EL CLAN TEODORO-PALACIOS

CUARTA PARTE

jueves, 16 de enero de 2014

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 83



Hola, ¿cómo estamos?
Espero que muy bien
Hoy, 16 de enero de 2014, vengo a presentaros la segunda parte de esta historia
¿Qué os puedo decir?... Yo creo que lo mejor es decir la verdad... va a ser una parte dura que acabará muy mal
¿Por qué os aviso?... Porque pienso que si digo que algo va a ser muy duro... a lo mejor, no os lo parece tanto
También os digo que l@s valientes que leáis esta segunda parte... tendréis la necesidad de leer la tercera ;-)... Los gatitos no mentimos... y las gatitas tampoco
Con vosotr@s y para vosotr@s comienza la segunda parte de El Clan Teodoro- Palacios
¡Miau, Miau, Miau!
Os lo voy a traducir
He dicho... Preparad@s, list@s... ¡YA!
Feliz lectura




 SEGUNDA PARTE


 CAPÍTULO 83
UN NUEVO HOGAR
E

l señor Teodoro conducía a una velocidad moderada ya que la señora Sales era muy propensa a sufrir mareos y no le gustaba que corriera. En una recta de la carretera, Elisa les adelantó y no tardaron en perderla de vista.
            —No debería correr tanto —criticó Emilia, disgustada—; lleva a tres niñas con ella, es una inconsciente.
            —Y nosotros vamos a paso de caracol —se quejó Nicolás, impaciente—, a las doce aún estaremos viajando.
            —¡Nico, cállate! —le ordenó su padre, tajante— Estoy siguiendo las indicaciones de la carretera.
Nicolás se equivocó, todavía no eran las siete de la tarde cuando ya circulaban por las travesías de Aránzazu. Siendo sábado, de noche, y día de Reyes, el tráfico era fluido. Las luces navideñas engalanaban las calles principales, era su último momento de esplendor hasta el año siguiente.
Nicolás observaba, con mucho interés, a través de la ventanilla. Todo cuanto veía era novedoso y despertaba su curiosidad. A simple vista, Aránzazu, no le pareció tan gran ciudad como Markalo, más bien semejaba un pueblo grande.
Entraron a una ancha avenida muy iluminada, a ambos lados estaban construidas casas unifamiliares.
El señor Teodoro aminoró la marcha, pulsó la tecla de un mando a distancia y una recia puerta de hierro fue desplazándose, dejando un hueco suficiente para que el Mercedes penetrara por un camino pavimentado con piedras muy ajustadas entre sí.
Nicolás vio a su izquierda, una casita, y a su derecha, una casona. El suelo estaba cubierto, en su mayor parte, por césped, y unas columnas de las que colgaban una pareja de farolillos, daban luz a lo que, sin duda, era un jardín.
Antes de que el señor Teodoro detuviera el coche en un habitáculo, que carecía de puerta de entrada, Nicolás observó tres altísimas palmeras.
            —Hemos llegado —dijo el señor Teodoro con satisfacción.
Los adultos y el niño bajaron del vehículo. Allí, muy cerca, se hallaban estacionados el todoterreno de Blas, una furgoneta azul y una vieja moto.
            —Ponte la cazadora, Nico —indicó el hombre al niño—. No nos han seguido el viento ni la lluvia hasta aquí, pero hace mucho frío.
            —Esto es una nave donde guardamos los coches, herramientas y utensilios para cuidar del jardín —explicó la señora Sales a su nieto—. El jardín te gustará, podrás verlo bien, mañana. Hay bastantes palmeras, bancos y dos glorietas con tejado y paredes acristaladas. Te encantará, amor mío.
Un hombre y dos chicos se acercaron a los recién llegados.
            —Bienvenidos a casa —manifestó el hombre sonriendo abiertamente, mientras estrechaba, efusivamente, la mano del señor Teodoro. Seguidamente inclinó la cabeza ante la señora Sales y le cogió una mano para, posteriormente, besarla.
Nicolás contempló la escena, pasmado, sintiéndose un poco incómodo. El hombre, de cabello canoso y espeso, y de semblante y nariz anchos, se dirigió al chiquillo.
            —Tú eres Nicolás, de eso no cabe duda. El señor Teodoro no podría negar que es tu padre —Matías cogió la mano del muchacho y se la estrechó, inclinando levemente su cabeza—. Espero servirte como te mereces.
            —Un momento, un momento —intervino el señor Teodoro, contrariado—. Matías, tú no vas a servir a Nico en absoluto. Mi hijo no va a dar órdenes a nadie; mi hijo recibe órdenes y obedece. Y no dejes que te coja mucha confianza; ahora parece un angelito, pero solo es un angelito cuando duerme.
Matías Hernández soltó la mano del niño y asintió, aunque confundido.
            —Usted es quien manda, señor —declaró, sumiso—. Estos son mis hijos; Luis y Marcos—añadió, señalando a los jóvenes que le acompañaban, presentándoselos, de este modo, a Nicolás—. Marcos tiene un año más que tú; espero que os llevéis bien.
Tanto Luis como Marcos estrecharon la mano de Nicolás y este les sonrió con cierta timidez.
Luis era un joven de veintidós años, siete centímetros más alto que su padre, y tres menos que Nicolás. Tenía los ojos marrones, el cabello castaño y tan espeso como el de Matías.
La diferencia de su cabello consistía en que el de Matías era muy blanco. El rostro del joven y su nariz eran tan anchos como los de su progenitor, pero el chico no llegaba a ser tan robusto como su padre.
Marcos era un muchacho de dieciséis años, idéntico a su hermano, excepto en el corte de pelo, rapado en exceso.
            —Nico, coge tu mochila del maletero —le dijo el señor Teodoro—. Y tú, Marcos, le podrías ir enseñando la casa a mi hijo. ¿Te parece bien?
            —¡Pues claro que le parece bien, faltaría más! —saltó Matías, de inmediato— Y cógele la mochila al señorito —ordenó, empujando al muchacho.
            —¡Nada de eso! —se opuso el señor Teodoro, enojado— Nico llevará su propia mochila. ¡Y nada de señorito! Matías, ¿puedes entender que mi hijo es un crío y quiero que se le trate como a tal?
Nicolás y Marcos se miraron, enrojeciendo, sintiéndose muy violentos. El primero estalló en un arranque de ira.
            —¡A mí no me llames crío, tengo quince años! —exclamó, malhumorado— ¡Eres un idiota!
El señor Hernández y sus hijos posaron sus asombradas miradas en el señor Teodoro, aguardando una reacción brusca del mismo.
            —Nico, vete detrás de Marcos y él te enseñará nuestra nueva casa —ordenó el joven en tono severo e impaciente.
Nicolás no se lo hizo repetir y, con el ceño bien fruncido, y cargado con su mochila, se fue siguiendo a Marcos.

