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EL CLAN TEODORO-PALACIOS

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EL CLAN TEODORO-PALACIOS

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jueves, 29 de agosto de 2013

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 76





Hace tiempo que no llegaba un premio a La Estación... en este caso le debo el honor a EldanY y a su estupendo blog Relatos para todos
Un blog que recomiendo visitar por su variedad, diversión y simpatía













CAPÍTULO 76

EN BUSCA DE NICOLÁS


L
a declaración del señor Teodoro causó un gran impacto en todos los presentes, exceptuando a la señora Sales y a Elisa que, por descontado, conocían perfectamente el parentesco existente entre el hombre y el niño.
La señora Miranda abrió sus diminutos ojos, desmesuradamente, y miró al señor Teodoro como si lo viera por vez primera. Y no, no era la primera vez que lo veía puesto que lo conocía desde hacía diez años. No obstante, en aquel momento, no estaba viendo al señor Teodoro, estaba viendo claramente a un Nicolás más mayor, más alto y más corpulento.
            ¡Dios mío! exclamó la mujer, desarmada y abatida ¿Qué es lo qué he hecho? A veces no queremos ver lo que tenemos delante y no hay más ciego que el que no quiere ver. ¡Pobre Nico! Él no se quería marchar, quería hablar contigo. Casi lo obligué a subir al taxi.
            ¿Al taxi? inquirió el señor Teodoro, temblando    ¿A qué taxi? ¿Dónde está Nico? ¿A dónde iba? ¡Por favor, Estela, deme alguna pista! Usted tiene que saber algo. Ayúdeme a encontrar a mi hijo.
La señora Miranda asintió, ansiosa, secando las lágrimas que brotaban de sus ojos. Y explicó el lugar adonde se dirigía Nicolás. Miró su reloj con desesperación.
            El autobús salía a las siete de Puerto Llano y son las siete y veinte manifestó. Llamaré a mi amiga y le diré que entretengan al niño en alguna cafetería cuando llegue a Tres Picos. Allí podrás recoger a tu hijo, Blas.
            No, no puede ser replicó el señor Teodoro, desasosegado ¿Y si el niño decide bajar en Villa Hermosa o en San Fernando? Debe estar muy asustado y puede hacer cualquier tontería. Debo alcanzar ese autobús antes de que llegue a Villa Hermosa.
            Blas, no puedes hacer eso se asustó la señora Sales, acercándose al joven. Ese autobús te lleva mucha ventaja, vas a matarte por la carretera si intentas alcanzarlo.
Hijo, estás tiritando. Tómate algo para la fiebre y un tazón de tila.
            ¡No, no puedo perder más tiempo!
            ¡Espera un segundo! intervino el señor Tobías   Tu madre tiene razón. ¿Quieres dejar a Nico, sin padre, precisamente ahora? Tómate la tila y un antitérmico. Alcanzaremos ese autobús. Yo te llevaré, le pondré la sirena al coche y todos los vehículos nos dejarán pasar.
El señor Teodoro accedió y minutos después, ambos hombres, salieron de villa de Luna, conduciendo el señor Tobías a gran velocidad.
El señor Francisco se rascó la nuca, boquiabierto, oyó la sirena y vio pasar, como un rayo, el coche patrulla.
            “¿Qué diablos pasa aquí?”, se preguntó.
Iba caminando hacia casa del señor Teodoro y aligeró el paso hasta convertirlo, prácticamente, en carrera. Llegó jadeando a la villa y su pasmo aumentó cuando entró en el salón y vio llorando a Emilia, a Estela, a Gabriela, a Natalia y a Bibiana. Las únicas personas serenas eran Elisa y Patricia.
            ¿Qué está pasando aquí? interrogó el hombre, voceando.
