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EL CLAN TEODORO-PALACIOS

SEGUNDA PARTE

EL CLAN TEODORO-PALACIOS

TERCERA PARTE

jueves, 28 de marzo de 2013

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 56





Un nuevo premio ha llegado a la Estación, en esta ocasión les debo el honor a Nena Kosta y a Nuño Sempere que han coincidido en concederme el mismo premio.
Toda la información relacionada con esta distinción la encontraréis en Menciones(9).
Gracias









CAPÍTULO 56

¿VÍCTOR MÁRQUEZ?


  —S
ubid enseguida a vuestras habitaciones apremió la señora Sales a los niños. Quitaros ese pijama, secaros bien con una toalla y os ponéis otro pijama. Os prepararé un tazón de leche con cacao bien caliente. ¡Vais a coger una pulmonía, qué poco conocimiento!
          Me voy a la cama dijo Elisa, bostezando. No voy a perder horas de sueño por un par de idiotas.
La mujer se marchó, despreocupada, desentendiéndose de Natalia que continuaba temblando, abrazada a Blas. La niña parecía tener un ataque de pánico. El señor Teodoro le acarició la cabeza, intentando serenarla.
          Cálmate, Nat le pidió, suavemente. Ya estás dentro de casa, todo ha pasado.
Viendo que la muchacha no razonaba, la cogió en brazos y ordenó a Nicolás que subiera a su cuarto, delante de él, a toda prisa. Bibiana y Patricia fueron tras ellos. Las chiquillas ayudaron a Natalia a cambiarse de ropa, e inmediatamente la niña corrió a la habitación de Nicolás. Blas estaba dentro, de pie, y el muchacho salió del cuarto de baño, vestido con otro pijama. Su prima se abrazó a él. El señor Teodoro no podía comprender el terror de Natalia. Gabriela llegó a la habitación, llevando dos tazones de leche caliente. Los niños se lo tomaron poco a poco; a Natalia le temblaba el pulso todo el rato. Bibiana y Patricia se asomaron por la puerta y Blas las envió a dormir. Gabriela recogió los tazones vacíos y Natalia volvió a abrazar a Nicolás.
          Nat, deberías ir a tu habitación, acostarte y dormir    dijo el señor Teodoro con calma aunque, en su interior, sentía crecer un remolino.
          ¡No, no! se negó la muchacha, asustada ¡No voy a separarme de Nico! Tengo mucho miedo. Hemos visto a…
          ¡Cállate, Nat! la interrumpió su primo.
          ¡No quiero callarme! chilló la chiquilla ¡Tú lo has visto, igual que yo, y nos ha hablado! ¡Era Salvador Márquez!
A Gabriela se le cayeron los tazones, que no se rompieron porque el suelo estaba alfombrado. El color de su semblante adquirió un matiz pálido.
          ¿Habéis visto a un hombre, ahí fuera? indagó Blas, disgustándole que un desconocido merodease por la urbanización. De lo que estaba seguro era que no se trataba de Salvador Márquez, había visto su cara cuando puso piedras en el saco. Salvador Márquez estaba muerto y muy muerto.
          asintió Natalia. Y era el señor Márquez.
          Tal vez era alguien que se parecía a él opinó el señor Teodoro. No podía hablar con claridad, ya que Natalia y Bibiana ignoraban que él había arrojado el cuerpo, sin vida, de Salvador al mar. Saldré a echar un vistazo.
          ¡No! gritó Nicolás, desasiéndose de su prima y sujetando a su tutor por la camiseta del pijama ¡Puede ser peligroso! ¡No salgas!
El niño había visto muy bien a Salvador, debía tratarse de su espíritu y, entonces, debía tener grandes poderes malignos. Temía que pudiera hacerle daño a Blas.
          ¡Esto es el colmo! exclamó el joven, soltándose del chaval ¡El que no tenía que haber salido eres tú!
El muchacho se abrazó a su cuerpo para retenerlo.
          No salgas, Blas, por favor. Era Salvador Márquez, lo vi perfectamente declaró, desesperado. Tenía su misma voz ronca.
Tras oír a Nicolás, el señor Teodoro dedujo que ambos primos debían haberse asustado al hallar la puerta cerrada y habían imaginado ver al individuo. Habían sido víctimas de un espejismo.
          No salgas, Blas, por favor volvió a repetir Nicolás, agitado. No quiero que te pase nada.
          Está bien accedió el señor Teodoro, no saldré. Pero, vamos a hacer un trato. A partir de hoy, no volverás a desobedecerme, ni a mentirme ni a ocultarme nada. Yo tampoco quiero que te pase nada malo. ¿Aceptas mi trato?
El muchacho asintió, muy conforme.
          ¿Me lo prometes?
          Te lo prometo.
          Bien Nico, ya puedes soltarme. No voy a salir.
El chiquillo dejó de abrazarlo y se separó unos centímetros de él.
          Puedes dormir con Nico, si quieres dijo el señor Teodoro a Natalia. Y tranquilízate, estás en casa a salvo.
Los dos primos estuvieron cuchicheando gran parte de la noche, dando por hecho, que el espíritu de Salvador Márquez vagaba por la urbanización, sediento de venganza.
A Gabriela tampoco le resultó sencillo conciliar el sueño; se cansó de dar vueltas y vueltas en la cama, preocupada, asustada y nerviosa.
