El pasado 18 de enero llegó a la Estación otro magnifico premio por gentileza, esta vez, de Lorena Be-Bop y su adorable blog Be-Bop Lashes.
Toda la información sobre este simpático premio la encontraréis en Menciones(4), en una de las pestañas de arriba.
Gracias.
CAPÍTULO 49
DE REGRESO A LA URBANIZACIÓN
N
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icolás propinó una patada
a una piedra, furioso. No comprendía por qué motivo Gabriela negaba lo que él
le había contado a su tutor.
Blas miró fijamente a
la joven.
—¿Qué quieres decir? —preguntó, vehemente.
—Cuando Nico vino a casa de mi madre, mi exmarido
ya estaba muerto —reveló Gabriela—. Nat y Bibi llegaron primero.
Salvador se había enfurecido porque Hércules no tenía el bozal. Golpeó a mi
madre y me agarró por el cuello con la intención de ahogarme. Nat soltó a
Hércules y fue el perro quien se abalanzó sobre Salvador y lo mató. Hércules me
salvó la vida. Probablemente, también salvó a mi madre.
—Y la vida de Nico —agregó Estela—. Cuando ese canalla
estaba pegando al niño con la cadena, se le echó encima y estoy convencida de
que lo hubiese matado si no llega a llevar el bozal. ¿Qué hubieses hecho
entonces, Blas? ¿Hubieses llamado a la policía? Sabes muy bien que
sacrificarían al perro. Hércules no es ningún asesino, simplemente nos defendió
de un mal hombre, de un vil maltratador. Ayer le dijiste a Hércules que le
estarías eternamente agradecido por haber salvado a Nico. Ahora es el momento
de demostrar ese agradecimiento. Hércules
te necesita.
Blas Teodoro no dijo
nada, miró el maletero del coche de Gabriela. Segundos después se dirigió hacia
él. Lo abrió y extrajo el saco que contenía el cadáver. Cargó con él y lo depositó
en el suelo, muy cerca del precipicio. Buscó piedras grandes y las metió en el
interior del saco que, posteriormente, volvió a anudar fuertemente.
Lo siguiente que hizo fue
arrojar el saco por la pendiente.
El cuerpo sin vida de
Salvador Márquez se hundió en el oscuro y embravecido mar.
—¡Meteros en el coche! —dijo Blas a las mujeres
y al chiquillo— ¡Tendremos que salir rápidos de aquí!
Todos obedecieron y el
joven se encaminó a por el seat Ibiza y lo empujó hacia el declive. El coche se
precipitó al vacío y explotó al chocar contra las rocas.
Blas corrió hacia el Opel
Corsa, Gabriela se había sentado delante, pero no al gobierno del volante. El
joven entró en el coche y lo puso en marcha saliendo veloz del acantilado.
—Poneros el cinturón —indicó.
—Todos lo llevamos puesto —respondió Nicolás—. Tú eres el que te lo
tienes que poner y no dar tantas ordenes a los demás.
El niño estaba enfadado
con su tutor, pensaba que se había metido donde nadie lo había llamado. Estela
pellizcó una pierna del chaval, solo
faltaba que el chiquillo enfureciera a Blas. Los temores de la señora
Miranda eran fundados, Nicolás consiguió alterar al señor Teodoro más de lo que
ya estaba.
—¡Tú estás castigado! —aseguró al crío— ¡Y no solo el resto de las vacaciones,
sino hasta el día que yo me muera!
El muchacho, como
respuesta, pateó el suelo del vehículo.
—¡Yo no puedo estar castigado tanto tiempo! —protestó.
—No te preocupes —lo serenó su tutor—. Con estos sustos y
disgustos que me das, no creo que me haga muy viejo.
—¡Yo no quiero que te mueras, prefiero estar
castigado! —replicó
Nicolás.
Estela sonrió.
—¿Quieres mucho a Blas? —preguntó al niño a propósito.
—¡Claro que lo quiero, muchísimo! —contestó el chaval al
momento.
—¿Podrías separarte alguna vez de Blas? —siguió preguntando la
mujer, con la idea de que el señor Teodoro entendiera que era un crimen entregar el niño a su verdadero padre.
—Nunca me separaré de Blas —afirmó Nicolás, rotundo.
El señor Teodoro sonrió,
levemente.
—No intentes hacerme la pelota, Nico —comunicó al muchacho—. Igualmente vas a estar
castigado.
—Emilia no te va a permitir que me castigues
tanto tiempo —dijo Nicolás, esperanzado—. Y si me pegas, te va a
romper la escoba en la espalda. A ella no le gusta que me pegues.
—Cállate ya, Nico —ordenó su tutor—. No quiero oírte, no
quiero escuchar más niñerías tuyas. El horno no está precisamente para tus bollos.
El chiquillo apoyó la
cabeza en el respaldo de su asiento y suspiró, preocupado. Todo había acabado, pero era
una verdadera lástima que Blas se hubiese enterado. El futuro no se presentaba de color rosa.
El Opel Corsa se
deslizaba por la carretera con seguridad y con precaución. Ya había quedado
atrás el terreno rocoso y se encontraban de nuevo en terreno montañoso.
De pronto, Gabriela
rompió a llorar sorprendiendo a sus acompañantes de viaje. La joven había
tenido que soportar momentos muy tensos y dolorosos y, ahora, sus nervios se
estaban quebrando.
Blas puso su mano diestra
sobre la pierna izquierda de la mujer, intentando darle calor.
—Cálmate —le dijo con suavidad—. Las cosas van a ir
bien. Lo malo ya es pasado. Tenemos que olvidar lo que ha ocurrido.
