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EL CLAN TEODORO-PALACIOS

SEGUNDA PARTE

EL CLAN TEODORO-PALACIOS

TERCERA PARTE

martes, 30 de octubre de 2012

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 20




Maleta de Recortes







CAPÍTULO 20

UN BUEN ALTERCADO


N
atalia y sus amigas estaban desconcertadas, no entendían qué había podido suceder entre Nicolás y el marido de Gabriela.
        —No hagas ninguna tontería —le recomendó su prima, juiciosamente—. Si le tirases una botella a ese hombre, tiemblo al imaginarme lo que Blas te haría a ti.
Nicolás miró a su tutor. Parecía haberse relajado; estaba hablando con Elisa y con la señora Emilia, y los tres sonreían.
          —¡Ya entiendo lo que ha pasado! —exclamó Natalia, sin levantar la voz—. No has querido bajar al pueblo con nosotras y, sin embargo, has salido de la terraza. Ese hombre ha debido verte y, ahora, tienes miedo de que se lo comenté a Blas. ¿Me equivoco?
          —Te equivocas de cabo a rabo y déjame en paz —contestó su primo, enfadado.   No obstante, no le pareció raro que aquel individuo dijera que le había visto paseando por la urbanización. Recordó haberle dicho que no podía salir porque estaba castigado, seguramente a aquel salvaje le encantaría situarle en un serio apuro con su tutor. El muchacho apretó sus puños con fuerza. Ese hombre debía tener la cara muy dura para presentarse en su casa después de la paliza que le había asestado.
Tras probar diferentes tartas, Elisa preguntó a los niños si no tenían curiosidad por abrir sus regalos. Las chiquillas corrieron hacia el árbol, los adultos las siguieron. Nicolás no se movió de la silla. El señor Teodoro se percató de ello, se acercó al chaval y se sentó a su lado. El niño permanecía muy serio, mirando fijamente hacia delante.
          —¿No vas a abrir tus regalos? —inquirió el hombre con suavidad.
          —No quiero ningún regalo —respondió Nicolás, contrito. 
          —Nico, ¿qué es lo que te pasa? —indagó su tutor, pacientemente—. No tiene ningún sentido que te hayas puesto de tan mal humor porque vaya a venir el marido de Gabriela. ¿No comprendes que Estela y Gabriela son nuestras vecinas y amigas?
El niño siguió mirando hacia delante, para terminar declarando:
              —Quiero irme a la cama.
         —¡Te irás a la cama cuando yo lo diga! — se enojó su tutor—. No te atrevas a moverte de tu silla o te pongo la oreja derecha tan roja como la izquierda.
El señor Teodoro se levantó y fue a reunirse con las niñas y las mujeres.
             —¿Qué le pasa a Nico? —preguntó la señora Emilia, desazonada.
          —Tiene ganas de darme la noche —repuso su hijo, disgustado—. No vayas a mimarlo, está en un plan muy tonto. Lo mejor es no hacerle caso, ya se le pasará.
Sin embargo, el señor Teodoro no pudo disfrutar de sus regalos; ver a Nicolás en aquel estado extraño no le permitía gozar de la fiesta. Los regalos del chiquillo se quedaron solitarios alrededor del árbol. Todos volvieron a sus asientos; las niñas estaban alegres y entusiasmadas. Nicolás continuaba hosco y no prestaba atención a los comentarios de las muchachas.
          —¿Sabes una cosa? —dijo Bibiana, queriendo animarle—. Antes, cuando dormías en el sofá, Blas se ha arrimado a ti y te ha dado un beso en la cabeza.
Nicolás la miró, incrédulo.
          —Tú has debido soñar eso —declaró.
          —¡Claro que no! —prorrumpió la chiquilla—. Nat y Paddy también lo han visto.
Las aludidas asintieron.
          —Blas te adora, Nico —terció Patricia—. ¿Cómo puedes ser tan borrico y no darte cuenta? Estoy segura de que el tajo que se ha hecho en la mano es porque está muerto de preocupación por ti.
Nicolás miró a su tutor que, en aquel instante, también lo estaba mirando. Los ojos oscuros de ambos se encontraron. El señor Teodoro seguía inquieto por la actitud insociable del niño. A continuación, el chiquillo reparó en su mano vendada y se dejó llevar por un impulso que no pudo dominar. Se levantó de la silla y se acercó a su tutor.
