"El secreto de los pájaros", de Francisco Escartí.
Este estupendo libro se sortea en el blog
Deseo Libros.
Tenéis tiempo de apuntaros hasta el 30 de marzo.
¿Aún no te has apuntado?
¡¡Puede tocarte!!
"El legado de tus alas", de Javier Méndez.
Otro estupendo libro que se sortea en el
Blog De Lectura De Nuno.
El plazo para apuntarse también es hasta el 30 de marzo.
¿Ya te has apuntado? Casi seguro que te toca.
CAPÍTULO 54
DÍA 28, LAS NUEVE DE LA NOCHE
U
|
n rato antes de las ocho,
Gabriela llegó a villa de Luna portando consigo una bandeja con una exquisita tarta de nueces, cubierta con papel de
aluminio.
—Mi madre ha preferido quedarse —informó—. Hacen una película
antigua, que a ella le encanta. No se la quiere perder por nada del mundo.
Hércules la verá con ella —bromeó.
El verdadero motivo por
el cual Estela no se había presentado junto a su hija, era que no quería presenciar cómo dos mujeres se disputaban a un hombre. Conocía lo muy ilusionada que
Gabriela estaba con Blas e intuía que acabaría sufriendo por causa de Elisa.
A Natalia no le hizo
gracia la llegada de Gabriela. Elisa, por su parte, se mostró hospitalaria.
Ignoraba que su vecina había salido, por la mañana, a correr con Blas.
Se sentaron alrededor de
la mesa rectangular del salón y comenzó la partida de monopoly.
Nicolás miraba
continuamente su reloj de pulsera y después miraba a su tutor que parecía estar
disfrutando.
“No voy a poder salir”, pensaba el
muchacho, impotente. “Si se me ocurre
levantarme de esta silla, Blas me va a clavar en ella”.
Blas, Elisa y Gabriela se
divertían comprando terrenos con el objetivo de edificar casas u hoteles. Natalia y
Bibiana deseaban que pasara pronto la hora de la cita para que Nicolás se
relajara. Lo mismo estaba deseando la señora Sales. Patricia se lo pasaba
estupendamente notando la tensión del chiquillo.
Pero hay que contar con
el “diablo”, al que siempre le gusta enredar y, a las nueve menos diez, a Gabriela se le ocurrió ir a la cocina para
cortar un trozo de tarta para cada uno.
—¿Quieres que te ayude? —preguntó Nicolás,
solícito.
—Claro que sí —respondió la joven—. Me has leído el
pensamiento.
El niño se levantó,
encantado, de su asiento. Se le había abierto el cielo.
Una vez en la cocina, fue
directo al armario donde se guardaba el cubo de la basura y extrajo la bolsa,
anudándola.
—Voy a tirarla —le dijo a Gabriela—. ¿Puedes hacerme un
favor?
La mujer asintió,
sorprendida y extrañada.
—Volveré enseguida —le aseguró el chiquillo,
susurrando—. No vayas al
salón hasta que yo no vuelva. ¿Me esperarás aquí?
—Sí, Nico. Te esperaré aquí —aceptó Gabriela, sin salir
de su asombro.
El muchacho abrió la
puerta de la estancia y desapareció, veloz. La chica se quedó cortando trocitos
de pastel que iba colocando en platos de postre.
A la señora Sales le
pareció que Gabriela y Nicolás tardaban demasiado y decidió ir a echarles una
mano. En cuanto entró en la cocina, vio la
puerta que daba a la terraza, abierta, y no vio al niño.
—¿Dónde está Nico? —preguntó, angustiada,
sintiendo un temblor en las piernas.
—Ha salido a tirar la basura —manifestó Gabriela con
tranquilidad.
Emilia fue corriendo al
salón y golpeó un hombro de su hijo.
—¡Blas, vete a la pista de tenis! —gritó, al borde del llanto— ¡No tardes ni un minuto en llegar allí!
—¿Qué sucede? —preguntó el joven,
levantándose de su silla.
