Etiquetas

EL CLAN TEODORO-PALACIOS

SEGUNDA PARTE

EL CLAN TEODORO-PALACIOS

TERCERA PARTE

jueves, 27 de junio de 2013

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 69


















CAPÍTULO 69

UN TERRIBLE SOBRESALTO PARA EMILIA


A
 la mañana siguiente, las risas de Nicolás y Natalia despertaron al señor Teodoro. Eran las nueve y cuarto y la luz de un tímido sol se colaba por la ventana. El hombre se encolerizó y se levantó, precipitadamente, al descubrir el motivo de la hilaridad de los primos.
Patricia se paseaba por la habitación completamente desnuda. A sus casi trece años, tenía los pechos bien desarrollados y el pubis cubierto de vello. El señor Teodoro cogió una bata, que colgaba de una percha, y se la lanzó a la chiquilla.
            ¡Tápate de inmediato! le gritó.
La señora Sales se despertó y aún tuvo tiempo de ver la escenita para horrorizarse. Bibiana también estaba despierta, pero no se reía. En su opinión, su amiga había perdido la cabeza y su proceder era, en exceso, descabellado.
Patricia se puso la bata mirando, con carita inocente, al señor Teodoro.
            Iba a ducharme le dijo como excusa a su conducta.
            Si ibas a ducharte, haberte desnudado en el cuarto de baño le contestó el joven, fríamente. Hoy te quedarás aquí, con Nico y con mi madre.
            —¡Pero yo quiero ir a Puerto Llano a comprar regalos! protestó la muchacha.
            ¡De ningún modo vendrás! le aseguró el señor Teodoro Lo que quieras comprar, lo anotas, y le das la hoja a Bibi o a Nat. Tu mal comportamiento merece un castigo, lo siento.
Nicolás continuaba riéndose, su tutor se giró y le lanzó una mirada fulminante.
            ¡Sal del cuarto enseguida! le ordenó Ve a ducharte y a vestirte.
                                                                               ῳῳῳ
Después de desayunar, el señor Teodoro le tomó la temperatura a Nicolás. El chiquillo seguía sin tener fiebre.
            ¿Cuánta fiebre tengo? preguntó el niño Yo me encuentro bien. ¿Por qué no me dejas ir con vosotros?
            ¡Te quedas aquí! exclamó el señor Teodoro con firmeza El doctor Pascual dijo que estuvieras tres días en casa y así lo harás. Y pórtate como es debido, si cuando vuelvo mi madre me dice que le has dado la lata te tiendo de las orejas. ¿Me he explicado con claridad?
Nicolás asintió, frunciendo el ceño de tal modo, que el señor Teodoro tuvo que hacer un soberano esfuerzo para no sonreír y abrazar al muchacho. Hubiese querido, de mil amores, llevarlo a Puerto Llano, pero tenía muy presente que el médico le había dicho que continuara con el tratamiento o el chaval podía recaer fácilmente.
Patricia entregó una hoja a Natalia, donde había apuntado los regalos que deseaba comprar. Y el señor Teodoro, acompañado de Bibiana y Natalia, salió de villa de Luna. Detuvo el todoterreno al lado del coche de Gabriela cuando vio a la joven, paseando con su madre y con Hércules. Bajó el cristal de la ventanilla y las saludó.
            ¿A dónde vas? le preguntó Gabriela.
            Voy a Puerto Llano a comprar unos regalos.
            Nosotras también vamos a ir. Vamos a llevar a Hércules a la clínica veterinaria; le toca la vacuna y quiero que le hagan una revisión. Luego iremos a visitar a unos amigos de mi madre y comeremos con ellos.
            Muy bien sonrió el señor Teodoro. Ya nos veremos, hasta luego.
            Hasta luego sonrió Gabriela.
            ¿No va Nico con vosotros? indagó Estela ¿Sigue enfermo?
            Está muy bien respondió el señor Teodoro, pero Pascual me recomendó que no saliera en unos días. Tiene miedo de que vuelva a recaer.
La señora Miranda asintió, deseando con vehemencia que el niño no recayera y estuviese completamente restablecido para el Roscón de Reyes.