          —¿Te has hecho daño? —le preguntó, muy amable.
Durante unos segundos el señor Teodoro no supo qué responder.
          —No ha sido nada —manifestó, finalmente—. Un simple corte.
          —¿Ha sido por culpa mía?
          —No, Nico —negó el hombre de inmediato—. No ha sido por tu culpa. Tenía la cabeza en otro sitio y no me he fijado en lo que hacía.
          —No volveré a tomarme ningún medicamento sin pedirte permiso —le  aseguró el chaval.
          —Me alegra oírte decir eso. ¿Ya se te ha pasado la rabieta?
          —¿Puedo abrir mis regalos ahora? —interrogó el crío sin contestar.
          —Por supuesto —concedió su tutor, muy aliviado, por el repentino cambio en el comportamiento del niño.
Sin embargo, Nicolás no tuvo tiempo para abrir sus llamativos paquetes. El momento temido por el muchacho llegó.
Alguien golpeó la puerta de la cocina, escandalosamente. El señor Teodoro se levantó para recibir a las visitas y no advirtió la crispación que se retrató en el rostro del jovenzuelo.
Nicolás se situó en un lugar del salón, desde el cual podía ver la entrada a la cocina. El primero en pasar fue el señor Francisco con la cara muy colorada. Debía haber comido y bebido bastante; le seguía su mujer, la señora Marina, que parecía tan nerviosa como de costumbre. Jaime y Julián saludaron al señor Teodoro y le entregaron una hoja, que el joven dobló y guardó en uno de sus bolsillos.
Nicolás vio a una Gabriela angustiada y, por fin, vio al salvaje que lo había maltratado. Observó cómo Blas estrechaba su mano y sintió una infinita rabia. Su tutor estaba dándole la mano a una bestia que le había golpeado brutalmente. No quiso reconocer que el señor Teodoro no sabía nada de lo sucedido. Se encaminó a su silla y se sentó, muy irritado.
          —Blas es idiota —insultó, furioso.
Las tres niñas lo miraron, alertadas.
          —¡Haz el favor de calmarte y no volver a empezar!—le previno Natalia—. Hasta ahora has tenido mucha suerte. Si sigues así, te la vas a acabar ganando esta noche. Cierra la bocaza o te la cerrará Blas de un sopapo.
Nicolás, muy obstinado y hostil, cogió la botella de sidra y llenó su vaso. Comenzó a beber el zumo de manzanas de baja graduación atropelladamente.
El señor Francisco entró en el salón y se fijó en el muchacho.
          —Bebe con más calma, Nico —rió el hombre—, o te acabarás emborrachando.
El señor Teodoro, que entraba en el salón detrás del señor Francisco, lanzó a Nicolás una mirada fulminante. Vertiginosamente se presentó ante el chiquillo y le arrebató el vaso.
          —Te he dicho que no bebas sidra —le reprendió en voz queda, pero muy soliviantado—. No me hagas montar una escenita delante de nuestros invitados. Luego hablaremos tú y yo.
Dicho esto se llevó el vaso de Nicolás y dos botellas de sidra que se hallaban sobre la mesa de los niños. Vaso y botellas quedaron ubicados en la mesa de los mayores.
          —Esta noche vas a dormir calentito por gilipollas  —vaticinó Natalia, encrespada.
Jaime y Julián se sentaron con los muchachos. Estaban deseando que el señor Teodoro leyera el informe que habían elaborado sobre la investigación llevada a cabo por la tarde.
La señora Emilia y Elisa se alegraron de conocer al señor Salvador Márquez, el marido de Gabriela, y le dieron un par de besos. Nicolás sintió que se le revolvía el estómago.
         —Ese tipo es feísimo —criticó Patricia, refiriéndose a Salvador—. Es un narizotas.
             —Es un cerdo —declaró Nicolás con acritud.
          —Cállate —le avisó Natalia—. Blas no te quita la vista de encima desde hace rato.
Así era, el señor Teodoro vigilaba a Nicolás y se dio perfecta cuenta de que el niño miraba, con auténtica repulsión, al marido de Gabriela. El joven no podía saber el motivo pero, no cabía duda, de que tenía que existir un motivo.
