso seguir oyendo a su abuela y salió de la cocina; casi en el umbral de la puerta se topó con el señor Hernández que le hizo una exagerada reverencia, quizás intentando disimular su espionaje.

Págs. 930-938

Hoy os dejo dos canciones... va a haber mucho tiempo para escucharlas
La primera puede mostraros un poco la furia de Blas
"A ti", de Ricardo Arjona

La segunda puede mostraros un poco la ternura de Blas... y es que en el amor, muchas veces, se juntan la furia y la ternura

"Un manantial de ternura", de Pecos



                                         
                                                               



                                        
                                                        

Queridos lectores de "El Clan Teodoro-Palacios", con el capítulo que he publicado hoy, esta historia se detiene hasta septiembre
El verano hace unos días que llegó, y os deseo que lo disfrutéis y lo paséis muy bien
Besos, y un abrazo muy fuerte
Mela

                                                                 
               
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