EL CLAN TEODORO-PALACIOS

CUARTA PARTE

jueves, 5 de marzo de 2015

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 110






























CAPÍTULO 110

EL “ARTE” DE LA HIPOCRESÍA Y LA MENTIRA



E
l hombre de la cicatriz en el pómulo derecho subió a un coche patrulla donde un policía se hallaba al volante. Era uno de los agentes, el de menor estatura, que había detenido y golpeado a Benito Sierra hasta provocarle la muerte. Condujo el auto con destino a la discoteca “Paraíso” y, allí, el hombre de la cicatriz descendió del coche, entregando al policía unos billetes que extrajo de la bolsa que le había dado Lucas.
            Aquí tiene diez mil dívares. Lo convenido por su ayuda y la de su hijo.
El portero que vigilaba ahora la entrada a la discoteca era el mismo que estaba cuando se celebró el aniversario de Patricia. El hombre de la cicatriz lo saludó con un movimiento leve de cabeza; luego entró en el local y se dirigió a una oficina situada en el mismo pasillo al que fue Nicolás para rescatar a Rocío Sierra. Dentro de la oficina permanecían sentados Álvaro Artiach, Ismael Cuesta y la joven de la verruga en la barbilla.
            ¿Cómo ha ido todo? preguntó el señor Artiach, ávidamente.
           —A las mil maravillas. El chico es un bobalicón y ha vaciado la caja de su padre. Le he dado su parte a nuestro policía y amigo Soriano —el individuo depositó la bolsa de basura sobre una mesa.
            —Entonces ya solo faltan por atar dos cabos —manifestó Álvaro, satisfecho. Dirigió sus malignos ojos azules al señor Cuesta.
El profesor de matemáticas metió una mano en un bolsillo de la chaqueta que llevaba, sacó un revólver y disparó en la sien del hombre de la cicatriz en el pómulo derecho que cayó muerto en el acto. Rocío Sierra no tuvo tiempo de reaccionar, otra bala perforó su sien y su corta vida terminó en aquel instante.
            —Estos cuerpos tienen que desaparecer, y esta mala hija se reunirá con su buen padre —dijo Álvaro, rascando la cabeza de la serpiente que tenía tatuada en el cuello—. Hemos hecho un buen negocio, Isma. A Blas le ha costado un poco cara la patada que me dio —sonrió mirando el dinero—. Y por lo visto, todo lo que me contó la tarde de la fiestecita era cierto, hasta me dijo la combinación de la caja. ¡Qué inútil! ¡Cómo me gustaría encontrar a Helena antes que él! Ya lo creo que me gustaría tener a esa mujer, entonces Blas sería una marioneta en mis manos.
            —¡Déjate de mujeres! Me preocupa Lucas Soriano. ¿No acabará hablando? —barruntó Ismael Cuesta.
            —No creo que ese muchacho débil, delgaducho y poca cosa se atreva a causarnos problemas. De todas formas siempre puedes meterle pánico en el pellejo. Lo tienes muy a mano, es tu alumno. Y recuerda que si ese enclenque y su progenitor están metidos en nuestra fiesta es por la torpeza que cometiste. Nicolás debió ser expulsado él solito.
                                                                                                   ∎∎∎
El señor Teodoro se había dado una reconfortante ducha y terminaba de desayunar. Miró por la ventana un trozo de calle y los grandes charcos que la tormenta nocturna dejó como huella. Ya no llovía. El cielo presentaba un color grisáceo sin rastro de sol. Siendo sábado y las nueve de la mañana, el tránsito de personas y vehículos era escaso. El señor Teodoro empezó a dar vueltas por la habitación sintiéndose agobiado y enjaulado; también la tormenta se encargó de no dejarle dormir y de recordarle aquella playa donde amó a Helena como sabía que nunca amaría a otra mujer.
            —¡Blas, cariño! —exclamó la señora Sales con fastidio— ¿Por qué no te sientas y te estás quieto?
El joven se sentó sobre la cama.
            —Mamá no veo necesario que nos quedemos hasta mañana —manifestó—. Me encuentro bien y ya no estoy atado a una percha con una bolsa de suero. Deberíamos irnos a casa con el niño.
Emilia se mordió el labio inferior en una actitud impaciente que denotaba un absoluto desacuerdo con su hijo. 
Sin embargo, no llegó a dar su opinión porque la puerta se abrió, entrando en la estancia, Álvaro Artiach. La señora Sales se sorprendió gratamente al verlo. El hombre se acercó y le dio un par de besos. La mujer no pudo ver la cabeza de serpiente tatuada; esta se escondía debajo de un jersey de cuello alzado. Álvaro se quitó una cazadora marrón de inmediato; la temperatura en la habitación era muy agradable.
            —¡Álvaro, cuánto tiempo sin verte! —exclamó Emilia, contenta— ¿Se puede saber qué has hecho con tu pelo?