A la mañana siguiente, después de desayunar, el señor Teodoro la acompañó hasta su casa.
El cielo estaba grisáceo y el suelo tenía residuos de bolas de hielo, el frío ayudaba a que no se derritieran por completo.
Estela y Hércules les recibieron, afablemente.
          ¡Menuda nochecita! comentó la señora Miranda    Tu coche tiene un montón de abolladuras, tendrás que llevarlo al taller notificó a su hija. Por cierto, ayer, poco después de que te fueras, se presentó el pesado de Francisco. Dijo que había estado por la mañana y que, más tarde, cayó en la cuenta de que el coche de Salvador no estaba, me bombardeó a preguntas. Me inventé que la anterior noche vino borracho y se lo llevó.
La joven asintió, con la mirada perdida.
          ¿Qué te pasa, tesoro? indagó Estela, notándola rara. Blas también se había percatado, durante el desayuno, que la chica estaba abstraída y poco comunicativa.
          Víctor ha estado por aquí respondió Gabriela. Nico y Nat le vieron anoche.
El señor Teodoro la miró, sin terminar de comprender lo que decía.
          Víctor es el hermano gemelo de Salvador explicó Gabriela. Debe haber venido a buscarlo. No te lo dije anoche porque, al igual que Nico, no quería que fueras en su busca.
El señor Teodoro entendió, entonces, el terror de Natalia, y el miedo de Nicolás a que él saliera de casa a perseguir o a enfrentarse a un “fantasma”.
          No eran unas horas muy adecuadas para venir a ver a su hermano manifestó. ¿Y por qué tuvo que acercarse a nuestra villa?
Gabriela no supo qué contestar y guardó silencio.
          Tendré que decírselo a los niños para que se tranquilicen declaró el señor Teodoro.
          No será necesario dijo Gabriela. Esta mañana, antes de bajar a desayunar, he subido a la habitación de Nico y se lo he contado a él y a Nat.
          Bueno... Ya no debemos preocuparnos más por este asunto resolvió el señor Teodoro. Si viene por aquí, el tal Víctor, le decís lo que tu madre le ha dicho a Francisco. La noche del veintisiete se fue ebrio con el coche.
          Blas, yo no sé a quién arrojaste por el acantilado  reveló Gabriela al borde del llanto.
El joven la observó, confuso.
          ¿Qué quieres decir?
          Salvador y Víctor son idénticos comenzó a explicar Gabriela, con desasosiego. Cuando me casé con Salvador, no sabía que tenía un hermano gemelo. Al cabo de un año de matrimonio se presentaron los dos, en casa, mofándose de mí. Dijeron que no iba a ser capaz de distinguir con quién me había estado acostando porque lo había hecho con los dos. ¡Nunca supe quién de los dos era mi marido, no pude distinguirlos! ¡Nunca he sabido si estaba con uno o con otro!
           —¡Basta, Gabriela! atajó Estela, indispuesta. No soportaba seguir escuchando lo que sabía de sobra: las continuadas humillaciones a las que su hija había sido sometida por esa pareja de infames Olvídate de todo, no te atormentes más.
          ¡Vaya par de canallas! exclamó el señor Teodoro, impresionado. Abrazó a Gabriela, con dulzura Ellos sabrán quién es cada cual. Para nosotros, el que está en el acantilado es Salvador y el que ronda por aquí, es Víctor.
                                                                           ῳῳῳ
En villa de Luna, Elisa subió a la habitación de Nicolás. El chiquillo y Natalia estaban durmiendo. Solo, después de que Gabriela, les explicara que Salvador Márquez tenía un hermano gemelo habían logrado tranquilizarse. Entendieron que el hombre que vieron tenía que ser, por fuerza, Víctor Márquez.
          ¡Son más de las once! gritó Elisa, consiguiendo que los primos despertaran sobresaltados ¡Levantaros enseguida!
La mujer estaba de fatal humor; Blas se había marchado con Gabriela, después de desayunar, y todavía no estaba de vuelta.
          Tenemos mucho sueño gimió Natalia, soñolienta. Hemos descansado muy poco esta noche.
Su tía se acercó hasta ella y le estiró del pelo, con furia. La niña se quejó, dolorida.
          ¡Suéltala! exclamó Nicolás, indignado.
Elisa dejó la melena castaña de Natalia y, con un movimiento muy rápido, arañó una de las mejillas del muchacho.
          ¡Estás loca, completamente loca! la insultó Nicolás, sintiendo un ligero escozor en la cara.
          Le dirás a Blas que te has peleado con Nat y que ella te ha hecho esas señales dijo su tía, sonriendo mezquinamente. No me busques problemas, Nico, o será tu primita quien pague las consecuencias.
La mujer abandonó la habitación, cerrando la puerta, con violencia.
          Elisa no es la misma, ha cambiado por completo  declaró Natalia, estupefacta. Parece otra persona. Es como si la hubiera poseído un demonio. Empiezo a creer que siempre ha fingido, que nunca me ha querido, lo mismo que los abuelos.
          No te preocupes, Nat el muchacho abrazó a la niña. Blas, Emilia y yo te queremos muchísimo. Estaremos contigo y te protegeremos.

