EL CLAN TEODORO-PALACIOS

CUARTA PARTE

miércoles, 11 de febrero de 2026

Alejandra, ¿por qué lloras? Capítulo 2





CAPÍTULO 2

 

Adrián, contrariado y estupefacto, se preguntaba cómo había podido suceder. Veía su tienda de campaña reducida a cenizas y todavía le parecía una delirante pesadilla.

Sin embargo, no era un mal sueño. Aquello había pasado. La pregunta era cómo y la respuesta no llegaba.
Solo pudo salvar de las llamas, y meter atropelladamente en una mochila: dos libros, algo de ropa y una cartera. No tardaría en echar mucho de menos una linterna que no logró rescatar.
Tras estar convencido de haber sofocado el fuego, comenzó a vagar por el bosque en busca de un sitio donde guarecerse.
Era noche cerrada y llovía. A pesar de mojarse, agradeció la lluvia. Había sido una gran aliada para apagar el incendio.
Caminaba entre pinos de corteza oscura. También el follaje era verdinegro… O tal vez todo le parecía negro aquella noche sin luna ni estrellas.
En pleno otoño, a mediados de octubre, hacía bastante frío a esas horas. Corría un aire fresco y húmedo que terminó por provocarle una tiritera convulsiva. Se puso un jersey y unos pantalones vaqueros sin quitarse el pijama mojado. Continuó caminando tiritando. No sabía adónde se dirigía y llegó a creer, con desesperación, que estaba dando vueltas y más vueltas al mismo lugar.
Se fue tranquilizando un poco al darse cuenta de que iba ascendiendo y que, a medida que avanzaba, las copas de los árboles eran más achaparradas. No daba vueltas en el mismo lugar.
La lluvia estaba arreciando, se tornó más violenta. Empezaron los fogonazos de luz rayando el cielo y los truenos.
Adrián, nervioso, comenzó a sudar. Era peligroso deambular por un bosque en esas condiciones, pero no le quedaba otro remedio, no podía quedarse quieto. Tenía que continuar.
En algún momento tuvo la sensación de que alguien o algo lo observaba. Se le puso la carne de gallina, del mismo modo que se le eriza el pelo a los animales cuando perciben una amenaza. ¿Estaría acechándole una alimaña? Aceleró el paso.
Después de hora y media de fatigosa búsqueda de refugio tropezó con un muro de piedra. En un principio lo reconoció por el tacto, pero cuando su vista se acostumbró a la oscuridad pudo verlo con claridad. El muro tendría aproximadamente un metro de altura y la celosía que lo coronaba no era mucho más alta. 
Buscó la entrada del vallado, con avidez, tras vislumbrar la silueta de una casa.
El portón era de hierro y muy alto. Sería muy complicado escalarlo. Buscó un timbre sin resultado. La oscuridad era absoluta y esta circunstancia no le ayudaba. Pensó en volver al muro; tendría que saltar por allí. Se apoyó en la puerta fija para descansar y tomar aliento. Su corazón brincó, acelerado, cuando esta cedió. ¡No estaba cerrada! Se olvidó de descansar y franqueó el umbral, con velocidad mercurial, aliviado por no escuchar ladridos de perros. ¡Solo le hubiera faltado que un perrazo se le echara encima para laurear la noche!
Al sentirse más seguro, miró hacia fuera, escudriñó el alrededor tratando de identificar lo que le perturbaba. No vio nada, pero tuvo la aguda percepción de una presencia. Aguzó el oído para captar un crujido de hojas o el susurro de una respiración. No oyó nada. Fuese quien fuese, era un maestro del sigilo. O quizás todo era fruto de su febril imaginación.
Siguió un camino empedrado que le condujo recta y directamente a tres peldaños. En lo que debía ser el porche tropezó con una maceta, para tropezar segundos después con una columna. La negrura continuaba siendo inabordable. Por fin dio con una robusta puerta de madera. Sus manos la tantearon y halló una aldaba y, esperanzado, comenzó a golpear la puerta.
Los aldabonazos no surtieron efecto. No parecía haber indicios de que alguien estuviera en el interior de la vivienda. Ninguna luz se encendió ni se oyeron pasos acercándose. 
Adrián volvió a insistir descargando la aldaba con más fuerza.
            —¿Hay alguien ahí dentro? —gritó con toda la energía de la que pudo hacer acopio— ¡Abran, por favor! ¡Necesito ayuda! ¡Auxilio, por favor!
Cuando casi se iba a rendir, sí que hubo respuesta a su petición de socorro.
