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EL CLAN TEODORO-PALACIOS

SEGUNDA PARTE

EL CLAN TEODORO-PALACIOS

TERCERA PARTE

jueves, 28 de mayo de 2015

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 116



























CAPÍTULO 116

LA PROPUESTA DE MARCOS



   —¡D
eberíamos marcharnos de Aránzazu hoy mismo! exclamó Matilde Jiménez, visiblemente alterada ¡No puedes regresar al instituto!
Sus temerosas palabras iban dirigidas a Helena Palacios. Durante el transcurso de la comida se había mantenido callada, pero finalizada la misma le resultaba imposible seguir ocultando su inquietud.
            ¿Qué te ha dicho Paula esta vez?
            Que tu padre y don Arturo Corona van a visitar el instituto el próximo viernes. ¿Te parece poco? ¿Qué te pasa, Helena, has perdido el juicio?
            ¡Tú y Paula siempre muertas de miedo! ¿Cómo podéis vivir así? No es necesario que me vaya de la ciudad, podría no ir al instituto ese día…
            ¿Podrías? se escandalizó Matilde ¿Es que piensas en la posibilidad de ir?
            Pues sí, pienso ir declaró Helena Palacios con la mayor tranquilidad Según nos ha explicado el jefe de estudios, mi padre y el repugnante dictador quieren darles una conferencia a los alumnos. Quiero ver y oír de primera mano lo que allí se dice.
Matilde Jiménez se ahuecó su corto cabello en un ademán nervioso.
            ¡Sin duda te has vuelto loca de remate, has perdido el norte! exclamó con pesar ¿Eres consciente del peligro que corres y al peligro que nos expones a todos? ¿Has pensado en la pobre Paula, en el riesgo que corre por ayudarte? ¿Te importa alguien que no seas tú misma, Helena?
            ¡Basta, me estás agobiando! se exaltó la increpada Si Blas no ha podido reconocerme, nadie va a hacerlo.
            Me pregunto qué buscas en realidad pensó en voz alta la señora Jiménez tras un breve silencio… venganza o justicia.
            ¿Y por qué no ambas cosas?
            Porque la primera niega a la segunda. Nunca van unidas.
            —¿Estás segura de que nunca van unidas? Voy a echarme un rato decidió Helena Palacios, levantándose de su asiento y dando por zanjada la discusión.