            Nico se ha escapado de casa contestó Patricia.
            ¡Ajá! exclamó el señor Francisco en tono triunfal  ¡Yo lo sabía! ¡Sabía que ese endiablado iba a darle un buen disgusto a Blas! Quise avisarle una y otra vez, pero no me hizo caso. Creyó que yo exageraba y he aquí las consecuencias…
            ¡Haz el favor de callarte! le gritó Estela, hastiada Tú que todo lo sabes, ¿cómo es que no sabías que Nico es hijo de Blas?
El señor Torres detuvo sus ojos saltones en la señora Miranda.
            ¿Qué le pasa a usted, se ha trastornado otra vez?  quiso saber.
            Nadie se ha trastornado medió la señora Sales. Es cierto lo que te dice Estela. Nico es hijo de Blas, es mi nieto.
            ¿Ese endiablado muchacho es hijo de Blas? inquirió el hombre, perplejo Desde luego el chiquillo no se parece en nada a Bruno Rey meditó en voz alta. ¡Que me muerda un perro rabioso! ¿Cómo no me he dado cuenta? ¿Y qué ha hecho ese alborotador; se ha enterado de que Blas es su padre y ha salido huyendo?
            ¡No te enteras de nada ni comprendes nada! bufó Estela, enfadada Nico ha sabido que Bruno no es su padre y piensa que Blas iba a entregarlo a su verdadero  padre. Por eso, se ha escapado.
            ¡Pues vaya faenita! exclamó Francisco, disgustado Pero no entiendo nada, ¿a qué viene que Blas nos engañara a todos? Espero que encuentre al muchacho.
            Seguro que lo encontrará y lo traerá de vuelta afirmó la señora Sales, esperanzada. Y os ruego a todos que no le digáis a Nico quién es su padre. Blas tenía la ilusión de decírselo mañana, el día de Reyes, y seguro que lo hará. No le arrebatéis el derecho de ser él quien se lo diga.
Y, ahora, vosotras niñas, id al garaje y traed los regalos y ponedlos junto al Belén y, nosotras, sigamos preparando la cena. Estoy convencida de que a la hora de cenar mi hijo y mi nieto estarán aquí.
Disculpadme, voy un momento a mi cuarto.
            ¡Que Dios la oiga! exclamó el señor Francisco Nada sería lo mismo en la urbanización, sin ese endiablado muchacho. Pero sigo sin entender a Blas.
                                                                        ῳῳῳ
El taxista dejó a Nicolás en la parada de autobuses que le había indicado la señora Miranda. El muchacho bajó del taxi, mareado, sentía un desagradable hormigueo en el estómago y en las piernas. Deseaba que aquella sensación molesta desapareciera cuanto antes. 
Cinco personas mayores esperaban el autobús, cuatro mujeres y un hombre. Las señoras debían tener unos sesenta años y el señor debía pasar de los setenta. Permanecían serios y callados y ninguno contestó al saludo educado de Nicolás. El chiquillo se colocó detrás de ellos, en un rincón, mirando tristemente el suelo.
Pasado un rato, sintió unas tremendas náuseas y temió que iba a vomitar. Se alejó del grupo, lo más que pudo, y devolvió tras sufrir unas dolorosas arcadas.
            ¡Fíjense! espetó, desaprobadoramente, una de las mujeres que aguardaban el autobús ¡Debe estar borracho! ¡Qué poca vergüenza!
Los adultos miraron con repulsión al chico alto y bien fornido y nadie reparó en su rostro porque, de haberlo hecho, solo hubieran visto la cara de un niño asustado.
A las siete en punto el autocar llegó. Nicolás fue el último en subir, todavía no se encontraba bien, tenía el estómago muy revuelto.
            ¿A dónde vas? le preguntó el conductor con brusquedad.
            A Tres Picos.
