EL CLAN TEODORO-PALACIOS

CUARTA PARTE

jueves, 14 de marzo de 2013

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 54





"El secreto de los pájaros", de Francisco Escartí.
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 Blog De Lectura De Nuno.
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CAPÍTULO 54

DÍA 28, LAS NUEVE DE LA NOCHE


U
n rato antes de las ocho, Gabriela llegó a villa de Luna portando consigo una bandeja con una exquisita tarta de nueces, cubierta con papel de aluminio.
          —Mi madre ha preferido quedarse —informó—. Hacen una película antigua, que a ella le encanta. No se la quiere perder por nada del mundo. Hércules la verá con ella —bromeó.
El verdadero motivo por el cual Estela no se había presentado junto a su hija, era que no quería presenciar cómo dos mujeres se disputaban a un hombre. Conocía lo muy ilusionada que Gabriela estaba con Blas e intuía que acabaría sufriendo por causa de Elisa.
A Natalia no le hizo gracia la llegada de Gabriela. Elisa, por su parte, se mostró hospitalaria. Ignoraba que su vecina había salido, por la mañana, a correr con Blas.
Se sentaron alrededor de la mesa rectangular del salón y comenzó la partida de monopoly.
Nicolás miraba continuamente su reloj de pulsera y después miraba a su tutor que parecía estar disfrutando.
            “No voy a poder salir”, pensaba el muchacho, impotente. “Si se me ocurre levantarme de esta silla, Blas me va a clavar en ella”.
Blas, Elisa y Gabriela se divertían comprando terrenos con el objetivo de edificar casas u hoteles. Natalia y Bibiana deseaban que pasara pronto la hora de la cita para que Nicolás se relajara. Lo mismo estaba deseando la señora Sales. Patricia se lo pasaba estupendamente notando la tensión del chiquillo.
Pero hay que contar con el “diablo”, al que siempre le gusta enredar y, a las nueve menos diez, a Gabriela se le ocurrió ir a la cocina para cortar un trozo de tarta para cada uno.
          —¿Quieres que te ayude? —preguntó Nicolás, solícito.
          —Claro que sí —respondió la joven—. Me has leído el pensamiento.
El niño se levantó, encantado, de su asiento. Se le había abierto el cielo.
Una vez en la cocina, fue directo al armario donde se guardaba el cubo de la basura y extrajo la bolsa, anudándola.
          —Voy a tirarla —le dijo a Gabriela—. ¿Puedes hacerme un favor?
La mujer asintió, sorprendida y extrañada.
          —Volveré enseguida —le aseguró el chiquillo, susurrando—. No vayas al salón hasta que yo no vuelva. ¿Me esperarás aquí?
          —Sí, Nico. Te esperaré aquí —aceptó Gabriela, sin salir de su asombro.
El muchacho abrió la puerta de la estancia y desapareció, veloz. La chica se quedó cortando trocitos de pastel que iba colocando en platos de postre.
A la señora Sales le pareció que Gabriela y Nicolás tardaban demasiado y decidió ir a echarles una mano. En cuanto entró en la cocina, vio la puerta que daba a la terraza, abierta, y no vio al niño.
          —¿Dónde está Nico? —preguntó, angustiada, sintiendo un temblor en las piernas.
          —Ha salido a tirar la basura —manifestó Gabriela con tranquilidad.
Emilia fue corriendo al salón y golpeó un hombro de su hijo.
          —¡Blas, vete a la pista de tenis! —gritó, al borde del llanto— ¡No tardes ni un minuto en llegar allí!
          —¿Qué sucede? —preguntó el joven, levantándose de su silla.
Natalia y Bibiana se miraron con cara de circunstancias.
          —Sandra ha retado a Nico para que se pelee con Lázaro, a las nueve, en la pista de tenis —explicó su madre, precipitadamente—. ¡No hay tiempo que perder, Blas! ¡Vete a buscar al niño! Ha salido por la puerta de la cocina, diciéndole a Gabriela que iba a tirar la basura.
El señor Teodoro miró a su madre con gesto confuso.
          —¿Qué dices, mamá? ¿Qué barbaridad es esa de que Lázaro se va a pegar con Nico?
La señora Sales empujó al joven, con violencia.
          —¡Vete a la pista de tenis! —le gritó— ¡Ve allí y trae al niño a casa!
Una luz comenzó a encenderse en la mente del señor Teodoro y empezó a entender el motivo, por el cual, Nicolás se negaba a jugar la partida de monopoly a las ocho de la tarde. Su rostro adquirió un matiz amenazador.
          —Tranquila, mamá —dijo, intentando disimular su rabia—, voy enseguida. Y más le vale a Lázaro no estar allí.
         —No te pegues con él, Blas —suplicó su madre—. Precisamente no te había contado nada para evitar que te enfrentaras a Lázaro. Coge al niño y tráelo a casa, nada más. Por favor, hijo, hazme caso.
                                                       ῳῳῳ
Nicolás salió de villa de Luna, cargado con la bolsa de basura, y corrió lo máximo que le permitieron sus piernas. Era consciente de que no contaba con mucho tiempo.
El ambiente de la noche era gélido. Soplaba un aire, no muy fuerte, pero desagradable.
El contenedor de la basura se hallaba, casi enfrente, de la entrada a la pista de tenis. El muchacho arrojó la bolsa en su interior. Vio que Sandra y Lázaro estaban en el lugar acordado, esperándole. Se dirigió hacia ellos.
          —Ya creíamos que no venías —comentó Sandra, sonriendo agriamente.
          —Pues os estabais equivocando, porque aquí estoy  —respondió Nicolás.
