EL CLAN TEODORO-PALACIOS

CUARTA PARTE

jueves, 6 de marzo de 2014

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 90






















CAPÍTULO 90

UN TERRIBLE CRIMEN



C
uando Benito Sierra salió a la calle vio a los policías que habían conducido a Nicolás hasta su casa y habían hablado con el señor Teodoro. El señor Sierra caminó en dirección opuesta a los agentes pero, a pesar de ello y, a pesar de haber cambiado extraordinariamente su aspecto, fue reconocido por los guardias.
El pobre hombre no tardó en ser detenido y obligado a subir a un coche patrulla. Lo terrible estaba por venir; cuando llegaron a comisaría lo encerraron en un calabozo, fue humillado hasta el extremo de tener que desnudarse por completo.
El policía más bajo rompió en varios pedazos la vieja foto de la querida y desaparecida hija del señor Sierra.
El hombre ocultó el rostro entre sus manos y sollozó, convulso.
            —¡Déjenme marchar, se lo ruego! —suplicó a los agentes— El señor Teodoro me ha ofrecido trabajo. Empiezo mañana, ya no voy a mendigar más por las calles.
            —Desde luego que ya no vas a mendigar más por las calles —corroboró el policía más bajo—. ¡No vas a salir con vida de esta celda! ¡Ponte de rodillas! ¡Vas a morir como un vil gusano!
Benito Sierra fue golpeado una y otra vez con las porras de los agentes. El hombre se desplomó en el suelo, pero la paliza continuó hasta que el infeliz quedó sin aliento y su corazón se paró.
            —¡Este miserable está muerto! —habló el policía más alto— Un vagabundo menos en Aránzazu.
            —¿Has oído lo que ha dicho? —interrogó su compañero— El señor Teodoro le iba a dar trabajo.
            —Pues el señor Teodoro acabará pensando que a este imbécil no le convenía trabajar —contestó el guardia alto—. El señor Blas Teodoro es un pez muy gordo, pero estoy seguro de que existe otro pez muchísimo más gordo sobre él.
            —¿Y quién debe ser?
            —Ni puta idea. Está claro que Blas Teodoro es un hombre muy rico y muy poderoso. Las empresas más importantes del país le pertenecen. También tiene negocios en el extranjero, por Europa, Estados Unidos y Asia. Pero sigue siendo un misterio quién lo protege a él y a su hijo. Y no me gusta que ese hombre y su hijo estén en Aránzazu, no me gusta nada. Ya has visto con que poco respeto nos ha hablado su hijo, y él ha recibido en su casa a un don nadie y le iba a dar trabajo. No me gusta ese hombre, presiento que nos va a traer problemas y quebraderos de cabeza.
Los dos policías despiadados y asesinos continuaron su charla con la mayor tranquilidad del mundo, lo mismo que si acabasen de matar a una mosca molesta.
                                                                                 ∎∎∎
El señor Teodoro preguntó a Natalia y a Bibiana si iban a quedarse a comer. Las dos respondieron con una negativa y el joven se trasladó a la cocina dispuesto a echar arroz en la paella.
Ya eran las trece treinta horas; puso en marcha uno de los fuegos de la encimera para calentar el caldo que había preparado con carne, verduras y gambas, antes de salir a comprar pasteles. Todavía no hervía el caldo cuando la señora Sales entró en la estancia y miró a su hijo con severidad.
            —¿En qué mundo vives, Blas? —preguntó, enfadada.
            —Mamá, únicamente he ayudado a un pobre hombre —declaró el señor Teodoro.
            —¿Qué quieres, que esta casa sea un desfiladero de mendigos? —gritó la mujer— Blas, tú no puedes arreglar el mundo. El mundo está como está y punto. Hay demasiadas injusticias, demasiada basura. Es imposible que un hombre solo limpie tanta porquería. Y en este momento hay una grave crisis económica.
            —A pesar de la crisis, yo tengo el privilegio de poder vivir muy bien —manifestó el señor Teodoro—. Y puedo dar trabajo a gente que lo necesite. No me sentiría bien conmigo mismo si no obrase así.
