CAPÍTULO 35
BLAS CONOCE LA “VERDAD” TARDE
—H
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ola —el señor Teodoro saludó a
su madre—, ¿ocurre algo? —preguntó sin entender qué hacían ella, Natalia, y Bibiana, en el despacho.
La señora
Sales se cruzó de brazos mirando a su hijo, con desaprobación.
—¿Y tú preguntas si ocurre algo? —le
reprendió, muy severa— ¿Crees que ésas son formas de entrar? Si
llega a haber alguien detrás de la puerta, lo desgracias. Pareces un toro bravo
que acaban de soltar a la plaza. ¡Y fíjate en tu aspecto, estás polvoriento!
Seguro que se te ha infectado el corte de la mano.
El señor Teodoro hizo un
esfuerzo supremo por serenarse.
—Siento haber entrado con tanta
brusquedad —se disculpó—. Y si vengo polvoriento es porque no vengo de dirigir
un banco, sino de recoger escombros. Y el corte lo tengo muy bien cicatrizado.
Tras estas palabras se acercó al escritorio, junto a Nicolás. El niño
estaba intentando resolver el ejercicio quinto de naturales. Su tutor hojeó los folios donde
estaba anotada doscientas veces la misma frase. “No
mentiré ni ocultaré nada a Blas”.
—¿Todavía vas por ese ejercicio? —preguntó, extrañado.
—Por teléfono te he dicho que me dolía la mano —respondió
el niño sin levantar los ojos de la libreta.
El señor
Teodoro se fijó en el libro de ciencias naturales.
—¡Nico, por Dios! —exclamó—. Lo has
estrenado hoy, y mira lo deformadas que están las esquinas de las tapas.
—Se me ha caído sin querer —murmuró el
chiquillo.
La señora
Emilia recordó el golpe que el muchacho le había asestado al pobre libro. Sin duda, lo debía haber lanzado contra la
pared, porque de lanzarlo al suelo alfombrado, no hubiera salido tan perjudicado.
Blas tenía en
la mente a Salvador Márquez y nada más le importaba. Ordenó a Nicolás que
dejara el ejercicio para otro momento.
—¿Podéis dejarme a solas con Nico? —pidió,
dirigiéndose a su madre.
La señora
Emilia arqueó las cejas; Natalia y Bibiana permanecían de pie, sin perder detalle de todo cuanto sucedía.
—¿A solas para qué? —exigió saber la
mujer.
Blas comenzó a
desesperarse.
—Para hablar con él, mamá.
—¿Hablar tú con él? —indagó Emilia con
sarcasmo—. ¡Aquí no va a haber ninguna conversación! ¡Aquí va a haber un interrogatorio!
Por tanto, el niño necesita una defensa y yo se la proporcionaré. ¡No me mires
así, Blas! Tal vez dentro de pocos
días, tú también necesites que te defienda.
Nicolás,
Natalia y Bibiana no entendieron lo que la señora quiso decir, pero
el señor Teodoro lo entendió perfectamente.
—¡Está bien! —se resignó con furia—, puedes
quedarte. Seguidamente, miró a las niñas —¿Y vosotras, qué? ¿También tenéis que
estar aquí como testigos?
—Nosotras también tenemos algo que
contarte sobre Salvador —manifestó Natalia.
Nicolás miró a
su prima, nervioso. ¿No pensaría contarle
que el hombre estaba muerto?
—¡Vosotras
no tenéis nada que contar! —exclamó, gritando.
El señor Teodoro
le dio un cachete, el crío casi besó el cuaderno que tenía sobre la mesa.
—¡Estate
muy callado, Nico! —le avisó, echando chispas—. Habla, sólo, cuando yo te
pregunte.
La señora
Emilia se levantó de la silla.
—¡Blas, siéntate aquí! —indicó, con energía —. Entre el niño y tú quiero que exista una distancia prudente,
que corra el aire. ¡Estás demasiado alborotado! Y ten las manos quietas.
El señor
Teodoro hizo caso y se sentó en su silla, comenzando a tamborilear el sobre del
escritorio con el dedo corazón de su mano diestra.
—Aquí hay unas condiciones que establecer
—declaró Emilia. Blas creyó que se iba a subir por las paredes. ¡Estaba claro que su madre iba a entorpecerlo
todo!—. Si no aceptas mis condiciones, aquí no se va a producir ningún
interrogatorio.
—¿De qué
condiciones hablas? —inquirió el joven enrojeciendo involuntariamente.
Estaba exaltándose cada vez más.
Nicolás retiró
su silla hacia atrás, prefería estar más alejado del alcance de su tutor. Le pareció ver que de su cabeza salía "humo".
—Bien hecho, Nico —aprobó la señora
Emilia—. Mi hijo tiene los brazos demasiado largos. Las condiciones son las
siguientes —añadió mirando a Blas—: no tomarás ninguna represalia contra el
niño te cuente lo que te cuente.
El señor Teodoro
se mordió el labio superior con ira.
—Está bien —aceptó, irritado.
Lo único que le interesaba era enterarse, de
una buena vez, de lo que realmente sucedió entre Salvador Márquez y Nicolás la
tarde del día veinticuatro.
Como telón de fondo, los truenos se
seguían escuchando y el viento continuaba chillando desmedido.