Natalia y Bibiana se
miraron con cara de circunstancias.
—Sandra ha retado a Nico para que se pelee con
Lázaro, a las nueve, en la pista de tenis —explicó su madre, precipitadamente—. ¡No hay tiempo que
perder, Blas! ¡Vete a buscar al niño! Ha salido por la puerta de la cocina,
diciéndole a Gabriela que iba a tirar la basura.
El señor Teodoro miró a
su madre con gesto confuso.
—¿Qué dices, mamá? ¿Qué barbaridad es esa de
que Lázaro se va a pegar con Nico?
La señora Sales empujó al
joven, con violencia.
—¡Vete a
la pista de tenis! —le gritó— ¡Ve allí y trae al niño a casa!
Una luz comenzó a
encenderse en la mente del señor Teodoro y empezó a entender el motivo, por el
cual, Nicolás se negaba a jugar la partida de monopoly a las ocho de la tarde.
Su rostro adquirió un matiz amenazador.
—Tranquila, mamá —dijo, intentando
disimular su rabia—, voy enseguida. Y más le vale a Lázaro no estar
allí.
—No te pegues con él, Blas
—suplicó su
madre—. Precisamente
no te había contado nada para evitar que te enfrentaras a Lázaro. Coge al niño
y tráelo a casa, nada más. Por favor, hijo, hazme caso.
ῳῳῳ
Nicolás salió de villa de
Luna, cargado con la bolsa de basura,
y corrió lo máximo que le permitieron sus piernas. Era consciente de que no
contaba con mucho tiempo.
El ambiente de la noche
era gélido. Soplaba un aire, no muy fuerte, pero desagradable.
El contenedor de la
basura se hallaba, casi enfrente, de la entrada a la pista de tenis. El
muchacho arrojó la bolsa en su interior. Vio que Sandra y Lázaro estaban en el
lugar acordado, esperándole. Se dirigió hacia ellos.
—Ya creíamos que no venías —comentó Sandra, sonriendo
agriamente.
—Pues os estabais equivocando, porque aquí
estoy —respondió Nicolás.
Lázaro había estado
deseando que el muchacho no acudiera. El chiquillo le aventajaba en estatura y
en corpulencia y, al hombre, le disgustaba quedar en soberano ridículo delante
de su novia. Por tanto, le tenía reservada una desagradable sorpresa al chaval.
—¿Qué pasa? ¿Te gusta empujar a las mujeres? —reprochó al crío.
A Nicolás le pareció
notar que una gota de agua cayó sobre su cabeza. ¡Sólo
faltaba que lloviera! Si volvía
mojado a casa, su tutor se iba a enterar de que había salido.
—Sandra se ha tirado encima de mí y yo la he
apartado —aclaró el
crío, nervioso, apreciando que caían más gotas de agua.
—¡Dale
una paliza, Lázaro! —exclamó Sandra, excitada— ¡Dale una buena paliza!
El hombre silbó y otros
dos individuos salieron de entre las sombras, situándose detrás de Nicolás,
quien los miró, aturdido. Ambos aparentaban ser mayores que Lázaro e iban
armados con un palo.
—¿Qué significa esto? —interrogó el chiquillo— ¡Eres un cobarde! El
trato era que peleáramos tú y yo. ¡Sois tres contra uno y yo no llevo ningún
palo!
—Empieza a llorar y llama a Emilia para que te
defienda —se burló
Sandra, divertida. Iba a disfrutar viendo
como apaleaban al chaval.
Los hombres se rieron a
carcajadas, aunque su hilaridad no duró mucho. El ruido de un golpe a su
derecha les obligó a mirar en esa dirección. El señor Teodoro terminaba de
llegar a la pista de tenis. Desde arriba vio a los hombres rodeando a Nicolás y
también vio los palos. El joven saltó la verja y se lanzó al suelo, cayendo, de
pie, como un gato. Avanzó hacia el grupo con semblante de rayos y truenos.