                                                                                         ῳῳῳ
Nicolás y Patricia no tardaron en discutir. La niña quería ver un programa y el niño quería ver otro. La señora Sales acudió al salón a poner paz. La labor le resultó quimérica y terminó por apagar la tele.
            No vais a ver nada ninguno de los dos, por tontos resolvió.
            Me voy a dar una vuelta por el pueblo dijo Patricia. No tardaré en volver y la ayudaré en las tareas, Emilia.
Solo quiero pasear un poco para estirar las piernas y respirar este aire de montaña tan saludable.
Sin embargo, las verdaderas intenciones de la muchacha eran muy diferentes a lo que decía. Pretendía no regresar, de este modo cuando el señor Teodoro llegara a la villa se vería forzado a salir a buscarla. La chiquilla se emocionó pensando en lo nervioso y preocupado que se pondría el hombre.
La señora Sales no puso objeción ninguna a su salida y Patricia se marchó, muy contenta. Nicolás empezó a quejarse  y a ponerse muy pesado, persiguiendo a Emilia.
            ¿Y por qué no puedo salir un rato? preguntaba reiterativo Me encuentro bien. Seguro que no tengo fiebre y no me duele la garganta. ¿Por qué Blas no me ha llevado a Puerto Llano?
La mujer no contestaba al chiquillo y lo ignoraba para desesperación de este que, finalmente, se dio por vencido y se echó en un sofá del salón, disgustado y malhumorado. No se atrevía a salir sin permiso de la señora Sales, temiendo que, de hacerlo, esta se lo contara a su tutor y las consecuencias podían llegar a ser nefastas para él.
                                                                                           ῳῳῳ
Patricia no llegó a ir muy lejos de la villa; poco después de dejar atrás la pista de tenis y comenzar a bajar la pendiente, de entre la maleza, le salió al paso el mismísimo Víctor Márquez. El hombre la miró, sonriendo con maldad. La niña se quedó parada, como petrificada, el miedo la paralizó y fue incapaz de moverse. Recordó que ese tipo repugnante había violado a Sandra, ¿sería su intención violarla a ella también?
            Escúchame, imbécil dijo el individuo, agarrándola por el pelo. Las piernas de la muchacha temblaban y casi no la sostenían, he visto pasar el carro del tal Blas. ¿Quién hay en la casa? ¿A dónde ha ido el tipo ese y cuándo piensa volver? Solo quiero pillar algo de pasta y me largo. Si te portas bien y me ayudas, no te haré daño. Si haces el tonto, te mato. ¡Habla de una puta vez, condenada!
            En la casa está la madre de Blas habló la niña, muy asustada. Han ido a Puerto Llano a comprar regalos, tardarán en volver.
            ¡Estupendo! exclamó el hombre, satisfecho En esa casa debe haber cosas de valor. ¡Vamos allá!
Patricia no nombró a Nicolás porque temió que si el señor Márquez sabía que el chiquillo estaba en la villa, podía desistir de su idea de ir a la casa y, tal vez, se ensañase con ella viendo sus planes truncados.
El hombre arrastró a la niña, sujetándola por el cabello, en dirección a villa de Luna. Caminaron por la montaña para no ser vistos por algún habitante de la urbanización. Patricia lloraba y temblaba, todas sus esperanzas estaban puestas en Nicolás. Únicamente él podía salvarlas a ella y a Emilia.
Llegaron a la terraza de la cocina y saltaron a ella, Víctor Márquez ordenó a su cautiva, entre susurros,  que llamara a la puerta. Los ojos verdes del hombre brillaban, feroces. La niña, con mano temblorosa, apretó el timbre.
            ¡Soy Paddy, abre Emilia! gritó, intentando que su voz sonara normal.
La señora Sales estaba ocupada ordenando un cajón del mueble del salón. Oyó gritar a la chiquilla.
            Ve a abrir, Nico, haz el favor. Es Paddy.
