Etiquetas

EL CLAN TEODORO-PALACIOS

SEGUNDA PARTE

EL CLAN TEODORO-PALACIOS

TERCERA PARTE

EL CLAN TEODORO-PALACIOS

CUARTA PARTE

jueves, 6 de septiembre de 2018

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 141



¡Hola a tod@s!
Hoy me toca presentaros la cuarta y última parte de esta novela
Hoy comienza el final, toda novela lo tiene... El Clan Teodoro-Palacios también... No podía ser una excepción

Espero que lo paséis bien... y nos volvamos a ver en el último capítulo
¡¡Miau, miau, miau!! Os acabo de decir cómo termina esta novela ;-)




CAPÍTULO 141

DOS REGLAS BÁSICAS


Arturo Corona y Jaime Palacios dejaron de abrazarse, y ambos secaron sus lágrimas con un pañuelo.
            —De esto no debe enterarse nadie —dijo el dictador de Kavana—. ¿Dónde quedaría mi reputación?
            —Hacía mucho tiempo que no lloraba —confesó Jaime Palacios—. Aunque, en realidad, esta vez he llorado de felicidad. Guardaré tu secreto.
            —Y yo el tuyo.
            —Tengo que decírselo a Helena. Mi hija tiene que saber que Nico ha despertado.
            —Yo debería llamar a Blas.
Con paso rápido se dirigieron a la cafetería. Se sorprendieron de no ver a Helena. Y más se sorprendieron cuando dos camareros les aseguraron que Helena no había estado allí.
            —Dijo que iba a tomar un café —murmuró Jaime Palacios, pensativo.
            —Tal vez ha querido tomarlo fuera del hospital —opinó Arturo Corona.
            —En ese caso, algún soldado la habrá visto salir. Vamos a preguntar. Tu hijo se ha ido a tomar un café y no ha vuelto. Mi hija se va a tomar un café y ni siquiera ha entrado en la cafetería. Algo extraño está pasando.
            —¿Qué insinúas?
        —Absolutamente nada. Cuando se trata de mi hija jamás insinúo.                                               
                                                                                             ∎∎∎
                                                   
 Helena no tuvo que volver a llamar. La puerta se abrió y, en cuanto entró al jardín, quien había abierto la puerta la cerró de un brusco portazo.
            —Bienvenida, señorita Mikaela —la saludó Ismael Cuesta en tono burlón—¿Has venido sola? ¿No has avisado a la policía? ¡Contesta! No eres de fiar.

Helena no esperaba ver al profesor de matemáticas, al hombre que había orquestado el maquiavélico plan para acabar con la vida de su hijo.
Miró fijamente su cara salpicada de granos grandes y rojizos. El rostro de ese hombre era sin duda el reflejo de su alma.
No sintió miedo, solo sintió una gran repugnancia y un odio intenso hacia aquel ser inhumano.
Mientras lo miraba recordó que sabía luchar. Su padre le enseñó a pesar de la desaprobación de su madre. Y había practicado con hombres muy fuertes, con excelentes maestros. Y les venció a todos.
Estaba segura de que Ismael Cuesta le iba a durar muy poco, pero no era el momento. Ignoraba dónde estaba Álvaro Artiach y dónde estaba Blas. Debía esperar y no olvidar dos reglas básicas: la primera, jamás demostrar miedo delante de un enemigo; la segunda, más importante esquivar un golpe que golpear.
            —Vamos al salón. Allí nos vamos a divertir un rato —dijo el señor Cuesta con malvado regocijo.
                                                                                             ∎∎∎


Dos soldados comunicaron a Jaime Palacios que Helena había subido a un taxi después de hablar por teléfono.
            —Localicen al taxista. ¡Ya!

La administrativa se sofocó sobremanera cuando Jaime Palacios acompañado por Arturo Corona le preguntó, con muy malos modales, sobre la conversación telefónica de Helena.
            —Era un hombre... dijo que la llamada era urgente —respondió la mujer, azorada.
            —¿No dijo cómo se llamaba? —indagó el señor Palacios, muy alterado.
La mujer asintió, asustada.
            —Sí, recuerdo su nombre. Blas... Blas Teodoro.
            —¡Estúpida! —bramó el señor Palacios. Las pocas personas civiles que se encontraban en el hall del hospital le miraron, alarmadas— ¿Cómo se le ocurrió pasarle la llamada de ese indocumentado? ¿Escuchó la conversación, sabe lo que le dijo?

Los ojos de la administrativa se llenaron de lágrimas. Su miedo iba aumentando. Pensó en sus hijos, en su esposo, y solo deseó estar de nuevo con ellos en su hogar.
            —No escuché nada —aseguró con un hilo de voz—. Pero sí me di cuenta que ella parecía no encontrarse muy bien cuando colgó el teléfono, parecía trastornada.