El chiquillo le entregó el billete de diez dívares que Estela le había dado y el chófer le devolvió unas monedas y le dio un tique.
            No me encuentro muy bien dijo Nicolás, débilmente, necesito vomitar un poco más.
El hombre lo escrutó de arriba abajo con cara de pocos amigos.
            Toma esta bolsa, no se te ocurra ensuciar el suelo. ¡Venga, largo! ¡Debería dejarte en la calle!
El chiquillo cogió la bolsa de plástico y anduvo unos pasos buscando un lugar donde sentarse. Anhelaba ocultarse de todas las miradas reprobadoras de sus acompañantes de viaje.
El autobús se puso en movimiento y Nicolás se sentó en la parte derecha, junto a una ventanilla. Hubiese preferido sentarse al final, pero tuvo miedo de caer por el estrecho pasillo debido a su persistente mareo. Minutos después, agachó la cabeza y vomitó en el interior de la bolsa.
            ¡Qué asco! escuchó exclamar a una mujer y el pobre crío comenzó a llorar en silencio.
Se acordó de cuando vomitaba en casa y el señor Teodoro lo sujetaba colocándole una mano en la frente y otra mano en la parte posterior de la cabeza. Seguidamente le preparaba una infusión de manzanilla y se desvivía por aliviarlo.
Buscó un pañuelo en alguno de sus bolsillos, pero no lo encontró. Se limpió la boca y la cara con una manga de su cazadora.
Sacó la foto que se había llevado de villa de Luna y contempló a un señor Teodoro sonriente que le pasaba un brazo por los hombros. Él, Natalia y la señora Sales también sonreían. El niño miró la hora que era.
            “Ya deben haberse enterado de que me he ido”, pensó. “Blas, ven a buscarme, por favor. No dejes que me vaya. Blas, ven a buscarme... ven a buscarme".
¿Cómo podía haber cambiado todo, tanto? Hacía escasamente unas horas era completamente feliz y, ahora, se encontraba muy solo, muy asustado y con un futuro muy incierto.
Volvió a llorar, silenciosamente, sin dejar de mirar la foto.
                                                                                  ῳῳῳ
Todavía no eran las ocho de la tarde cuando el coche del señor Tobías pasó por delante de la parada de autobuses en Puerto Llano. El lugar estaba desierto.
            No tardaremos en darles alcance aseguró el policía ¿Te encuentras bien, Blas?
            Estaré bien cuando tenga a Nico a mi lado respondió el señor Teodoro. Acelera por favor.
                                                                               ῳῳῳ
Únicamente faltaban cuatro kilómetros para llegar a San Fernando y dos agentes motorizados detuvieron el autobús en el que viajaba Nicolás. Uno de ellos le pidió la documentación al chófer y el otro le ordenó que abriera una puerta lateral para poder subir al autocar. El guardia civil paseó su mirada por los pasajeros y, especialmente, observó a Nicolás. El chiquillo bajó la cabeza de inmediato, temiendo parecer sospechoso.
            No se inquieten y manténganse sentados dijo el hombre en voz alta y clara. Estamos llevando a cabo una inspección de rutina.
            Yo tengo todos los papeles en regla aseveró el conductor.
            Eso, vamos a comprobarlo respondió el guardia, bajando del autobús. ¡Cierre la puerta!
Los dos agentes se reunieron a unos metros del vehículo.
            El chico está ahí arriba susurró quien había subido al autobús, no tengo ninguna duda. Coincide plenamente con la descripción que nos han dado. Está asustado, ha bajado la cabeza en cuanto me ha visto mirarle.
            Perfecto —contestó su compañero. No creo que el padre tarde mucho en llegar.

