EL CLAN TEODORO-PALACIOS

CUARTA PARTE

jueves, 14 de febrero de 2013

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 50






El pasado 23 de enero llegó un premio muy especial a la Estación, gracias a la gentileza de Kikas, y su fabuloso blog DAKIPALLA.
Todo lo referente a este premio lo encontraréis en Premios(5), en una de las pestañas de arriba.
Gracias.








CAPÍTULO 50

28 DE DICIEMBRE, POR LA MAÑANA


C
uando Blas y Nicolás entraron en el garaje de villa de Luna, encontraron a la señora Sales, esperándoles. Al verlos, se levantó de una silla, con semblante alarmado.
          —¿Se puede saber qué ha ocurrido esta noche? ¿De dónde venís? —preguntó, enfadada— ¿Sabéis lo preocupada que estaba? ¡Blas, tu móvil ha estado mucho rato apagado o fuera de cobertura!
          —Mamá, te dije que volvieras a la cama —respondió el señor Teodoro—. No ha pasado nada grave. El niño ha salido de casa y he tenido que ir a buscarle.
Emilia sacudió, con una escoba, el trasero del chiquillo y lo envió a la cama sin contemplaciones.
Nicolás subió las escaleras agradeciendo mentalmente estar en casa. El muchacho estaba agotado y muerto de sueño. Una vez en su habitación, se puso el pijama y se acostó. Allí, sobre su cómodo colchón, el cálido ambiente del hogar lo envolvió enseguida. Iba a dormirse, pero Natalia y Bibiana no se lo permitieron, ansiando tener noticias.
          —Salvador y su coche ya están en el mar —les aseguró Nicolás—. Todo ha terminado. Blas me ha pillado cuando volvía, pero nuestro mayor problema ya es historia.
Bibiana se quedó muy extrañada.
          “Blas no ha debido poder coger el coche”, razonó la niña. “Nico se le ha escapado. Entonces, no debe saber lo de Salvador. Gracias a Dios, a Nico no le ha pasado nada”.
          —Mañana hablamos, si no os importa —dijo el niño, exhausto—. Necesito dormir, estoy muerto de cansancio.
Las muchachas salieron del cuarto; ellas también necesitaban dormir. Y los tres tardaron un suspiro en quedarse profundamente dormidos.
A la mañana siguiente, Nicolás quería estrellar su despertador cuando lo oyó sonar. Seguía teniendo sueño y se resistía a levantarse. Pero Blas entró en la habitación y le ordenó que hiciera la cama de inmediato, que se duchara, y aseara el cuarto de baño. A las diez en punto, lo quería ver en la cocina, desayunando.
El muchacho no se lo hizo repetir y a la hora acordada se presentó a desayunar. Había chocolate caliente y deliciosos bizcochos.
Todo el mundo estaba en la estancia, incluida Sandra, que hacía rato que había llegado a villa de Luna.
Nicolás tomó asiento y mojó un bizcocho en el humeante chocolate; de vez en cuando se frotaba los ojos.
          —Tienes sueño, ¿verdad? —le dijo Elisa— Eso te pasa por estar a altas horas de la noche fuera de tu cama. ¿Qué hiciste anoche, Nico?
          —Hizo el tonto como de costumbre —se apresuró a responder su tutor, que no había dormido nada bien y tenía unas ojeras pronunciadas—. Hoy no metáis nada en el lavavajillas, ahorraremos electricidad. Nico fregará el desayuno, la comida y la cena. Y ahora después, te esperan unos ejercicios de matemáticas, y otros de inglés en mi despacho. Y solo tienes permitido ir a casa de Estela, a la pista de tenis o a la piscina. Nada de montaña o de bajar al pueblo.
Y excepto lo de fregar, los demás castigos los mantendré el resto de las vacaciones. ¿Lo has entendido bien?
El chiquillo asintió, sin hacer ningún amago de protesta.
Sandra y Patricia no se sorprendieron gran cosa, pensaron que Nicolás debía haber hecho alguna trastada durante la noche.
El muchacho se dirigió al fregadero en cuanto terminó de desayunar para empezar a limpiar la vajilla sucia.