A Paula Morales le causó un gran malestar enterarse de que Helena Palacios no pensaba abandonar el instituto, y mucho menos marcharse de la ciudad.
            “Me equivoqué ayudándola a entrar en Llave de Honor”, meditó, consternada, en cuanto colgó el teléfono tras la conversación que sostuvo con Matilde Jiménez. 
Un destello de ira se coló en su mirada. “Esto no marcha bien”, siguió meditando. “Esto no es lo acordado; las cosas van a cambiar y van a dar un giro, no puedo seguir fiándome de Helena. Ha perdido la cabeza, no está obrando con sensatez”.
                                                                                          ∎∎∎
Después de comer, Nicolás estuvo retirado una hora en su habitación. No tenía sueño y había aprovechado el rato de descanso para estudiar un poco. Fue inútil intentar convencer a su padre o a su abuela de que no necesitaba hacer la siesta. La siesta era sagrada en su casa y sobre asuntos sagrados no cabía objeción alguna.
Tras la obligada “sagrada siesta” estuvo haciendo deberes en el despacho en compañía del señor Teodoro. El hombre trabajaba con su ordenador y, de vez en cuando, observaba los ejercicios de su hijo para comprobar que estaban bien realizados. Interrumpir los deberes para ir a la cocina a merendar era un receso que Nicolás esperaba ansioso. La merienda era la comida del día preferida por el niño. Generalmente tomaba un batido de vainilla o de chocolate, o de leche con canela y limón. Y siempre había una bandeja repleta de sabrosos pasteles que la señora Sales había comprado, por la mañana, en la pastelería. Y, bien ella o bien su hijo, debían vigilar que Nicolás no acabase con todos los pasteles y con un consiguiente empacho o indigestión.
El señor Teodoro entró en la cocina cuando su madre luchaba por apartar la bandeja de pasteles del alcance de su insaciable nieto.
            ¡Ya está bien, Nico! exclamó la mujer ¡Te van a sentar mal tantos dulces!
            Aún me podría comer media docena más aseguró el chiquillo, solo quiero uno más. ¡Por favor, yaya!
Emilia cedió a la petición, y Nicolás se zampó otra delicia rellena de abundante y exquisita crema.
            ¡Come más despacio! le riñó su abuela ¡No los masticas, te los tragas!
El señor Teodoro se alegró de ver un comportamiento normal en su hijo, no parecía estar afectado por la reciente mala noticia sobre Tobías. 
Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Natalia y Bibiana llegaron más tarde y en cuanto el niño estuvo en el jardín a solas con las muchachas lo primero que les contó fue el infortunio del policía de Luna.
            ¡Qué horror! se apenó Bibiana Parece mentira que solo hace unos días estuviese vivo, y ahora esté muerto.
            La carretera es muy peligrosa arguyó Nicolás, ocurren muchos accidentes.
            Tendré que decírselo a Elisa dijo Natalia, seguramente querrá ir a su entierro y Blas también irá. A ver si hacen las paces.
De pronto, los tres niños miraron en la misma dirección. Oyeron un golpe producido por el choque de una puerta contra la pared; la puerta había sido abierta con violencia y de casa de los Hernández salió corriendo, despavorida, Cruz Molino. Corría como si la persiguieran tres demonios empeñados en llevarla al infierno, pero realmente quien la estaba persiguiendo era su esposo Luis.
Nicolás y las niñas estaban atónitos sin acabar de entender qué sucedía. Vieron como el perseguidor daba alcance a su presa y la zarandeaba con furia.
            ¿Qué le pasa a ese tipo? interrogó Natalia, perpleja ¿Se habrá vuelto loco?
            ¿Qué estás haciendo? gritó Nicolás a Luis que soltó a su mujer, sorprendido, por la presencia de los muchachos.
            Esto es un asunto entre yo y mi mujer respondió el joven un tanto desconcertado por haber sido pillado “in fraganti”. Vuelve a casa, Cruz ordenó a continuación a la infeliz.
La chica asintió, sumisa, y se fue alejando, cabizbaja.
            ¿Se le ofrece algo, señorito Nicolás? preguntó Luis al chiquillo. El muchacho dijo que no con un movimiento de cabeza, y el hijo mayor de Matías también se alejó hacia su casa.
            No me gusta nada lo que he visto declaró Natalia ¿No creéis que ese tipo le hará algo a Cruz cuando entre en casa?
            No le hará nada aseguró Marcos que se había acercado a los niños por su espalda y, por esta razón, no lo vieron llegar.
Nicolás, Natalia y Bibiana se dieron la vuelta de inmediato.
            Mi hermano quiere mucho a mi cuñada. Ha sido una simple discusión matrimonial.
            No tan simple discutió Natalia. Cruz parecía aterrada y tu hermano la ha tratado con mucha violencia. A Blas no le gustan este tipo de cosas.
            ¿Vas a contárselo a tu padre? preguntó Marcos, alarmado, mirando a Nicolás.
            No sé lo que voy a hacer contestó el chaval con sinceridad.
            No le digas nada a tu padre, por favor. No vale la pena que lo molestes por nada. Luis y Cruz están enamorados, de vez en cuando se cabrean, eso es todo.