          —¡Qué pesada! exclamó el chaval, molesto Pensaba que nos libraríamos de ella durante más rato. Pues, ahora, no pienso cambiar de canal. Me gusta la peli que estoy viendo.
Dicho esto, se levantó del sofá, fue a la cocina y abrió la puerta con cara de pocos amigos. Se quedó perplejo cuando vio frente a él al señor Víctor Márquez.
            ¡Zorra, me has engañado! bramó el individuo que mantenía a Patricia, sujeta por el cuello ¡No me habías mencionado que el chico estuviera! ¡No intentes nada, chaval, o dejo sin aliento a tu amiga!
La señora Sales creyó que se le iba a parar el corazón al reconocer aquella voz ronca y tenebrosa. ¡Era Salvador Márquez! La mujer, con gran temor, se dirigió, presurosa, a la cocina.
Aprovechando la confusión de Nicolás, el señor Márquez empujó a Patricia contra el muchacho e intentó darle una patada en los genitales. El chiquillo reaccionó a tiempo y dio un salto hacia tras, evitando el golpe. El hombre, no queriendo enfrentarse al chaval porque pensaba que no le iba a vencer, echó a correr. Nicolás lo persiguió y la señora Sales gritó, angustiada.
            ¡Nico, entra en casa por favor! rogó, muy asustada ¡Nico, vuelve!
Antes de que Víctor Márquez saliera al camino, Nicolás le dio alcance, derribándolo, y cayendo, encima de él, al suelo. El hombre se debatía, con rabia y furia, bregando por zafarse del chico. Pero, Nicolás era de constitución fuerte y no le costó gran esfuerzo sujetar al individuo, doblándole los brazos sobre la espalda y asiéndole ambas muñecas.
            ¡No te muevas o te romperé un brazo! le aseguró el chaval, hincando sus rodillas en el dorso de Víctor Márquez.
            ¡Nico, suelta a ese hombre y entremos en casaexclamó la señora Sales acercándose. Estaba tan atemorizada que no podía pensar con claridad.
Víctor Márquez quiso sacar partido del miedo de la mujer.
            Sí, será mejor que se lleve a este jovenzuelo a casa   declaró, fieramente ¡Llévese a este condenado, vieja! ¡Tengo una navaja en el bolsillo y VOY A CLAVÁRSELA EN EL CORAZÓN!
            ¡Nico, por Dios! chilló la señora Sales, espantada ¡Apártate de este hombre y vámonos a casa!
            ¡Emilia! gritó Nicolás, impacientándose ¡Este tipo solo quiere asustarte! ¡No puede moverse o le romperé los dos brazos! ¡Soy más fuerte que él! ¿Cómo va a clavarme una navaja? Ve a casa y llama al señor Tobías, hazme caso.
En efecto, Nicolás era mucho más fuerte que Víctor Márquez pero, la pobre señora Sales solo veía a un niño que adoraba encima de un hombre sin escrúpulos y muy peligroso.
            ¡Hazme caso tú a mí! insistió la mujer, frenética  Si no me obedeces, se lo diré a Blas…
            ¡Dile a Blas lo que quieras! atajó Nicolás, fuera de sí, apretando, con más fuerza, las muñecas del hombre ¡No voy a soltarle!
            ¡Haga caso a Nico! chilló Patricia, histérica ¡Llame al señor Tobías, Emilia! ¡Si Nico suelta a ese tipo, nos va a matar a todos!
Después de gritar esto, la muchacha salió corriendo de la terraza, dirigiéndose a casa del señor Francisco y, acaloradamente, le explicó lo que estaba sucediendo.
El señor Torres llamó por teléfono al policía de Luna; a continuación cogió su escopeta y corrió, todo lo que su obesidad le permitía, hacia villa de Luna. Llegó a la terraza, respirando con dificultad. Los ojos azules y saltones del hombre parecían estar desorientados. Patricia le había seguido a prudente distancia. En la terraza continuaban Nicolás, Víctor Márquez y la señora Sales. El señor Francisco encañonó la cabeza del ex cuñado de Gabriela.
           ¡No se le ocurra moverse o le vuelo la tapa de los sesos! amenazó, exaltado.
            ¡Apártate, , Nico! ordenó Emilia al chaval  Francisco se encargará de este individuo. ¡Apártate, te digo!