—Empieza a hablar —instó Blas al
chiquillo.
Éste carraspeó
y tragó saliva. El señor Teodoro notó al niño intimidado.
—Yo estaba jugando en la terraza —comenzó
a relatar con la cabeza agachada. No
quería mirar a su tutor—, la puerta estaba abierta y Hércules entró. Nos
pusimos a jugar los dos. Al cabo de un rato vino el señor Salvador Márquez,
tiró un bozal al suelo y cerró la puerta. Me ordenó que le pusiera el bozal a
Hércules... Yo no conocía a ese hombre, le dije que se fuera porque estaba en una
propiedad privada. Entonces él me dijo que era el marido de Gabriela, me habló
muy mal y decía muchas palabrotas... Yo no quería ponerle el bozal a
Hércules, pero me amenazó con llamarte y decirte que yo había ido a buscar a
Hércules y que me lo había llevado sin permiso... Tuve miedo de que le creyeras y
le puse el bozal. Le dije a Hércules que se fuera a casa. El perro me obedeció
y ese hombre se fue detrás de él.
Blas se puso
en tensión, ahora llegaba la parte que él
no conocía.
—Cuando estaban más o menos a mitad
de camino, Salvador empezó a golpear a Hércules con una cadena muy gorda sin ningún motivo. Hércules no le había hecho nada —siguió
relatando Nicolás; su tutor apretó ambos puños con fuerza—. El perro lloraba,
no pude soportarlo y salí de la terraza corriendo. Empujé a ese hombre y me di la
vuelta, me agaché para acariciar a Hércules... Entonces Salvador empezó a
pegarme con la cadena. Intenté levantarme pero no podía. Hércules me ayudó, se
lanzó contra ese hombre... Luego vino Gabriela y me pidió que no te contara nada.
Estaba muy asustada.
Ayer pegué a
Salvador porque cuando me entregó el monopatín,
se burló de mí y me dijo que él era quien me había tirado la piedra a la
frente.
El señor Teodoro no pudo
aguantar más, se levantó con tal ímpetu que volcó la silla. La señora Emilia y
los niños se sobresaltaron.
A continuación miró a las chiquillas.
—¿Y vosotras qué tenéis que contarme
sobre ese hombre? —preguntó con una voz que parecía llegar de ultratumba.
Natalia no se
atrevió a contestar, le dio miedo el rostro de Blas.
—Vimos a Estela —fue Bibiana quien respondió—. Nos dijo que Salvador
no era el marido de Gabriela, se han divorciado. Ese hombre también había
pegado a Estela, pero ella tampoco quiso que te lo contáramos. Dijo que el
señor Márquez se iría hoy. Ayer no fui yo quien golpeó, con la pelota de tenis, a Nat. Fue Salvador quien le pegó un bofetón y la tiró al suelo. La llamó
ramerilla y luego nos llamó putitas. Nos preguntó si nos queríamos meter en su
cama. Nos amenazó diciendo que si os lo contábamos a ti o a Nico y os acercabais
a casa de Estela, os metería un tiro entre ceja y ceja.
El señor
Teodoro no escuchó nada más. Salió precipitadamente del despacho, dejando la
puerta abierta. La señora Emilia estaba horrorizada.
—Nico, ¿estás seguro de que Salvador
ya no está en casa de Estela? —preguntó, angustiada.
—Completamente seguro —la tranquilizó
el niño.
“Sí,
está”, pensó, “pero está bien
muerto”.
—¿Y no crees que pueda volver? —insistió
Emilia, temerosa.
—No, no va a volver —aseguró Nicolás—.
Cálmate —pidió a la mujer,
levantándose y abrazándola—, Blas no corre peligro ni va a poder matar a
Salvador Márquez, te lo prometo. Ese individuo se ha ido y no volverá.
—Blas va a volver muy furioso —vaticinó Natalia, inquieta—. Se pondrá como un bárbaro cuando no encuentre a Salvador.
—Tengo que esconderme en algún sitio
hasta que se le pase el cabreo —declaró Nicolás, muy nervioso—. Me va a culpar
de todo. Va a decir que ese hombre se ha escapado por mi culpa. ¡Me va a matar
a mí!
—Vamos a intentar serenarnos y no
decir tonterías, ¿de acuerdo?—se
exasperó la señora Emilia— Lo que tenemos que hacer es ir al salón y empezar a
comer. Hay que llamar a Elisa, a Sandra, y a Paddy. Es mejor que nos
vea comiendo cuando regrese. Ya me ocuparé yo de él. Tú te sientas a mi lado —indicó
a Nicolás.
El niño no se
quedó nada convencido, estaba muy intranquilo. Movió la cabeza negativamente.
—¡Me va a pegar, Emilia! ¡Me va a
matar! —hizo hincapié, desesperado.
—¡Deja de decir sandeces! —gritó la
mujer, impaciente— ¡Y no vuelvas a decir que Blas te va a matar! ¡Él daría su
vida por ti, atontado! No se te ocurre idea buena. ¡Esconderte! Si
cuando Blas viene no te encuentra en casa, entonces sí que se forma la hecatombe.
Te buscaría por todas partes y cuando te encontrara, nadie te libraría de unos merecidos azotes.
El niño
asintió, conforme. La idea de
esconderse, posiblemente, no fuera muy buena.
Págs. 259-267