Págs. 431-437


Hoy os dejo una muy bonita canción de Juan Gabriel... "Yo sé que está en tu corazón".
Está ubicada en un lateral del blog.

Y aprovecho para desearos a tod@s unas Felices Pascuas                                                                                       

jueves, 21 de marzo de 2013

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 55



 El pasado 12 de marzo llegó a la Estación un nuevo premio por gentileza de Silvia y de su magnifico blog, My Favorites Things.
Toda la información sobre este premio la encontraréis en Menciones(8).
Gracias. 



CAPÍTULO 55

TORMENTA DE GRANIZO


L
os primeros en llegar a villa de Luna fueron Nicolás y la señora Sales. Las niñas aguardaban, expectantes.
          —¿Qué ha pasado? —preguntó Natalia, ansiosa.
          —Lázaro ha hecho trampa, ha venido con Sandra y con dos amigos más. Llevaban palos —explicó el chiquillo, enfurruñado—. Ha aparecido Blas y se han largado, pitando. Y yo, por poco, me quedo sin oreja.
El muchacho seguía frotando la mencionada oreja.
          —Emilia sabía que te ibas a pelear con Lázaro —le contó su prima—. ¿Cómo lo sabías? —interrogó a la mujer, curiosa.
La señora Sales no contestó y Patricia enrojeció, sintiéndose descubierta.
          —Porque la chivata de Paddy se lo habrá dicho —calculó Nicolás sin equivocarse.
En aquel momento llegaron Blas, Elisa y Gabriela. El señor Teodoro castigó a Nicolás, en un rincón del salón, hasta que la cena estuviera sobre la mesa. El chiquillo obedeció, en el acto, temiendo otro estirón de oreja.
Todos comieron un trozo de tarta de nueces, en la cocina, y Gabriela le llevó un pedazo a Nicolás. El niño se lo agradeció y lo comió, en el rincón.
Las niñas habían recogido el juego del monopoly y los mayores se encargaron de servir la mesa. Pronto se sentaron a cenar un delicioso pollo asado acompañado de berenjenas rellenas. También había crujientes patatas fritas, calamares perfectamente rebozados, muslos de cangrejo y carabineros a la plancha. De postre, un surtido de turrones y polvorones variados.
Tremendos truenos comenzaron a retumbar en el exterior, la luz eléctrica empezó a fallar. Blas se apresuró a coger un candelabro, de seis brazos, del mueble. Todavía no había encendido las velas cuando la luz se extinguió por completo.
Nicolás aprovechó la oscuridad para gastar una broma a Natalia y a Bibiana. Se levantó, sigilosamente, se acercó a las espaldas de las niñas y les puso las manos en los cuellos. Las chiquillas chillaron, espantadas.
Todos sufrieron un sobresalto, incluido el señor Teodoro. Nicolás se rió, a mandíbula batiente, muy satisfecho del resultado de su acción.
          —¡Eres idiota, Nico! —exclamó Natalia, aún acelerada — ¡Por poco se me para el corazón!
El señor Teodoro consiguió encender las velas y colocó el candelabro en el centro de la mesa.
          —Noche tenebrosa —dijo Nicolás con voz ronca—, los monstruos de la montaña van a salir de sus guaridas y van a reunirse ¡AQUÍ!
Esta vez, Patricia, se unió a los chillidos de sus amigas.
          —¡Cállate, imbécil! —aulló Natalia.
El chaval volvió a reírse, muy divertido. Ya se le había olvidado lo sucedido en la pista de tenis y el dolor de su oreja. La señora Sales le propinó un cachete.
          —Haz el favor de cenar y callar. No asustes a las niñas —le regañó.
Los truenos seguían estallando en el corazón de la montaña y se oía el choque de enormes chapas sobre el suelo. Cada vez el sonido era más estentóreo.
          —Está granizando —comunicó el señor Teodoro y Nicolás se levantó, precipitadamente, de la silla para mirar por una de las ventanas. Las niñas lo imitaron, rápidas.