El señor Francisco hablaba y hablaba, mientras bebía cava y comía trozos de turrón. Marina, su esposa, se abanicaba ya que se sentía un poco sofocada. Gabriela se mantenía callada y mohína. Su marido, por el contrario, reía continuamente ante los comentarios y declaraciones del señor Francisco e iba atiborrándose de champán.
Repentinamente se giró y miró directamente a Nicolás, como si hubiese notado los ojos del niño clavados en su perfil. La mirada del muchacho se tornó desafiante y, en ningún momento, la apartó del hombre. Salvador Márquez se puso en pie y fue avanzando hacia la mesa que ocupaban los chavales. El señor Teodoro no pudo evitar ponerse en guardia y siguió cada uno de los movimientos del adulto. El señor Márquez manoseó la cabeza de los hermanos pelirrojos y seguidamente se dirigió a las niñas.
          —Las tres sois muy guapas —dijo sonriendo, pretendiendo caer bien. Pero, a ninguna de las pequeñas les gustó aquel hombre. Apreciaron que en las mejillas y en la frente tenía rasguños que parecían ser recientes—. Aquí tienes todo un harén —añadió, mirando a Nicolás—, seguro que te gusta alguna de estas  preciosidades. ¿O te gustan las tres?
El niño no contestó y le miró con rencor. El señor Teodoro no perdía detalle de lo que estaba sucediendo. El señor Márquez se acercó más a Nicolás.
          —¿Qué pasa, zagal? —preguntó en tono sardónico—. No pareces muy contento. ¿Te has portado mal y Papá Noel se ha olvidado de ti?
El hombre levantó la mano con el propósito claro de dar una palmada en la espalda del chico. Nicolás, con un movimiento rápido, le sujetó la muñeca y se la retorció.
          —¡NO ME TOQUE, CABRÓN! —le gritó con fiereza.
Por descontado, todos le oyeron. El señor Francisco se atragantó y escupió champán que salpicó, gran parte, sobre los dulces que había en la mesa. Después tuvo un acceso de tos, estentórea. ¡Aquel chico del demonio se había emborrachado sin duda! ¡Tal vez tenía la intención de atacarles!
La señora Marina, mucho más sofocada, buscó en su bolso un tranquilizante. El señor Teodoro, pasmado, se levantó lentamente de su silla. La señora Emilia le sujetó un brazo.
          —¡Hijo, por Dios! —le rogó—. No pierdas los estribos. Envía al niño a la cama y asunto concluido. Mañana será otro día.
          —¡NICO! ¡Suelta enseguida la mano de ese señor!—le ordenó, altamente desconcertado y trastornado.
El chiquillo obedeció y Salvador se masajeó la articulación dañada. ¡Ese maldito muchacho tenía una fuerza increíble!
          —No ha pasado nada —dijo al señor Teodoro—. A esta edad, los chicos están muy rebeldes. Hay que quitarle hierro al asunto y seguir con la fiesta.
          —¡No estoy de acuerdo! —aulló el señor Francisco—. ¡Esto ha sido una agresión contra la persona de usted! ¡Este muchacho es un peligro!
Natalia, Patricia y Bibiana estaban muy nerviosas y preocupadas por Nicolás. El niño, lejos de estar acobardado, miraba a Salvador Márquez con repugnancia.
          —¿Me puedes explicar qué te pasa? —indagó el señor Teodoro yendo sin prisa hacia el menor.
El marido de Gabriela hizo un amago de detenerlo, pero el señor Teodoro lo apartó a un lado.
          —¡Te he dicho que me expliques qué te pasa! —exigió el joven a Nicolás.
El niño miró a su tutor, lo notó confundido y desorientado.
          —¡ESE CERDO IBA A PEGARME EN LA ESPALDA! — fue la única y simple explicación que dio.
El señor Teodoro no podía, de ninguna manera, dar crédito a lo que estaba escuchando.
          —¿Qué tonterías estás diciendo, Nico? —exclamó, empleando un tono estremecedor—. Este señor iba a darte una palmada amistosa y, ahora, yo voy a darte una palmada nada amistosa. ¿Comprendes la diferencia?
Nicolás se asustó, sabía que no podría resistir un golpe en su magullada espalda.
          —¡No, Blas, por favor! —le pidió, muy alterado—. ¡Pégame donde quieras, en la espalda no! ¡Me he caído y me he hecho daño, me duele mucho!
El señor Teodoro ya había alzado la mano para propinarle un buen manotazo. Detuvo su mano en el aire y no llegó a rozar la espalda del crío.