Págs. 591-597 

Hoy te dedico este capitulo Dany para agradecerte el premio que le has concedido a La Estación y coloco tu imagen en el lateral de mi blog... muchas gracias

Y esta semana, os dejo en el lateral del blog una canción de Isabel Pantoja... "Buenos días, tristeza"                                                         

jueves, 22 de agosto de 2013

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 75


















CAPÍTULO 75

¿DÓNDE ESTÁ NICO?


B
ibiana anduvo a paso ligero hacia casa de la señora Miranda. La niña llevaba la foto escondida debajo de su abrigo como si hubiera robado un gran tesoro. Vio un taxi que estaba dando la vuelta frente a la casa de Estela. También vio a la mujer y a Nicolás, que estaban aguardándola.
            ¿Me has traído la foto? le preguntó el chiquillo.
La niña asintió y se la entregó en silencio, con el corazón encogido. Nicolás le dio una nota.
            Dásela a Nat le dijo.
Bibiana volvió a asentir, sin ser capaz de hablar, estaba demasiado triste.
            Siento no poder ir al instituto con vosotras dijo Nicolás, haciendo un gran esfuerzo por no llorar. Oye, si tienes problemas con tu padrastro, díselo a Blas. Él te ayudará. Yo tengo que irme, cuídate mucho, nos veremos dentro de tres años.
            Prométemelo, Nico.
            Te lo prometo.
            ¡Venga, Nico, sube al taxi! le apremió la señora Miranda Alguien puede vernos y ocasionarnos problemas. Es raro que el cotilla de Francisco o sus hijos no estén por aquí.
Nicolás levantó la cabeza y miró hacia villa de Luna, su hogar durante tantas vacaciones. Vio las lucecitas en la fachada, brillando y cambiando de tonos. El humo salía por la chimenea… ¿cómo estaría todo pasados tres años?
Estela empujó al niño hacia el taxi y el muchacho subió. La mujer pagó al taxista y le indicó dónde debía dejar al chiquillo.
El coche arrancó y pronto desapareció de la vista de Estela y de Bibiana. Fue entonces cuando la pequeña se desmoronó y rompió a llorar sin consuelo.
            Hace mucho frío, será mejor que entremos en casa  dijo la señora Miranda pasando un brazo por la cintura de la niña.
Hércules se había quedado encerrado en el salón y gemía, muy inquieto, arañando la puerta. Cualquiera diría que sabía que Nicolás se había ido. La señora Miranda lo acarició, intentando calmarlo, pero el perro seguía gimiendo y Bibiana, llorando.
            “A ese pobre crío le he roto el corazón”, pensó Estela, afligida, pero muy furiosa también. No podía llorar, no podía desahogarse, sentía demasiada impotencia y demasiada rabia. “Todo es culpa tuya, Blas, no tienes vergüenza”.
                                                                                ῳῳῳ
En la cálida cocina de villa de Luna, el señor Teodoro sonrió, satisfecho, muy ajeno a lo que había ocurrido en casa de su vecina. Había terminado de preparar un gigantesco roscón y lo metió en el horno.
            Creo que esta noche haré una trampita comunicó a su madre, guiñándole un ojo. He hecho una pequeña marca donde he colocado la figura; le cortaré ese pedazo a Nico y será el rey de la noche. Seguro que le hace mucha ilusión.
            Sí, seguro convino la señora Sales. ¡Es una idea genial!
                                                                               ῳῳῳ
Estela y Bibiana fueron muy puntuales, a las siete en punto se presentaron en villa de Luna, Hércules no las acompañaba. Hacía unos diez minutos que el señor Tobías había llegado para despedirse del señor Teodoro, sabía que el joven se marcharía de la urbanización al día siguiente puesto que finalizaban las vacaciones.
El señor Teodoro estaba intentando convencerle para que se quedara a cenar. El policía no estaba casado y, en la actualidad, no tenía ningún familiar en Luna. Era un hombre solitario, dedicado en cuerpo y alma a su profesión.