            —Nunca, hasta ahora, había presenciado una falta de respeto tan evidente de un hijo hacia un padre —murmuró el señor Hernández, atónito.
Luis también estaba impresionado por lo que él consideraba una verdadera osadía por parte de Nicolás.
             —Para mi nieto decir "idiota" es como decir "buenos días"—manifestó la señora Sales, queriendo restar enjundia a lo sucedido.
            —Tal vez ustedes, los ricos, tienen una forma diferente de comportarse que, nosotros, los pobres. O tal vez, don Blas sea demasiado joven y le venga un poco grande educar a su hijo —conjeturó el señor Hernández.
El aludido miraba atentamente cómo los chavales se iban alejando. Nicolás seguía a Marcos, en riguroso silencio, por una senda con baldosas rojizas. En los bordes de la senda, unos focos circulares, empotrados en el suelo, acotaban el camino.
Los muchachos se dirigieron a la casa grande, que anteriormente había visto Nicolás, y cuya fachada estaba revestida con piedras rústicas. Las piedras, de color anaranjado, contrastaban con las tejas de color wengué.
Los niños subieron dos peldaños que conducían al porche de cuyo techo colgaban tres tulipas, de cristal soplado artesanal con estilo oriental. En una esquina, sobre el suelo de tablones de madera, descansaba una mecedora. El porche abarcaba el frente de la vivienda y un lateral de la misma.
Una puerta acorazada, pintada de blanco, y con apliques dorados les cerraba el paso.
Marcos levantó una tapa que había en la pared, y pulsó un timbre. Una triple campanada quebró el silencio.
Instantes después una joven mulata abrió la puerta, haciéndose a un lado, para permitir la entrada a los niños.
            —Ya han llegado los señores —le notificó Marcos—. Este chico es Nicolás. Vuelve a la cocina, Cruz.
A Nicolás no le gustó el tono empleado por Marcos para hablar a la joven y, se ruborizó cuando la chica, sin decir nada, le hizo una reverencia inclinando el cuerpo. Seguidamente se alejó, presurosa, por un ancho pasillo.
El vestíbulo era muy amplio; un armario empotrado, con dos hojas de lunas correderas, cubría la pared frontal desde el suelo hasta el techo. En los espejos se reflejaban las imágenes de dos butacas con una mesita en su centro. Al lado de una de las butacas, un perchero reposaba su base en un brillante mármol rojizo.
Nicolás dejó la mochila, en el suelo, y se quitó la cazadora, percibiendo el calor del interior de la casa. Colocó la cazadora en un colgadero del perchero.
Inmediatamente, Marcos recogió la mochila y la cazadora.
            —La mochila debes dejarla en este despacho —le dijo a Nicolás, señalando una puerta lacada de blanco—, y la cazadora la puedes meter en este armario —señaló el mueble con espejos. Lo abrió y colgó la prenda—. El perchero es para la gente que venga de visita.
Marcos deslizó la puerta del despacho hacia la izquierda, encendió la luz de la estancia y ambos muchachos entraron. El lugar era grande y numerosas estanterías, repletas de libros, tapaban las paredes. En el centro se hallaban dos mesas de madera de roble teñido, una junto a la otra. Detrás de las mesas, al fondo, se veía una puerta cerrada. Marcos dejó la mochila de Nicolás en un rincón.
            —Vamos, te enseñaré el resto.
Salieron del despacho al vestíbulo. Dos puertas cerradas se hallaban al frente.
            —Son dos cuartos de baños para invitados —dijo Marcos.