Págs. 534-542

Hoy dejo en el lateral del blog una bonita canción de Julio Iglesias... "De un mundo raro".

Y voy a dedicarle este capítulo a una lectora muy celosa y muy pesada.
Tan pesada que, durante esta semana, ha conseguido convencerme de que debía dedicárselo.
Esto es una dedicación... casi a la fuerza.
No, es broma.
Te lo dedico con todo mi cariño... Merck Alba

jueves, 20 de junio de 2013

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 68




Un nuevo premio ha llegado a la Estación.
En esta ocasión ha sido por gentileza de Laura y su estupendo blog Brownie y sus cosas.
Todo lo relacionado con este sonriente premio lo encontraréis en Premios(13), en una de las pestañas de arriba.
Gracias








CAPÍTULO 68

UN DORMITORIO MUY CONCURRIDO


L
a mujer entró en el cuarto; los cuatro niños estaban haciendo una carrera de coches con la play station. Ninguno advirtió la presencia de Emilia, entusiasmados por llegar a la meta antes que los demás. La madre de Blas, observando a los chiquillos, se sintió reconfortada y protegida. Nicolás resultó ser el ganador de la carrera y lo celebró saltando y riendo.
            Nico, no hagas tanto el burro le regañó la señora. Si continúas así, te volverá a subir la fiebre.
El chaval se giró y sonrió a la mujer.
            No te había oído entrar.
            ¿Has anotado los regalos que quieres que Blas compre mañana? le preguntó Emilia.
Nicolás se puso serio y negó con un movimiento de cabeza.
            Pues ahora mismo te pones a hacerlo le encargó la mujer. No disgustes a Blas, creo que no se encuentra muy bien. Venga, cariño, no seas testarudo agregó con mimo.
El chiquillo cedió, cogió un folio y un bolígrafo y se sentó a escribir.
                                                                               ῳῳῳ
            ¡No es posible que haya dormido tanto! exclamó el señor Teodoro, viendo que eran las siete de la tarde cuando se despertó. Dormir le había sentado bien y su dolor de cabeza había disminuido.
 Se asomó a la habitación de Nicolás y, como había supuesto, el niño no estaba. Salió rápido de la estancia y sintió cierto alivio cuando vio a los niños y a su madre en el cuarto de los juegos. Nicolás, al verlo, le entregó una hoja.
            Aquí tienes los regalos que quiero que compres le comunicó. A Nat le he dado otra hoja, son regalos para ti. No puedes ver esa hoja, es una sorpresa.
            Me parece muy bien, muchas gracias sonrió su tutor.
                                                                                      ῳῳῳ
En la cocina, preparando la cena, la señora Sales se debatía entre contarle o no contarle, a su hijo, lo que le había sucedido a Sandra. ¿Lo sabrían Estela, Gabriela, y el señor Francisco?
La mujer suspiró, indecisa, Blas parecía tener mejor aspecto, pero no sabía cómo reaccionaría ante semejante noticia. Las dudas de Emilia quedaron en suspense ya que fuertes golpes sonaron en la puerta.
El visitante era Francisco Torres y, a viva voz, puso al corriente de todo al señor Teodoro. Los niños estaban en el salón y oyeron el escándalo; Nicolás bajó el volumen de la tele y pudieron escuchar con nitidez lo que relataba el recién llegado.
            ¡Vaya maridito y vaya cuñadito que tenía Gabriela! terminó por exclamar el señor Francisco ¡Nunca en Luna había pasado algo semejante! ¡Ha sido una imprudencia, por parte de Gabriela, venir a pasar las Navidades aquí!
            ¿No irás a culparla a ella? se enfadó el señor Teodoro.
El señor Francisco ignoró la pregunta y se marchó después de gritar unas cuantas cosas más. El señor Teodoro llamó por teléfono a casa de Estela y les preguntó si estaban bien y si querían pasar la noche en villa de Luna.
            Estamos cenando respondió la señora Miranda. Y estamos muy bien acompañadas por Hércules. Además, soy de la opinión de Tobías. Víctor Márquez ha debido tomar las de villa Diego y debe estar muy lejos de Luna en estos momentos. Ya cenaremos con vosotros la noche del Roscón para despedir las fiestas, ¿te parece bien?
El señor Teodoro estuvo de acuerdo y colgó el teléfono.