            —Aunque no lo pueda creer tenía grandes entradas, me quedaba calvo y decidí raparme.
El señor Artiach colgó su cazadora en una percha y depositó un maletín de color negro sobre la cama, estrechando, efusivamente, la mano del señor Teodoro.
            —¿Cómo estás?
            —Muy bien, gracias. Ha sido una apendicitis, supongo que te lo ha contado Ismael, tu apreciado socio.
Álvaro Artiach asintió, y su semblante adoptó un gesto grave.
            —Me temo que no soy portador de buenas noticias, Blas —dijo, mirando a su amigo con pesar—. Se trata de tu hijo.
Al señor Teodoro le cambió el color de la cara y el miedo asomó a sus ojos. La señora Sales se levantó de su silla, muy agitada.
            —Tranquilos —se apresuró a decir el señor Artiach—; el chiquillo está bien, con muy buena salud, no le ha pasado nada. ¿Cuándo viste a tu hijo por última vez?
            —Ayer por la tarde.
            —¿A qué viene esa pregunta, qué ocurre? —indagó la señora Sales, angustiada— Habla de una vez, Álvaro, nos estás asustando.
            —¿El chico no te dijo que lo habían expulsado del instituto?
El señor Teodoro, desconcertado, dijo que no moviendo la cabeza.
            —Pues lo expulsaron el jueves por atacar a Ismael. Tengo entendido que fue un ataque brutal, que casi lo ahoga —informó el señor Artiach.
            —Bueno, seguro que no será para tanto —dijo la señora Sales, queriendo quitarle importancia al asunto.
El señor Teodoro se frotó la frente; se sentía consternado y furioso.
            —Ojalá eso fuera todo, pero hay más.
El señor Artiach abrió el maletín y extrajo un ordenador portátil. Lo puso en marcha y tanto el señor Teodoro como la señora Sales vieron a Nicolás entrando en un pasillo, poniéndose el pasamontañas en la cabeza, entrando en la habitación de Rocío y sacando a la chica a la fuerza. Nuevamente en el pasillo, el niño se quitaba el pasamontañas.
            —¿Qué significa esto? —preguntó el señor Teodoro, perplejo.
            —Tu hijo entró ayer por la noche en mi discoteca y raptó a una de mis camareras. La cámara de seguridad lo grabó todo.
            —¿Qué estupideces estás diciendo, Álvaro? —se escandalizó la señora Sales— Conozco muy bien a mi nieto; él no haría algo así, es solo un crío.
            —A veces los padres son los últimos en darse cuenta de cómo son, en realidad, sus hijos —declaró el señor Artiach—. Yo me atengo a la grabación y a que mi empleada ha desaparecido. No he ido a la policía por la amistad que me une a ti, Blas. He preferido hablar primero contigo.
El señor Teodoro miró, otra vez, la grabación.
            —Tiene que haber una explicación a todo esto —manifestó con plena seguridad—. Mi hijo es incapaz de raptar a nadie.
            —Pues entonces esperemos que Nicolás nos dé esa explicación —habló el señor Artiach, cerrando el ordenador y guardándolo en el maletín.
El señor Teodoro se vistió en unos minutos, y tuvo que firmar el alta voluntaria puesto que la intención del médico de guardia era dársela al día siguiente. La señora Sales, muy conmocionada, le reprochó a su hijo haber llevado a Nicolás a la discoteca. También censuró al señor Artiach por tener como negocio una sala de fiestas.
Madre e hijo discutieron viva y acaloradamente hasta que, ambos, optaron por no dirigirse la palabra.
            —Debéis calmaros —medió el señor Artiach que conducía su automóvil hacia la casa del señor Teodoro—. Ninguno de los dos sois culpables de lo ocurrido. ¡Y no sabéis cuánto lamento daros este disgusto! Tú eres como un hermano para mí, Blas. Y usted, Emilia, como una madre.
El señor Teodoro casi no escuchaba al que él creía su amigo. Abstraído, recordaba las pasadas Navidades en Luna cuando el policía del pueblo, Tobías, encontró a Nicolás en el cementerio intentando desenterrar una tumba. Aquella acción del niño también era descabellada; no obstante, tenía una explicación. El señor Teodoro se estremeció no pudiendo imaginar a qué podía obedecer la conducta de Nicolás. De lo único que estaba convencido era de que su hijo era incapaz de raptar a nadie.
Llegaron a la avenida Presidencial, y el señor Artiach aparcó el coche delante del portón de hierro. Entraron en el jardín por la puerta pequeña de al lado. El señor Matías Hernández fue el primero en verles y el primero en sorprenderse.
            —¡No los esperaba hoy! —exclamó, confuso— Me alegro de que esté en casa, señor. Espero que esté bien recuperado.
            —¿Puedo saber por qué no se me ha informado de que mi hijo fue expulsado del instituto? ¿Puedo saber por qué mi hijo salió ayer por la noche? —inquirió el señor Teodoro, muy enojado.