               —A mí no me ha parecido que ella estuviese cabreada intervino Natalia.
Marcos miraba fijamente a Nicolás y siguió haciéndolo sin prestar atención a lo que la niña dijo. Natalia frunció el ceño, molesta.
            ¿Se puede saber qué hacéis ahí con el frío que hace? les gritó la señora Sales desde el porche ¡Entrad en casa enseguida, Nico!
            Si no le cuentas nada a tu padre, te abriré la puerta del jardín siempre que quieras  salir a la calle propuso Marcos, precipitadamente.
Nicolás sonrió de oreja a oreja en el acto.
            ¡Está bien! aceptó Te prometo que no voy a contarle nada. A fin de cuentas, nada ha pasado. ¿No es eso? Espero que tú cumplas con tu palabra.
            ¿Queréis hacer el favor de entrar en casa? volvió a gritar la señora Sales, impaciente.
Nicolás y Marcos estrecharon sus manos sellando, de este modo, su pacto. Natalia y Bibiana se miraron estando muy acorde sus pensamientos. Ambas creían que a Nicolás le convenía la propuesta de Marcos, y pasaba por alto lo que en realidad había visto.
            ¡Nico, ya te llamo por tercera vez! se desesperó la señora Sales ¿Entras en casa o llamo a tu padre?
                                                                                              ∎∎∎
Por la noche, cenando en la cocina, el señor Teodoro y su madre mantenían una conversación tranquila, mientras saboreaban una sopa recién hecha. Nicolás les observaba, con cautela, temiendo que en cualquier momento descubrieran su secreto. Si eso sucedía se iba a ver en serios apuros, tanto su padre como su abuela se enfadarían muchísimo si llegaban a enterarse del trato que había hecho con Marcos.
Súbitamente la señora Sales formuló una pregunta que hizo que el niño se sonrojara desde la cabeza a los pies.
            ¿Qué estabais hablando, esta tarde, con Marcos en el jardín?
El corazón de Nicolás palpitó, desasosegado.
            Nada importante respondió sin mirar a su abuela ni a su padre, cosas nuestras. Vosotros nunca me contáis lo que habláis con vuestros amigos, ¿verdad? ¡Pues yo tampoco! ¡Además no me gusta hablar mientras como! ¡En la mesa no se habla! ¡Sois unos maleducados!
Nicolás miraba, con insistencia, el caldo de su plato como si estuviese dirigiéndose a él y no pudo ver las sonrisas que intercambiaron con discreción sus familiares.
            ¡Tú sí que eres un maleducado! exclamó la señora Sales No creo que haya un niño en toda Kavana que se comporte tan mal como tú delante de su padre. ¡Eres un malcriado!
Nicolás empezó a sentirse acorralado, temía ser descubierto en breve y no salir bien librado de aquella situación embarazosa. Recordó que Natalia le había dicho infinidad de veces que cuando se viera en un aprieto con su padre o su abuela recurriera a temas de salud.
            Me duele la cabeza dijo, haciendo caso de los consejos de Natalia. Y el recurso funcionó. Como por arte de magia, la señora Sales se olvidó de Marcos, y ya únicamente le preocupó que su nieto estuviese tranquilo y terminase de cenar. Por su parte, el señor Teodoro no se relajó hasta comprobar que su hijo no tenía fiebre.
Después de la cena y, cuando la cocina estuvo en perfecto orden, pasaron al salón instalándose en cómodos sofás para disfrutar un rato de la tele. A través de las paredes acristaladas, Nicolás podía ver perfectamente la casa del señor Hernández y su familia, y constató que no se veía ninguna luz encendida. O debían estar a oscuras o se habían acostado ya. El niño no supo qué pensar; la familia al completo comenzaba a parecerle muy rara.
Antes de que se acostara empezó a llover con fuerza, la lluvia llegó a ser tan copiosa que Nicolás dejó de ver con claridad la casa vecina del jardín.
                                                                                         ∎∎∎
Esa misma lluvia, tan pertinaz, no permitía dormir a Matilde Jiménez. Aborrecía las tormentas, y a sus cincuenta y dos años no recordaba que alguna vez le hubiesen gustado.
Aunque su malestar no solo se debía a la tormenta, sentía de veras haberle dicho a Helena que únicamente pensaba en ella. Cierto que en el decurso de la tarde se disculpó, y Helena le contestó que no se preocupara.
Pero algo más le dijo, volvió a decirle que cogiera su pasaporte y se marchara de Kavana, que había un problema, mas no habló del problema.
Intimidada por la sucesión de resplandores y truenos, la señora Jiménez se levantó de su cama y se dirigió al cuarto de Helena.
La luz de la lámpara de la mesilla iluminaba, tenue, la estancia. Helena dormía. Los ojos de Matilde se fijaron en un libro que también dormía sobre la mesilla. 
La mujer se acercó a curiosear, y pasando páginas se encontró con la fotografía de Blas Teodoro. Miró a Helena e intentó dejar el libro tal como lo había hallado. Lo dejó rozando un despertador cuyo segundero seguía su recorrido; quedaba menos tiempo, quedaban menos horas.
Matilde se sentó en una silla, y mirando a Helena pensó que el problema del que le había intentado hablar aquella tarde, sin hacerlo, tenía un nombre y un apellido.