            —Eres un idealista sin sentido común. ¡Y Nico es igual que tú! Recuerda que Kavana es un país con dictadura, enseña al niño a respetar a las autoridades. ¡Los ha insultado de malas formas! Si no llega a ser porque les pagas muy generosamente para que lo custodien, ¿qué hubiera pasado, entonces?
            —Tal vez las cosas cambien en Kavana —contestó el señor Teodoro—. El próximo veintiuno de febrero pasará algo histórico en este país. Jaime Palacios va a presentarse como candidato a presidente; se celebrarán elecciones el catorce de marzo y puede iniciarse una República. La República puede significar el término de la dictadura y el comienzo de una democracia.
            —¡Pero, qué barbaridades dices! —exclamó la señora Sales, perturbada— Jaime Palacios jamás será presidente y, si lo fuera, continuaría siendo un dictador igual o peor que el que tenemos ahora. Ya sabes: más vale malo conocido que bueno por conocer.
Esas elecciones solo son una estrategia para lavar la imagen de Kavana de cara al resto del mundo. Esas malditas elecciones son una burda mentira, un engaño para el pueblo kavano. Y estoy convencida de que seguirá gobernando Arturo Corona.
                                                                                          ∎∎∎
Natalia y Bibiana se disponían a marcharse a sus casas; Nicolás las acompañó hasta la puerta pero no logró abrirla. Vio el hueco en la pared; recordó lo que había hecho Marcos por la mañana, metió su dedo y apretó, con fuerza, un diminuto rectángulo metálico. Nada sucedió; el muchacho insistió pero la puerta continuó cerrada.
Marcos acudió al lugar.
            —No vas a poder abrir, Nico —le comunicó para sorpresa del chaval—. La huella de tu dedo no está registrada en el sistema de seguridad, es imposible que la puerta se abra.
Nicolás se apartó y dejó que Marcos introdujera su dedo índice; la puerta se abrió en el acto.
            —Nos veremos mañana en el instituto —dijo Natalia como despedida.
            —Hasta mañana, Nico —dijo Bibiana.
Las niñas salieron a la calle y Marcos cerró la puerta.
            —Esto parece una cárcel o un reformatorio —declaró Nicolás, disgustado—. ¡Mi padre es idiota!
            —Yo de ti me empezaría a quitar la costumbre de insultar a mi padre —le aconsejó Marcos.
            —¡Pero tú no eres yo! —exclamó Nicolás, caminando hacia su casa.
Una vez en su interior se dirigió a la cocina y allí encontró al señor Teodoro y a la señora Sales, terminando de servir la mesa.
            —¿Te has lavado las manos? —le preguntó el señor Teodoro.
            —¿Por qué no puedo abrir la puerta del jardín? —interrogó el crío, ignorando la pregunta de su padre— ¿Por qué no está la huella de mi dedo en ese asqueroso hueco de la pared?
La señora Sales suspiró, meneando la cabeza, desaprobadoramente, y el señor Teodoro miró a su hijo, impaciente.
            —Cuando me demuestres que eres responsable registraré tu huella —determinó—. Mientras tanto no vas a salir de casa sin mi permiso. ¡Y ahora, lávate las manos!
Un rato después, los tres se sentaron a comer. Nicolás tenía a su izquierda a su abuela y, a su derecha, a su padre. Percibió que ambos estaban malhumorados; por consiguiente, comió el arroz sin apartar ni un solo trozo de verdura temiendo recibir cachetes a diestra y siniestra. Tampoco le pareció que fuera el momento indicado para hablarle a su padre sobre ningún polideportivo para ir a jugar a fútbol.
            —Después de comer, te lavas los dientes y vas al despacho —le dijo el señor Teodoro—. Encima de tu mesa tienes el horario de clase, prepara los libros y los cuadernos para mañana. Y hazlo bien, porque te revisaré la mochila.
El muchacho recordó haber visto dos mesas, muy juntas, en el despacho.
