CAPÍTULO 110
EL “ARTE” DE LA HIPOCRESÍA Y LA MENTIRA
E
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l hombre de la cicatriz en el pómulo derecho subió a
un coche patrulla donde un policía se hallaba al volante. Era uno de los
agentes, el de menor estatura, que había detenido y golpeado a Benito Sierra
hasta provocarle la muerte. Condujo el auto con destino a la discoteca
“Paraíso” y, allí, el hombre de la cicatriz descendió del coche, entregando al
policía unos billetes que extrajo de la bolsa que le había dado Lucas.
—Aquí tiene diez mil dívares. Lo convenido por su ayuda y la de su
hijo.
El portero que vigilaba ahora la entrada a la
discoteca era el mismo que estaba cuando se celebró el aniversario de Patricia.
El hombre de la cicatriz lo saludó con un movimiento leve de cabeza; luego
entró en el local y se dirigió a una oficina situada en el mismo pasillo al que fue Nicolás para rescatar a Rocío Sierra. Dentro de la oficina permanecían sentados Álvaro
Artiach, Ismael Cuesta y la joven de la verruga en la barbilla.
—¿Cómo ha ido todo? —preguntó el señor Artiach, ávidamente.
—A las mil maravillas. El chico es un bobalicón y ha vaciado la caja de
su padre. Le he dado su parte a nuestro policía y amigo Soriano —el individuo depositó la bolsa de basura
sobre una mesa.
—Entonces
ya solo faltan por atar dos cabos —manifestó Álvaro, satisfecho. Dirigió sus
malignos ojos azules al señor Cuesta.
El profesor de matemáticas metió una mano en
un bolsillo de la chaqueta que llevaba, sacó un revólver y disparó en la sien
del hombre de la cicatriz en el pómulo derecho que cayó muerto en el acto.
Rocío Sierra no tuvo tiempo de reaccionar, otra bala perforó su sien y su corta
vida terminó en aquel instante.
—Estos
cuerpos tienen que desaparecer, y esta mala hija se reunirá con su buen padre —dijo Álvaro, rascando la cabeza de la serpiente
que tenía tatuada en el cuello—. Hemos hecho un buen negocio, Isma. A Blas le ha costado un poco cara la patada que me dio —sonrió mirando el dinero—. Y por lo visto, todo lo que me contó la tarde de la fiestecita era cierto, hasta me dijo la combinación de la caja. ¡Qué inútil! ¡Cómo me gustaría encontrar a Helena antes que él! Ya lo creo que me gustaría tener a esa mujer, entonces Blas sería una marioneta en mis manos.
—¡Déjate de mujeres! Me
preocupa Lucas Soriano. ¿No acabará hablando? —barruntó Ismael Cuesta.
—No
creo que ese muchacho débil, delgaducho y poca cosa se atreva a causarnos
problemas. De todas formas siempre puedes meterle pánico en el pellejo. Lo
tienes muy a mano, es tu alumno. Y recuerda que si ese enclenque y su progenitor
están metidos en nuestra fiesta es por la torpeza que cometiste. Nicolás debió
ser expulsado él solito.
∎∎∎
El señor Teodoro se había dado una
reconfortante ducha y terminaba de desayunar. Miró por la ventana un trozo de
calle y los grandes charcos que la tormenta nocturna dejó como huella. Ya no
llovía. El cielo presentaba un color grisáceo sin rastro de sol. Siendo sábado y las nueve
de la mañana, el tránsito de personas y vehículos era escaso. El señor Teodoro
empezó a dar vueltas por la habitación sintiéndose agobiado y enjaulado; también la tormenta se encargó de no dejarle dormir y de recordarle aquella playa donde amó a Helena como sabía que nunca amaría a otra mujer.
—¡Blas,
cariño! —exclamó la señora Sales con fastidio— ¿Por qué no te sientas y te
estás quieto?
El joven se sentó sobre la cama.
—Mamá
no veo necesario que nos quedemos hasta mañana —manifestó—. Me encuentro bien y
ya no estoy atado a una percha con una bolsa de suero. Deberíamos irnos a casa
con el niño.
Emilia se mordió el labio inferior en una
actitud impaciente que denotaba un absoluto desacuerdo con su hijo.
Sin embargo, no llegó a dar su opinión porque la puerta se abrió, entrando en la estancia, Álvaro Artiach. La señora Sales se sorprendió gratamente al verlo. El hombre se acercó y le dio un par de besos. La mujer no pudo ver la cabeza de serpiente tatuada; esta se escondía debajo de un jersey de cuello alzado. Álvaro se quitó una cazadora marrón de inmediato; la temperatura en la habitación era muy agradable.
Sin embargo, no llegó a dar su opinión porque la puerta se abrió, entrando en la estancia, Álvaro Artiach. La señora Sales se sorprendió gratamente al verlo. El hombre se acercó y le dio un par de besos. La mujer no pudo ver la cabeza de serpiente tatuada; esta se escondía debajo de un jersey de cuello alzado. Álvaro se quitó una cazadora marrón de inmediato; la temperatura en la habitación era muy agradable.