Todos le contemplaron, alucinados.
—Blas, esto no es lo que parece —dijo Lázaro, retrocediendo
unos pasos. Sus amigos soltaron los palos, y también retrocedieron. Aquel gigante caído del cielo parecía ser muy
peligroso—. Hoy es veintiocho de diciembre, el día de los
inocentes. Queríamos gastarle una inocentada a Nicolás, eso es todo. Te lo
juro.
—¿Y por qué no le gastáis una inocentada a
vuestra santa madre? —interpeló el señor Teodoro, demoledor. Se a gachó y recogió uno de
los palos que los dos tipos habían tirado— Si me entero
de que alguno de vosotros se vuelve a acercar al chiquillo os haré tragar un
palo semejante a este. Ahora, marcharos, si no queréis que os abra la cabeza. Y
tú Sandra, olvídate de volver a trabajar en nuestra casa.
Los tres
hombres y la mujer se marcharon, presurosos.
Continuaban
cayendo gotas de agua, diminutas.
Blas miró a
Nicolás, que casi no se atrevía a respirar.
—¡Eres un desobediente! —le dijo,
furioso— ¡Estoy cansado de decirte que no me ocultes nada! ¿Ya se te ha olvidado lo que ha pasado con Salvador Márquez por no contarme la verdad desde un principio?
—He salido a tirar la basura —intentó
excusarse el muchacho—. Me he encontrado con Sandra y Lázaro, y estábamos
hablando.
—¿Y desde cuando sales tú a tirar la
basura? ¿Quién te ha mandado tirarla? ¿Crees que soy tonto, Nico? —interrogó
Blas, crispado.
A
continuación, agarró al chiquillo por una oreja y se lo llevó hacia la villa.
Por suerte para Nicolás, a mitad de camino se encontraron con la señora Sales,
con Elisa y con Gabriela, que habían salido a buscarlos.
—¡Suelta al niño enseguida! —ordenó
Emilia a su hijo — ¡Bruto más que bruto!
¿Quieres arrancarle la oreja?
Blas obedeció
a la mujer y empujó al crío hacia ella.
—¡Ahí tienes a este mocoso! —exclamó,
enfadado— Todo tuyo. Ya puedes empezar a mimarlo pero, que sepas, que se iba a
pegar con tres hombres.
La señora
Sales pasó un brazo por la cintura del niño; este se masajeó su
maltrecha oreja.
—Vamos a casa, cariño —murmuró la
mujer.
Elisa abrazó al señor Teodoro y Gabriela se quedó parada, observando, a un lado del
camino.
—¡Blas, he pasado mucho miedo! —declaró
Elisa— Temí que pudieras salir herido.
El señor
Teodoro se dejó abrazar pero, en ningún momento, correspondió al abrazo. Miró a
Gabriela y le sonrió, sin que Elisa pudiera percibirlo.
—Siento mucho lo ocurrido —habló
Gabriela—. Nico me dijo que iba a tirar la basura, no pensé que…
—No ha sido culpa tuya —la interrumpió
el señor Teodoro—. Vámonos a casa. Llueve poco, pero si seguimos parados, nos
vamos a mojar.
Comenzaron a
caminar, Elisa se cogió de un brazo del joven y este le dio su mano libre a
Gabriela.
Elisa Rey se
dio cuenta de este detalle y no le agradó en absoluto.
Cuando pasaron por debajo de la casa de Estela Miranda, la mujer los observó desde detrás de una cortina y meneó la cabeza con semblante desaprobador.
Págs. 415-421
El día 19 de marzo es San José. Como es martes no publico capítulo, entonces felicito por adelantado a todos los Josés y Josefas.
Y, por supuesto, a todos los maravillosos padres. Al mío lo felicitaré personalmente porque si lo hago por medio del blog... tal vez quiera matarme.
Hoy os he dejado una muy bonita canción de Sergio Dalma, "Solo para ti". Está ubicada en un lateral del blog.
Un beso a tod@s.