Dos personajes más estaban muy cerca de Matilde, pero los ojos de la mujer no podían verlos.
Un Ángel Cupido velaba el sueño de Helena, y un Destino con un manto negro y áspero envolvía la alcoba.
Ambos, Amor y Destino, cada uno con sus armas, ya estaban preparados para librar la batalla que irremediablemente se avecinaba. 

Págs. 914-921

Hoy dejo una canción de Melendi... "La promesa"

Próxima publicación... jueves, 11 de junio



                                                                                                                                                                                                              

jueves, 14 de mayo de 2015

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 115


























CAPÍTULO 115

UN TRISTE SUCESO



N
icolás y Natalia salieron al patio después de coger su almuerzo en la cafetería. El débil sol de primera hora se había rendido al fin, dejando tras su desaparición un cielo muy gris.
Los chiquillos se reunieron con Bibiana y Lucas, y les explicaron lo sucedido en el despacho del señor Teodoro.
            ¿Y por qué el señor Cuesta tiene que hablar con mi padre? interrogó Lucas, pesaroso ¿No hay más policías?
            Él ha dicho que tu padre era muy buen policía —respondió Nicolás.
            Pues por el bien de Patricia tu padre debería hablar con otro policía declaró Lucas, creando un ambiente enrarecido.
            ¿Qué quieres decir? preguntó Natalia, atónita.
Lucas, como respuesta, guardó silencio.
            No le voy a decir nada a mi padre sobre Paddy  manifestó Nicolás, rotundo, creo que será mejor que no vuelva a tocar el tema. El señor Cuesta hablará con tu padre y tu padre hablará con otros policías.
          —Patricia nunca debió ir a “Paraíso” dijo Lucas, lúgubremente. Ninguno de nosotros debió ir. No deberíamos salir de casa, las calles no son seguras…
            ¡Estás exagerando un poco! exclamó Nicolás No dramatices tanto, ¿vale? Paddy aparecerá.
            ¿Y si no aparece? ¿Y si aparece muerta?
            ¡Basta ya! se enfadó Natalia, impresionada por las palabras del muchacho.
            Tengo frío se estremeció Bibiana, también impresionada, ¿por qué no vamos al vestíbulo? Tengo mucho frío y tengo miedo.
Los niños decidieron ir a la cafetería en busca de un tazón de leche caliente que los reconfortara. Antes, Nicolás echó un vistazo a la nueva altura que tenía la pared de medio patio, ahora era imposible divisar la calle. Al niño no le gustó pero no dijo nada al respecto. En el futuro iba a ser difícil que se le escapara una pelota pero, de suceder, iba a ser más difícil todavía rebasar el muro que había mandado levantar el señor Teodoro. En el vestíbulo, el grupito tropezó con el profesor de gimnasia, el señor Roberto Beltrán.
            Acabo de hablar con tu padre, Nicolás dijo el joven. No acepta que juegues con adultos, no he podido convencerle, lo siento.
            No te preocupes, mi padre es bastante cabezota. Lo raro hubiera sido que le hubieses convencido.
            He perdido la primera batalla, pero no la guerra replicó Roberto, aún no me doy por vencido. Tu padre se equivoca, eres un gran futbolista y él no tiene derecho a privar a la ciudad de Aránzazu de alguien como tú. Ya se me ocurrirá algo.
El profesor salió al patio, y Natalia bufó con indignación.
            ¡Ese hombre es tonto! exclamó ¿Por qué le cuesta tanto entender que eres menor de edad? A lo mejor, si se corta la coleta, será menos tonto. No me gustan los hombres con el pelo largo.

Sin más, los niños se dirigieron a la cafetería y ocuparon una mesa libre.
            Yo no tomaré nada dijo Bibiana, precipitadamente, no llevo dinero.
            Yo tampoco se unió Lucas.
            ¡Qué tontería! —sonrió Nicolás, restando importancia al hecho— Apuntaré lo que tomemos en la cuenta de mi padre. Él lo pagará.
            —¿Y no le parecerá que somos unos carotas? —preguntó Lucas, temeroso.
            —Por supuesto que no —volvió a sonreír Nicolás—. Todo lo contrario, mi padre se enfadaría conmigo si se enterara de que tomo algo y no soy capaz de invitar a mis amigos.
El primer tazón de leche caliente con chocolate les gustó tanto y les sentó tan bien que los jovencitos pidieron un segundo. 