—¡Álvaro,
cuánto tiempo sin verte! —exclamó Emilia, contenta— ¿Se puede saber qué has
hecho con tu pelo?
—Aunque
no lo pueda creer tenía grandes entradas, me quedaba calvo y decidí
raparme.
El señor Artiach colgó su cazadora en una
percha y depositó un maletín de color negro sobre la cama, estrechando, efusivamente,
la mano del señor Teodoro.
—¿Cómo
estás?
—Muy
bien, gracias. Ha sido una apendicitis, supongo que te lo ha contado Ismael, tu apreciado
socio.
Álvaro Artiach asintió, y su semblante adoptó
un gesto grave.
—Me
temo que no soy portador de buenas noticias, Blas —dijo, mirando a su amigo con
pesar—. Se trata de tu hijo.
Al señor Teodoro le cambió el color de la cara
y el miedo asomó a sus ojos. La señora Sales se levantó de su silla, muy
agitada.
—Tranquilos
—se apresuró a decir el señor Artiach—; el chiquillo está bien, con muy buena
salud, no le ha pasado nada. ¿Cuándo viste a tu hijo por última vez?
—Ayer
por la tarde.
—¿A
qué viene esa pregunta, qué ocurre? —indagó la señora Sales, angustiada— Habla
de una vez, Álvaro, nos estás asustando.
—¿El
chico no te dijo que lo habían expulsado del instituto?
El señor Teodoro, desconcertado, dijo que no
moviendo la cabeza.
—Pues
lo expulsaron el jueves por atacar a Ismael. Tengo entendido que fue un ataque
brutal, que casi lo ahoga —informó el señor Artiach.
—Bueno,
seguro que no será para tanto —dijo la señora Sales, queriendo quitarle
importancia al asunto.
El señor Teodoro se frotó la frente; se sentía
consternado y furioso.
—Ojalá
eso fuera todo, pero hay más.
El señor Artiach abrió el maletín y extrajo un
ordenador portátil. Lo puso en marcha y tanto el señor Teodoro como la señora Sales vieron a Nicolás entrando en un
pasillo, poniéndose el pasamontañas en la cabeza, entrando en la habitación de
Rocío y sacando a la chica a la fuerza. Nuevamente en el pasillo, el niño se
quitaba el pasamontañas.
—¿Qué
significa esto? —preguntó el señor Teodoro, perplejo.
—Tu
hijo entró ayer por la noche en mi discoteca y raptó a una de mis camareras. La
cámara de seguridad lo grabó todo.
—¿Qué
estupideces estás diciendo, Álvaro? —se escandalizó la señora Sales— Conozco
muy bien a mi nieto; él no haría algo así, es solo un crío.
—A
veces los padres son los últimos en darse cuenta de cómo son, en realidad, sus
hijos —declaró el señor Artiach—. Yo me atengo a la grabación y a que mi
empleada ha desaparecido. No he ido a la policía por la amistad que me une a
ti, Blas. He preferido hablar primero contigo.
El señor Teodoro miró, otra vez, la grabación.
—Tiene
que haber una explicación a todo esto —manifestó con plena seguridad—. Mi hijo
es incapaz de raptar a nadie.
—Pues
entonces esperemos que Nicolás nos dé esa explicación —habló el señor Artiach,
cerrando el ordenador y guardándolo en el maletín.
El señor Teodoro se vistió en unos minutos, y
tuvo que firmar el alta voluntaria puesto que la intención del médico de
guardia era dársela al día siguiente. La señora Sales, muy conmocionada, le reprochó a su hijo haber llevado a Nicolás a la discoteca. También censuró
al señor Artiach por tener como negocio una sala de fiestas.
Madre e hijo discutieron viva y acaloradamente
hasta que, ambos, optaron por no dirigirse la palabra.
—Debéis
calmaros —medió el señor Artiach que conducía su automóvil hacia la casa del
señor Teodoro—. Ninguno de los dos sois culpables de lo ocurrido. ¡Y no sabéis
cuánto lamento daros este disgusto! Tú eres como un hermano para mí, Blas. Y
usted, Emilia, como una madre.
El señor Teodoro casi no escuchaba al que él
creía su amigo. Abstraído, recordaba las pasadas Navidades en Luna cuando el policía del pueblo, Tobías, encontró a
Nicolás en el cementerio intentando desenterrar una tumba. Aquella acción del
niño también era descabellada; no obstante, tenía una explicación. El señor
Teodoro se estremeció no pudiendo imaginar a qué podía obedecer la conducta de
Nicolás. De lo único que estaba convencido era de que su hijo era incapaz de raptar a nadie.
Llegaron a la avenida Presidencial, y el señor
Artiach aparcó el coche delante del portón de hierro. Entraron en el jardín por
la puerta pequeña de al lado. El señor Matías Hernández fue el primero en verles y el
primero en sorprenderse.
—¡No
los esperaba hoy! —exclamó, confuso— Me alegro de que esté en casa, señor.
Espero que esté bien recuperado.