Págs. 139-146                                                                                                             

domingo, 28 de octubre de 2012

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 19




Maleta de Recortes







CAPÍTULO 19

NOCHEBUENA


B
ibiana se fijó en cómo el señor Teodoro se asomaba cada dos por tres y miraba en dirección al sofá donde reposaba Nicolás. La niña suspiró pensando que en su casa nadie se hubiera enterado si había ingerido o no, tres aspirinas. Y si se hubiesen enterado, no le habrían dado importancia alguna. Sin embargo, Blas parecía muy preocupado. Nicolás, sin saberlo ni apreciarlo, tenía suerte. ¡Cuánto le gustaría importarle tanto a alguien!
Terminó por pensar que el verdadero padre de Nicolás debía ser un buen hombre, de lo contrario, no creía que el señor Teodoro accediera a entregarle el chiquillo.
Al cabo de un rato, el joven fue al salón llevando  un vaso de leche. Se agachó junto a Nicolás y le apartó el cojín que cubría su cabeza.
          —¡Déjame en paz, Nat! —exclamó el chiquillo, malhumorado—. ¡Y dame mi cojín!
La aludida frunció el ceño, ofendida. El niño giró la cabeza y entonces se dio cuenta de su error.
          —Tómate la leche —le dijo su tutor con firmeza.
Nicolás se ladeó, se incorporó un poco procurando no hacer muecas de dolor. No quería que el señor Teodoro descubriera su espalda herida. Cogió el vaso y bebió el blanco líquido. Al acabar, devolvió el vaso a su tutor.
          —¿Cómo te encuentras? —le preguntó éste.
          —Estoy bien —mintió el chico.
          —Pues no haces buena cara —afirmó el hombre, inquieto—, sigue echado hasta la hora de cenar. ¡Dichoso crío! ¡Vas a darme la noche!
Nicolás cogió el cojín, se acostó de nuevo, y volvió a taparse la cabeza. El señor Teodoro se marchó, agitado.
Al chiquillo le hubiese gustado ir al cuarto de baño y coger el botiquín pero no se atrevió. Aquel cuarto de baño estaba junto a la cocina, demasiado cerca de Blas. Temía que su tutor lo acabara desenmascarando. Pensó que por la noche, cuando todos durmieran, bajaría a curarse.
Poco después, el señor Teodoro colocó otra mesa en posición paralela a la que había en el salón. La nueva mesa era menos alargada y en ella cenarían los niños. Patricia pudo ver la mano izquierda del hombre, vendada. Sin duda, debía haberse cortado. Tras ubicar la mesa, se aproximó a Nicolás, le quitó el cojín que le resguardaba la cabeza y comprobó que el jovencito se había dormido. Se puso en cuclillas y lo contempló un momento. Seguidamente, y ante la sorpresa de las niñas, le dio un beso en su ondulado cabello. Patricia sintió verdaderos celos. ¡Cómo le hubiese gustado que aquel apuesto joven la besara a ella!
A continuación, el señor Teodoro se levantó, miró a las muchachas y les guiñó un ojo, sonriendo.
          —No le digáis nada. Guardadme el secreto —susurró.
Con este gesto, Bibiana tuvo una nueva prueba de lo mucho que el señor Teodoro quería a Nicolás.
Cerca de las nueve, las mesas del salón rebosaban de fuentes y platos, llenos de suculenta y apetitosa comida. Emilia despertó a Nicolás y el muchacho tomó asiento en compañía de las niñas. No tenía apetito, se sentía mareado y la espalda seguía doliéndole. Tendría que esforzarse bastante con el fin de que nadie sospechara que se encontraba mal.
Patricia y Bibiana no recordaban haber visto nunca tanta comida y no sabían por dónde empezar. Natalia pisó a propósito un pie de Nicolás y le sonrió con picardía. El chiquillo le devolvió el pisotón e inmediatamente empezó una batalla de patadas por debajo de la mesa. Patricia y Bibiana se unieron al juego, que también consistió en bombardearse con aceitunas.
El señor Teodoro se alegró y se tranquilizó un tanto, viendo a Nicolás disfrutar con la fiesta, a pesar de que continuaba advirtiendo un color amarillento en el semblante del niño que no le gustaba un ápice.
Natalia pidió a su primo que descorchara una botella de sidra. Nicolás lo hizo, encantado, y el tapón salió disparado hasta chocar con un cuadro.
El señor Teodoro descorchó una botella de cava. La señora Emilia meneó la cabeza, mortificada.
          —Blas —dijo al joven—, no dejes que Nico beba sidra. Podría sentarle mal, recuerda que ha tomado tres aspirinas. Y ponle comida en el plato, no está comiendo nada. Sólo está jugando y haciendo payasadas. No le veo buen aspecto, ponte un poco serio con él.
El señor Teodoro dirigió su mirada al chiquillo que, en aquel momento, se reía. Le supo mal tener que "guillotinarle" la fiesta pero su madre tenía razón; el semblante del niño continuaba macilento. Se levantó de su silla y se aproximó a la mesa de los chiquillos. Apartó la copa de sidra de Nicolás.
          —No quiero que bebas sidra —advirtió al muchacho—. Aspirinas y alcohol no es una buena combinación.
Seguidamente, le puso carne en un plato y pescado, en otro. Nicolás se horrorizó, hubiese preferido tortilla o pizza.
          —Ya vale, Blas —se quejó—. No voy a comer tanto.
          —Te lo comerás todo —dijo el hombre, rotundo.
Nicolás, obstinadamente, dijo que no moviendo la cabeza de un lado a otro.
          —¿Ah, no? —interrogó su tutor—. ¿Quieres sentarte en la otra mesa, a mi lado? ¿Quieres ver si te lo comes o no te lo comes?