          —Usa agua caliente —le indicó Emilia—. La fría está helada.
Sandra se acercó al chaval y depositó en la pila un vaso que había utilizado, sonriendo burlonamente.
Nicolás vio su sonrisa y se enrabietó al instante. Sin pensar en las consecuencias, dio tres fuertes patadas a la puerta del armario ubicada debajo del fregadero.
Blas, que estaba de pésimo talante, se levantó de su silla, encolerizado. Secó las manos del niño con un trapo, y se lo llevó de la cocina.
          —¡A ti te quito yo esos humos! —declaró, furioso.
         —Ya está —murmuró la señora Sales, cuando su hijo y el chiquillo no estuvieron presentes—. Ya se ha ganado una azotaina. ¿Estás satisfecha, Sandra?
La joven enrojeció, levemente, y no contestó.
Al cabo de un rato, que a Natalia y a Bibiana les pareció interminable, Blas y Nicolás volvieron a la cocina. El muchacho regresó al fregadero para continuar con su tarea, más manso que un cordero. Cuatro palmadas de su tutor, en los glúteos, habían sido más que suficientes para apaciguarlo.
El crío intuía que tenía el trasero tan rojo como el tomate más maduro que pudiera existir. Fregaba, en silencio, y con mucho cuidado de no romper nada, mientras pensaba en lo mucho que odiaba a Sandra y en que no iba a poder sentarse bien, por lo menos, durante un mes. Aunque tenía muy presente que Blas se había contenido, como siempre lo hacía, y no le había pegado con fuerza.
          “Si me llega a dar, con ganas, me destroza”, meditó el chaval.
          —Voy a salir a correr —anunció el señor Teodoro—. Si Nico no se comporta, me llamas al móvil, mamá.
Emilia asintió y el joven abrió la puerta para salir al frío exterior. Necesitaba despejarse, hacer ejercicio, y liberarse de tanta tensión acumulada.
La mañana era muy hermosa. El sol brillaba en un cielo pintado de azul intenso, y la niebla se había esfumado por completo.
Nicolás terminó de fregar y se fue al despacho para hacer los deberes que Blas le había puesto. Transcurridos unos cinco minutos, Natalia entró y se sentó junto a su primo. Este estaba atareado resolviendo unos ejercicios y se removía en el sillón no encontrando una postura cómoda para su maltratado trasero.
          —¿Tienes mucho trabajo? —le preguntó la niña.
          —Para un par de horas —respondió el chaval, soplando—, es que me ha puesto problemas muy largos y complicados. Sé hacerlo de sobra, pero lleva su tiempo.
          —Nico, puede que no sea un buen momento para hablarte de esto, pero ya no puedo más. Tienes que hacer las paces con Elisa o no vamos a poder vivir juntos. Debes llevarte bien con ella. No quiero vivir sola con Elisa. La noto muy rara y cambiada. He llegado a pensar que me odia tanto como los abuelos.
Nicolás apartó la vista del problema que estaba resolviendo y miró a su prima. Percibió que estaba asustada y nerviosa.
          —No te preocupes, Nat —la tranquilizó—. Haré las paces con Elisa pero, tienes razón, está muy rara y cambiada. Creo que a mí también me odia. No te dejaré sola con ella. Aunque no creo que tenga sentido que a ti te odie, se ha ocupado de ti desde que naciste.
          —Blas te riñe, te castiga e incluso te pega —argumentó Natalia—. Pero nunca lo hace con rabia o con odio. Elisa te miró con rabia y con odio y a mí también. Tengo miedo, Nico.
Nicolás cogió una de las manos de la niña.
          —Te he dicho que voy a hacer las paces con ella —aseguró el muchacho—. No tengas miedo a nada.
En aquel momento entró en el despacho Sandra, y miró a los dos niños, con el ceño fruncido.
          —Nat, tú no puedes estar aquí —manifestó, como si ella fuera la máxima autoridad en la casa—. Nico está castigado.
          —¡La que no puedes estar aquí eres tú! —gritó Nicolás, enfurecido— ¡Lárgate!