—¿Puedo
saber por qué no se me ha informado de que mi hijo fue expulsado del
instituto? ¿Puedo saber por qué mi hijo salió ayer por la noche? —inquirió el
señor Teodoro, muy enojado.
—No
sé nada de ninguna expulsión —respondió el señor Hernández, algo intimidado—. Creí que
habían puesto una bomba en el instituto, eso es lo que me dijo el señorito
Nicolás. No quise atosigarle con preocupaciones. El señorito le ordenó a Cruz
que le abriera la puerta anoche y mi nuera no pudo negarse. Permítame que tenga
el atrevimiento de decirle que pienso que es usted quien debiera educar mejor a
su hijo. Un hijo mío no saldría de noche, en contra de mi voluntad, por mucho
que yo estuviese ausente —el señor Hernández se fue envalentonando—. Un hijo
mío no osaría desobedecerme aprovechando que está con los criados. Tampoco
sería expulsado de un instituto y contaría embustes.
—Enhorabuena,
Matías. Te felicito por tener unos hijos tan bien educados —declaró el señor
Teodoro, enfadado—. En otro momento ya me explicarás el truco de cómo lo
consigues. ¿Dónde está Nico ahora?
—Hace
un rato que se ha levantado y está desayunando en la cocina con sus amigos. Mi
mujer y mi nuera los están atendiendo.
—¿Salió
ayer con sus amigos? —preguntó el señor Teodoro.
—Sí,
señor.
—¿Volvieron
muy tarde?
—No,
señor. Estuvieron fuera poco más de una hora.
—¿Notaste
algo raro cuando volvieron?
—Vinieron
empapados, eso es todo.
—¡Dios mío! —exclamó la señora Sales, compungida— ¡Pero si anoche llovía a mares!
¿Cómo se les ocurrió a estos niños salir en una noche tan mala? ¡Mi niño! Espero que no vuelva a tener fiebre —añadió, mirando
preocupada a su hijo.
En aquel momento, Marcos, el hijo menor del
señor Hernández, se acercó al señor Teodoro para darle la bienvenida y
transmitirle lo mucho que se alegraba de volverlo a ver. Y, desde luego, su
alegría era muy sincera. Después del saludo, el señor Teodoro dirigió sus pasos
hacia la casa, seguido por su madre, su "amigo" Álvaro, y el señor Hernández.
Los niños desayunaban unos churros riquísimos que había frito Prudencia con abundante aceite
de oliva. Cruz preparó un espeso chocolate caliente y los churros se bañaban
en las tazas antes de llegar a la boca de los chiquillos. A todos les había
costado dormir y ninguno había pasado muy buena noche. Nicolás, en la
habitación de su padre, compartió cama con Natalia y Bibiana. Leopoldo
y Lucas se habían acostado en la cama de Nicolás pero, antes, el pelirrojo
avisó al rubio de que tuviese mucho cuidado de acercarse a él.
—¡Ni
siquiera me roces o te parto la boca! ¡Te lo aseguro! —lo amenazó, feroz.
Lo cierto es que podían haber ocupado
habitaciones diferentes, mas ninguno de los chavales parecía deseoso de dormir
en solitario. De todos modos, la cama de Nicolás era inmensa y el “temido roce”
no se produjo.
Prudencia y Cruz esbozaron una tímida sonrisa
en cuanto vieron entrar en la cocina al señor Teodoro. ¡Por fin había regresado! Su
corta ausencia les había parecido eterna.
—Nos
alegramos muchísimo de que esté de nuevo en casa, señor —dijo la esposa del
señor Hernández—. ¿Desea tomar algo?
—No,
muchas gracias. He desayunado en el hospital.
Los niños, desde la estancia anexa a la
cocina, oyeron las voces de los adultos. A Nicolás se le iluminó la cara,
dio un brinco y corrió al encuentro de su padre con quien tropezó bajo el vano
en forma de arco que separaba la cocina de aquella dependencia.
—¡PAPÁ! ¡Creía que no vendrías hasta
mañana! —exclamó el muchacho, abrazándole, feliz. El señor Teodoro
correspondió a su abrazo y le dio un beso en su despeinado cabello. A
continuación, el chiquillo besó a su abuela y, segundos después vio al señor
Artiach. El rostro del crío se ensombreció por completo.
Natalia y Bibiana también abrazaron y besaron
al señor Teodoro y a la señora Sales. Leopoldo y Lucas no se movieron de sus
sillas sintiéndose un tanto cohibidos.
—Terminad
de desayunar —dijo el señor Teodoro en un tono que a todos les sonó bastante
severo—. Luego vamos a tener una conversación en el despacho.
—Voy
a prepararte una tila —decidió la señora Sales yendo hacia la cocina—. Estás
demasiado tenso.
Los niños se miraron, alarmados, tras oír las
palabras de la mujer. ¿Por qué estaba el señor
Teodoro tenso y de qué quería hablar en el despacho? ¿Y qué hacía allí Álvaro
Artiach?
Págs. 871-879
Esta semana dejo en el lateral del blog una canción de Juan Pardo... "Sin ti"
Próxima publicación... jueves, 19 de marzo