Durante la cena, nadie parecía tener ganas de hablar. Los niños estaban serios e impresionados.
El señor Teodoro lamentaba que se hubieran tenido que enterar, de aquella forma, de semejante lance, pero le resultó imposible acallar los gritos del exaltado señor Francisco.
            No entiendo por qué Tobías no me ha llamado dijo, de pronto.
            Sí ha llamado afirmó su madre, y quería hablar contigo. Pero estabas durmiendo y no he querido molestarte. Pensaba contártelo después de cenar, a solas. No era menester que los chiquillos se enterasen. Francisco es un bruto.
El señor Teodoro miró a las niñas y a Nicolás.
          Mañana, cuando vayamos a Puerto Llano, le encargaré un ramo de flores a Sandra — decidió.
          —Le incluyes una tarjeta diciéndole lo mucho que nos apena lo sucedido y que deseamos su pronta recuperación —indicó la señora Sales—. No me parece adecuado ir a visitarla, es mejor que esté rodeada de su familia en un momento tan delicado. La pobre chica debe estar muy conmocionada. Espero que pronto detengan a ese canalla y lo encierren por muchos años.
            —¡Hércules debería matarlo como mató a … —comenzó a decir Nicolás, furioso.
            —¡Cállate! —vociferó el señor Teodoro, fuera de sí, impidiendo que el muchacho metiera la pata bien metida  —¡No quiero volver a oírte, solo dices estupideces! Coge tu plato y siéntate a mi lado, a ver si eres capaz de volver a abrir la boca.
El niño obedeció, avergonzado. A su tutor le sobraban razones para enfadarse. Ni Patricia ni Emilia sabían lo ocurrido con Salvador Márquez, y Natalia y Bibiana ignoraban que Blas estaba al tanto de todo, y que había sido él quien se deshizo del cuerpo del hombre.
Por su parte, Natalia y Bibiana respiraron, aliviadas. La oportuna intervención de Blas había logrado que él, la señora Sales y Patricia no se enterasen de que Hércules mató a Salvador Márquez.
Nicolás terminó de cenar sin volver a pronunciar palabra. Pese a ello, su tutor lo envió a dormir sin contemplaciones.
            —Lávate los dientes y a la cama —le dijo, enojado—. Hoy no tendrías que haber salido de la habitación en todo el día. Luego te pondré el termómetro y te daré el antibiótico.
            —Voy a acostarme en mi cuarto —manifestó el chiquillo—, no quiero dormir contigo. Estás demasiado nervioso, tómate una tila.
El señor Teodoro miró al chaval, con furia.
            —Puedes dormir en tu habitación —permitió—. Pero, en la primera planta. Y pasaré el cerrojo a tu puerta. Esta noche quiero descansar tranquilo. ¡Mocoso!
            —¡No, no, un momento! —la señora Sales detuvo al niño, sujetándolo por una de las mangas de su chándal— Esta noche no soportaría dormir sola, prefiero que durmamos todos juntos.
            —¿Cómo dices, mamá? —interpeló el señor Teodoro, sorprendido.
            —Verás, cariño —dijo la mujer, suavemente—. Lo sucedido a Sandra me ha descompuesto por completo. No quiero dormir, aquí abajo, y las niñas solas en la segunda planta. Estoy convencida de que voy a estar sobresaltada toda la noche. Podemos dormir todos en la segunda planta, en la habitación de las niñas. Las camas son grandes. Tú puedes dormir con Nico, yo con Nat, y Bibi con Paddy.
            —Pero mamá, no tienes por qué tener miedo —refutó el señor Teodoro con voz serena—.Todas las puertas están cerradas y son acorazadas, los cristales de las ventanas están blindados. Yo estoy en casa y nunca permitiría que nadie te hiciera daño a ti o a los niños.
            —Por favor, hijo, te lo ruego —suplicó Emilia.
            —Está bien, mamá —accedió el señor Teodoro de inmediato. El joven adoraba a su madre y, era muy extraño, que le negase algún capricho o petición—. Será como tú quieres, dormiremos en la habitación de las niñas.
           —Gracias, cariño.
            —Pero mañana no sé si voy a poder ir a Puerto Llano a comprar regalos. ¿Cómo te voy a dejar sola con Nico? —objetó el señor Teodoro, preocupado.