Lázaro había estado deseando que el muchacho no acudiera. El chiquillo le aventajaba en estatura y en corpulencia y, al hombre, le disgustaba quedar en soberano ridículo delante de su novia. Por tanto, le tenía reservada una desagradable sorpresa al chaval.
          —¿Qué pasa? ¿Te gusta empujar a las mujeres? —reprochó al crío.
A Nicolás le pareció notar que una gota de agua cayó sobre su cabeza. ¡Sólo faltaba que lloviera! Si volvía mojado a casa, su tutor se iba a enterar de que había salido.
          —Sandra se ha tirado encima de mí y yo la he apartado —aclaró el crío, nervioso, apreciando que caían más gotas de agua.
          —¡Dale una paliza, Lázaro! —exclamó Sandra, excitada— ¡Dale una buena paliza!
El hombre silbó y otros dos individuos salieron de entre las sombras, situándose detrás de Nicolás, quien los miró, aturdido. Ambos aparentaban ser mayores que Lázaro e iban armados con un palo.
          —¿Qué significa esto? —interrogó el chiquillo— ¡Eres un cobarde! El trato era que peleáramos tú y yo. ¡Sois tres contra uno y yo no llevo ningún palo!
          —Empieza a llorar y llama a Emilia para que te defienda —se burló Sandra, divertida. Iba a disfrutar viendo como apaleaban al chaval.
Los hombres se rieron a carcajadas, aunque su hilaridad no duró mucho. El ruido de un golpe a su derecha les obligó a mirar en esa dirección. El señor Teodoro terminaba de llegar a la pista de tenis. Desde arriba vio a los hombres rodeando a Nicolás y también vio los palos. El joven saltó la verja y se lanzó al suelo, cayendo, de pie, como un gato. Avanzó hacia el grupo con semblante de rayos y truenos. Todos le contemplaron, alucinados.
          —Blas, esto no es lo que parece —dijo Lázaro, retrocediendo unos pasos. Sus amigos soltaron los palos, y también retrocedieron. Aquel gigante caído del cielo parecía ser muy peligroso—. Hoy es veintiocho de diciembre, el día de los inocentes. Queríamos gastarle una inocentada a Nicolás, eso es todo. Te lo juro.
          —¿Y por qué no le gastáis una inocentada a vuestra santa madre? —interpeló el señor Teodoro, demoledor. Se agachó y recogió uno de los palos que los dos tipos habían tirado— Si me entero de que alguno de vosotros se vuelve a acercar al chiquillo os haré tragar un palo semejante a este. Ahora, marcharos, si no queréis que os abra la cabeza. Y tú Sandra, olvídate de volver a trabajar en nuestra casa.
Los tres hombres y la mujer se marcharon, presurosos.
Continuaban cayendo gotas de agua, diminutas.
Blas miró a Nicolás, que casi no se atrevía a respirar.
          —¡Eres un desobediente! —le dijo, furioso— ¡Estoy cansado de decirte que no me ocultes nada! ¿Ya se te ha olvidado lo que ha pasado con Salvador Márquez por no contarme la verdad desde un principio?
          —He salido a tirar la basura —intentó excusarse el muchacho—. Me he encontrado con Sandra y Lázaro, y estábamos hablando.
          —¿Y desde cuando sales tú a tirar la basura? ¿Quién te ha mandado tirarla? ¿Crees que soy tonto, Nico? —interrogó Blas, crispado.
A continuación, agarró al chiquillo por una oreja y se lo llevó hacia la villa. Por suerte para Nicolás, a mitad de camino se encontraron con la señora Sales, con Elisa y con Gabriela, que habían salido a buscarlos.
          —¡Suelta al niño enseguida! —ordenó Emilia a su hijo  — ¡Bruto más que bruto! ¿Quieres arrancarle la oreja?
Blas obedeció a la mujer y empujó al crío hacia ella.
          —¡Ahí tienes a este mocoso! —exclamó, enfadado— Todo tuyo. Ya puedes empezar a mimarlo pero, que sepas, que se iba a pegar con tres hombres.
La señora Sales pasó un brazo por la cintura del niño; este se masajeó su maltrecha oreja.
          —Vamos a casa, cariño —murmuró la mujer.
Elisa abrazó al señor Teodoro y Gabriela se quedó parada, observando, a un lado del camino.
          —¡Blas, he pasado mucho miedo! —declaró Elisa— Temí que pudieras salir herido.
El señor Teodoro se dejó abrazar pero, en ningún momento, correspondió al abrazo. Miró a Gabriela y le sonrió, sin que Elisa pudiera percibirlo.
          —Siento mucho lo ocurrido —habló Gabriela—. Nico me dijo que iba a tirar la basura, no pensé que…
          —No ha sido culpa tuya —la interrumpió el señor Teodoro—. Vámonos a casa. Llueve poco, pero si seguimos parados, nos vamos a mojar.
Comenzaron a caminar, Elisa se cogió de un brazo del joven y este le dio su mano libre a Gabriela.
Elisa Rey se dio cuenta de este detalle y no le agradó en absoluto.
Cuando pasaron por debajo de la casa de Estela Miranda, la mujer los observó desde detrás de una cortina y meneó la cabeza con semblante desaprobador.

Págs. 415-421


El día 19 de marzo es San José.  Como es martes no publico capítulo, entonces felicito por adelantado a todos los Josés y Josefas.

Y, por supuesto, a todos los maravillosos padres. Al mío lo felicitaré personalmente porque si lo hago por medio del blog... tal vez quiera matarme.


Hoy os he dejado una muy bonita canción de Sergio Dalma, "Solo para ti". Está ubicada en un lateral del blog.

Un beso a tod@s.                                                                                                                           
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This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License. Creative Commons License
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