Natalia abrió la puerta a la señora Miranda y a Bibiana.
            Buenas tardes saludó la mujer en tono poco amistoso. Todos la miraron y todos la notaron muy extraña. Sentaros ordenó a las niñas. Y tú también siéntate, Blas, porque mi sorpresa va dirigida exclusivamente a ti y te va a hacer falta estar sentado para recibirla. Ya te anticipo que no te va a gustar nada.
Bibiana se apresuró a tomar asiento, Natalia se sentó a su lado, enmudecida. Elisa apagó la televisión; no sabía qué estaba pasando, pero aquello prometía ser interesante. No quería perderse un detalle.
Gabriela estaba anonadada, ¿qué le sucedía a su madre, por qué hablaba a Blas con tanto rencor?
Patricia, la señora Sales y el señor Tobías también estaban sorprendidos. Pero el más sorprendido y confundido era el señor Teodoro, que percibía odio en la mirada de la señora Miranda y, tras observar a Bibiana, supo que la niña había llorado y que estaba muy asustada.
            ¿Qué ha pasado? interrogó el joven, alarmado ¿Dónde está Nico?
            ¡Te he dicho que te sientes! gritó la señora Miranda, frenética.
            ¡Mamá, por favor! exclamó Gabriela, atónita.
            ¡, cállate! le ordenó su madre sin mirarla. Sus pequeños ojos estaban clavados en el rostro del señor Teodoro ¿No piensas sentarte? le increpó.
            No, no voy a sentarme declaró este, malhumorado y muy inquieto. Le he preguntado que dónde está Nico.
            Es una lástima que no te sientes manifestó la señora Miranda, aproximándose al señor Teodoro. Quería escupirte en la cara porque eres un cerdo. ¡Un maldito y cobarde cerdo!
La mujer lanzó un esputo en la camisa azulada del hombre. Hubo un silencio mortal en el salón, únicamente se oía el movimiento oscilante del péndulo del reloj, colgado en una pared de la estancia.
Tobías, de pie, junto al señor Teodoro, limpió con su pañuelo la saliva que la señora Miranda le había arrojado.
            ¿Ha perdido el juicio? le preguntó el joven Esta noche íbamos a cenar juntos, íbamos a celebrar el Roscón de Reyes… ¿Qué le sucede? ¿Por qué ha llorado Bibi? Y por el amor de Dios, ¿dónde está Nico?
              —Nico no está respondió la mujer, secamente.
            Ya veo que no está se impacientó el señor Teodoro. Le estoy preguntando que dónde está.
            No lo sé declaró la mujer, fríamente. Únicamente sé que no está en la urbanización ni tampoco en Luna.
            ¿QUEEÉ? exclamó el señor Teodoro sintiendo de pronto mucho frío y unas punzantes palpitaciones en sus sienes. Con mano, algo temblorosa, cogió su móvil y buscó el nombre del niño en la agenda. La música del teléfono de Nicolás sonó muy cercana. La señora Miranda lo extrajo de un bolsillo y se lo entregó al señor Teodoro.
            ¿Qué significa esto? se desesperó el hombre, mirando, trastornado a la mujer ¿Por qué me está haciendo esto, por qué me insulta? ¡No entiendo nada! Lo único que va a conseguir es que acabe pegando al niño. ¿Dónde está? ¡Dígamelo, se lo ruego!
¡Bibi! el señor Teodoro se dirigió a la niña ¡Dime tú dónde está Nico! ¡Por favor, dímelo!
            Yo no sé dónde está murmuró la muchacha, acongojada, porque vio claramente el sufrimiento de Blas.
La señora Sales se retorcía las manos, muy atemorizada, y sus ojos se habían llenado de lágrimas.
            Estela, te lo suplico dijo, poniéndose de pie. Somos amigas desde hace tiempo. ¿Qué está pasando? ¿Por qué nos haces esto?
            Está bien, vais a saberlo ya manifestó la señora Miranda. Bibi, dale a Nat la nota que Nico te ha dejado para ella y que la lea en voz alta.
Todos los ojos se posaron en las niñas. Bibiana entregó una hoja doblada, a Natalia. La niña la desdobló de inmediato, y comenzó a leer lo que su primo le había escrito. Todo el mundo le prestó suma atención. La nota rezaba así:
    