El niño no tardó en dar una respuesta.
          —Está bien, me lo comeré todo —accedió, resignado.
El señor Teodoro le puso delante un vaso y una botella de agua y se llevó la copa de sidra. Miró a su madre que asentía con gesto aprobador. Elisa encendió la tele, estaban emitiendo un programa de humor. Nicolás no tardó en reírse  junto con las niñas, oyendo los chistes, y olvidó su reciente contratiempo. No era un chico rencoroso y no le solían durar demasiado sus enfados. Bibiana vigilaba a los adultos, especialmente al señor Teodoro y cuando nadie miraba, quitaba un trozo de carne o de pescado de los platos de Nicolás, ayudándolo a terminar con su cena.
          —Gracias, Bibi—le sonrió el chiquillo, agradecido.
Más tarde, el señor Teodoro fue al garaje y regresó cargado con un saco grande. Extrajo paquetes envueltos, con detalles navideños, y los colocó alrededor del abeto engalanado con cintas de colores e iluminado con más de doscientas bombillitas, que se encendían y apagaban alternativamente. Los niños pensaron que el hombre se asemejaba a  Santa Claus sin disfraz.
          —A partir de las doce, podéis abrir vuestros regalos—les anunció, contento e ilusionado—. Creo que hay para todos, hasta para mí —. El joven se rió.
Patricia y Bibiana se sentían muy a gusto, no recordaban haber pasado una Nochebuena tan feliz. Bibiana pensó que Natalia y Nicolás eran unos chicos afortunados, aunque a Nicolás le quedaba poco. ¿Cómo sería su verdadero padre? No podía creer que pudiera ser mejor que Blas. Blas era un hombre recto que lo castigaba a menudo, pero también demostraba que se preocupaba muchísimo por él y Bibiana tenía la certeza de que lo quería un montón. Elisa era una mujer independiente a quien le gustaba pintar y evitar problemas. La niña creía, que por esta razón, consentía tanto a Natalia.
          —¿A qué hora nos podremos acostar hoy? —preguntó Patricia.
          —Yo no pienso acostarme hasta las cinco —declaró Natalia—. Pero no creo que Blas deje tanto rato a Nico. Y mucho menos después de la tontería que ha hecho tomándose tres aspirinas. Si se ha librado de un buen castigo es porque hoy es Nochebuena y mañana, Navidad.
Nicolás lanzó una mirada fulminante a la niña.
          —No me mires así —le dijo Natalia, enfadada—. ¿A quién se le ocurre, por un simple dolor de cabeza, tomar tanta aspirina?
          —¡Déjame en paz y cállate! —respondió el chiquillo, molesto.
En aquel momento, sonó el teléfono; el señor Teodoro atendió la llamada. Después de colgar, miró a Elisa y a la señora Emilia.
            —Era Francisco —informó—. Ha dicho que vendrán él, su mujer y los niños a pasar un rato con nosotros. Ha llamado a Estela, pero está acostada porque tiene un poco de fiebre. Vendrán Gabriela y su marido.
          —¡Vaya, voy a quedarme sin ver a mi amiga esta noche! —comentó la señora Emilia, apenada—. ¡Pobre Estela! Ha debido enfriarse, hace mucho frío. Tal vez, por eso, ha declinado mi invitación de cenar con nosotros. ¡Bueno, por fin conoceremos al marido de Gabriela! Hace dos años que se casó y todavía no lo hemos visto.
Bibiana se percató de que el semblante de Nicolás cambió de expresión y que todo su cuerpo se tensó.
          —¿Por qué tiene que venir ese hombre? —preguntó, furioso.
Todos le miraron, extrañados.
          —¿A qué hombre te refieres? —indagó el señor Teodoro, perplejo—. ¿A Francisco o al marido de Gabriela?
          —¡Al marido de Gabriela! —respondió Nicolás en el mismo tono furioso.
El señor Teodoro no podía entender la furia del chiquillo.
          —¿Y por qué no va a poder venir? —interrogó.
          —¡Porque no lo conocemos de nada! ¡Es un extraño! —declaró el niño, muy airado—. ¡No me gustan los desconocidos y no quiero verlo!
El señor Teodoro se mordió el labio inferior mirando a Nicolás con impaciencia.
          —¡No digas más tonterías, Nico! —le gritó, enfadado—. Conocemos a Gabriela y es normal que quiera presentarnos a su esposo.
          —¡Pues yo no quiero conocerlo! —insistió el chico, tozudo.
        —¡Tú lo que vas a hacer es callarte de una vez! —exclamó el señor Teodoro, desconcertado y muy enervado—. Todavía tienes una oreja roja, espero que no quieras que te ponga la otra del mismo color.
          —¡Cállate, Nico! —aconsejó Natalia, bisbiseando—. ¿Estás imbécil? ¡Cállate y no contestes!
El muchacho miró a su tutor y apreció que éste lo acechaba con ojos incendiarios. Razonó que Natalia tenía razón, lo más sensato que podía hacer era callarse.
Bajó la cabeza y no volvió a decir nada. El señor Teodoro dejó de mirarle, cogió su copa y vertió en ella un poco de champán que bebió de un trago.
          —¿Por qué te has puesto así? —preguntó Bibiana a Nicolás, susurrando.
          —Ese hombre es un cerdo —aseguró el chico en voz muy baja, evitando que su tutor le oyera.
Natalia, Patricia y Bibiana se miraron, confusas.
          —¿Acaso lo conoces? —quiso averiguar Natalia.
Nicolás asintió en silencio.
          —Lo he conocido esta tarde —manifestó entre murmullos—. No sé si voy a poder soportar verle sin estrellarle una botella en la cabeza. No debéis decir nada, le prometí a Gabriela no contar nada.