          —¡No se ve el suelo! —anunció el chiquillo, entusiasmado— ¡Está cubierto de hielo! ¡Están cayendo piedras gigantes! ¡Vamos fuera!
          —¡Siéntate enseguida en tu silla! —le ordenó su tutor, enérgico— No vas a ir a ninguna parte. ¿Quieres acabar empapado y con la cabeza llena de chichones? ¡Siéntate, te he dicho!
El muchacho hizo caso de mala gana.
          —Emilia, quiero salir un momento fuera —pidió a la mujer—, solo un momento.
La señora Sales se negó con un movimiento de cabeza. Estaba totalmente de acuerdo con su hijo.
          —Pues no pienso cenar nada más —chantajeó el crío a Emilia, en un intento de salirse con la suya.
          —No le hagas caso, mamá —habló el señor Teodoro mirando a Nicolás, con severidad—. No se va a levantar hasta que no termine de cenar, o sea, que él verá lo que le conviene.
El niño se dio por vencido y continuó cenando. Refunfuñaba de tanto en tanto, pero el señor Teodoro y la señora Sales fingían no escucharlo.
Bibiana pensó que le encantaría pertenecer a aquella familia y que algún día, Nicolás, recordaría los años pasados, con Blas, como los mejores de su vida.
Era una verdadera pena que Nicolás tuviese que marcharse con su verdadero padre al terminar las vacaciones. Ni Emilia, ni Blas, ni villa de Luna serían lo mismo sin el chiquillo.
En cuanto la mesa estuvo recogida, Nicolás fue a la cocina a fregar la vajilla utilizada. Natalia lo acompañó y lo alumbró con una linterna.
El muchacho miraba, a través de la ventana, el pedrisco que continuaba cayendo del cielo.
          —Blas es un aguafiestas —manifestó, descontento y obstinado por salir a la terraza.
          —Esta noche, cuando todos duerman, podemos salir un rato —planeó Natalia, a quien también le apetecía jugar con el hielo.
Su primo la miró y sonrió, enseñando su perfecta dentadura blanca.
En el salón, los mayores, Bibiana y Patricia observaban por las ventanas el manto de hielo que cubría el suelo.
          —¡Pobre de mi coche! —exclamó Gabriela— Esas piedras son muy grandes.
          —Es una mala costumbre no guardar el coche en el garaje —replicó Elisa.
La señora Estela llamó por teléfono, preocupada por su hija.
          —Se quedará a dormir aquí —la tranquilizó el señor Teodoro—. Es una locura salir con el granizo que está cayendo.
          —No quiero ser una molestia —dijo Gabriela de inmediato.
          —¿Molestia de qué? —interrogó el señor Teodoro   — Para nosotros será muy grato que te quedes. Tenemos habitaciones de sobra y, mi madre o Elisa, pueden dejarte un camisón o un pijama. A no ser que quieras uno mío —bromeó el joven.
A Elisa no le hizo ninguna gracia la “bromita”. Sin embargo, se prestó a dejarle un camisón a su vecina. No obstante, Gabriela advertía cierta tirantez en su trato. Esta tirantez también la notaban Blas y Emilia.
Desde el salón se oían las risas de Nicolás y Natalia. El señor Teodoro pensó que alguna travesura debían estar haciendo y se dirigió a la cocina. No se equivocaba, el suelo estaba completamente encharcado y los dos primos mojados de arriba abajo. Sin duda, se habían dedicado a tirarse agua el uno al otro.
           — Id enseguida a cambiaros de ropa —ordenó Blas—. Y tú, Nico, te pones el pijama y te metes en la cama ya. No te imaginas lo hartito que me tienes, cada vez te pareces más a...  —el señor Teodoro no terminó la frase, que quedó suspendida— Id a cambiaros—volvió a pedir a los chiquillos bregando por ocultar la furia que sentía. 
Cuando los niños salieron, el joven recogió el agua del suelo y terminó de fregar. Se estaba secando las manos cuando notó que una lágrima se deslizaba por su cara, con un brusco movimiento la borró de un rostro, cuya expresión, era el resultado de tres grandes potencias como lo son el dolor, la rabia y el odio.