            “Horror”, pensó, alarmado. “Hacer los deberes al lado de mi padre va a ser un suplicio”.
                                                                                                     ∎∎∎
Un hombre y una mujer sonrieron, satisfechos, una vez finalizaron su “obra”. Salieron de un amplísimo cuarto de baño, precediendo a Helena Palacios. Entraron en un salón donde dos mujeres les aguardaban.
            —¿Y bien? —interrogó Miguel, pomposo, que es así como se llamaba el hombre— ¿Somos los mejores o no somos los mejores?
Tanto Matilde Jiménez como su acompañante, Paula Morales, asintieron impresionadas sin dejar de mirar a Helena Palacios.
            —Debo irme —anunció Paula Morales, una mujer de treinta y ocho años, de nulo atractivo, cuyo pelo canoso estaba peinado hacia tras, recogido en una coleta corta—. Mañana nos veremos en el instituto, Helena. Estás guapísima, inmejorable e irreconocible.
La mujer se acercó a la señora Palacios, le dio un afectuoso apretón en un brazo y se marchó. Un rato después hicieron lo mismo Miguel y su compañera de trabajo.
            —¿Estás completamente segura de lo que vas a hacer? —preguntó Matilde Jiménez, intranquila, en cuanto se quedó a solas con su amiga.
            —Tú lo has dicho, completamente —respondió Helena.
     —Deberás tener muchísimo cuidado —recomendó la señora Jiménez, temerosa.
            —Mi querida Matilde, el único que debe tener verdadero cuidado es Blas Teodoro —aseguró Helena con frialdad. 
               —Aún estamos a tiempo de marcharnos lejos de Aránzazu, podíamos marcharnos de Kavana.
                   —¿Qué dices, Matilde? ¿Marcharnos del país?  —Helena sonrió— No tengas tanto miedo; Blas no va a poder reconocerme. Por otra parte, solo se muere una vez.
                     —¡No bromees con cosas tan serias! —exclamó la señora Jiménez, irritada— Voy a tener que recordarte que no fuiste capaz de romper el vestido azul. No estoy segura de que lo odies tanto como dices. Y si no lo odias, estás jugando con fuego, Helena, y el fuego quema.
La sonrisa huyó del rostro de Helena.
                      —Te dije que ese vestido está destinado a que lo vea Blas en el cuerpo de otra mujer  —declaró con notable impaciencia—. Y no dudes de que lo odio.
Por cierto, me quemé una vez y no fui yo quien jugó con fuego. Esta vez, si soy yo quien juega con fuego, tal vez se queme otro.
Matilde Jiménez guardó silencio, comprendió que era inútil hacer entender a Helena que lo más aconsejable y sensato era marcharse de Aránzazu y que no viera a Blas ni a Nicolás.
                                                                                              ∎∎∎
Por la noche, la señora Sales fue a la habitación de su nieto para darle un beso. Eran las once y el muchacho acababa de acostarse.
            —Mañana, pórtate bien en el instituto y no hagas enfadar a papá. ¿De acuerdo, jovencito?
Nicolás asintió. Emilia salió de la habitación del niño y se sentó en la cama del señor Teodoro que también terminaba de acostarse. La mujer besó a su hijo, en la frente, sin darse cuenta de que el joven tenía fiebre.
            —Mañana, trata al niño como a un alumno más —le susurró, cariñosamente—. No se te ocurra pegarle; ten paciencia. Si no se comporta como es debido, ya lo arreglarás cuando lleguéis a casa. Te quiero, Blas.
            —Yo también te quiero, mamá. Buenas noches. Y no te preocupes por nada, todo irá bien.
Pero el señor Teodoro se equivocaba y el destino se reía porque todas sus víctimas habían comenzado a recorrer el sendero trazado por él.

Págs. 706-712

Este jueves dejo en el lateral del blog una canción de Mari Trini... "Amores se van marchando"                                                     
Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License. Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.