            —No sé nada de ninguna expulsión —respondió el señor Hernández, algo intimidado—. Creí que habían puesto una bomba en el instituto, eso es lo que me dijo el señorito Nicolás. No quise atosigarle con preocupaciones. El señorito le ordenó a Cruz que le abriera la puerta anoche y mi nuera no pudo negarse. Permítame que tenga el atrevimiento de decirle que pienso que es usted quien debiera educar mejor a su hijo. Un hijo mío no saldría de noche, en contra de mi voluntad, por mucho que yo estuviese ausente —el señor Hernández se fue envalentonando—. Un hijo mío no osaría desobedecerme aprovechando que está con los criados. Tampoco sería expulsado de un instituto y contaría embustes.
            —Enhorabuena, Matías. Te felicito por tener unos hijos tan bien educados —declaró el señor Teodoro, enfadado—. En otro momento ya me explicarás el truco de cómo lo consigues. ¿Dónde está Nico ahora?
            —Hace un rato que se ha levantado y está desayunando en la cocina con sus amigos. Mi mujer y mi nuera los están atendiendo.
            —¿Salió ayer con sus amigos? —preguntó el señor Teodoro.
            —Sí, señor.
            —¿Volvieron muy tarde?
            —No, señor. Estuvieron fuera poco más de una hora.
            —¿Notaste algo raro cuando volvieron?
            —Vinieron empapados, eso es todo.
            —¡Dios mío! —exclamó la señora Sales, compungida— ¡Pero si anoche llovía a mares! ¿Cómo se les ocurrió a estos niños salir en una noche tan mala? ¡Mi niño! Espero que no vuelva a tener fiebre —añadió, mirando preocupada a su hijo.
En aquel momento, Marcos, el hijo menor del señor Hernández, se acercó al señor Teodoro para darle la bienvenida y transmitirle lo mucho que se alegraba de volverlo a ver. Y, desde luego, su alegría era muy sincera. Después del saludo, el señor Teodoro dirigió sus pasos hacia la casa, seguido por su madre, su "amigo" Álvaro, y el señor Hernández.
Los niños desayunaban unos churros riquísimos que había frito Prudencia con abundante aceite de oliva. Cruz preparó un espeso chocolate caliente y los churros se bañaban en las tazas antes de llegar a la boca de los chiquillos. A todos les había costado dormir y ninguno había pasado muy buena noche. Nicolás, en la habitación de su padre, compartió cama con Natalia y Bibiana. Leopoldo y Lucas se habían acostado en la cama de Nicolás pero, antes, el pelirrojo avisó al rubio de que tuviese mucho cuidado de acercarse a él.
           —¡Ni siquiera me roces o te parto la boca! ¡Te lo aseguro! —lo amenazó, feroz.
Lo cierto es que podían haber ocupado habitaciones diferentes, mas ninguno de los chavales parecía deseoso de dormir en solitario. De todos modos, la cama de Nicolás era inmensa y el “temido roce” no se produjo.
Prudencia y Cruz esbozaron una tímida sonrisa en cuanto vieron entrar en la cocina al señor Teodoro. ¡Por fin había regresado!  Su corta ausencia les había parecido eterna.
            —Nos alegramos muchísimo de que esté de nuevo en casa, señor —dijo la esposa del señor Hernández—. ¿Desea tomar algo?
            —No, muchas gracias. He desayunado en el hospital.
Los niños, desde la estancia anexa a la cocina, oyeron las voces de los adultos. A Nicolás se le iluminó la cara, dio un brinco y corrió al encuentro de su padre con quien tropezó bajo el vano en forma de arco que separaba la cocina de aquella dependencia.
            —¡PAPÁ! ¡Creía que no vendrías hasta mañana! —exclamó el muchacho, abrazándole, feliz. El señor Teodoro correspondió a su abrazo y le dio un beso en su despeinado cabello. A continuación, el chiquillo besó a su abuela y, segundos después vio al señor Artiach. El rostro del crío se ensombreció por completo.
Natalia y Bibiana también abrazaron y besaron al señor Teodoro y a la señora Sales. Leopoldo y Lucas no se movieron de sus sillas sintiéndose un tanto cohibidos.
            —Terminad de desayunar —dijo el señor Teodoro en un tono que a todos les sonó bastante severo—. Luego vamos a tener una conversación en el despacho.
            —Voy a prepararte una tila —decidió la señora Sales yendo hacia la cocina—. Estás demasiado tenso.
Los niños se miraron, alarmados, tras oír las palabras de la mujer. ¿Por qué estaba el señor Teodoro tenso y de qué quería hablar en el despacho? ¿Y qué hacía allí Álvaro Artiach?

Págs. 871-879

Esta semana dejo en el lateral del blog una canción de Juan Pardo... "Sin ti"

Próxima publicación... jueves, 19 de marzo                                 
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