Os presento los dos preciosos regalos que, J.P.Alexander, me regaló por ser el segundo aniversario de la Estación
Estos dos regalos ya tienen su lugar en la Estación, en páginas, en una de las pestañas de arriba
Muchísimas gracias, J.P. Alexander
Y aquí os presento otro estupendo regalo que me entregó Lourdes con motivo del segundo aniversario de la Estación
También este regalo tiene su lugar, en páginas, en una de las pestañas de arriba
Muchísimas gracias, Lou
También este regalo tiene su lugar, en páginas, en una de las pestañas de arriba
Muchísimas gracias, Lou
CAPÍTULO 100
LA CONTRASEÑA
L
|
os niños hicieron caso omiso a la advertencia y Nicolás
bajó la manilla de la puerta y la empujó. Esta se abrió sin problemas. Entraron
en un pasillo estrecho, con luz mortecina, y puertas cerradas a ambos
lados. Natalia intentó girar el pomo de la primera puerta situada a la izquierda, mas este se resistió.
Nicolás probó con la puerta que tenía a su derecha,
aquí sí hubo suerte. El pomo cedía, estaba girando, pero su rotación cesó
cuando los tres niños dieron un respingo al ser sobresaltados por la apertura
brusca de otra de las puertas del angosto pasillo.
El señor Ismael Cuesta caminó hacia ellos con
semblante terrorífico.
—¿QUÉ PUÑETAS HACÉIS AQUÍ? —les gritó, furioso— ¿CÓMO
PODÉIS SER TAN OSADOS? ¿CÓMO OS
ATREVÉIS A CRUZAR UNA ZONA PRIVADA,
MOSTRENCOS?
Los muchachos se miraron confusos y alarmados y ninguno supo qué decir.
—¡FUERA DE AQUÍ INMEDIATAMENTE!
—volvió a gritarles el profesor de matemáticas y
socio de Álvaro Artiach— ¡SOIS
UNOS GAMBERROS!
Nicolás y las niñas abandonaron con rapidez el
reducido y oscuro pasillo y regresaron a la música, a la luz y a la fiesta. Al
cambiar de escenario tuvieron una sensación extraña, como si una simple puerta tuviese el poder de separar dos mundos completamente diferentes u
opuestos.
El señor Cuesta no se dio por satisfecho y anduvo, a
grandes zancadas, hacia el señor Artiach y el señor Teodoro, ordenando a los
niños que lo siguieran.
La conversación de los dos amigos fue estorbada por
el iracundo profesor y la sonrisa de los labios del director se fue borrando a
medida que escuchaba los improperios del agraviado hombre.
—¿Es así cómo usted castiga a su
hijo? ¿Llevándolo a celebrar
cumpleaños? —interrogó, colérico— ¿Y a qué se dedica su hijo y
estas potras? ¡A husmear y a meterse
en zonas prohibidas y privadas! ¡Son
unos descarados sin remedio!
El señor Teodoro y el señor Artiach se pusieron en
pie; el primero miró con severidad a los chiquillos y después volvió a mirar al
señor Cuesta.
—Estábamos buscando al gatito que vimos ayer —se inventó Natalia, dejando perplejos a los dueños de la discoteca.
—¡Estoy harto ya de ese gatito! —exclamó el señor Teodoro, muy enojado— ¡Sentaos ahí los tres y no os mováis! —ordenó, señalando un sofá de tres plazas— ¡Os ha béis quedado sin tarta!
—¡Vamos, Isma, no es para armar tanto barullo! —quitó importancia al asunto Álvaro— Se trata de tres niños en busca de un gato. Serénate. Olvida por un
momento que eres profesor y educador. Ahora estamos en una discoteca, estamos
en “Paraíso”.
Ismael Cuesta miró con desprecio a su socio y, sin
decir nada, dio la vuelta y se marchó.
Al cabo de un rato Patricia demandó la atención del
señor Teodoro. Había llegado el momento de que soplara las velas de la tarta y
quería tener al joven director a su lado.
El señor Artiach miró atentamente a los muchachos
cuando se quedaron a solas. Sobre todo examinó a Nicolás; los ojos azules del
hombre podían haber sido muy atractivos si no fuera por su frialdad y
ferocidad. El niño comenzó a ponerse nervioso notando la observación de la que
era objeto.