El señor Teodoro avisó en recepción que iba un rato a la cafetería, entró en el local y se sorprendió al ver allí a los críos. Se aproximó a su mesa sin vacilar.
            —¿Qué hacéis aquí? —preguntó con curiosidad— ¿Está lloviendo?
            —Hace una mañana espantosa —declaró Bibiana—, yo me estaba muriendo de frío.
            —Sí, el día se ha puesto muy grisáceo —corroboró el señor Teodoro—. Y tal vez llueva. Habéis hecho bien en entrar.
            —No entiendo dónde puede estar Paddy —dijo Bibiana, desconsolada—. ¿Estará pasando frío? ¿Estará asustada? ¿Y si alguien la retiene en contra de su voluntad?
            —Cálmate, Bibi, por favor —le rogó el señor Teodoro, acariciando la cabeza de la pequeña—. Aleja esos pensamientos, no te atormentes. Paddy aparecerá pronto, ya lo verás.

El camarero trajo un tazón con una humeante tila para el director sin que este la hubiera pedido. El señor Teodoro se lo agradeció y se sentó junto a los niños para tomar la infusión. Nicolás entabló una conversación con Natalia que nada tenía que ver con Patricia, pretendiendo desviar la atención de su padre sobre la niña desaparecida. Pronto el señor Teodoro tuvo que poner orden entre los dos chiquillos ya que iniciaron una acalorada discusión que parecía no poder acabar de un modo civilizado.
El señor Cuesta se encontraba almorzando en una mesa cercana y sus ojos vigilaban, en todo momento, al director, a su hijo y a los amigos de este. Lucas reparó en la presencia del profesor de matemáticas coincidiendo con el ruido de un trueno bestial que le hizo dar un salto en su silla. El pobre muchacho ya no pudo estar tranquilo y deseó marcharse cuanto antes. Por tanto, cuando el asueto llegó a su fin se sintió aliviado. 
Sin embargo, a última hora de la mañana tuvo que volver a padecer la presencia del hombre puesto que tenía clase con él. Nicolás pasó ese rato en el despacho de su padre ya que el señor Cuesta lo había expulsado de sus clases durante toda la semana.
El chiquillo observó que el señor Teodoro estaba muy silencioso y extremadamente serio. Dedujo que debía querer hablar con alguien y no lo conseguía, por las repetidas veces que cogió su móvil y volvió a depositarlo sobre el escritorio después de no obtener respuesta.