Jaime Palacios lanzó una mirada fulminante a Arturo Corona.
            —Serénate —le susurró el dictador de Kavana—. Esperemos a que localicen al taxista. Él nos dirá dónde la ha llevado.

Ambos hombres se distanciaron de la administrativa para que no pudiera oírles.
            —No me pidas que me serene. El desbaratado de tu hijo se ha pasado de la raya.
            —Blas no le haría ningún daño a Helena, y lo sabes bien.
            —¡Yo no sé nada! Le hiciste creer que Nico no es su hijo. ¿Qué le ha podido decir para que mi hija coja un taxi? Y, ¿dónde está ese maldito taxista?
            —No tardarán en localizarlo. Tranquilízate.
            —No me vuelvas a pedir tranquilidad ni nada que se le parezca. Una hija es sagrada para un padre. Voy a llamarla.

Jaime Palacios esperó impaciente que Helena respondiera, pero eso no sucedió.
Arturo Corona llamó a Blas, tampoco obtuvo respuesta.
Los dos hombres más poderosos de Kavana caminaron hacia la puerta principal, furiosos y enardecidos.
            —Llama a Emilia —se le ocurrió a Jaime Palacios.
Arturo Corona llamó a la señora Sales, tampoco contestó.
                                                                                            ∎∎∎


Álvaro Artiach se comportó como un buen anfitrión, recibió a Helena con una enorme sonrisa que contrastó con su ridícula dentadura ya que sus dientes eran muy diminutos.
Sin embargo, nada más era insignificante o pequeño en este individuo. Álvaro Artiach era de complexión fortachona, su pelo rapado y la cabeza de la serpiente que asomaba a su cuello le otorgaban un aspecto realmente siniestro.
Helena recordó la primera regla básica: no mostrar miedo.
Y sonrió. Su sonrisa provocó extrañeza y cierto desarme en el hombre que la estaba devorando con su mirada azul desbordada de lujuria.
            —Bienvenida, Helena Palacios, es un placer conocerte personalmente. No imaginas cuánto me ha hablado Blas de ti.
            —Entonces tengo que suponer que tendrá muy mala opinión sobre mí.
            —¿Por qué has venido? —le increpó Blas, desesperado— ¿Por qué has tenido que venir? ¿Nunca puedes hacer algo bien?

Helena no le miró, siguió mirando a Álvaro Artiach, y aunque ya era muy consciente de la sinuosa situación laberíntica en la que se hallaban tuvo arrestos para contestar que no se hubiera perdido esa fiesta por nada del mundo.
Álvaro Artiach estalló en una de sus desagradables carcajadas. Helena vio temblar a Elisa, y a Blas forcejear intentando desprenderse de las cuerdas que sujetaban sus manos y pies.
El móvil de Helena sonó.
            —¡No contestes! —le ordenó Álvaro Artiach abandonando su oscura risotada en el acto— ¿Crees de verdad que has venido a una fiesta? No, no lo crees, no eres tonta. Eres una gata valiente, y eso me encanta y me excita.

El móvil de Blas sonó.
            —¡Deja que se vayan todos! —le pidió a Álvaro— Te daré toda mi fortuna, absolutamente toda, y no te perseguiré. Lo juro.
            —Quítate el abrigo —le dijo Álvaro a Helena ignorando a Blas—, aquí no hace frío.
            —Yo no tengo calor —se opuso Helena.

El móvil de la señora Sales sonó, pero por supuesto ella sabía que sería una locura intentar contestar a la llamada.

            —¡Quítate el abrigo! —chilló Älvaro Artiach, alterado, y apuntó con su revólver a Blas— ¿Quieres que dispare?

Helena no dudó, y se quitó el abrigo.
            —Bien, eso está mejor —sonrió Álvaro, y dejó de apuntar a Blas—. La gatita valiente también es obediente. Tienes unas bonitas piernas, unas buenas tetas, cintura de avispa y unas buenas caderas. ¡Cuánto placer me vas a dar! ¿Sabes en qué va a consistir esta fiesta? Vamos a cabalgar juntos, delante de Blas, desenfrenados. Luego te mataré, y luego mataré a Blas y a todos. ¿Te gusta mi fiestecita? ¿Te gustan mis planes?

Elisa volvió a sollozar.
            —¡No quiero morir, no quiero morir! —exclamó. aterrorizada.