Págs. 131-137                                                                                                              

jueves, 25 de octubre de 2012

EL CLAN TEODORO-PALACIOS CAPÍTULO 18





Maleta de Recortes










CAPÍTULO 18

TRES ASPIRINAS


N
o había nadie en la cocina, Nicolás abrió un cajón donde sabía que se guardaban medicamentos. Tenía totalmente prohibido coger ningún fármaco por su cuenta, pero la espalda le dolía mucho. Estaba desesperado, necesitaba tomar algún tipo de calmante. Rebuscó entre las cajas; lo que más conocía eran las aspirinas. Cogió tres, efervescentes. Las metió en un vaso de agua y cuando dejaron de burbujear, bebió el líquido.
No pensó en volver a cerrar el cajón, enjuagar el vaso y tirar los envoltorios de las tabletas. Estaba aturdido y tenía prisa. Fue al salón en busca de la señora Emilia, no se hallaba allí. Se dirigió a su habitación, la luz que penetraba del salón le guió hasta la cama donde reposaba la mujer.
          —Emilia —llamó el niño, procurando controlar el tono de su voz.
La madre del señor Teodoro se despertó.
          —¿Qué pasa, cariño? —preguntó, un poco alarmada—. ¿Me he dormido? ¿Son más de las seis?
          —No —contestó el chiquillo—. ¿A qué hora estará preparada la cena?
          —Sobre las nueve.
         —Tengo algo de sueño y estoy cansado —dijo el muchacho—. He jugado mucho. Quería pedirte permiso para quedarme en mi habitación. Me pondré el despertador y bajaré a las nueve.
          —Está bien, tesoro, vete a descansar —concedió la mujer sin sospechar nada—. Ya se lo diré a Blas.
El chiquillo salió de la habitación, miró su reloj. Eran las seis menos cinco. Apoyándose en el pasamanos, intentó subir las escaleras con rapidez. Llegó a la primera planta; el corazón le latía con fuerza, temía que en aquel momento saliera Blas. No salió. Llegó a la segunda planta y, por fin, entró en su habitación. Cerró la puerta. Con sumo cuidado se quitó la camiseta. Estaba mojada, y también manchada de tierra y sangre.
Se agachó, manteniendo la espalda recta, y tiró la camiseta debajo de la cama. Luego caviló que lo más conveniente sería lavarla. Tuvo que agacharse más e inclinar la espalda para alcanzar la prenda. Sintió un dolor terrible. Se levantó, notando que se mareaba. Tambaleándose, cogió un pijama y se encerró en el cuarto de baño. Se puso de espaldas al espejo y volvió la cabeza, queriendo ver su dorso. Descubrió numerosos círculos ovalados, más oscuros por el borde y enrojecidos por el centro. Parecía como si los eslabones de la cadena hubiesen sido tatuados en su espalda. También advirtió adarmes de sangre en algunas zonas rojizas. Pensó en el botiquín, pero no podía ir a buscarlo. Estaba en el cuarto de baño de la planta baja, entre el salón y la cocina. Era imposible bajar, todos debían estar levantados ya. Tuvo ganas de vomitar.