Más tarde, en la cocina de su casa, mientras comían, la señora Sales también notó la seriedad e inquietud de su hijo.
            —¿Qué te pasa, Blas, cariño? —preguntó la mujer, preocupada— ¿Has hecho enfadar a tu padre en el instituto, Nico?
            —Yo no he hecho nada —contestó el crío al momento.
            —Entonces, ¿qué te pasa, Blas? ¿Te encuentras mal?
            —No, mamá, tranquila, estoy bien. No he tenido una mañana fácil. La madre de Paddy no sabe dónde está su hija desde el viernes por la tarde.
Tobías me ha llamado, decía que venía a hablar conmigo y no ha aparecido. Me he hartado de llamarlo a su móvil y no responde. Y el jefe de estudios me ha comunicado que el próximo viernes van a visitar el instituto el jefe de Estado Don Arturo Corona y su rival en las próximas elecciones, Don Jaime Palacios. No entiendo a qué vienen al instituto, sería más lógico que fueran a una universidad. No entiendo qué pueden querer decirles a una pandilla de mocosos.
La última frase, el señor Teodoro la pronunció mirando a Nicolás. El chiquillo sintió la mirada de su padre pero no hizo comentario alguno. Continuó comiendo el exquisito puré de verduras que Prudencia les había preparado como primer plato.
            —Desde luego es algo curioso —admitió la señora Sales—. Pero ellos mandan, Blas. Si han decidido ir a tu instituto tendrás que recibirles. Querrán tener algo de contacto con sus futuros votantes y con los futuros hombres y mujeres de Kavana…
La melodía del móvil del señor Teodoro interrumpió a la señora Sales. El joven dejó de comer, y atendió de inmediato la llamada. A medida que escuchaba su rostro fue cambiando de expresión y cuando cortó la comunicación, tanto su madre como su hijo, intuían que algo poco bueno debían haberle contado.
            —¿Qué pasa, Blas? —quiso saber la señora Sales  — ¿Quién te ha llamado y qué te ha dicho? ¡Has palidecido, hijo!
            —Era un policía, mamá —respondió el señor Teodoro, indeciso—. Tobías ha tenido un accidente de tráfico, el agente me ha avisado porque ha visto las numerosas llamadas que le he hecho esta mañana.
            —Es terrible —murmuró la mujer—, ¿cómo está, está grave?
El señor Teodoro no respondió enseguida, miró a su hijo con preocupación. Parecía costarle hablar delante del niño.
            —Tobías ha muerto en el acto —dijo finalmente y, de inmediato, añadió —, no ha sufrido nada. Ha sido todo muy rápido.
El joven dijo estas últimas palabras pasando una mano por el sedoso cabello de Nicolás. A continuación acercó sus labios a la cabeza del muchacho y la besó. Estaba claro como el agua más limpia que no le gustó tener que dar semejante noticia estando el niño presente.
La vida tenía momentos trágicos y él hubiese querido apartar todos ellos de Nicolás. Hubiese querido que su hijo solo viera u oyera sucesos dichosos. Empresa ardua de llevar a cabo. La querencia del señor Teodoro pudiera calificarse simplemente como una quimera.
             —No es justo que el señor Tobías haya muerto  —manifestó Nicolás con pesar—, era un buen hombre, solo deberían morir las malas personas.
                —Nico...
Pero Nicolás no dejó hablar a su padre.
              —Oí lo que os dijo aquella noche en Luna —confesó alarmando al señor Teodoro y a la señora Sales—Sé que tres hombres encapuchados mataron a Víctor Márquez, y que seguramente lo hicieron porque Víctor intentó matarme a mí. 
El señor Teodoro y la señora Sales se miraron muy serios, no sospechaban que el niño hubiese escuchado aquella conversación. 
                 —Tú no mandaste matar a Víctor, papá —siguió hablando Nicolás—, la yaya tampoco. ¿A quién más le puedo importar yo? Solo queda mi madre, tú me has dicho que no me abandonó a mí, que te abandonó a ti, que a mí me quería. ¿Y si es una asesina? 
                 —¡Basta, Nico! —exclamó el señor Teodoro, angustiado— Siento que escucharas aquello. No sé qué explicación darte pero la explicación de lo que le sucedió a Víctor Márquez no es tu madre. No la conoces, si la conocieras no pensarías algo así de ella. Créeme, hijo. La encontraré, la conocerás, y te lo demostraré. Tu madre es una inmadura, una lunática, pero jamás una asesina.
              —¡Ya está bien! —gritó Emilia Sales, sulfurada— Entre los dos habéis conseguido enfermarme... 
               —¡Pues no te pongas tan enferma—chilló Nicolás, alterado— Yo quiero que papá encuentre a mi madre porque quiero que papá sea feliz y tú también deberías querer que tu hijo fuese feliz.
La señora Sales, con una intensa furia, se levantó y salió de la cocina. Pero un instante antes de abandonar la estancia, el señor Teodoro y Nicolás oyeron como decía:
                —Nunca con esa mujer. 
               
               —No te preocupes por lo que diga la yaya, papá —le animó Nicolás—. Encuentra a mi madre, quiero que seas feliz.
                    —Soy feliz, Nico, no soy un hombre amargado —aseguró el señor Teodoro—. Es imposible vivir amargado con los recuerdos que tengo de ella, muchos recuerdos, y la ilusión de volverla a ver. Quiero encontrarla para mimarla, cuidarla, protegerla. Quiero hacerla feliz, esa lunática me necesita.
                —Y si es necesario la raptaremos —planeó Nicolás, emocionado.
Tras la ocurrencia de su hijo, el señor Teodoro se echó a reír a carcajadas.
Nicolás lo observó, complacido. Le encantó ver esa manifestación tan alegre por parte de su progenitor.  

Y las manecillas del reloj continuaban dando pasos, quedaban menos horas.


Págs. 907-913

Hoy dejo una canción de Sergio Dalma... "A Buena Hora"

Próxima publicación... jueves, 28 de mayo



                                                                                    
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