                                                                        ῳῳῳ
A las dos de la madrugada, Natalia se reunió con su primo en la habitación de este.
          —Ya no está granizando —le comunicó—, y ha vuelto la luz. Pero, fuera debe hacer mucho frío. El hielo no puede haber desaparecido, podemos salir a caminar sobre él. A estas horas, no hay nadie despierto.
Los dos chiquillos bajaron las escaleras, silenciosamente, vestidos con el pijama y calzados con chanclas. Ninguno pensó en abrigarse más, tanto el cuerpo como los pies.
Salieron a la terraza por la puerta de la cocina e, inmediatamente, sintieron el frío intenso, pero era demasiado emocionante pisar el hielo. Doblaron la esquina y anduvieron por la larga terraza de la barbacoa. Se agacharon y cogieron masas irregulares congeladas.
          —Hace muchísimo frío, Nico —dijo Natalia, tiritando—. Deberíamos entrar.
          —Solo un poco más —respondió el chiquillo, entusiasmado.
Un hombre que estaba en la parte de arriba de la montaña, vio salir a los muchachos de la casa, dejando la puerta abierta. El individuo se descolgó por una de las paredes de la terraza pequeña, se acercó a la vivienda y cerró la puerta. Sonrió, malévolamente, volvió hacia la pared, dio un salto y se agarró al borde, trepó y se ocultó entre la arboleda.
Los niños, algo amoratados, decidieron regresar al cobijo de la villa. Su desesperación fue ilimitada cuando encontraron la entrada cerrada.
          —¡Nico! ¿Qué vamos a hacer? —preguntó Natalia, alarmada.
El muchacho, a pesar del frío, casi empezó a sudar.
          —Si llamamos al timbre, Blas se va a despertar. ¡Me va a matar! ¿Cómo se ha podido cerrar esta maldita puerta?
          —Nico, no podemos pasar la noche aquí afuera. Nos vamos a congelar.
Nicolás se pasó una mano por el húmedo cabello, muy nervioso.
          —¡Tengo una idea! —exclamó de repente— Vamos a casa de Estela. Le diremos que llame al móvil de Emilia. Ella nos abrirá la puerta y no le dirá nada a Blas.
          —Buenas noches, chavales. ¿Tenéis algún problema?  —una voz ronca se dejó oír a las espaldas de los críos, dándoles un susto de muerte. Una voz que ambos conocían, que habían oído antes. Los niños se dieron la vuelta y miraron hacia arriba. Vieron a un individuo bajo, delgado, el color de su pelo parecía claro, su nariz era sobresaliente, lo único que no se distinguía bien era el color de sus ojos.
Después de ver al hombre, los chiquillos se quedaron más helados de lo que ya estaban.
          —¡Salvador Márquez! —gritó Natalia, escandalizada y horrorizada.
La niña se giró y se abalanzó sobre la puerta, aporreándola, mientras pulsaba el timbre sin soltarlo ni un segundo.
          —¡Abridnos! ¡Abrid! —chillaba, fuera de sí.
Nicolás continuó mirando al hombre, como hipnotizado. Vio como este sonreía y se iba alejando.
Natalia formó tal escándalo que todos se despertaron en villa de Luna. El señor Teodoro abrió la puerta de la cocina y se quedó de piedra al ver a los dos primos. La niña se abrazó a él, temblando. El joven cogió a Nicolás, por un brazo, y tiró de él hacia dentro, cerrando la puerta de un respetable portazo.
Emilia, Elisa, Gabriela, Bibiana y Patricia acudieron a la cocina, alarmadas, por el escandaloso alboroto.

Págs. 423-429

En esta ocasión, os dejo una bellísima canción en el lateral del blog. Esta canción es la que más representa al amor que en esta historia se va a contar. Es la canción del Clan Teodoro-Palacios.
"Por ella", de José Manuel Soto.
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