            —Podrás ir, mi amor —sonrió la señora Sales—. De día las cosas no se ven tan negras como de noche. Por la mañana, después de haber descansado bien, no tendré ningún miedo.
Emilia no podía sospechar, intuir o imaginar el pánico del que iba a ser victima de día. 
El señor Teodoro asintió y encargó a Nicolás que cogiera un pijama de su cuarto y subiera a la segunda planta.
Patricia estaba muy emocionada. ¡Blas iba a dormir en la misma habitación que ella! Natalia no compartía su emoción, no es que no le apeteciera dormir con Nicolás pero, conociendo a Blas, sabía que no iban a poder ni tan siquiera toser, aquella noche, en la habitación.
Las muchachas se fueron a acostar poco después que Nicolás. El señor Teodoro aseó el salón mientras su madre recogía la cocina, dejando el lavavajillas en funcionamiento. El joven no consintió que la mujer subiera a pie las escaleras y la llevó en brazos hasta la segunda planta. Cuando los adultos entraron en el cuarto encontraron a los niños bastante alborotados.
            “Menuda nochecita me espera”, pensó el señor Teodoro, poniendo cara seria.
Nicolás se había metido en la cama con Natalia, se acercó al niño para colocarle el termómetro y comprobó que no tenía fiebre. Le dio el antibiótico que le tocaba y se acostó con su madre.
            —Buenas noches —dijo en general.
No tardó en comenzar a alterarse escuchando las risas y los cuchicheos de Nicolás y Natalia. Patricia también estaba pesada; la que mejor se portaba, como siempre, era Bibiana.
            —¡Nico! ¿Quieres callarte de una vez? —explotó al cabo de media hora.
            —¡Cállate tú! —le contestó el chiquillo sin juicio alguno— ¡Eres un plomo, duérmete ya! —agregó para rematar la faena.
Natalia, desesperada, propinó un codazo a su primo.
            —¿Por qué no te coses la boca? —susurró, fastidiada.
El señor Teodoro, rebosada su paciencia, encendió la luz de la lámpara de su mesilla y saltó de la cama. Se aproximó a Nicolás y cogiéndolo por un brazo lo obligó a levantarse. Después de darle un cachete lo empujó hacia su cama y le ordenó que se metiera dentro. La señora Sales se ubicó en el centro para separar al hombre y al niño.
           —Tú contesta así y verás que bien te irán las cosas —riñó Emilia al chaval, que no rechistó.
El señor Teodoro volvió a acostarse y apagó la luz esperando poder dormir al fin. Transcurridos cinco minutos tuvo que llamarle la atención a Patricia. Le dijo que si no se callaba no iría a Puerto Llano a la mañana siguiente.
            —Te quedarás aquí, con mi madre y con Nico —la amenazó.
            —Vale, Blas, disculpa —contestó la muchacha, encantada de que la hubiese regañado.
            —¿Ya no tienes miedo? —preguntó Nicolás, en voz muy bajita, a Emilia.
            —¿Con dos gigantes rodeándome? —se rió la mujer.
El señor Teodoro carraspeó, contrariado.
            —¡Claro que no tengo miedo, mi amor! —exclamó la señora Sales— Pero será mejor que nos callemos o Blas acabará dándome un cachete a mí.
Nicolás le dio un beso y la cogió de una mano por debajo de la sábana. El señor Teodoro también besó a su madre y le cogió la mano que le quedaba libre. La mujer sonrió en la oscuridad y agradeció a Dios tener junto a ella a las dos personas que más amaba en el mundo.
El señor Teodoro y Nicolás, muy pronto se quedaron dormidos, y no oyeron al viento que comenzó a silbar, de un modo salvaje, en el exterior de la villa.

Págs. 527-534

Hoy dejo en el lateral del blog una bonita canción de la Quinta Estación.... "El mundo se equivoca".
Y dedico este capítulo con mucho cariño a Nena Kosta... ella ha decidido tomarse un descanso hasta septiembre pero este mes aún está conectada y me comenta telefónicamente
Sobre todo quiero agradecerte, Nena, que nunca hayas dado ninguna pista sobre quién es el padre de Nico o quién es la mujer X. Tú lo sabes muy bien porque leíste esta historia cuando la escribí.
Besos y gracias                                                                                                             
Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License. Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.