Giraron por el desahogado pasillo; encontrándose cuatro puertas, dos a derecha y dos a izquierda.
            —Habitaciones para invitados —comunicó el “guía”.
Dos grandes ventanales seguían a las habitaciones, y otro gran ventanal terminaba con el pasillo. Antes de llegar al final del mismo, dos espaciosos corredores se extendían a diestra y siniestra acabando su andadura, también con ventanales.
Marcos señaló el pasillo de la derecha.
            —Aquella puerta es el comedor y la de enfrente, la cocina. La siguiente es un cuarto para planchar y también hay una terraza cubierta para tender —explicó.
Se dio la vuelta y continuó en la otra dirección.
            —Esta puerta —indicó a la derecha—, es tu cuarto de juegos. La siguiente, es el salón. Tiene dos paredes completamente acristaladas, que dan al porche. Es una pasada.
Esta puerta —señaló a la izquierda—, es la habitación de tu padre. Y la tuya está ahí dentro también. La siguiente puerta es la habitación de tu abuela.
Entraron en la habitación del señor Teodoro que estaba decorada con refinada elegancia. Marcos se dirigió a una puerta y la abrió, diciéndole a Nicolás que aquel era su dormitorio. El chiquillo observó su interior y vio una enorme cama cubierta con una colcha blanca con bordados dorados. Sobre ella descansaban dos gigantescos cojines en tono azul, con adornos plateados. Una gran ventana destacaba en una de las paredes empapeladas con el dibujo de un mar que parecía real.
            —¿Te gusta? —le preguntó Marcos— Fíjate en el techo; la lámpara es un sol y cuando apagues la luz, aparecerán estrellas. ¡Es una pasada!
El muchacho apagó la luz para que Nicolás viera las estrellas.
            —¡Mi padre es idiota! —dijo el chiquillo, enfadado.
            —¿Cómo dices? —se extrañó Marcos.
            —La puerta de mi habitación debería dar al pasillo, y no a la habitación de mi padre —protestó Nicolás—. ¡Además, he visto un cerrojo! ¡Seguro que piensa encerrarme por las noches! ¡Es idiota y mil veces idiota!
            —Creo que deberías calmarte —intentó apaciguarlo Marcos—. Si tu padre te oye hablar de esa forma se podría cabrear bastante.
            —¡Que se cabree lo que quiera! ¡Pienso decirle lo muy idiota que es!
Ambos adolecentes pasaron a la habitación del señor Teodoro. Nicolás cerró la puerta de su cuarto, de un tremendo portazo, y propinó una patada al cerrojo.
            “Este chico está un poco loco”, pensó Marcos, alarmado.
            —¿Quieres que vayamos al cuarto de los juegos o al salón? —preguntó, para ver si el mal humor del chiquillo se desvanecía.
            —¡No! —gritó Nicolás— ¡Quiero ver al idiota de mi padre!
El muchacho ya no tenía miedo de que el señor Teodoro se hartara o se cansara de él y dejara de ser su tutor y lo abandonara en manos de Bruno. ¡Bruno Rey no era su padre y Blas no era su tutor! ¡Blas era su padre! Y este hecho cambiaba sustancialmente las cosas.
El señor Teodoro, a partir de ahora, pudiera ser que se encontrara con más dificultades para controlar al jovencito.

Págs. 652-660

Hoy dejo en el lateral del blog una canción de Julio Iglesias... "La carretera 2"                                                                                              
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This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License. Creative Commons License
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