El señor Teodoro fue el primero que entró en la cocina; de inmediato vio el cajón de las medicinas, abierto, y las cajas revueltas. Extrañado, comenzó a ordenarlas. Enseguida reparó en las tres envolturas de las aspirinas y el vaso con residuos de éstas. El hombre se quedó pensativo y, en aquel momento, llegaron las niñas.
          —¿Qué tal por el pueblo? —les preguntó.
          —Muy bien —respondió Natalia, contenta—. ¿Y Nico? —interrogó a continuación.
          —¿No está en la terraza? —se sorprendió el señor Teodoro.
          —No, no está en la terraza —respondió la señora Emilia que entraba a la cocina en ese instante—. Está en su habitación. Ha estado mucho rato jugando y necesita dormir un poco.
          —Vamos a verlo —decidió Natalia y sus amigas la siguieron.
          —Mejor sería que lo dejarais dormir —dijo la señora Emilia, pero las niñas no hicieron caso.
          —Mamá, ¿te has tomado alguna aspirina? —indagó el señor Teodoro.
          —No, cariño —contestó la mujer—. ¿A qué no sabes lo que me ha dicho Nico esta tarde?
          —Si no me lo dices, no lo voy a saber —manifestó el joven.
          —Me ha dicho —empezó a contar la mujer, bajando la voz a un tono confidencial—, que sí que le gustaría que tú fueses su padre. Cuando comíamos le ha dado vergüenza reconocerlo delante de ti. El niño piensa que si tú fueras su padre, lo querrías y lo castigarías menos.
          —¿Eso te ha dicho? —sonrió el señor Teodoro meneando la cabeza.
Elisa llegó poco después y el señor Teodoro le preguntó si había tomado alguna aspirina. La respuesta fue negativa.
          —¡Qué manía te ha dado por las aspirinas! —exclamó la señora Emilia, mosqueada— ¡Vamos a ponernos a trabajar, hay mucho que preparar!
          —Mamá, alguien se ha tomado tres aspirinas —explicó el señor Teodoro, mostrándole los envases de las mismas. Seguidamente, los tiró al cubo de la basura —. Si no hemos sido nosotros, han tenido que ser los niños. Espero que no haya sido Nico, le tengo dicho que no quiero que se tome nada sin decírmelo.
          —Bueno, si faltan tres aspirinas, habrán sido las niñas —dedujo su madre.
          —¿A las tres, a la vez, les ha dolido la cabeza? —se extrañó Elisa.
 Natalia regresó, hecha una furia. Patricia y Bibiana se habían quedado en el salón.
          —¡Nico es un imbécil! —chilló, enfadada—. Está en el cuarto de baño, nos ha gritado que le dejemos en paz, que somos unas pesadas y que no tiene ganas de vernos. Que le duele la cabeza y que nos vayamos a coleccionar zurullos…
          —¿Te ha dicho que le dolía la cabeza? —indagó el señor Teodoro, vehemente, interrumpiendo la perorata de Natalia.
La muchacha asintió.
          —¿Tú o tus amigas os habéis tomado alguna aspirina? —volvió a preguntar, aunque imaginaba la respuesta.
La niña, bastante perpleja, respondió negativamente. No comprendía la reacción del señor Teodoro. El hombre abandonó la estancia apresuradamente.
          —¡Ya está! —exclamó la señora Emilia, abatida—. ¡Ya va mi hijo hecho un basilisco! Al pobre Nico, si le dolía la cabeza, le va a doler mucho más.
          —Emilia, comprende que no está bien que se haya tomado tres aspirinas. Con una, era más que suficiente —dijo Elisa, defendiendo el enojo del señor Teodoro.
Natalia se marchó de la cocina y se reunió con sus amigas en el salón, pensando que calladita estaba más guapa. A buen seguro, había puesto en serios aprietos a su primo. Narró a Patricia y a Bibiana lo sucedido.
El señor Teodoro subió los peldaños de las escaleras de cuatro en cuatro. Entró en la habitación de Nicolás como un ciclón; el niño no estaba en la cama. Fue al cuarto de baño y abrió la puerta con brusquedad. El chiquillo, vestido con un pijama, estaba terminando de enjuagar la camiseta que había lavado con gel.  Levantó la cabeza y vio, reflejada en el espejo, la imagen de su tutor. La expresión de su cara no indicaba que estuviera de muy buen humor.
          —¿Qué estás haciendo? —le preguntó con rudeza.
El muchacho tragó saliva, asustado.
          —Nada —contestó.
El señor Teodoro le quitó la camiseta recién lavada, y la estrujó con una mano hasta dejarla sin una gota de agua. 
     —¿Y esto qué es? —preguntó, de nuevo, colocando la camiseta a la altura del  rostro de Nicolás.                                                                                                     
El crío tragó saliva otra vez.                                                                                                         