Gabriela asintió y
agradeció a Blas que les hubiese ayudado. También le pidió perdón por haber
involucrado a Nicolás en aquel feo asunto.
—Yo te agradezco a ti que me hayas contado la
verdad —declaró el
señor Teodoro—. Para mí era terrible pensar que Nico se hubiese
visto obligado a matar a Salvador.
—¡Pues yo no te hubiese contado nunca la verdad,
y siempre hubieras pensando que era un asesino! —manfestó Nicolás sin
ningún sentido común.
La paciencia y el aguante
de Blas tenían un límite y el chiquillo acababa de cruzarlo.
El señor Teodoro arrimó el coche a la cuneta y
paró, levantando el freno de mano. Acto seguido se giró y propinó un manotazo a la boca del
chaval que, inmediatamente, bajó la cabeza, amedrentado. Era muy consciente de
que se había buscado con creces que su tutor le pegase.
—¡A ver si eres capaz de volver a abrir esa
boquita! —le gritó
Blas, furioso.
El joven se puso el
cinturón y volvió a poner el coche en movimiento. Estela dio un cachete al
crío, enojada por su comportamiento. Nicolás, avergonzado, no rechistó y
continuó con la cabeza agachada.
Minutos después sonó el
móvil de Blas. Era la señora Sales, angustiada, queriendo saber dónde se habían
metido él y Nicolás.
—Pronto estaremos en casa —le contestó el señor Teodoro—. Acuéstate y duerme
tranquila.
La madre de Blas se negó sonoramente, y dijo que los estaría esperando para recibirlos a escobazos.
—A Nico y a mí nos espera una buena cuando
lleguemos a la villa —comentó Blas al finalizar de hablar con Emilia—. Mi madre está que echa
chispas. No vamos a contarle lo sucedido, se volvería loca. Le diremos que has
salido esta noche sin permiso —puntualizó, mirando por el retrovisor a
Nicolás.
“Sí, claro”,
pensó el muchacho, abatido. “El único que
se la va a cargar soy yo, como siempre”.
—A Nat y a Bibi les diremos que todo lo hemos hecho nosotros solos —manifestó Gabriela, transcurrido un rato—. Es mejor que no sepan
que Blas ha intervenido. Serán más prudentes si piensan que Blas no sabe nada.
¿De acuerdo, Nico?
El niño asintió en
silencio.
—Les dices que Blas te
pilló por el camino cuando volvías a casa —habló Estela.
El chiquillo volvió a
asentir sin ocurrírsele pronunciar palabra. Temía enfurecer nuevamente a su
tutor.
Llegando a Puerto Llano,
el automóvil empezó a ser devorado por una densa bruma. Blas tuvo que encender
los faros antiniebla y conducir con mayor cuidado.
—¡Lo que nos faltaba! —exclamó, molesto. Estaba
deseando llegar cuanto antes a villa de Luna.
Engullidos por la niebla fueron ascendiendo por una carretera estrecha hasta alcanzar la urbanización. El señor Teodoro aparcó el coche al lado de la casa
de Estela, y bajaron del vehículo.
El joven acompañó a las
mujeres hasta la puerta del garaje, mientras Nicolás esperaba en el camino.
—¿Estaréis bien? —preguntó Blas a Gabriela.
—Por supuesto que sí —respondió esta—. Hércules se encarga de
cuidarnos de maravilla.
—Es raro que no se ponga a ladrar.
—Lo he dejado en mi habitación, le gusta mi cama, estará durmiendo como un bendito. Gracias por todo, Blas... y gracias por existir.
Súbitamente, la chica se
abrazó al hombre, con fuerza, y sintió una corriente agradable recorrer todo su ser, que jamás había experimentado antes. Se
separó, sonrojada.
Blas sonrió, mostrando su
dentadura perfecta. Besó en la mejilla a Gabriela y, a esta, los labios del
joven le parecieron suaves y muy cálidos. Sus ojos, color avellana, buscaron los ojos negros
de Blas.
—No seas muy duro con Nico, te lo ruego —le pidió, brillándole la
mirada. Sin entender por qué, se sentía bella —El pobre crío
no tiene culpa de nada. Mi madre y yo somos las únicas culpables.
Blas volvió a
sonreír, y acarició suavemente el pelo corto y liso de la pelirroja.
—Gracias por existir tú también —murmuró—.
Buenas noches, Gabriela. Buenas noches, Estela —añadió, en voz más alta,
mirando a la señora Miranda, que estaba, a su vez, observándoles.
El señor
Teodoro se alejó, seguido por la mirada de ambas mujeres.
Se reunió con
Nicolás, a quien cogió por un brazo, y se marcharon hacia villa de Luna, desapareciendo los dos en la
niebla.
—Ese hombre es maravilloso —declaró
Gabriela, extasiada—. Parece mentira que puedan coexistir hombres como
Salvador y hombres como Blas. Me siento feliz, mamá.
—Será mejor que entremos en casa o nos
vamos a congelar —manifestó Estela—. Estoy cansada, necesito irme a la cama. Y
no olvides, que ese hombre maravilloso tiene muy cerca a Elisa. No sé
realmente qué hay entre ellos, pero me disgustaría mucho verte sufrir. Ya has
padecido bastante.
—Querer a Blas no creo que nunca me
pueda causar sufrimiento o desdicha —replicó Gabriela—. Es un hombre único, diferente, y
me siento feliz. ¡Qué cosa más extraña! Sabiendo que nos hemos colocado al margen de la ley, que podemos ir a la cárcel, y me siento feliz. Y quiero sonreír. Y voy a sonreír.
—Te digo que entremos en casa —repitió Estela—. Y sé más sensata, hija. Nadie se enamora en un segundo.
—Me acaba de suceder, mamá.
Págs. 375-381