Querida Nat, no te va a gustar esta sorpresa. A mi tampoco me ha gustado. Estoy muy triste, pero tengo que ser valiente y tú también tienes que serlo. Me he enterado de que Bruno no es mi padre; no somos primos, Nat. Blas me mintió. Yo nunca iba a estudiar en tu instituto ni a vivir en Aránzazu. Su intención era entregarme a mi verdadero padre, mañana o pasado mañana. Por eso, tengo que irme. No quiero vivir con un cerdo que durante quince años no se ha ocupado de mí ni ha dado la cara. Y tampoco quiero conocerlo. Volveré, Nat. Te prometo que volveré cuando tenga dieciocho años. Puede ser que Blas me dé una paliza, pero no podrá obligarme a vivir con ese cerdo porque seré mayor de edad.
Dile a Blas y a Emilia que los quiero y que les agradezco lo mucho que me han cuidado. También te quiero mucho a ti y no voy a olvidaros a ninguno. 
            Nico

Finalizada la lectura, la señora Sales prorrumpió en un llanto desgarrador y el señor Teodoro se sujetó las sienes con las manos, creyendo que su cabeza iba a estallar.
            ¡Nico se ha vuelto loco, Nico se ha vuelto locoexclamó Natalia, desorientada ¿Por qué dice esas cosas, dónde está, a dónde ha ido?
            ¡El culpable de esto ha tenido que ser el canalla de tu hermano! acusó el señor Teodoro, ferozmente, mirando a Elisa ¡Bruno ha debido hablar con el niño y decirle que no es su padre! ¡Pienso arrancarle la lengua; ese no volverá a hablar en su vida!
            No ha sido Bruno declaró la señora Miranda, con la cabeza muy erguida. He sido yo.
El señor Teodoro dejó de mirar a Elisa y volvió a mirar a Estela.
            ¿Usted? acertó a decir ¿Cómo qué usted?
            Sí, Blas, yo afirmó, tajante, la señora—. El día que llegasteis a Luna os oí hablar a Bruno y a ti. Él dijo que no era el padre del niño y tú dijiste que Nico estaría con su verdadero padre una vez finalizaran las vacaciones. Soy yo quien se lo ha contado al chiquillo.
¡No tienes vergüenza, Blas! ¿A quién pensabas entregar a esa criatura?
El señor Teodoro se puso una mano en la frente y negó, una y otra vez, moviendo la cabeza.
            —¿Por qué me ha hecho esto, Estela? —interrogó, muy consternado— ¿Por qué no habló conmigo? ¿Tan mal me he portado con usted? No creo merecerme este trato. Usted me ha juzgado y me ha condenado sin darme una mísera oportunidad para defenderme. Y sepa que usted está equivocada; yo no iba a entregar el niño a nadie.
¿Cómo ha podido pensar algo así? ¿Por quién me ha tomado?
            —¡No lo niegues, Blas! —gritó la señora Miranda, airada Tengo una testigo de que lo que digo es cierto. Bibi estaba conmigo y también lo oyó. ¡No voy a consentir que me hagas pasar, delante de todos, como una anciana enloquecida!
Bibiana, sintiéndose descubierta, bajó la cabeza, avergonzada.
            Tú ibas a dar el niño a su padre, mañana o pasado mañana siguió, empecinada, la señora Miranda.
Natalia lloraba, sin entender nada. El señor Tobías miraba atentamente al señor Teodoro. Si lo que decía Estela Miranda era cierto, ¿quién era, entonces, el padre de Nicolás? ¿Podía ser alguien con tanto poder y tras ser informado por Emilia, o por el propio Blas, de que Víctor Márquez había intentado asesinar a su hijo, envió a unos encapuchados a su comisaría para eliminar al individuo?
Todos, a excepción de Emilia y Elisa, examinaban al señor Teodoro, intrigados.
            ¿A qué padre, Estela? interrogó el joven, destrozado ¿A qué padre ni qué mil padres? ¡Por el amor de Dios, Estela! ¿Qué es lo qué me ha hecho, por qué no me ha enfrentado? ¡No imagina cuánto se ha equivocado!
¡YO SOY EL PADRE DE NICO! ¡YO SOY SU PADRE!
Yo soy el cerdo que menciona el niño en esa nota, que ha leído Nat, y a quien se niega a conocer.

Págs. 583-590

Queridos lectores del Clan Teodoro-Palacios, ya sabéis quién es el padre de Nico... es Blas
Felicito a todos los que lo acertasteis y a los que no
Todos sois unos estupendos lectores... los mejores que una autora pueda desear 
Tened en cuenta que no es lo mismo leer un libro a solas, que acompañados por su autora... he jugado a liaros, a despistaros... y con alguien lo he logrado


Siento no haber visitado vuestros blogs durante días y no haber publicado este capítulo el jueves pasado... me resultó imposible... espero y deseo que no se produzcan más interrupciones

Hoy os dejo una canción en el lateral del blog... es de Ricky Martin... "Tal vez"                                                                                 
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