Helena pensó que era ella quien iba a morir de vergüenza si aquel repugnante individuo le ponía una mano encima estando presente Blas. Pero muy pronto dejó de pensar, y se cubrió la boca con una mano creyendo que iba a vomitar cuando un disparo certero en la frente de Elisa Rey acabó con su llanto, y con su terror. También con su vida.
            —¡Estaba harto de esa llorona! —aseguró Álvaro Artiach, complacido.
            —¡MISERABLE! —gritó Blas— ¡ASESINO MISERABLE! ¿CÓMO HAS PODIDO?
            —¡Cállate o te mato a ti también!
            —¡NO! —exclamó Helena sin saber como pudo hablar. Nunca podría olvidar la expresión del rostro de Elisa ni sus últimas palabras. No quería morir, y ya estaba muerta— Primero tenemos que cabalgar... desenfrenados. Ese era su plan, y me gusta. Y estoy de acuerdo con usted, será más divertido si Blas lo presencia.

Las carcajadas de Álvaro Artiach retornaron al salón.                                                                  
                                              
                                                                                               ∎∎∎

El taxista que había llevado a Helena a casa de Blas regresó al aparcamiento del hospital. Tal vez volviera a tener la suerte de que subiera a su coche otro cliente tan espléndido como la extraña y silenciosa mujer morena.
Los soldados lo reconocieron de inmediato y lo condujeron, entre empujones, ante Arturo Corona y Jaime Palacios.
El atribulado hombre enseguida les dio la dirección que querían saber.
Arturo Corona, Jaime Palacios, y dos soldados subieron a un coche oficial que salió disparado como un cohete hacia la avenida Presidencial. Un cohete que no iba a respetar ninguna señal de tráfico.
            —Emilia nos ha debido traicionar, y debe estar contándoles toda la verdad —auguró Arturo Corona—. No cabe otra explicación.           
                    —Toda la verdad es imposible. Hay algo que Emilia nunca contaría, y hay algo que no sabe —refutó Jaime Palacios.
                    —¿A qué te refieres?
            —Todos tenemos algún secreto. Arturo. Y para que sigan siéndolo no se deben contar.
            
                                                                                               ∎∎∎

La maldad de Álvaro Artiach no era una excepción y, como todas las maldades, desconocía límites y fronteras.
El hombre, con aspecto de gorila, quiso regocijarse antes de llevar a cabo su macabro plan.
Le confesó a Blas que él le había robado y la suerte que corrieron Benito Sierra, y su hija, Rocio.
También le contó como, entre Alfredo Soriano e Ismael Cuesta, obligaron a Lucas a clavarle la navaja a Nicolás. Seguidamente le explicó lo bien que se lo había pasado con Patricia.
Para concluir se regodeó sugiriendo jugar a la ruleta rusa con Blas. Imaginaba la reacción de Helena y no se equivocó. Helena dijo que ya estaban perdiendo demasiado tiempo, que ya debían cabalgar. Y comenzó a desabrochar los botones de su blusa lentamente.
La señora Sales cerró los ojos, no quería ver aquel horror. Las lágrimas bañaban su rostro.
Blas estaba haciendo tanta fuerza para liberarse de las cuerdas que sus muñecas y tobillos sangraban.
Álvaro Artiach, como todo facineroso, cometió un error de capital importancia... su error fue perder el tiempo torturando a sus víctimas.
Y cuando Helena desabrochaba el último botón de su blusa,  Arturo Corona, Jaime Palacios y dos soldados entraron en el salón.
            —¿QUÉ ESTÁ PASANDO AQUÍ? —aullaron al unísono dos padres, descontrolados. Dos salvajes lobos feroces.
Había un tercer lobo en este salón, todavía amarrado, muy salvaje y muy feroz. Un lobo muy herido, ansioso por cumplir el juramento de matar al que un día fue su amigo... al gorila con la cabeza de serpiente tatuada en el cuello.

Págs. 1139-1147


Próxima publicación... un jueves de octubre

En esta última etapa de la novela recordaremos alguna canción que ya publiqué... Hoy la elegida es "Blanco y Negro" de Malú






Queridos lectores de El Clan Teodoro-Palacios, es una alegría estar de nuevo con vosotros... espero que hayáis pasado unos meses agradables
Creo que Ginger ha presentado bien esta última parte ;-) Incluso os ha dicho como acaba ;-)
Yo no os lo voy a decir... Todo lo contrario, intentaré no daros ninguna pista sobre lo que va a suceder... Prometo lograrlo, y las promesas las cumplo
Si alguien no entiende o no recuerda algo... solo tiene que decírmelo 
Por ser la última parte, únicamente os avisaré de la llegada del último capítulo
Y, bueno, con la lectura de este capítulo ya ha comenzado el desenlace, ya estamos rumbo hacia el último puerto... Feliz travesía, Feliz lectura
Mela
Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License. Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.