Una voz femenina y joven le pidió que aguardase y poco después abrió la puerta una niña que no tendría ni quince años. Vestía un camisón cuyas mangas le venían largas.
Le invitó a pasar. Adrián no se lo hizo repetir, ansioso de sentirse a cubierto y a salvo, protegido de riesgos e inclemencias.
La niña, de ojos verdes y cabello rojizo, cerró la puerta.
Dentro, en un espacioso vestíbulo, Adrián comenzó a sentir el calor de un hogar. Allí vio a otra muchacha y a un chico que lo miraban seria y fijamente.
La muchacha era más mayor que la niña que le había abierto la puerta. También sus ojos eran verdes y también su cabello era rojo, pero mucho más flamígero. Y su cuerpo, ágil y voluptuoso.
El chico era fortachón, de cabello negro como sus feroces ojos.
Todos vestían con ropa de dormir. Adrián supuso que los había despertado.
            —Me llamo Adrián Lois —se presentó el joven—. Me ha pasado algo muy raro —prosiguió—. Vine a este monte con una tienda de campaña. Me quedé dormido. Si estoy vivo es porque me despertó un olor a goma quemada… La nariz me picaba. Toda mi tienda se ha quemado. Estoy vivo de milagro.
            —Habrás pasado mucho miedo —dijo, impresionada, la niña que le había abierto la puerta—. Yo me llamo Sonia y tengo doce años. Ella es mi hermana Susana, tiene dieciséis años. Él es Enrique, es nuestro hermano mayor. Tiene dieciocho años, ya es mayor de edad —añadió con orgullo.
            —Pues yo soy el mayor de todos. Tengo diecinueve.
            —¿Hay alguna necesidad de que digamos nuestras edades? ¿Te has marchado y has dejado la tienda en llamas? ¿Estabas solo? —inquirió Enrique visiblemente molesto.
            —Estaba solo y he apagado el fuego. Me ha ayudado que lloviera.
            —¿Estás seguro?
            —Totalmente.
            —¿Estabas fumando en la tienda?
            —No, yo no fumo. Ya os he dicho que estaba durmiendo.
Adrián tuvo la sensación de que Enrique lo estaba sometiendo a un interrogatorio acusatorio.
            —Puedes quedarte aquí todo el tiempo que quieras —le dijo la pequeña Sonia en un tono afable, muy diferente al empleado por su hermano mayor.
            —Muchas gracias —le sonrió Adrián—. ¿Estáis solos aquí?
Sonia pareció no saber qué contestar y miró a sus hermanos.
            —Sí, estamos solos —afirmó Enrique—. No tenemos que darte más explicaciones, ¿verdad?
            —Naturalmente que no —contestó Adrián muy sorprendido—. Era, simplemente, una pregunta.
            —Pues evita hacer demasiadas o te verás de patitas en el monte.
Adrián, azorado, y todavía más sorprendido, se abstuvo de hacer comentario alguno. Sí que pensó que Enrique era un chico bastante arisco. Muy arisco.
Pero no se encontraba en condiciones de discutir o de enfrentarse a él. Se hallaba en casa ajena y por nada del mundo quería verse de nuevo en el monte aquella desapacible noche.
            —¿Tienes hambre? —le preguntó Sonia que, sin duda, era la más sociable de los tres hermanos. Susana todavía no había hablado. Solamente lo observaba con mucha intensidad, como si lo estuviera analizando.
            —No tengo nada de hambre —respondió Adrián—. Lo que sí que me gustaría es cambiarme de ropa. Estoy mojado. Y acostarme, si puede ser. Mañana pensaré qué hacer.
            —¿A qué te refieres? —indagó Enrique ávidamente.
Adrián lo miró, perplejo, sin comprender el motivo por el cual aquel muchacho perdía la calma.
            —Me refiero a que mañana tendré que marcharme.
            —¿Qué dices? ¿No has oído que Sonia te ha invitado a quedarte? Puedes quedarte hasta que nosotros nos marchemos. ¿Te parece bien? —le propuso Enrique en un tono más cordial.
            —La verdad es que no me apetece volver a casa —respondió Adrián tras meditar unos segundos—. Tendría que dar explicaciones a mis abuelos y se enterarían mis padres. Es que me han expulsado de la universidad durante dos semanas —explicó algo avergonzado—. Está bien, me conviene quedarme unos días, pero no quiero ser un engorro. Os pagaré la habitación y la comida.
            —¡Excelente! —exclamó Enrique— Sígueme, te acompañaré a tu habitación.