—¿Por qué no mira hacia otro lado? —preguntó, incómodo— ¿Tengo monos en la cara?
El señor Artiach sonrió enseñando unos dientes
diminutos y, a pesar de su sonrisa, sus ojos seguían derrochando maldad.
—Tienes muy mal carácter, chaval —aseguró—. Deberías limarlo. Te conviene ser amigo mío.
Todo lo que tiene Blas de grandote lo tiene de inocente; en el fondo es un
ingenuo. ¿No pensaréis que me he creído la patraña del gato? ¿Qué queréis en
realidad? ¿Qué buscáis en Paraíso?
Puedo ayudaros; soy uno de los dueños de esta discoteca.
Mira, Nico, tu padre y yo hemos sido grandes amigos
y me gustaría que nuestra amistad continuase. Hace solo un rato, tu padre se estaba desahogando conmigo, me estaba hablando de temas muy personales. Me hablaba de tu mamá. ¿Crees que me hablaría de ella si no me considerase su amigo?
El hombre carraspeó, bebió un trago de su vaso y
detuvo su perorata brevemente.
—Quiero ser tu amigo también —declaró—. Dime qué queréis de “Paraíso”. Te juro que no le
diré nada a tu padre.
—¡No quiero ningún tipo de amistad con usted! —exclamó Nicolás, despectivamente— ¡Nunca le perdonaré que quisiera disparar a mi padre!
—Sin embargo sigo pensando que quieres algo de “Paraíso” —insistió el señor Artiach, amable, aunque su mirada no lo era—. Seguramente quieres tener relaciones con alguna chica y como buen
hijo de tu padre si es mayor que tú, mejor.
Si alguna vez quieres entrar en “Paraíso”, solo
tienes que decirle al portero: “Bendito el infierno”. Es una contraseña que te abrirá
las puertas de “Paraíso” y te concederá gozar de la compañía de la chica que prefieras.
Por supuesto, de esto ni una palabra al mojigato de
tu padre. Nos ha salido romántico. ¡Vaya defecto! ¿No te parece?
Tras decir esto, el señor Álvaro Artiach se marchó a
intercambiar sonrisas y palabras con otros jovencitos que habían acudido a la
celebración.
—Ese hombre me da escalofríos —murmuró Bibiana observándole la espalda—. ¿Piensas utilizar la contraseña que te ha dado? —preguntó a Nicolás.
El chiquillo dudó antes de responder.
—No lo sé —contestó—. No sé si voy a conseguir que mi padre me
deje salir un viernes o un sábado por la noche.
—Pues vas a tener que conseguirlo —saltó Natalia—. Te aseguro que esa camarera que hemos visto
era Rocío Sierra y estaba asustada.
—¿Y por qué no avisamos a la policía? —propuso Bibiana.
—Porque todo esto es muy extraño —declaró Natalia—. ¿Cuántas veces habrá avisado a la policía
Benito Sierra durante dos años?
El señor Teodoro no pudo evitar traer a los niños
un trozo de tarta y poco después también les trajo un refresco de cola.
Bibiana pensó por enésima vez lo muy afortunado que
era Nicolás por tener como padre a un hombre como el señor Teodoro.
El joven director se vio obligado a bailar con Patricia para satisfacer el capricho de la jovencita en su decimotercer aniversario.
El joven director se vio obligado a bailar con Patricia para satisfacer el capricho de la jovencita en su decimotercer aniversario.
El señor Artiach también fue compañero de baile de
la muchacha que a sus trece años se había convertido en una belleza morena; fascinante y apetecible, para un hombre como Álvaro.
Nicolás respiró, aliviado, y empezó a recuperar la
tranquilidad cuando concluyó la fiesta y salieron de la discoteca. Por nada del
mundo quería que su padre volviera a poner un pie en aquel lugar. Y también
esperaba que los encuentros con su amigo de la infancia, Álvaro Artiach, fueran
escasos, por no decir nulos.
Págs. 792-796
Este jueves dejo en el lateral del blog una canción de José Luis Rodrigez (El Puma)... "Si a veces hablo de ti"
Próxima publicación... jueves, 23 de octubre
Próxima publicación... jueves, 23 de octubre

.jpg)