         —Se me ha ensuciado mucho, la he lavado para que nadie me riña —se inventó.
El señor Teodoro arrojó la camiseta al lavabo y ordenó al niño secarse las manos y salir del cuarto de baño. Nicolás obedeció sin entender qué sucedía. ¿Acaso el hombre salvaje había ido a hablar con Blas y le había contado toda clase de mentiras?
Se sentó en la cama evitando la mirada de su tutor. Estaba tan nervioso, que la espalda le dolía menos. O quizás las aspirinas ya estaban haciendo efecto. El señor Teodoro lo observaba muy serio, sin decir nada.
          —¿Qué pasa? ¿Tienes sueño? —le preguntó con aspereza.
El niño asintió.
          —Le he pedido permiso a Emilia para quedarme aquí, hasta la hora de la cena.
          —Eso me parece muy bien —aprobó el hombre, cruzando los brazos—. ¿Y a quién le has pedido permiso para tomarte tres aspirinas? —interrogó,  muy enojado.
Nicolás se sobresaltó. Estaba más que claro que su tutor sabía, a ciencia cierta, que había cogido las pastillas.
          —A nadie —contestó con un hilo de voz—. Es que me dolía mucho la cabeza y estabais todos durmiendo. No quería molestaros. No volveré a hacerlo.
      —¡Nico, Nico, Nico! —exclamó el señor Teodoro, irritado—. Deberías haberme despertado. ¡En mala hora me fui a acostar! Sabes de sobra que te tengo absolutamente prohibido auto medicarte. ¡Y encima te tomas tres aspirinas! ¿No tenías bastante con una? ¡Eres un irresponsable! No me extraña que estés muerto de sueño, los medicamentos tomados sin control provocan somnolencia, incluso cosas peores. Debería ponerte el trasero más rojo que un tomate, eso es lo que debería hacer.
          —Pues hazlo, ¿qué más da? —musitó el niño.
El señor Teodoro le oyó perfectamente.
          —¿Qué dices? —preguntó, a pesar de haberle escuchado muy bien.
El crío no abrió la boca.
          —No puedes quedarte aquí —declaró el señor Teodoro—. Tengo que ayudar en la cocina y no puedo subir a verte cada dos por tres. Baja conmigo al salón.
          —Emilia me ha dado permiso para quedarme aquí  —replicó el chiquillo.
Su tutor se esforzó por no perder la calma al completo.
          —No me importa lo que te haya dicho mi madre, ella no sabía que  habías tomado las aspirinas —manifestó—. Te repito, por última vez, que bajes conmigo al salón. Quiero verte de vez en cuando, para comprobar que estás bien y estar tranquilo. Puedes dormir en un sofá.
Nicolás, muy terco, se negó. Sabía de sobra que no iba a salirse con la suya, pero estaba rebotado por la paliza que le había dado el marido de Gabriela.
El señor Teodoro perdió la calma al completo.
          —¡Ya lo creo que vas a bajar!—aseguró, fuera de sí.      Se acercó al chiquillo y lo levantó de la cama, posteriormente lo cogió de una oreja. De esta forma, lo sacó de la habitación forzándole a bajar las escaleras. Nicolás creyó que su tutor iba a quedarse con su oreja en la mano.
Cuando llegaron al salón, lo condujo hasta un sofá y lo obligó a sentarse. Después liberó su oído. El muchacho se frotó su dolorida y enrojecida oreja. Las niñas estaban presentes y vieron lo que sucedía. Ninguna dijo nada.
          —Túmbate y no se te ocurra moverte de ahí, hasta que yo te lo diga —le ordenó el señor Teodoro.
Esta vez, Nicolás, obedeció en el acto. Se le habían esfumado las ganas de replicar. Más le hubiera valido obedecer desde un principio. Lo único que había conseguido era que su pobre oreja le ardiera. Se echó en el sofá, boca abajo, y se tapó la cabeza con un cojín.
El señor Teodoro era el responsable de que, pese a tener quince años recién cumplidos, el muchacho tuviese la inocencia de un niño de diez, ya que ejercía sobre él una protección desmesurada hasta el punto de no permitirle dar un paso sin allanar el camino de antemano.   
El hombre lo estuvo mirando durante unos instantes y luego se fue hacia la cocina. En cuanto entró, su madre y Elisa le vieron muy mala cara.
          —¡Ya has debido pasarte con el chiquillo! —exclamó la señora Emilia, enfadada.
El joven guardó silencio, cogió un cuchillo de considerable tamaño y comenzó a filetear unos gruesos entrecots.
En el salón, Natalia, Patricia y Bibiana no osaron decirle nada a Nicolás. El muchacho permanecía acostado sin moverse y con la cabeza escondida debajo del cojín. Tenía unos grandes deseos de llorar y desahogarse, pero no quería hacerlo en presencia de las niñas. Como pudo, se tragó las lágrimas.

Págs. 123-130
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