Al cabo de un rato, bajó de la planta superior y se reunió con sus hermanas en el salón. Ambas estaban sentadas en un sofá amplio y profundo con cojines mullidos y acolchados. Una manta cubría sus piernas y regazos.

La chimenea continuaba prendida. La luz de la estancia era suave y resaltaba con la calidez de la madera de suelo y techo.
            —Esto no me gusta nada —barbotó Enrique con semblante preocupado.
            —Te alarmas por poca cosa —replicó Susana, impaciente—. Ese chico ha sufrido un accidente. Ha venido aquí en busca de socorro. Nosotros le hemos ayudado. Nada más. ¿Te vas a empeñar en desquiciarlo todo?
            —¿Qué yo me empeño en desquiciarlo todo? —repitió Enrique, enojado— ¡Eres una ignorante! ¿No comprendes que se puede marchar en cualquier momento y comentar por ahí que le dimos cobijo? ¿Y si se lo dice a gente que sabe que esta casa debería estar vacía?
            —¡Cállate! —exclamó Susana también enfadada— Usa tu inteligencia y recuerda que le hemos dicho que puede quedarse hasta que nosotros nos marchemos.
            —¡Sí, sí, sí, lo recuerdo! Pero él ha dicho que solo se quedará unos días. Entonces tendremos que irnos también para más seguridad. ¡Adiós a nuestro plan de quedarnos hasta Navidad!
            —No gritéis —les pidió Sonia—, os puede oír.
            —¡Tú no digas nada! —le ordenó Enrique— No estamos gritando. No somos tan necios como tú. Te dije que no abrieras la puerta y no me hiciste caso. Estamos metidos en este lío por tu culpa. Yo sabía que no podía ser nadie de la casa, de haberlo sido tendría llaves. Si no le hubieras abierto se hubiera marchado. Nos hubiéramos ahorrado muchos problemas.
Sonia miró a su hermano muy dolida.
            —¿No oíste cómo gritaba pidiendo ayuda? —le preguntó con ojos llorosos— Yo no hubiera podido dormir tranquilamente sabiendo que alguien estaba fuera necesitando ayuda. Siento haber estropeado nuestro plan, pero ya encontraremos otro lugar, y a lo mejor, nos gusta más que este. Seguro que será mejor porque Dios nos tiene que premiar porque hemos ayudado a Adrián.
Enrique se ablandó tras escuchar a su hermana pequeña. Sonia siempre conseguía aplacarlo. Todo lo contrario que Susana que, con su carácter beligerante, siempre parecía dispuesta a discutir y, por ello, solían chocar en arranques de pésimo humor.
            —Bueno, vamos a dormir —dijo Enrique mientras se dirigía a apagar la luz—. Mañana será otro día y seguramente veremos las cosas de otra manera. De noche todo parece más grave.
Susana soltó un bufido casi imperceptible. No estaba muy de acuerdo con lo que acababa de decir Enrique pero, de todos modos, prefirió la propuesta de ir a dormir que iniciar una disputa que no iba a servir de mucho.

Págs. 9 - 17 

© 2026 La estación de Mela. El Clan Teodoro-Palacios. Alejandra, ¿por qué lloras?
Todos los derechos reservados.


Hoy sí que dejo una canción... "Me acuerdo de ti", de Nil Moliner


                                                             
 
Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License. Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.