          —Vengo a ordenar el despacho y la que se va a largar es Nat —replicó Sandra, pomposa—. ¡Y tú, sigue con tu castigo, idiota!
          —¡Mira lo que hago con mi castigo! —proclamó el chiquillo, levantándose, y rompiendo las hojas ante la cara de la anonadada chica— ¡Ahora sí que vas a tener cosas que ordenar y que recoger!
Natalia se tapó la boca, ahogando un grito. ¡Nicolás se había vuelto loco! Estaba muy claro que Sandra lo sacaba de quicio. ¿Qué explicación iba a darle a Blas cuando le pidiera los ejercicios?
          —¡Ahora mismo voy a llamar a Blas! —chilló Sandra, encantada— ¡Te va a dar otra paliza! ¡Y yo me voy a alegrar mucho!
La coqueta joven sacó su móvil de un bolsillo, pero Nicolás se lo arrebató con un movimiento rápido.
          —¡Tú no vas a llamar a nadie, asquerosa! —la insultó, colérico.
Sandra, como una gata salvaje, se lanzó contra el chiquillo y este le dio un empujón, apartándola.
La señora Sales y Elisa acudieron al despacho, alertadas por el alboroto.
          —¿Qué está pasando aquí? —preguntó Emilia, desconcertada.
          —¡Nico ha roto en mil pedazos los deberes que Blas le ha puesto! —acusó Sandra, histérica— ¡Mire, los trozos de las hojas sobre la alfombra! ¡Iba a llamar a Blas y me ha quitado el móvil y me ha empujado!
          —¡Estoy harto de que te metas conmigo! —gritó Nicolás— ¡Ya no te aguanto más! ¡Vete a la mierda!
          —¡Nico! No quiero oírte ese vocabulario —le regañó Emilia—. Devuélvele el móvil a Sandra. ¡Soy yo quien va a llamar a Blas!
El muchacho obedeció y se cruzó de brazos, con aire rebelde.
La señora Sales sacó su móvil y llamó al señor Teodoro, gritándole que regresara a casa al instante.
          —Vamos a esperar a que venga Blas —determinó la mujer, cruzándose de brazos también.
          —Nico no ha tenido la culpa… —comenzó a defenderlo Natalia.
          —¡Tú cállate! —le ordenó Elisa, propinando una bofetada a la pequeña, ante el asombro de Nicolás, de Emilia y de la misma Sandra.
El muchacho no pudo evitarlo, e impulsivamente, también empujó a su tía.
          —¡No vuelvas a pegar a Nat! —le gritó, muy enfadado.
          —Nat es mi hija adoptiva y la educaré como a mí me parezca —declaró Elisa con un brillo malévolo en sus ojos.
          —¡Eres tan mala y odiosa como tu hermano! —exclamó Nicolás, enfadadísimo.
          —Nico, cállate, por Dios —le rogó la señora Sales, abrazándose al niño para retenerlo y serenarlo.
Las lágrimas resbalaban por el rostro de Natalia que, por primera vez en su vida, se sentía desamparada entre las garras de una loba.

Págs. 383-389

Hoy es 14 de febrero, San Valentín, El Día De Los Enamorados.
Sé que mucha gente es contraria a esta celebración.
Yo estoy muy a favor, tal vez esta gente y yo hablamos de amores diferentes.
El amor es lo más importante, lo único que te va a hacer feliz, bien merece ser homenajeado un día al año.
Y aquí os dejo mi pequeño homenaje al Día de los Enamorados.
Os lo dedico... a ti, que ya lo has conocido; a ti, que lo estás conociendo y, a ti, que lo vas a conocer.


Ese que no entiende de educación, que llega sin avisar, que entra sin llamar.
Ese que invadirá, revolverá, acariciará y arañará tu alma, y encenderá tu corazón.
Ese que nunca será rutina, que jamás se agotará...
Ese que precisa de poco mimo para lucir resplandeciente...
Te arrancará millares de sonrisas, no secará las lágrimas que te provocará...
Ese que te hará temblar, te hará soñar y desear...
Ese que por fin llegó, de ese Amor hablo yo.    Mela.                                                                                                                                          
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